La rosa de las nieblas IV #2
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IV #2

Le pedí a Jane que, a través de Sienild, intentara averiguar si había algún sitio en el campamento donde lavarse.

Tampoco quería unos baños como los de la casa de Elorridi, con un simple arroyo o charca me bastaba.

Pero ni eso había. El agua limpia era tan escasa que se utilizaba solo para beber y cocinar.

No me quedó otro remedio que resignarme.

Al menos, enseguida nos dieron de comer.

Claro que el menú consistía en el cereal oscuro parecido al arroz, aunque de granos mayores y gusto más fuerte, el ko.

Por allí era lo único que podía cultivarse y de él se alimentaban a diario todos.

La carne ni la probaban, ya que apenas había animales para cazar en aquella región, si acaso alguna especie de lagarto que no daba ni para una persona.

Recordé Thingol y sus comidas repugnantes, y me dije que no podía quejarme, pues, desde luego, el ko, si no una delicia, tenía un sabor aceptable y resultaba, nos dijeron, bastante nutritivo y paliaba la carencia de proteínas de origen animal.

Nos lo ofreció, en cuencos de barro, el nókvaar que habíamos visto cocinando en la hoguera al salir nosotros de la cabaña y que no dejaba de mirarnos a Jane y a mí.

Yo también lo observé al tomar el plato de sus manos.

En los ojos de aquel muchacho, que debía de tener poco más de veinte años, con el pelo muy corto y moreno, no había temor alguno; me pareció ver una especie de admiración, la de un niño ante algo extraordinario que le encanta contemplar. Le sonreí para darle las gracias.

Tras la comida vino Skékkil y nos pidió que lo acompañásemos a su cabaña. Teníamos que hablar.

Fuimos todos, también Sienild y Ejalmberri. La cabaña del líder nókvaar era idéntica a las demás, sin ninguna comodidad añadida. Nos sentamos en el suelo. La conversación fue lenta, ya que Skékkil no sabía una palabra de ínter y Jane y el hjeníkar debían traducirlo todo.

Me enteré entonces de cosas que nadie me había contado por lo apremiante de nuestra huida y que no me gustaron nada.

Por ejemplo, que Skékkil había aceptado sacarnos de la casa, con Ejalmberri, solo cuando Érik le prometió ayuda en su lucha por la liberación de su pueblo.

Una lucha a la que el nókvaar había dedicado su vida.

Nos contó, allí en la cabaña, que había nacido y vivido en la casa de Elorridi como un esclavo más, destinado a las tareas de mayor dureza.

El trabajo físico no lo embruteció igual que a otros.

Al contrario, siempre supo que le serviría para sus intereses.

Pues, desde muy joven, Skékkil había sentido que la circunstancia de pertenecer a una raza no tenía por qué conllevar la esclavitud.

Lo que gran número de nókvaars consideraba un destino tan infortunado como ineludible, para él fue solo una injusticia, algo construido por hombres, no por la fatalidad.

Y a los hombres se los podía vencer con la fuerza y con la astucia, las armas que ellos mismos empleaban para hacer de otros sus esclavos.

Skékkil tenía sin duda una mente despierta, aunque la inteligencia no siempre lleva a rebelarse contra una sociedad injusta.

En opinión de Érik, lo hablamos en varias ocasiones, las personas que se sublevan contra un mundo en el que son dominadas lo hacen porque su imaginación les permite concebir posibilidades distintas a este: son capaces de soñar e intuyen que sus sueños pueden realizarse.

«Íngvar no sueña», decía Érik. No sé si estaba en lo cierto; también hablaba del deseo de libertad y la rebeldía contra cualquier norma impuesta como de una luz interior, que solo algunos ven y ante la cual otros son ciegos o quieren serlo.

El caso era que Skékkil pensó que las cosas podían y debían ser de otro modo.

Desde luego, hubo más nókvaars que consideraban lo mismo y que habían intentado escapar a esa suerte a la cual la mayor parte de los suyos se resignaba.

Pero a casi todos los mataron los niflúngars o huyeron de sus casas y nada más se supo de ellos.

Skékkil, sin embargo, no solo deseaba su propia libertad, sino que creía que la mejor manera de conseguirla era uniéndose a quienes buscaban lo mismo.

No podía concebir esa liberación como individual, sino colectiva, y se consideraba obligado a luchar por todos.

Así que esperó. Fortaleció su cuerpo gracias a la dureza de su trabajo de esclavo.

Habló con sus compañeros, buscó a sus iguales.

Un hecho precipitó su huida de la casa: el keri se enamoró de Sienild —con quien Skékkil ya estaba prometido en pareja—, la convirtió en su sirviente personal y quiso eliminar a su adversario, aun sin saber que no era solo enemigo en cuestiones sentimentales.

Skékkil tuvo que escapar a las tierras pantanosas.

Lo persiguió Elorridi sin encontrarlo. Pero el nókvaar sí halló a otros fugitivos de otras casas.

Con ellos realizó las primeras incursiones en las doce fortalezas de Niflhéim para sacar de allí a más esclavos.

Sienild miraba con arrobo a Skékkil mientras él nos iba contando su vida.

Eran tal para cual, pensé, la pareja perfecta.

Yo seguía preguntándome por qué ella lo prefería a Elorridi, aunque este la atrajera más.

Desde luego, el keri estaba dotado de un poder de seducción que ni por asomo aparecía en el nókvaar, por muy heroico que fuera.

Claro que a mí esas personas que empeñan toda su vida en la lucha por una idea, un concepto moral o una comunidad, y eran capaces de morir por ellos, me resultaban sospechosas, me desagradaban, me irritaban.

En cuanto Skékkil calló, intervine.

—Me gustaría saber, Érik, Sebeok, qué le prometisteis exactamente a Skékkil. No traduzcas, Jane.

—Exactamente, no le prometimos nada —contestó Érik—.

Pero Skékkil no quería que viniese Ejalmberri y empezaba a desconfiar por nuestra insistencia en huir con un niflúngar.

Así que Ejalmberri le dijo que nosotros teníamos en la nave armas frente a las que ningún keri podía hacer nada y que íbamos a ayudar a los nókvaars, ya que también luchábamos por nuestra libertad.

Le dijo a Skékkil que él, Ejalmberri, quería unirse a nosotros porque procedíamos de mundos muy poderosos de los que deseaba ser aliado, ya que él es un niflúngar distinto a la mayoría e intentará ayudar a los nókvaars, pues piensa que pelean por algo justo.

No sé si Ejalmberri dijo esto solo para que lo sacase de la casa.

Supongo que Skékkil no le creyó demasiado.

Pero yo lo confirmé. Y no lo hice para engañar o convencer a Skékkil, sino porque en esos momentos, y ahora, creo que debemos ayudarlos.

—¿Cómo, Érik? ¿Repartiendo entre ellos todas las armas que tenemos para que puedan derrotar fácilmente a los niflúngars?

¿O te parece mejor que montemos en la nave, declaremos la guerra a los keris y hagamos un recorrido quemando casas y liberando esclavos, igual que dioses?

Así les ahorraríamos el trabajo a los nókvaars.

En todo caso, estamos hablando de una entelequia.

En la nave de aproximación solo hay un armamento básico, defensivo.

Les debió de suceder lo mismo a los soldados imperiales que llegaron antes aquí: no se puede trasladar el armamento pesado desde la nave principal a la superficie.

Seguro que eso no se lo has explicado a Ejalmberri y Skékkil.

—¡Pues claro que no, es muy complicado de explicar!

¡Y no pretendo nada de eso! Sé lo que piensas: hemos venido a hacer un trato con los niflúngars para acabar con el poder de Íngvar y es lo único que interesa.

¡Pero a mí me importan estas personas! ¡No voy a olvidarme de ellas y actuar como si no existieran!

Y no aceptaré una libertad a costa de que se mantenga la esclavitud de otros.

¡Prefiero no pactar con los niflúngars, prefiero que Íngvar continúe donde está, con tal de no comportarme de un modo que me resulta indigno y contrario a todo en lo que creo!

—Me parece muy bien —mascullé, escupiendo cada palabra—.

Tienes muy claras tus ideas. Y las de los demás, supongo.

Dices que Ejalmberri es, probablemente, un mentiroso interesado y que sabes lo que yo pienso.

¡Claro! Soy una piloto libre y los pilotos libres no tenemos escrúpulos ni moral ni conciencia, solo nos importa nuestro propio interés y el dinero.

O a lo mejor lo sabes porque has follado conmigo unas cuantas veces y con eso me conoces a la perfección.

—¡Yolen!

—¿Crees que me son indiferentes los nókvaars? ¿A mí, que pasé ocho años en Thingol? ¡Por supuesto que me gustaría ayudarlos! Pero ¿cómo? Porque os recuerdo que existe algo que se llama principio de no injerencia y que Harsa Alasat lo considera uno de sus compromisos básicos.

—¿Te parece justo un principio que dice que en ningún caso se puede intervenir en un planeta que no sea el tuyo, ocurra lo que ocurra entre sus habitantes?

Permitimos un asesinato el día en que llegamos, y una tortura, la del esclavo que peleó contra Thjódrik.

En las dos ocasiones los niflúngars se valieron de la fuerza de sus armas.

¿Es justo permitirlo cuando resulta posible luchar contra ello?

Yo no lo creo así y no me importa lo que diga Harsa Alasat.

—El principio de no injerencia dice que los miembros de un pueblo más desarrollado tecnológicamente que otro no pueden utilizar esa superioridad para inmiscuirse en las relaciones sociales del pueblo menos desarrollado.

Deben dejar que resuelvan sus conflictos solos.

Pero bien, tú quieres intervenir. Haz una propuesta concreta.

Yo haré otra. Y que hablen Jane y Sebeok.

Porque hay que decidir también si intentamos ponernos en contacto con el resto de keris.

Érik inspiró hondo antes de hablar.