La rosa de las nieblas III #5
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III #5

—Dice Sienild —respondió Jane tras un nuevo intervalo en el otro idioma— que, bajo la casa, donde están los lugares en los que se encierra a los prisioneros —supongo que se refiere a mazmorras— hay pasadizos.

Muchos. Muy largos. Un laberinto. Conducen precisamente hasta cerca del bosque de Brynjolf.

Sirven para huir de la fortaleza en caso de necesidad.

Y también para entrar en ella, siempre que se sepa cómo.

Si te pierdes allí, la muerte es segura.

Skékkil tiene un mapa. Se lo robó a Elorridi.

Este es capaz de orientarse en ellos sin ese mapa, privilegios de keri.

Por allí entrará Skékkil y por allí saldremos.

Hay un acceso en los pozos de baño. El problema es llegar hasta él.

Porque Sienild viene a decirnos también que, tras la cena, Yolen y yo debemos ir a nuestro dormitorio, lo manda Elorridi.

Estamos vigilados. Y en cuanto aparezca Skékkil con sus hombres, toda la fortaleza se pondrá en pie.

—¿Utilizaremos nuestras armas? —pregunté en ínter.

Una pregunta que nadie se atrevió a responder.

Usar pistolas en un planeta donde solo tenían armas antiguas suponía no ya una declaración de guerra, sino una muestra de que éramos enemigos muy superiores.

¿Y quién iba a hacer luego tratos de igual a igual con enemigos demasiado peligrosos?

Desde un principio, habíamos decidido que ese debía ser nuestro último recurso.

—Creo que no es conveniente que nos precipitemos —dijo Érik—. Yo no necesito pistola. Tengo mis manos y mis pies, me bastan frente a espadas y lanzas. Y Sebeok sabe utilizar una espada muy bien.

—¿Y yo? —intervine—. Antes de venir a Niflhéim solo había visto esos instrumentos de acero en hologramas. No puedo enfrentarme a individuos de dos metros sin un arma que sepa manejar perfectamente. ¿Y Jane?

Jane no había tenido en sus manos ningún tipo de arma en toda su vida. Por eso a los otros tres nos había desagradado que la incluyeran en el equipo.

—Si creéis que me gusta que tengáis que protegerme —dijo ella—, estáis equivocados.

Sabéis por qué y para qué vine aquí. No tengo la culpa de que no hubiese una persona que, aparte de conocer la lengua y la historia niflúngar, fuese una luchadora experta como vosotros.

No habéis hecho en todo el viaje más que darme a entender que puedo ser un estorbo.

Además, os recuerdo que Sienild también vendrá con nosotros. Y Ejalmberri.

—Ejalmberri, no —dijo Sebeok—. No llevaré a un niflúngar, de ningún modo.

—¡Se lo prometí!

—¡Eso tendremos que decidirlo entre todos, Sebeok!

—grité—. Y tú, Jane, tranquilízate. Has cumplido muy bien tu misión y te necesitamos.

Somos los primeros interesados en cuidarte.

—Yo intentaba suavizar tensiones, así que me olvidé de todas las veces en que Jane había querido demostrarnos que ella era superior, precisamente, porque no se dedicaba a las armas—.

Tampoco a mí me apetece incluir en la huida a un niflúngar, ¡pero no llegaremos a ningún lado si consideramos a todos los habitantes de este mundo, niflúngar o no, como enemigos!

No podíamos seguir discutiendo. Sienild debía marcharse, su presencia en nuestra habitación durante demasiado tiempo resultaría sospechosa para los guardias de la puerta. Pero ¿cómo resolver un conflicto en una nave sin mandos?

—Votemos —propuso Érik, que nunca habría venido a esta misión bajo las órdenes de nadie.

Votamos. Decidimos huir con la ayuda de Skékkil —aunque yo hubiese replanteado el aceptar el plan de Elorridi, posibilidad que no me parecía tan insensata— y con Ejalmberri.

Y usar las pistolas solo si nuestra vida peligraba.

Y luego de escapar, ¿qué? ¿Y qué nos pediría a cambio de su ayuda Skékkil?

Pues estaba claro que en Niflhéim nadie ofrecía nada si no era a cambio de otra cosa.

No había tiempo para responder a esas preguntas.

Sienild, Jane y yo salimos. La nókvaar desapareció rápidamente tras dejarnos en nuestro cuarto, cuya puerta cerró uno de los vigías silenciosos y armados, y además enormes. Sin duda, el keri los había escogido entre sus mejores guerreros.

Busqué mi pistola, oculta entre mi ropa limpia, y me tendí en la cama, con el arma bajo la almohada y una copa de martok. Jane se sirvió otra. Siempre había dicho que era abstemia.

—¿Vas a beber? —le pregunté, sorprendida.

—Sí.

—Te advierto que yo también tengo miedo. Al fin y al cabo, son demasiados niflúngars aun enfrentándolos con pistolas. Jane, ¿tú crees que Elorridi quiere convertirse en el nuevo emperador?

—¿Por qué, si no, se niega a que hablemos con los otros keris? Busque lo que busque, lo quiere solo para él.

—Es un hombre extraño. Tal vez no deberíamos juzgarlo desde Íngvar, sino desde él mismo.

—Eras tú la que odiabas a los niflúngars y creías que no podían ser muy distintos al emperador.

—Si manejases un arma como manejas las palabras para herir, no tendría yo el menor miedo a los niflúngars.

Jane se puso a leer un libro; yo cerré los ojos para disolver la irritación que me provocaba su persona.

Había tratado de encontrar en ella un fantasma y el fantasma no aparecía.

La cólera no sirve de nada, afirmaba Érik: es una niebla para la mente, fango para el corazón.

Si te dejas llevar por ella, nunca vencerás.

Incluso resulta mejor el odio, que es frío y aguza el entendimiento.

Pero el odio, como el hielo, lo mata todo, nos convierte en hielo también.

Eso decía Érik para intentar liberarme de la ira y el rencor que tan a menudo me dominaban, del odio y del deseo de venganza que me habían traído a Niflhéim.

Todos mis sentimientos eran fuerzas destructivas para los demás y, sobre todo, para mí, decía, y con razón.

Él era la única persona hacia la que había sentido amor en mucho tiempo.

¿Cómo me permitía criticar a Jane porque ocultaba sus emociones o por agredirnos cuando la agredíamos?

La larga noche de Niflhéim. Nos quedaban por delante dieciséis horas ínter, más de tres intervalos de no luz según el cómputo niflúngar. Skékkil vendría en cualquier momento, siempre antes del amanecer, había dicho Sienild. Ella nos avisaría.

—Durmamos un poco, por turnos —propuse.

Dormí durante tres horas; luego, Jane; de nuevo, yo. De ese segundo sueño, en el que tuve pesadillas, no me despertó mi compañera, sino Sienild. Iba cubierta con un manto oscuro y acompañada de dos hombres: Skékkil y un nókvaar desconocido.

—¿Cómo han logrado llegar hasta aquí? —pregunté, intentando desprenderme del sueño.

—A través de las dependencias de los sirvientes y de la habitación de Sienild —me contestó Jane—.

No vienen solos, hay otros catorce nókvaars que esperan ocultos en los baños.

Han tenido que librarse de algunos centinelas del interior de la casa.

Aunque ahora no hay muchos vigías, debemos darnos prisa, antes de que uno de ellos descubra los cuerpos y dé la voz de alarma.

—Sabíamos que toda la casa, desde las almenas hasta los pasillos interiores, estaba vigilada día y noche para evitar posibles ataques por sorpresa de otras familias niflúngars o incursiones como esta—.

El problema no es entrar, sino salir. Además, tenemos que ir hasta el dormitorio de Sebeok y Érik.

Me incorporé, guardando mi pistola en el bolsillo de un grueso sobretodo que me puse para protegerme del frío exterior.

—Hay otro problema —continuó mi compañera—. Ejalmberri está con Érik y Sebeok, dice Sienild. Consiguió que los guardias lo dejaran entrar al principio de la noche. Pero Skékkil no quiere llevarlo con nosotros.

Le di una patada al suelo.

—¡Por la vida que me queda, me dan ganas de olvidarme de todos y salir de aquí por mi cuenta! Dile cualquier cosa, que le hemos hecho una promesa solemne a Ejalmberri y somos gente que siempre cumple su palabra, que sin él no nos iremos o que es inofensivo, aunque eso esté todavía por demostrar.

—Me temo, Yolen, que Skékkil no acostumbra a discutir estos asuntos con mujeres.

—¡Pues entonces que lo hable con Sebeok y Érik, pero vámonos! Toma una pastilla de doza, Jane, yo tomaré otra. Y dile al tipo este que si puede conseguirme una lanza.

Ante la pregunta de Jane, Skékkil me miró de arriba abajo, como si yo estuviese loca o tuviera ganas de jugar.

—Dejémoslo. —No le di tiempo a hacer ningún comentario—. Ya me encargaré de conseguirla.

Skékkil y su compañero desenvainaron las espadas, ordenándonos con gestos que nos pusiéramos en un rincón del cuarto.

Después abrieron bruscamente la puerta y se lanzaron sobre los vigías niflúngars, que apenas pudieron reaccionar.

Skékkil desarmó con su espada a uno y lo agarró por el cuello, hasta que el niflúngar se vino abajo.

El otro nókvaar tuvo más problemas, preocupado ante todo porque el centinela no gritase.

El niflúngar se debatía entre sus brazos.

Al fin, fue Skékkil quien lo noqueó, con dos puñetazos.

No mataron a los niflúngars, pues, como supimos luego, Skékkil solo mataba si era inevitable.

Y salimos los cinco corriendo hacia la habitación de los varones. Aproveché para llevarme el puñal que uno de los vigilantes tenía al cinto. Las espadas pesaban demasiado y las lanzas eran excesivamente largas para mí.

Todos los pasillos estaban iluminados con antorchas, que el compañero de Skékkil iba arrojando al suelo y apagando tras quedarse con una. Detrás de nosotros dejábamos la oscuridad.

Afortunadamente, antes de llegar al cuarto de nuestros compañeros había un recodo en el pasillo.

Allí nos ordenó Skékkil detenernos y los dos nókvaars se abalanzaron sobre los guardas de la puerta.

Desde luego, Skékkil era un luchador formidable: tampoco estos pudieron dar la voz de alarma antes de caer.

Claro que nuestra suerte no iba a durar mucho.