La rosa de las nieblas III #3
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III #3

—Después…, cuando volvía hacia el dormitorio, me he encontrado con Elorridi.

Me ha llevado al salón. Estábamos solos.

Ha sido extraordinariamente… amable. Me ha ofrecido todos los documentos de la casa, todos, sin excepción, por si quiero estudiarlos en los próximos días.

Como una prueba de que desea ayudarnos en la lucha contra Íngvar.

Intenta que confiemos en él, en un plan que está meditando y que nos beneficiará a todos si lo aceptamos. Nos lo explicará hoy mientras comemos.

—¿Ha intentado comprarte ofreciéndote esos documentos? —preguntó Érik.

—Yo diría que la conversación iba por caminos más personales.

Son las conclusiones que he sacado, ya sabéis lo que les gustan los circunloquios.

Creo que pretendía conocer cuáles eran mis escrúpulos en cuanto al modo de acabar con Íngvar.

Y respecto a los archivos, no solo buscaba un posible apoyo mío a sus planes, sino que era un ofrecimiento… privado, podría decirse.

—Ha tratado de seducirte, digamos también —intervine.

—Pues sí. —Jane parecía azorada.

—¿Y te ha regalado una cadena como esta? —Señalé mi cuello.

Negó con la cabeza, mirándome con los ojos muy abiertos.

—Se le habrán acabado —dije—. Bien. Deducciones: tendrás que destacar en tus notas, Jane, el extraordinario apetito sexual de los varones niflúngars y que Elorridi tiene una especial debilidad por las relaciones interétnicas.

O que quiere darle celos a Sienild. O que lleva demasiado tiempo sin follar, con eso de que las mujeres han huido. ¿Alguna otra hipótesis?

Muchas. Las discutimos, junto con Sebeok, que llegó mientras lo hacíamos. Luego, los cuatro meditamos juntos, después de haber llegado a una sola conclusión: por encima de todo, debíamos permanecer unidos. Realmente, en aquellos momentos sentíamos por primera vez esa unión y nos alegrábamos.

Cuando Hati vino a buscarnos y nos anunció que el keri esperaba en la mesa, estábamos preparados para lo que pudiese venir.

La sonrisa con que nos recibió Elorridi me resultó desagradable.

Había estado jugando con nosotros o, más bien, con nosotras, pensé.

Creyendo quizás que Jane y yo, por ser mujeres, nos rendiríamos a sus supuestos encantos, a sus halagos, pero consciente de que esas propuestas que nos hacía, bien personales, o bien respecto a nuestra misión, no las íbamos a ocultar entre los cuatro.

Un juego turbio, el del keri. ¿Tan fuerte se sabía como para permitírselo?

—Bienvenidos —saludó. La comida, igual que de costumbre, era espléndida. Nos sirvió martok.

Comimos en la mesa pequeña del salón, donde nos habíamos sentado el primer día. Como aquel, junto a nosotros un nókvaar tañía el kolovik, el instrumento de cuerda y percusión, una melodía dulce, pacífica. Solo en la sobremesa Elorridi empezó a hablar:

—Decidme, ¿quién gobernará el Imperio si desaparece Íngvar? ¿Lo hará esa unión, Harsa Alasat?

—Cada mundo podrá elegir su camino —respondió Érik—. Supongo que unos querrán encontrarlo por sí solos; otros lo buscarán juntos, estableciendo una alianza que puede ser Harsa Alasat u otra. Y quienes piensan como yo tratarán de convencer a todos de que la única libertad es la libertad sin mandos.

—Y lo intentaréis de un modo pacífico, por supuesto.

—Por supuesto. Incluso para convenceros a vosotros, los niflúngars. Y a vuestros esclavos.

—No tengo nada que objetar a eso. Es coherente.

—Hizo una larga pausa antes de proseguir—.

He conversado con Yolen y con Jane, supongo que estaréis informados todos.

Con vosotros —señaló a Érik y Sebeok— no he tenido oportunidad de encontrarme a solas, ya que precisamente estabais juntos los cuatro cuando he querido hacerlo.

—Siempre parecía saber lo que pensábamos y se adelantaba a una posible protesta por su modo de actuar.

—¿Y por qué tanto interés por vernos a solas, Elorridi? —lo interrogó Érik, sin disimular la suspicacia.

—Si voy a hacer un trato con vosotros, puedo intentar conoceros de la manera que me parezca más conveniente. A ti, por ejemplo, Érik, te hago la misma pregunta que a tus compañeras: ¿has matado, matarías o aceptarías que un niflúngar matase para conseguir esa libertad que tanto deseas?

Érik se mordió el labio. Todos los músculos de su cara estaban tensos, pero su mirada era tranquila.

—Lo haría si fuese necesario. Sin disfrutar con ello. Tu pregunta es insidiosa, keri.

—¿Por qué? Para mí no es malo que os mostréis dispuestos a matar por vuestras ideas. ¿Sebeok?

El hombre de Helevorn levantó sus ojos hacia Elorridi.

—Con mis propias manos lo mataría, pero si fuese tan sencillo, aquí no estaríamos.

—Buena respuesta. Escuchad, no creáis que critico vuestra rebelión.

A mí solo me interesa salir de este planeta con los míos.

Lo que yo piense sobre esa libertad que decís que los vuestros van a traer a todos los mundos es otra cuestión.

Sin duda, consideráis que me gusta el poder.

Pues sí, me gusta más ser un keri que un esclavo.

Me alegraría conocer un mundo en el que todos sus hombres fuesen libres, puedo asegurarároslo, pero no conozco sino este y no por mi voluntad: nos arrojaron aquí.

Yo solo creo en lo que ven mis ojos, no en ideas únicamente posibles en el futuro.

Durante mi vida solo he encontrado poderosos y sometidos, vencedores y derrotados.

Y en cuanto a los que se creen libres o intentan serlo, os diré, y os lo diré incluso con cierta amargura, aunque no lo creáis, que se engañan.

El nókvaar que apareció ayer en mi casa, por ejemplo, ese Skékkil.

Quizás vosotros aseguraríais que es un hombre libre.

Sí, hay nókvaar fugitivos que se han refugiado lejos de aquí, en una zona de bosques cerrados y tierras pantanosas, al pie de las montañas de septentrión.

Allí se creen libres. Los acaudilla Skékkil e incluso se atreven a hacer incursiones en todas las casas para llevarse a otros esclavos.

Tengo motivos para desear que Skékkil desaparezca, pero no porque sea el mando de ese rebaño de nókvaar huidos.

Y es que a los niflúngar nos interesa que exista ese rebaño.

Resulta muy simple: los nókvaar libres son más fecundos, tienen más hijos que los otros que viven en las casas.

Así que nos basta con atacarlos de vez en cuando para reponer nuestra pérdida de esclavos con individuos más jóvenes y más fuertes, ya que han aprendido desde niños a luchar.

Me diréis que algún día esa trampa se puede volver en nuestra contra.

No obstante, ese día está por llegar. Como vuestra libertad.

Pero bien, vayamos a lo importante. Vuestras pretensiones están claras: queréis la colaboración de los niflúngar para derrocar al emperador, pues pensáis que tal vez solo nosotros sabemos cómo conseguirlo.

Y habéis acertado. Decís también que sois simples mensajeros, intermediarios, que otros —los mandos de Harsa Alasat, supongo— deben decidir si el plan que propongamos los niflúngar es o no es aceptable.

¿Qué haréis cuando os hayamos ofrecido esas propuestas?

—Regresar ante Harsa Alasat y transmitírselas —respondí—. O incluso…

—¿Incluso?

—Podríamos llevar con nosotros a algunos niflúngars, en representación de aquellos que acepten la alianza.

—¿Tenéis espacio en la nave para eso? ¿Conseguiríais eludir las fuerzas imperiales fronterizas? —A Elorridi le brillaban demasiado los ojos. Empecé a sentirme nerviosa, a pensar que había dado un paso en falso. Miré a mis compañeros en busca de apoyo.

—Dinos cuál es tu plan, Elorridi. De una vez por todas, por favor —intervino Jane.

—Os he dado a entender la única posibilidad que encuentro: el asesinato.

Voy a deciros por qué no hay otra. Yo no conozco a Íngvar, jamás lo he visto, pero sé que es cierto lo que sospecháis.

Íngvar domina en profundidad ciertas fuerzas que vosotros consideraríais mágicas, no naturales, aunque nada en ellas hay de extraño para mi raza, que las conoce y utiliza desde tiempos muy antiguos.

O más bien utilizaba. Porque Íngvar, una vez se convirtió en emperador, envió a Niflhéim a sus soldados para que matasen a quienes dominaban esos poderes.

Y lo consiguió. Y habría hecho desaparecer a todos los niflúngar si no fuéramos mejores guerreros que sus soldados.

Íngvar nos teme. Seguimos siendo los únicos capaces de enfrentarnos a él y vencerlo, por muchos poderes que tenga y a pesar de su gran inteligencia y astucia.

¿Cómo? Así: decidme cuántos hombres pueden viajar en vuestra nave, además de vosotros cuatro.

Escogeré, entre mis mejores guerreros, ese número.

Llevadnos a ellos y a mí ante Harsa Alasat y les explicaré el modo en que nos introduciremos en cualquier mundo o nave donde se encuentre el emperador para matarlo.

Nadie conseguirá detenernos, os lo aseguro.

Después regresaremos a Niflhéim, a esperar que cumpláis vuestra parte del trato.

—Pero, Elorridi —Érik asumió la responsabilidad de responder—, no me parece tan fácil matar a Íngvar solo con vuestras espadas si es tan poderoso como afirmas.

Y, por otra parte, ya te dijimos que nos parecía más conveniente hablar con todos los keris, no queremos crear rencillas entre vosotros por elegir a uno y no al resto.

—¡Perderéis el tiempo! —gritó Elorridi—.

Esas rencillas ya existen, solo lograríais aumentarlas.

Cada keri querría ser él, y no otro, el único elegido, os lo aseguro.

Confiad en mí —continuó, muy suavemente—.

Yo no voy a traicionaros. Mi único deseo, ya os lo dije, es dejar de ver esa maldita estrella roja.

Compartiré mi triunfo con todas las casas.

—¿Por qué, entonces …? —comencé.