III
Como la jornada anterior, era aún de noche cuando me levanté.
Jane dormía profundamente. Estuve observándola un largo rato, de pie junto a su cama, con un vaso de donjo en la mano.
Jane. Era una mujer guapa, como lo había sido mi madre, pero alguien muy lejano para mí.
Con la misma edad que hubiese tenido aquella, cuarenta y cinco años.
Yo ignoraba qué había tras el perfecto control emocional de Jane, tras esa pasión por su vida intelectual que parecía excluir otras.
No nos caíamos bien y lo entendía. Yo no le había mostrado una actitud muy amistosa durante el viaje.
Por un momento, estuve a punto de tocar su cara dormida vuelta hacia mí, una caricia fugaz que diría: «No soy como piensas», aunque ella no se enterase.
Pero ¿de qué iba a servir? Continuaríamos sin comprendernos.
Salí de la habitación a darme un baño. Todos los pozos estaban ocupados por niflúngars, varones, por supuesto, aunque en uno me pareció vislumbrar a una mujer, que desapareció rápidamente tras las cortinas que separaban los baños.
Y en cuanto a ellos, nada más verme dejaron libre un pozo, sin decir una palabra y sin apenas mirarme.
De lo que deduje que o bien varones y mujeres se bañaban aparte, o era que no querían estar en el agua conmigo, o pensaban que yo no deseaba compartirla con ellos.
Luego dejé de formular hipótesis y me metí en el agua cálida, sintiendo fluir a través de mi cuerpo la energía del líquido y la del universo.
O, al menos, lo intenté, según las enseñanzas de Érik.
Lo echaba en falta. Más de lo debido. De modo que decidí no ir a buscarlo, pese a que me apetecía estar con él.
Cuando abandoné el baño, bastante tiempo después, no había nadie en ningún pozo.
Iba a volver a mi habitación, pero se me ocurrió explorar un poco la casa.
No sería difícil si todos salían huyendo en cuanto yo llegaba.
Sin embargo, en cualquier sitio encontré gente, niflúngar o nókvaar, y siempre se detenían en lo que estuvieran haciendo al verme.
Y me cansé de ensayar sonrisas de circunstancias.
Buscando lugares más solitarios, subí hacia las almenas. Y, de nuevo, en todos los accesos había niflúngars, aquí armados, que se interpusieron en mi camino y con gestos —no hablaban ínter— me indicaron que no podía pasar. Aquello no me gustó nada.
Regresé al cuarto. Jane no estaba ya.
Seguía con ganas de curiosear, así que me deslicé por el pasillo que comunicaba nuestra habitación y la que utilizaba Sienild.
Esta última no tenía puerta, solo una gruesa cortina en cada una de sus dos entradas, una al pasadizo que la unía con nuestro dormitorio y otra al pasillo donde comenzaban las dependencias de los sirvientes.
Los esclavos carecían por completo de intimidad.
A cualquier niflúngar le estaba permitido entrar donde ellos trabajaban o dormían cuando le apeteciera.
El dormitorio de Sienild era, sin embargo, bastante más grande y cómodo que el del resto de sirvientes personales del keri, quienes dormían varios juntos y, desde luego, que los de la mayoría de los esclavos, ya que casi todos pernoctaban en habitaciones comunes, no en camas, sino sobre pieles, hasta cincuenta en cada una, varones y mujeres, de ahí que tuvieran muchos hijos.
Pero Sienild era la favorita de Elorridi.
Supongo que eso debía de suscitar bastantes envidias y no pocas sospechas, por mucho que ella intentase dejar claro con su trenza de virgen que no se había acostado con el señor de la casa.
Avancé por el pasillo que comunicaba su cuarto y el mío.
Era largo, estrecho, húmedo y casi tan oscuro como la noche de Niflhéim.
La única abertura estaba muy alta y era tan pequeña que solo dejaba entrar una claridad mortecina, dos metros por encima del suelo.
Pero yo había aprendido en Thingol a caminar a oscuras y sin hacer ruido.
Llegué a la cortina. Oía voces que no identificaba. Al poco tiempo, creí reconocer las de Sienild y Elorridi. Interesante. Pegándome a la pared, separé la tela lo suficiente para mirar dentro sin ser descubierta.
Mi campo de visión se limitaba a la mitad del cuarto. Quienes hablaban lo hacían en la otra parte, pero eran, ya no tuve dudas, el keri y su favorita. Lo malo no era que no estuviesen al alcance de mi mirada, sino que se comunicaban en la lengua niflúngar.
De pronto, alguien se movió y tuve a Sienild delante, apenas a tres metros. Los brazos cruzados bajo su pecho, con tanta fuerza que parecía protegerse de algo. En su cara había una expresión entre la pena y el miedo. Llevaba su túnica verde y el pelo recogido en la famosa trenza.
Luego, entró en escena Elorridi. Iba de negro, como el día que lo conocimos.
Sobre esa oscuridad de su túnica, resaltaban vivamente los colores del collar que le habíamos ofrecido y también su pelo suelto.
Sienild se volvía muy pequeña ante aquel hombre de altura un poco superior incluso a la mayor parte de los niflúngars y de proporciones magníficas.
Aunque era menos guapo y menos joven que su enemigo, Skékkil.
Si más o menos fuerte, estaba aún por saberse.
Porque de Skékkil me pareció que estaba hablando en esos momentos el keri.
Desde luego, oí el nombre del otro varias veces.
La voz del niflúngar era suave, con esa dulzura del que intenta seducir.
En un determinado momento, pude verlo de frente.
Le brillaban los ojos, igual que si estuviese muy drogado o bebido, con una luz que no era cálida como su voz, sino una mezcla de ímpetu, ira controlada y excitación sexual.
Se volvió hacia la mujer para enseñarle algo que llevaba en una bolsa colgada al cinto y que le puso de inmediato alrededor de la garganta.
Se trataba de una fina cadena de oro rojo, con una piedra más roja aún en el centro.
Obligó a la esclava a mirarse en el espejo del cuarto, que se encontraba en el centro de mi campo visual.
Yo alcanzaba a distinguir también un asiento, un arcón y los pies de la cama.
Estaba muy hermosa Sienild, el rojo de la joya contrastando con su túnica de un verde pálido.
Acercó Elorridi sus labios al oído de la nókvaar y le susurró, para besarle después el pelo rubio y el cuello.
Sienild no intentó liberarse, solo empezó a llorar, hablando en tono de ruego.
Él apretó su cuerpo contra la espalda de ella y, luego, la soltó y se fue.
Decididamente, estaba empeñado en seducirla o enamorarla sin el uso de la fuerza o de sus prerrogativas de señor de la casa.
Claro que, tal vez, en lugar de ir ahora a masturbarse para que se le pasara la calentura, buscaría como sustituta de Sienild a otra esclava con quien no tuviese tantos miramientos.
Sienild continuaba llorando. Tardó un buen rato en calmarse.
Entonces se dedicó a observarse con mucha atención en el espejo.
Y de súbito le vi un gesto como de congoja, pero en el que había algo extraño.
Y, sin más, empezó a tocarse las caderas, la cintura, los senos, y abrió su túnica dejando estos visibles.
Me mordí el labio, contuve el aliento. Se acariciaba el pecho, mirando su reflejo.
Después, llevó una mano a la cadena roja y la aferró.
La otra mano descendía hasta que estuvo en el pubis, por encima de la túnica.
Allí se quedó. Mientras, Sienild no dejaba de agarrar la piedra que llevaba al cuello, como si alguien quisiera quitársela.
Cinco segundos más tarde, la arrancó de un tirón para arrojarla hacia la cortina tras la que yo estaba oculta.
Cayó muy cerca de mí. Hice un rápido movimiento de retroceso, aunque enseguida miré de nuevo.
Sienild cerró su túnica y retiró la mano de donde no debía estar.
Fue a derrumbarse en la cama. Yo veía sus pies y escuchaba sus sollozos.
Estuve a punto de entrar y darle un par de bofetadas, por imbécil y remilgada, pero recapacité: cada uno es muy libre de hacer lo que desea y, también, de no hacerlo.
Volví a mi dormitorio, decidida a contárselo todo a Érik, a quien le gustaba tener razón en sus intuiciones. No pude hacerlo. Estaba tomando otra copa de donjo antes de salir en busca de mi compañero cuando llamaron a la puerta. Era Elorridi.
—Say —dijo—. ¿Estás ocupada?
Era evidente que no, pero respondí «No» para guardar el formalismo que tanto parecía gustarle al keri.
—Quisiera hablar contigo —anunció.
Nos miramos a los ojos. Había algo en los suyos que no me gustó.
El brillo de antes, de cuando hablaba con Sienild, se había apagado, pero no mostraban tranquilidad, ese sosiego que aparece cuando se han podido calmar los apremios sexuales.
Creí ver en ellos cautela. Y astucia. Empecé a sentirme inquieta, pensando que tal vez sabía que lo había espiado.
Se puso a pasear por el cuarto, las manos a la espalda y en silencio, con lo cual mis sospechas aumentaron. Luego, se detuvo.
—Quisiera hablar contigo. Y creo que puedo usar la claridad y ningún rodeo. ¿No es así? —Su tono había cambiado. Desapareció la suavidad insidiosa, resultaba casi rudo. Me esforcé en sonreír.
—Así es. —Me puse a buscar disculpas que justificaran mi espionaje. Pero me equivocaba.
—Yolen, he estado pensando mucho tiempo en vuestra propuesta, la que habéis traído a mi casa.
—A Niflhéim —me atreví a matizar.
Él tomó un asiento y se colocó muy cerca, de frente.
Yo estaba sentada en la cama. De pronto, pensé que quizás lo estaba ofendiendo con ello, pues al fin y al cabo era el keri.
Se lo dije. Hizo un gesto con la mano, que interpreté como: «No te creía capaz de perder el tiempo disculpándote por algo tan estúpido».
—¿Te han pagado para venir aquí, Yolen?
—No.