III #2
—Entonces, creo entender, lo has hecho por motivos personales.
No por una idea del espíritu, como Érik, o una idea y un interés de la mente, como Jane; no te ha escogido tu pueblo para que lo salves, como ocurre con Sebeok.
Has venido para vengarte de Íngvar, porque estuviste en sus cárceles.
Intentas cumplir un deseo tuyo, buscas tu exclusiva satisfacción.
—¿Adónde navegas, Elorridi?
—Habéis venido a pedirnos ayuda para acabar con Íngvar. Pero ¿no te importa el medio? ¿No te importaría que hubiese que matarlo, tal vez?
—No —dije. Ya lo entendía. Estaba hablándole a alguien con quien no era necesario tener miramientos, que podía ser tu aliado y luego tu enemigo, alguien a quien se podía comprar. Hablaba un keri niflúngar a una piloto libre.
—Esperaba esa respuesta. ¿Y ellos, tus compañeros?
—Nosotros no sabíamos qué íbamos a encontrar en Niflhéim, si sería posible entendernos con vosotros, hacer un trato.
O si ibais a matarnos. Se decían cosas muy extrañas de los niflúngars.
Las leyendas son oscuras o terribles. —Medité la frase: me gustaba; pronto hablaría con la misma retórica de Elorridi si continuábamos mucho tiempo allí—.
Tampoco sabemos, nadie entre los sublevados lo sabe, cómo derrotar a Íngvar.
De él también dicen que conoce secretos, que tiene poderes que lo hacen invencible.
Poderes mágicos o, al menos, que ningún habitante de ningún otro mundo logra explicar por las leyes de la razón.
Los tiene porque es un niflúngar. Así que solo vosotros seríais capaces de enfrentaros a él y vencerlo con sus armas.
Sobre los medios que utilicéis para conseguirlo, es un asunto que no discutiríamos nosotros cuatro, que somos simples mensajeros, no enviados plenipotenciarios.
Es algo que hablaríais con quienes nos mandaron aquí.
De modo que poco importan nuestras valoraciones personales.
Elorridi se levantó para servirse una copa de martok y ofrecerme otra.
—Lo que dicen de Íngvar es cierto, Yolen. Él tiene poderes. Yo, no. Trataremos esa cuestión más adelante. Ahora te digo que estoy madurando un plan y que durante la comida os lo expondré.
Se sentó y estuvo callado unos instantes.
—¿Te gusta ser piloto libre, Yolen? —preguntó después. Su voz se había dulcificado de nuevo.
—A veces.
—¿Por qué elegiste ese camino?
—No encontré otro.
—Es duro estar en una cárcel, ¿verdad? Yo también me siento prisionero aquí, en este mundo. ¿Navegas sola?
—Ahora que tengo mi propia nave, sí. Es pequeña pero suficiente. Al principio me enrolé en naves grandes, con tripulaciones más o menos numerosas. En ellas aprendí todo lo que sé.
—¿A qué os dedicabais?
—Al contrabando, tú ya sabes, pero también al comercio legal en las zonas exteriores.
—¿Nunca has estado en naves piratas?
—No, aunque, desde luego, alguna vez aprovechamos las ocasiones que se nos presentaban.
—¿Y en tu propia nave, ahora?
—Me dedico al comercio en el exterior y al transporte de viajeros en esas zonas si pagan bien. No contrabandeo salvo si los beneficios son muy atrayentes. Es demasiado peligroso. Y no soy proveedora de esclavos. No me gusta.
Rio el keri. Y dijo:
—Debes de conocer muy bien las zonas exteriores y las prohibidas para formar parte de esta misión.
—He saltado muchas veces la frontera.
—Nunca viniste a Niflhéim.
—Está demasiado lejos. En realidad, no conozco a ningún piloto que haya venido. He hablado con algunos que conocieron a otros que tenían un amigo que al parecer vino alguna vez.
—Pagamos muy bien a nuestros proveedores habituales, no solo las mercancías, sino también el silencio.
—¿Por qué?
Elorridi se limitó a sonreír.
—Envidio tu libertad, Yolen. Y lo que has visto y aprendido navegando. Los mundos que conoces.
—No tantos, en realidad. Cuando formaba parte de las tripulaciones, casi nunca desembarcaba. Diría que tú sabes de muchos de ellos más que yo, aunque nunca hayas salido de Niflhéim. Tus conocimientos son admirables. Y sorprendentes, en un planeta tan aislado.
—Pagamos para que nos los traigan. Jane podrá comprobarlo en los documentos que se guardan en esta casa.
En ninguna otra hay tantos, te lo aseguro.
Soy señor de guerreros; no obstante, no solo cultivo las armas, sino también la mente.
Es mi obligación como keri, pero a la vez me complace.
Si no fuese un keri, te pediría que me llevaras en tu nave.
A veces me siento muy solo aquí, en este mundo olvidado, en esta casa que debo gobernar.
Entonces converso con Ejalmberri. Es un buen hjeníkar, me ha enseñado mucho.
Calma mi sed de conocimientos, pero no de libertad.
Aunque quizás tú, que eres libre, también te sientas sola. ¿No es así?
—Sí.
—Eres una mujer valiente, Yolen. Tal vez porque has sufrido.
Me gustan las mujeres así. Hay mujeres con una belleza bien visible, inmediata.
Me atraen, no te lo niego. Hay otras que, al principio, no te parecen hermosas, pero en las que, según las vas conociendo y las observas con calma, descubres lo que antes no habías sabido ver.
Tú me resultas atrayente ahora. Eres casi tan alta como una niflúngar.
Y más esbelta. Tu pelo es muy negro y tus ojos también.
La línea de tu boca es delicada. Indica que tu dureza es fuerza, no frialdad.
Enarqué las cejas sin saber qué decir.
—Quizás tú no te das cuenta de todo eso, Yolen. Quizás, en una cárcel o navegando a solas, te has olvidado de ti misma, del amor.
Me miraba a los ojos. Sostuve la mirada, a la expectativa. Continuó:
—Me gustaría que fuésemos amigos. Me gustaría… Tal vez quisieras acompañarme en alguna ocasión, a caballo, por los bosques de mi casa. Te dije que iba a llevarte a conocer los muyi.
—Nunca he montado a caballo.
—Entonces, me agradaría enseñarte.
Se había acercado a mí poco a poco, hasta casi rozarme. De pronto, se levantó, buscando la bolsa colgada de su cinto.
—Me hiciste un regalo, con tus compañeros. Te hago otro.
Era una cadena fina de oro rojo, con una piedra en el centro. Azul.
—¿Me dejas…?
Yo estaba atónita. Me la puso. Me invitó a levantarme e ir frente al espejo. Sus manos en mis hombros, aunque solo las apoyaba, en ningún momento hizo presión. Su pelo rozaba el mío.
—¿Te gusta?
—Sí. Gracias.
Él no me gustaba, pero por un momento me irritó pensar que me estaba utilizando para darle celos a Sienild. Entonces dijo:
—Sabes lo que siento por Sienild. Y yo creo saber que entre tú y Érik hay algo más que un vínculo de compañeros de viaje. No te busco como sustituta de ella, no pretendo convertirme en sustituto de él.
Quitó las manos de mis hombros.
—Nos veremos en la comida. Allí, ya te lo he dicho, os expondré mi plan. Queda pendiente, después, ese paseo a caballo. Si te complace.
Y se marchó, dejándome frente al espejo. Aquella joya me quedaba bien, quizás porque no las usaba nunca. Cuando me cansé de mirarme, fui en busca de Érik.
Estaba solo en su cuarto. Sebeok se había ido a observar los juegos de armas en el patio. Él comenzaba sus cotidianos ejercicios de relajación y cuidado del cuerpo, a los que seguirían los meditativos de armonía con el universo.
—Buen día, Yolen. ¿Qué es eso? —Señaló la cadena.
Le conté todo. Silbó.
—Estás guapa.
—Parece que hoy os ha dado a todos por poneros galantes.
—Es cierto lo que dice Elorridi, que no te has ocupado mucho de ti misma hasta ahora. ¿Te gustaría acostarte con él?
—No me gusta Elorridi. Tú sí me gustas.
—Gracias. ¿Me acompañas en mis ejercicios?
Nos concentramos en ello. Me agradaba el primer grupo de ejercicios, el dominio de la respiración, la flexibilidad y el fortalecimiento de los músculos.
Y, sobre todo, la lucha sin armas. Érik, como dodimi, había aprendido los secretos de una forma de defensa muy antigua, en la que se usaba solo el propio cuerpo, no armas blancas ni de fuego. Y me la enseñaba a mí.
Íbamos a iniciar la meditación —indispensable, decía Érik, tras ejercitar el cuerpo, aunque a mí me resultara difícil alcanzar ese estado— cuando alguien golpeó la puerta: Jane. Parecía nerviosa.
—Como no estabas en nuestra habitación, Yolen, imaginé… ¿Os molesto?
—No, no. —Érik hizo un gesto para que entrase—. ¿Ocurre algo?
Nos sentamos.
—Tal vez lo que ha pasado no sea de mucha importancia, pero creo necesario decíroslo.
He seguido hablando con Ejalmberri. Y he logrado averiguar algunas cosas importantes.
Primero, si no hemos visto mujeres, es porque no están.
Han huido. Casi todas. Y a las que quedan las obligan a ocultarse.
Ejalmberri no me ha dicho la razón de esa huida.
Asegura que no puede. Segundo: desde luego, vimos ayer un ave volando sobre la fortaleza y esa ave guarda relación con la huida de las mujeres.
No he conseguido saber más por mucho que lo he intentado.
Ejalmberri tiene miedo de hablar. Sin embargo, me parece que podemos contar con él como aliado…
si le ofrecemos venirse junto a nosotros, en la nave.
Él también quiere huir. Está solo en esta casa y lo estaría en cualquier otra.
Desea marcharse de Niflhéim. Somos su oportunidad.
A cambio, nos ofrece todo lo que sabe. No hemos planteado la cuestión de una manera abierta, sino mediante rodeos y sobreentendidos.
No había otra forma. Él me ha dado a entender cosas, yo lo mismo.
Ya os habréis dado cuenta de que es la manera en que funcionan aquí.
Nos miró Jane como buscando nuestra aprobación. Asentimos.