La rosa de las nieblas III #6
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III #6

Sebeok, Érik y Ejalmberri aguardaban ya dispuestos a la huida.

Se inició dentro del cuarto una discusión exclusivamente masculina.

Ni siquiera necesitaban a Jane, porque Ejalmberri sabía ínter además de la lengua niflúngar, aparte de ser el objeto de dicha discusión, que se alargaba demasiado, me atreví a recordarles.

Al fin, acabó la disputa. Skékkil aceptó, aunque con muy poco entusiasmo, que Ejalmberri se uniese al grupo.

—Ya me contarás cómo han logrado ponerse de acuerdo —le dije a Jane.

Y en ese momento Sienild gritó. Estaba apostada junto a la puerta.

Hati nos había descubierto. El sirviente, que dormía en la habitación de al lado, debió de despertarse con el ruido de la lucha contra los guardias, o de la disputa, o quizás había visto entrar a Ejalmberri y las sospechas lo llevaron a permanecer toda la noche alerta.

Según nos contó luego Sienild, Hati solo tenía dos propósitos firmes en su vida: primero, conservarla por encima de todo —por eso nunca se habría convertido en fugitivo—; segundo, librarse de las condiciones más rigurosas de la esclavitud, sirviendo lo más fielmente posible al keri, aun en contra de los de su raza.

De todo tiene que haber en los mundos. Hati nos había descubierto y corría por el pasillo hacia los centinelas más próximos.

Tras él salió Skékkil, aunque tarde. El sirviente no debía de ser un gran guerrero, pero tenía buenas piernas y una buena voz.

En cuanto vio que el otro nókvaar lo seguía, comenzó a lanzar tales alaridos que me extrañó que no despertase a todo Niflhéim.

Nosotros también salimos a la carrera en dirección a los baños y apagando teas por el camino.

Pronto aparecieron niflúngars que nos cortaban el paso.

Por detrás oíamos voces, aunque la oscuridad impedía que se acercasen rápidamente.

Al principio logramos esquivar, adentrándonos por otros pasillos, a los vigilantes que nos buscaban.

Pronto fue imposible, y no solo aparecían centinelas, sino también muchos más guerreros, algunos a medio vestir, pero armados.

Skékkil y su compañero iban delante con Sebeok, que había tomado una espada y la manejaba como si lo hubiese hecho toda su vida. Tras ellos, Sienild, Jane y Ejalmberri, y cerrando el grupo, Érik y yo.

Conseguimos descender al piso bajo y nos acercamos a la zona de los baños.

Entonces Skékkil hizo sonar un cuerno que llevaba colgado de su cinto.

Era una llamada a sus catorce compañeros, que no tardaron en aparecer, bien pertrechados, sobre todo, con hachas.

Gran número de nókvaars fugitivos habían sido leñadores o ejercido, durante su vida de esclavos, actividades para las que se requiere mucha fuerza física, de ahí que a su cabecilla Skékkil le bastase adiestrarlos un poco para convertirlos en excelentes guerreros.

Aquel sonido se repitió en otros, más cerca, más lejos: los cuernos niflúngars daban la alarma.

Ahora todo era estrépito, ruido de espadas contra escudos, lanzas que se rompían, hachas que silbaban al cortar el aire y hombres que aullaban cuando ese filo los hería o les cercenaba un miembro.

Y gemidos de quienes recibían una estocada mortal, mientras que los que atacaban se daban ánimos con otros gritos.

La lucha era ya a muerte. No bastaba con menos.

En la penumbra que nos envolvía a todos —la luz de las antorchas era apenas suficiente para distinguir a amigos de enemigos—, solo Érik peleaba en silencio, emergía de las sombras para golpear a los niflúngars en los brazos y desarmarlos; en las piernas y hacerlos caer; en los ojos, en la cabeza, en los genitales.

Sus movimientos de pies y manos, sus saltos eran tan ágiles y rápidos que yo casi no podía percibirlos, y tampoco los niflúngars, confiados en exceso frente a él porque tenían armas y sorprendidos ante un rival que no las necesitaba para vencerlos.

Yo colaboraba en lo que podía —nosotras tres y Ejalmberri procurábamos refugiarnos en los rincones—, una mano siempre cerca de mi pistola.

Como llevaba también un puñal, aprovechaba los descuidos de los niflúngars para asaltarlos por la espalda y clavárselo en ella cuando iban sin armadura o en el cuello si la llevaban.

No era muy honesto, pero sí de lo más efectivo.

Desde luego, una cosa era narrar una lucha cuerpo a cuerpo y otra, muy distinta y bastante más desagradable, participar en ella.

No se trataba solo de que te jugases la vida aunque no te movieses, y que costaba mucho clavar un puñal en un cuerpo, sino que desearías olvidar por completo cuanto estabas viendo.

Sienild cerraba los ojos, pero Jane y yo no.

Y las heridas con armas de acero son casi siempre atroces.

Una espada puede atravesar por completo un torso, la punta sale roja por la espalda, y los estertores del hombre que muere son como un gorgoteo porque se ahoga en su sangre.

Puede también hundirse en un vientre y, al ser arrancada, el herido se lleva las manos al agujero y recogerá en ellas sus intestinos.

El mejor sitio para clavar una pica es la garganta.

Un escudo manejado por un guerrero con la suficiente fuerza puede destrozar un cráneo sin casco.

Todo eso ocurrió ante nuestros ojos, la sangre nos manchó y vimos saltar en el aire miembros cortados.

En más de una ocasión, tuve ganas de vomitar.

Y Jane también debía de sentirlas, porque estaba muy pálida.

Varias veces se apoyó en la pared para recobrarse.

Al fin me decidí a poner una mano en su hombro.

—Ánimo. Se lo merecen: la guerra la inventaron los varones.

Conseguimos avanzar hasta muy cerca de los baños. Pero desde el patio llegaban más niflúngars, por lo menos cincuenta, y entre ellos había thridis.

Nos rodearon. Cinco se dirigían hacia nosotras, las mujeres, con intenciones poco amistosas. Otros cinco cercaban a Érik, que se había quedado solo. Saqué mi pistola.

—¡Érik! —grité—. ¡Voy a disparar!

Ejalmberri, a mi lado, vio mi arma.

—¡Utilízala! —me dijo.

—¡Dispara, Yolen! —gritó Érik.

Disparé. Contra los atacantes de Érik, primero, y contra los que venían hacia mí. Soy muy rápida y tengo una excelente puntería.

Uno, dos, cinco niflúngars cayeron. Antes de que pudieran darse cuenta.

Se hizo un silencio absoluto. Los niflúngars vivos estaban tan inmóviles como los muertos. También los nókvaars. Érik y Sebeok empuñaron sus pistolas.

Los niflúngars retrocedieron.

—¡Vámonos, ahora! —grité en ínter, e hice un gesto hacia los baños. Todos los nuestros lo entendieron.

Al fondo del patio se escuchó una voz, fuerte, ronca, que parecía dar órdenes. Los guerreros de Niflhéim le abrían paso. Era Elorridi. Arengaba a sus hombres contra nosotros.

Érik disparó un par de veces al aire con su pistola láser. Aquella luz acabó de aterrar a nuestros enemigos. Alguno huyó abandonando sus armas. Pero solo alguno.

Así que corrimos tras Skékkil y Ejalmberri, que nos guiaban. El acceso a los pasadizos era una angosta escalera más allá de la habitación de los baños. Daba a una gran cueva, donde estaban las mazmorras. De allí salían varios pasillos. Skékkil se internó por uno, sin dudar un instante.

Al principio y al final de la fila, dos nókvaars alumbraban con teas el camino. Porque allí abajo no había iluminación alguna. De todas maneras, éramos veintidós, por lo que quienes caminábamos en el centro apenas veíamos.

Los pasillos, excavados en roca, eran muy angostos.

Con frecuencia, el techo no llegaba a los dos metros.

La piedra que pisábamos subía y bajaba. Se trataba, en efecto, de un enorme laberinto.

Numerosos pasillos cortaban el nuestro y cada cincuenta metros nos encontrábamos nuevas bifurcaciones.

Su construcción debió de ser un trabajo ímprobo, realizado, como supimos luego, por los nókvaars.

Subimos por escalones resbaladizos, giramos a derecha e izquierda hasta marearnos, tuvimos que ir a cuatro patas en ocasiones.

El olor a humedad —las paredes estaban tan mojadas que era mejor no intentar sujetarse en ellas— y la falta de oxígeno eran tales que Érik, Jane y yo, nativos de mundos bastante más hospitalarios, nos ahogábamos.

No sé cuánto tiempo tardamos en salir de aquel subterráneo.

Una hora, o cinco quizás, o puede que diez.

Pero al fin noté en la cara un frío que no era la humedad, los nókvaars que me precedían lanzaron exclamaciones de júbilo y unos brazos, los de Sebeok, me aferraron y me llevaron casi a rastras a respirar aire libre.

El pobre aire de Niflhéim, que entonces me pareció maravilloso.

A mi lado, Jane y Érik lo inhalaban con igual avaricia.

El viento nos golpeó. Habíamos salido de la casa de Elorridi.

Sin embargo, dijo Skékkil, no podíamos detenernos.

El keri nos perseguiría sin descanso, nos perseguía ya.

Así que nos pusimos en pie y caminamos hacia el bosque de Brynjolf, muy cerca de nosotros, invisible en la noche oscurísima.