La rosa de las nieblas II #5
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II #5

Y aparecieron, sobre caballos negros, cuatro jinetes por el este, otros cuatro por el oeste, dos líneas que se enfrentaron entre sí.

Llevaban armaduras los ocho, escudos en el brazo izquierdo, lanzas en el derecho, las espadas al cinto, en el costado.

Y la cabeza descubierta, aunque, tras saludar inclinándose ante el keri y los thridis, se pusieron el casco.

Los ocho eran muy jóvenes. Me pareció probable que se tratase de los adolescentes que habíamos visto esa mañana haciendo ejercicios de armas.

El pelo les caía sobre los hombros, teñida su blancura por un fulgor de brasa, porque la luz del sol daba de lleno sobre sus cabezas.

También sus armaduras, de acero plateado, despedían reflejos rojos.

Las armaduras niflúngars son muy hermosas y ligeras.

Están compuestas por tiras metálicas que, unidas entre sí, forman una cota de malla.

Dos piezas enteras cubren los hombros, algo sobresalientes de ellos, y otras dos, los antebrazos.

Llevan los guerreros pantalones, botas de cuero duro, grebas en las piernas y una falda larga y gruesa, y sobre ella una sobrefalda de láminas de metal, como protección.

Pero sin duda lo más llamativo es el casco, con altos adornos que representan muyis y aves rapaces.

Muyis hechos con un metal azul. Aves con las alas desplegadas, de oro amarillo oscuro.

Los jinetes se acometieron con las lanzas.

Unas se rompían contra los escudos, otras lograron su objetivo y derribaron al adversario.

Después, a pie o aún a caballo, lucharon con las espadas.

Vencía el que dejaba desarmado al contrincante.

Aquello era solo un juego, una demostración, aunque los jóvenes combatían con pasión, con auténtico deseo de vencer.

Sus gritos de fatiga, dolor o júbilo resonaban en el silencio que guardaba el público.

—Ahora —nos dijo Elorridi cuando la lucha terminó—, habrá un combate individual.

Uno de mis mejores hombres, Thjódrik, ya lo conocéis, se enfrentará a un esclavo.

—El tal Thjódrik acababa de salir a escena: era el guerrero que el día de nuestra llegada había peleado con el esclavo fugitivo; debía de ser uno de los thridis más importantes, acaso un lugarteniente de Elorridi.

No llevaba armadura, solo el traje común, espada y escudo—.

Este esclavo también ha intentado huir, como el de ayer.

Sin embargo, para ello no ha asesinado a traición a nadie.

Por eso tendrá una oportunidad. Si vence a Thjódrik, quedará libre y podrá irse donde quiera.

Pero si pierde, ha de morir: de ese modo pocos esclavos seguirán su ejemplo. ¿No os parece justo?

No contestamos. Con escudo y espada igualmente, el esclavo caminó hasta quedar a pocos pasos del niflúngar. Era un hombre muy corpulento —aunque Thjódrik seguía siendo más alto—. Tampoco usaba armadura, por supuesto, solo la túnica de tela de los nókvaars.

Se escuchó el tañido de un cuerno —lur, así se llama— y la lucha a muerte comenzó. Chocaron las espadas de acero —larguísimas, solo alguien con mucha fuerza podía manejarlas— sobre los escudos: liso el del esclavo, con dibujos el de Thjódrik.

Fue el escudo del nókvaar el que primero se rompió, partido por la mitad, ante una dura acometida del niflúngar. No pareció acobardarse el esclavo, que esquivó las estocadas enemigas y siguió atacando.

De pronto, Thjódrik arrojó lejos de sí su defensa.

El escudo golpeó sobre la tierra con estrépito.

Las espadas se encontraron, cuatro, cinco veces.

Luego el thridi usó una finta y su arma se clavó en el hombro derecho del rival.

Este cayó hacia adelante. Una de sus rodillas y sus manos tocaron el suelo.

Entonces, Thjódrik terminó de derribarlo con un golpe de su bota, puso esta sobre el pecho del esclavo tendido boca arriba y la punta de la espada en su cuello. Miraba el vencedor hacia el keri.

—¡No lo mates! —dijo este y señaló a su izquierda, a un lado del patio, donde había un alto poste de madera—. Cuélgalo allí.

Thjódrik se limitó a dar la vuelta al cuerpo del vencido y a herirlo con dos tajos veloces en los tobillos. Le cortó los tendones. El esclavo gritó. Dos hósvirs arrastraron el cuerpo y lo amarraron al poste, pendiendo de los brazos en alto.

—¿Vas a dejarlo morir de ese modo? —preguntó Érik al keri—. Sería mejor matarlo ya.

—Más compasivo, sin duda. Pero los esclavos deben saber que lo que los aguarda si intentan huir no es la compasión.

Os aseguro que dejaré que los suyos lo entierren porque no ha matado a nadie a traición.

—Miró el cuerpo que se balanceaba en el aire; el público niflúngar empezaba a marcharse; ningún esclavo se movía—.

No podéis entenderlo, pero hay una belleza magnífica en la muerte en el combate, en la agonía de ese hombre.

Mirad, Jar se hunde en el horizonte. Cuando desaparezca del todo y venga la oscuridad, ese ya no estará vivo.

Su aliento se apagará como se apaga la luz.

Él ha sabido luchar, ha sabido morir. Ahora su dolor me dice: «Los guerreros de tu familia son valerosos, fuertes, son invencibles».

Me habría gustado vencerlo yo. Vosotros no lo comprendéis, pero es hermoso ver morir lentamente a tu enemigo, al que has derrotado con tu espada.

Jane estaba roja. Iba a decir algo, lo vi en sus ojos. También en los de Érik, que tenía ese gesto de quien no puede aguantar más. Iban a hablar desde su religión, desde su ideología, pero eso no serviría de nada contra un hombre como Elorridi. Me adelanté a ellos.

—No me extraña que Sienild no quiera nada contigo si haces esto con los de su raza —le dije, sonriendo.

Diría que palideció, si es posible que un niflúngar pueda volverse aún más blanco.

No esperaba esa respuesta. Me miró con rencor y también lo hicieron Érik y Jane.

Mi comentario hería al keri, pero era tan retorcido e inmoral como su crueldad.

Nunca debieron aceptarnos para esta misión, pensé.

Ninguno de los tres éramos capaces de controlar nuestros sentimientos, nuestros impulsos más íntimos.

—Si alguno de vosotros quiere luchar contra Thjódrik por la vida de ese esclavo… —nos desafió Elorridi, devolviéndome la sonrisa.

No tuvimos tiempo de contestar. Voces altas y gritos nos interrumpieron.

Y al mirar al sitio de donde venían, vimos, en pie sobre una de las murallas que cerraba el patio de la fortaleza, la figura de un hombre, oscurecida contra el cielo del ocaso.

Un hombre que en ese momento desenvainó su espada.

—¡Elorridi! —gritó.

El niflúngar se levantó; detuvo con un gesto a sus guerreros, que se abalanzaban hacia el muro. Se oyó una exclamación ahogada. Era Sienild.

—¡Elorridi, vengo a buscarlo! —Y el hombre de la muralla señaló al esclavo que colgaba del poste; hablaba en niflúngar, por supuesto, pero Jane nos fue traduciendo sus palabras y todas las que se dijeron después—.

¡Thjódrik sabía que era más fuerte, que iba a vencer!

, ¡sabe también que a mí no me vencerá! ¡Ni tú! ¡Lucha tú conmigo si te atreves!

Echó mano el keri a la empuñadura de su arma, pero Thjódrik ya estaba a nuestro lado. Había subido corriendo las gradas.

—¡Déjame matarlo, kerimi! ¡Déjame que acabe con él de una vez por todas! ¡He esperado mucho este momento!

Elorridi lo miró; luego, a nosotros y a Sienild, que parecía muy asustada.

—¿Escucháis, hombres de mi familia? —dijo en alto, en su idioma—.

¡Un esclavo fugitivo nos está desafiando!

¡Ante extranjeros! Tal vez desea que piensen que los niflúngar somos tan ruines que no le ofreceremos un combate justo.

¡Es un esclavo, no obstante, de nuestra propiedad, tenemos derecho a matarlo igual que si fuese un taka!

—¡Soy un hombre libre! —gritó el otro. Thjódrik rio.