IV
La franja ecuatorial del continente, hacia donde nos dirigíamos, es la más cálida y húmeda, y también la más cenagosa.
Al sur y al norte de esa zona central comienzan tierras más secas: bosques, como aquel por el cual huíamos, que terminan en las enormes cadenas montañosas meridional y septentrional, tras las cuales solo hay páramos fríos y el mar al fin de todo, también al este y el oeste del único continente habitado.
El océano ocupa un ochenta por ciento de la superficie planetaria, apenas tiene vida animal y resulta desconocido y temible para los niflúngars, que nunca navegaron por él.
Todo esto nos lo explicó Ejalmberri jornadas después, cuando pudimos detenernos en nuestra huida; nos explicó muchas más cosas que no sabíamos.
Pero la noche en que escapamos de la casa de Elorridi y los días que siguieron apenas teníamos tiempo para hablar.
En la luz y en la no luz, caminábamos a marchas forzadas, a través de los bosques, parándonos solo a comer cuando Jar estaba en lo más alto y a dormir el último dros de la noche.
No bien amanecía, volvíamos a andar. Habíamos llegado a Niflhéim a finales del verano en la zona poblada.
Afortunadamente para nosotros, los extranjeros, aún faltaba medio mes para el intervalo hacia el invierno e íbamos hacia tierras más cálidas.
Debíamos sentirnos contentos por ello, nos decía a menudo Ejalmberri, pero tampoco para eso teníamos tiempo.
Huíamos diecisiete nókvaars —Skékkil, sus hombres y Sienild—, un niflúngar y nosotros cuatro, un grupo demasiado numeroso para ocultarse fácilmente.
Así que Skékkil nos llevaba a través de lo más intrincado del bosque, lejos de los caminos por los que sin duda nos perseguían, a caballo, los guerreros de Elorridi, al mando de este mismo, sin duda también.
Nuestra única ventaja era que ellos ignoraban la ruta que seguíamos y el lugar exacto donde Skékkil escondía su refugio, su campamento, en las tierras de los pantanos.
Pues íbamos hacia allí y allí estaban todos los nókvaars libres que acaudillaba el prometido de Sienild.
Solo en alguna ocasión durante aquellos días, escuchamos a lo lejos un galope de caballos o el sonido de un cuerno en la espesura.
Entonces nos internábamos más todavía entre los árboles, hacia otro rumbo, aunque significase alargar el camino.
Pero, nos aseguraban Ejalmberri y Sienild, y Skékkil lo pensaba igualmente sin decirlo, tarde o temprano, en el bosque o en el refugio, el keri nos encontraría.
Se trataba de una región inhóspita, de aire malsano, pero que, bajo la luz roja de Jar, podía convertirse en un espectáculo bellísimo.
La espesura verde se teñía de color cobre, resplandecía el agua de las charcas cenagosas con un fuego colorado.
La tarde traía un naranja turbio, hasta que al fin el mundo se anegaba en las brumas violetas del ocaso.
Y caía la noche bruscamente, volviéndonos ciegos.
Teníamos que encender antorchas para continuar andando, pese al peligro de ser vistos.
Solo árboles, maleza, pantanos que esperaban un descuido, insectos que nos torturaban con su zumbido y sus picaduras, a pesar de que los nókvaars nos habían dado una especie de pasta cremosa para untarnos la piel.
A veces, lo peor era el viento. Por la noche solía despertar.
Yo lo escuchaba mientras intentaba dormir.
Su lamento largo, entrecortado pero insistente, una y otra vez, una y otra vez.
Aquel sonido conseguía alterar mi sistema nervioso más que ninguna otra cosa.
Lo odiaba. Mi único consuelo y la única forma de lograr dormir era abrazándome muy fuerte a Érik.
A todos nos irritaba el viento y además estábamos muy cansados.
Apenas comíamos porque apenas había para comer, así que no teníamos modo de recuperar las fuerzas perdidas por lo dificultoso de la marcha.
Quienes más sufrían eran Jane, Ejalmberri y Sienild.
Érik y yo teníamos algo más de resistencia, aunque poca.
Solo Sebeok y los nókvaars soportaban en mejores condiciones tantos dros de huida.
Los seis dormíamos juntos, o más bien muy juntos, para protegernos de la humedad y del frío de la noche, intenso a pesar de encontrarnos en una región cálida: la atmósfera de Niflhéim propiciaba esas fuertes diferencias entre temperaturas diurnas y nocturnas.
Dormíamos exhaustos, sucios, doloridos a causa de los pequeños pero numerosos rasguños que nos hacíamos al caminar entre la maleza; cuerpo contra cuerpo, las mujeres en un lado —Sienild no podía dormir con su prometido, ya que los nókvaars son puritanos y, hasta que el compromiso de pareja no se afirma mediante una ceremonia parecida a una boda, no hay sexo ni nada que haga sospecharlo; al menos eso dicen—, los varones por otro, pero yo junto a Érik.
Y al lado de Érik, Sebeok, que por su parte guardaba una prudente distancia respecto a Ejalmberri, como si el roce con el cuerpo del hjeníkar pudiese contagiarle algo de esa malignidad de los niflúngars en la que al parecer creía aún.
Jane, sin embargo, que durante el viaje se había mostrado siempre reacia a cualquier tipo de contacto corporal, ahora dormía tan cerca que yo notaba a veces su respiración en mi piel; a veces, en su sueño, se apretaba contra mí o contra Sienild en busca de calor.
Pero al fin llegamos. El refugio de los nókvaars libres se enclavaba en una alta colina totalmente rodeada de ciénagas, lo que constituía su mejor defensa.
De hecho, para alcanzarla tuvimos que hacer un nada sugestivo trayecto por unos delgados troncos de árboles a modo de puente sobre una charca de arenas movedizas.
La vegetación ocultaba el campamento, más de veinte cabañas de madera y barro, cada una con capacidad para diez personas si se trataba solo de dormir, y se utilizaban para eso.
En cuanto llegamos, nosotros seis nos metimos en una de ellas.
Volvimos a la realidad en plena luz. Jar estaba en lo más alto, aunque dentro de la cabaña solo había una penumbra rojiza.
Uno a uno despertamos para mirar a los otros, las caras con menos huellas de cansancio, pero sucias; añorando las comodidades de la casa de Elorridi.
Aquí teníamos que dormir en el suelo, sobre pieles demasiado finas.
Salimos. Sebeok ya se encontraba al aire libre, sentado sobre la tierra, observando un fuego encendido frente a él, donde un nókvaar joven cocinaba.
Ajeno a las miradas de casi todos los habitantes del campamento —más de doscientos, la mayoría varones, solo un tercio mujeres y niños—, el hombre de Helevorn se mostraba relajado.
Al aparecer nosotros cinco, aquellas miradas se desviaron para observarnos.
Sienild era de los suyos y debían de conocerla o de haber oído hablar de ella, la prometida de su líder.
Sin embargo, se trataba de una nókvaar de, digamos, categoría superior a la de muchos, por ser una sirviente personal de un keri, lo que provocaba, comprendimos pronto, en unos curiosidad y en otros recelo.
En cuanto a Ejalmberri, desde el primer instante suscitó reacciones de miedo o rechazo, pese a que el hjeníkar se esforzaba en mostrarse amable y pacífico.
Y hacia nosotros cuatro, los extranjeros —helitharendi es la palabra niflúngar y significa «los que vienen del espacio oscuro»—, ¿qué podían sentir los nókvaars sino todo eso: temor, rechazo, curiosidad, asombro?
Sebeok los sorprendía por su enorme corpulencia, que superaba incluso a la de los niflúngars; Érik, por ser mestizo de negro y blanco; Jane y yo, porque nos vestíamos y actuábamos igual que nuestros compañeros varones.
Nos miraban abiertamente, pues allí nadie se lo prohibía.
Un niño ya se había acercado a Sebeok y, luego, vino hacia nosotros y se detuvo ante Érik.
Este le tendió la mano y el niño acercó poco a poco la suya, hasta tocar la piel oscura del desconocido.
Érik rio. En ese momento llegó la que debía de ser la madre del niño para llamarlo a gritos.
Al poco apareció Skékkil, quien, tras dirigirse hasta la hoguera, habló a todos.
—Dice que somos amigos —tradujo Jane—. Que hemos llegado del espacio oscuro en un vehículo que vuela, pero no traemos esclavos para los niflúngars, sino que vamos a ayudarlos contra ellos.
Que no tengan miedo porque nuestro aspecto sea raro.
Que Ejalmberri es también amigo y no les hará daño.
Que nosotros somos muy poderosos y venceremos a los niflúngars.
Todo fue fácil después de que Skékkil hablara.
Los nókvaars confiaban en él. Eran buenas gentes, valerosas, un poco tristes, con esa melancolía de las razas sometidas.
Pensé en mi madre, mestiza en una sociedad de blancos racistas aunque no tuviesen esclavos, un mundo en el que estaba sola.
Y pensé en Érik y en su planeta, donde no hay una raza que someta o desprecie a otra, y en que allí mi madre sí habría podido vivir en paz.
De niña, me odié muchas veces por alegrarme de que apenas nada en mi apariencia delatara que tenía ascendientes no blancos.
Una alegría que consideraba una traición.