La rosa de las nieblas II #6
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II #6

—Un keri no lucha contra esclavos —continuó Elorridi—.

Todavía no. ¡Thjódrik va a hacerlo! ¡Y en honor de los extranjeros, cuya presencia has aprovechado para venir aquí, te aseguro que, si vences, puedes llevarte ese despojo que cuelga!

¡Te dejaremos ir tal como has venido! ¡Pero no vencerás!

¡Pronto estarás junto a ese, bailando en el aire!

Después, te daremos como comida a los muyi.

¡Y nunca te cubrirá la tierra! ¡Ese es el trato, Skékkil!

—Se volvió hacia Sienild, la tomó de la mano—.

¿Te parece justo, querida? —Ella lo rechazó. El niflúngar no se inmutó.

De un salto, el intruso ya estaba en el suelo. La pared medía más de tres metros, pero cayó limpiamente, como si no hubiese hecho ningún esfuerzo.

—¿No es este tipo —le pregunté a Jane— el que nos dijo Sienild que se había escapado de esta casa y se ocultaba con otros en una zona de pantanos?

Jane asintió. Los dos rivales se aprestaron a la lucha.

Era el tal Skékkil un hombre de casi metro noventa, el pelo corto, castaño oscuro, bastante guapo, por cierto, y mucho más fuerte que el otro esclavo, el vencido.

Solo llevaba una falda corta de piel y una banda cruzándole el pecho desnudo para sostener la espada.

Y bien, era guapo y musculoso, pero con una de esas bellezas demasiado perfectas que a mí me resultan frías: como la de Sienild.

La miré. Sus ojos estaban húmedos, temblaba. Desde luego que no por Thjódrik.

—Me parece —le susurré a Jane— que Sienild está sufriendo mucho. Obsérvala. Elorridi también lo hace. Creo que hay más de una razón por la que el keri desea que a ese Skékkil se lo coman los muyis.

Resonó el metal contra el metal. Pronto se vio que, en efecto, Skékkil era un enemigo a la altura del thridi niflúngar.

Este llevaba escudo y tenía más astucia que su contrincante, pero no más fuerza.

Los mandobles del nókvaar eran tan poderosos que hacían tambalearse al otro.

El thridi respondía con golpes semejantes, que Skékkil frenaba con su arma o iba evitando con movimientos ágiles.

En uno de ellos, logró el nókvaar arrebatar el escudo a su adversario.

Lo había herido, además, en la mano izquierda.

Entonces Thjódrik lanzó un alarido lúgubre, tan estridente y salvaje que me estremecí, y acometió a Skékkil con tanta ferocidad como si hubiese entrado en trance.

Pensé que la contienda no duraría mucho y vencería el niflúngar.

No fue así, porque su rival era muy diestro, y resistió, aunque en ese momento era él quien se tambaleaba.

Varias veces estuvo a punto de caer Skékkil; varias veces lanzó el thridi estocadas que parecían imparables.

El cuerpo del nókvaar brillaba de sudor; su aliento era entrecortado; sus rugidos de ataque se volvían jadeos de fatiga.

Y tras uno de los golpes de Thjódrik, Skékkil se vino abajo, de rodillas en la tierra.

De nuevo se escuchó el grito inhumano del niflúngar, que levantó su brazo armado y blandió su espada para asestar la herida de muerte.

Escuché gemir a Sienild. Pero de pronto la escena fue otra: desde el suelo, la mano del nókvaar se había movido velozmente para clavar la espada en el brazo de Thjódrik y desarmarlo.

Frente a frente, los dos de rodillas, se miraron. Skékkil se levantó.

—He venido a buscar a ese hombre —dijo. Y se dirigió hacia el esclavo vencido, no sin antes mirar en dirección a Sienild, una mirada de enamorado.

Le estaba dando la espalda al thridi —algo que me hizo suponer que era tan incauto o estúpido como fuerte— y Thjódrik aprovechó la oportunidad: recogió su espada con la mano izquierda y se arrojó contra su rival, en un último intento a la desesperada.

Pero allí estaban todos los demás nókvaars, incluida Sienild, para gritar avisando a su amigo.

Se volvió rápido Skékkil, esquivó el ataque inclinando el cuerpo y después hundió su arma en el pecho del enemigo. Thjódrik aulló de un modo aún más terrible que antes. Su voz se fue quebrando, los ojos muy abiertos, espantados. Al fin, cayó de bruces en el polvo.

El vencedor desataba ya al esclavo herido. Se lo echó al hombro como si fuese un fardo. Esperaban los guerreros niflúngars, lanzas y espadas en la mano, las órdenes del keri. Pero este, impávido, se limitó a hacer un breve movimiento con la cabeza y todos le abrieron un camino a Skékkil.

—¡Volveremos a vernos! —dijo muy alto Elorridi.

—¡Sí, volveremos a vernos! —respondió el nókvaar, aunque no miraba al keri sino a Sienild.

Acerqué mis labios al oído de Érik, que estaba a mi lado, y le susurré:

—Es una pena que Elorridi no le haya dicho a su querida Sienild eso de: «O te acuestas conmigo o mato a Skékkil». Me encantan esas situaciones.

Érik me miró como si yo estuviese loca. Se retiraba el keri de su puesto, muy deprisa. Apenas se despidió de nosotros. Ya Skékkil había desaparecido con su carga tras el muro, que escaló fácilmente, a pesar de ir con el otro encima. Nosotros cuatro nos retiramos también a las habitaciones.

—Un individuo fascinante, ese Skékkil —comenté—. Quizás podría servirnos de algo.

Nos pusimos a discutir si Thjódrik, al atacar al nókvaar por la espalda, había demostrado ser un miserable o bien un hombre deshonesto, pero, ante todo, inteligente. Al llegar a los dormitorios, nos despedimos y acordamos seguir debatiéndolo al otro día.

Cenamos y nos metimos en la cama a dormir para reparar fuerzas. Así acabó nuestra segunda jornada en la casa, tercera en Niflhéim desde el aterrizaje.