II #4
—¡Oh, no, no! —gemía—. No he sido capaz de evitarlo.
Yo era pura, era virgen, había jurado no dejarme tentar por ti.
Y lo peor de todo es que he gozado. —Érik tomó de la mesa de la habitación un tenedor de los que nos habían puesto con la comida y, aferrándolo, lo dirigió contra su pecho—.
No puedo seguir viviendo, voy a matarme con este puñal.
—¿A mitad del asunto? De eso nada.
Pero hizo como si se lo clavase y empezó a retorcerse sobre la cama, las manos en el pecho, gemidos de dolor.
—¡Me muero, kerimi! —Se tendió boca arriba y yo me apreté contra él—.
Mi dios, me muero y ya nunca podré volver a sentir lo que he sentido hoy.
Kerimi, te lo suplico, quiero verte gozar a ti también.
Tócame el pecho. Bésamelo, muérdeme, como has hecho antes —musitaba—.
Así, así, mis pechitos blancos. Me estoy quedando sin fuerzas. Date prisa, por favor.
—¡Espera, espera! —le dije—. Aguanta todavía, aguanta.
—No sé si voy a poder. No me queda mucho, me muero. ¡Ya, por fin! Me gusta verte, Yolen.
Nos metimos dentro de la cama. A pesar de la chimenea encendida, el aire era frío. Nos reímos un buen rato recordando la escena y, después, dormitamos hasta que entró Jane para decirnos que era el momento de acudir a la fiesta de armas.
Se sentó para contarnos que había estado conversando mucho tiempo con su nuevo amigo, Ejalmberri, sobre la historia de los niflúngars, su arte y su literatura.
No era un pueblo que hubiese destacado por su dedicación al arte, desde luego, nos explicó.
Apenas tenían escultura y pintura, solo sobresalían en la elaboración de tapices, muebles y, sobre todo, en una lujosa orfebrería que, al parecer, logró gran fama cuando habitaban su antiguo planeta.
—Su literatura también es muy escasa y básicamente oral —continuó Jane—.
Quiero decir que no leen, sino que recitan en determinadas ocasiones.
Ejalmberri ha transcrito esos textos para conservarlos.
Él se encarga precisamente de la conservación de los documentos históricos y legales, que esos sí han estado siempre en libros: las reglas de la casa y de la familia, los nombres y unas biografías breves de todos los keris.
Y más que nada se ocupa de preservar los documentos en los que se habla sobre su mundo primitivo.
Creo que me dejará hacer copias de bastantes de ellos.
Resulta muy curioso que los más antiguos sean libros y ahora escriban en pergaminos porque no saben fabricar papel.
Es un buen hombre, Ejalmberri. Desde luego, tiene poco que ver con los demás.
Ni siquiera le gustan las armas. Debe de sentirse muy solo aquí.
Igual que le pasaba a ella con nosotros tres, intuimos Érik y yo qué estaba pensando Jane.
Así que Érik, que en esos momentos se sentía muy magnánimo, salió de la cama, se vistió y la animó para que siguiese hablando del tema.
A mí también me interesaba. Al fin y al cabo, tampoco nosotros éramos tan salvajes e ignorantes como Jane creía.
Supimos que la literatura de los niflúngars, como acostumbraba a ocurrir en una sociedad semejante, se componía fundamentalmente de poemas épicos.
Los más antiguos, que trajeron de su planeta nativo, hablaban, cómo no, de batallas entre ejércitos y combates entre caballeros, de conquistas, saqueos y botines magníficos, de varones sobresalientes en la lucha.
Sangre, muerte, victorias narradas con un júbilo feroz.
Nunca hablaban de paz, ni de las cosechas ni de un dios.
Los niflúngars no creían en ninguno, ni siquiera en un Dios guerrero, aunque sí en la existencia de un paraíso tras la muerte, en el que todos los hombres de armas vivirían, eternamente por supuesto, dedicados a sus placeres favoritos: comer carne de bolverk, beber martok y luchar con la espada y lanza día tras día, por el simple placer de hacerlo, ya que no podrán morir.
En otros textos, sin embargo, nos contó Jane, la vida eterna se presentaba como una transformación de los niflúngars en guerreros dotados de una fuerza sobrehumana, inmortales, que continuaban viviendo en el mundo y tenían poderes mágicos; por la noche se metamorfoseaban en muyis; de día también cambiaban de forma material para volverse aves o incluso invisibles.
Habitaban en el mundo, pero no sobre él, sino en una región subterránea y oscura, la «tierra de los muertos» que se encontraba en la cultura de muchos pueblos.
De allí salían para combatir, en solitario o en grupo, contra enemigos de su misma raza y sobre todo contra otras, a las que arrebataban riquezas, comida, caballos y mujeres, por este orden.
Al parecer, estos guerreros muertos-vivos habían conseguido, gracias a sus rapiñas, un tesoro mayor que ninguno que poseyera el más rico de los humanos.
—Sin embargo —Jane susurraba pese a que allí, en nuestro cuarto, nadie, suponíamos, podía oírnos—, yo he leído poemas en que parece darse a entender que esa transformación en guerreros invulnerables que pueden convertirse en animales la consiguen también los niflúngars vivos, transitoriamente, gracias a poderes mágicos.
No he logrado averiguar en qué consisten o quiénes los manejan, aunque he interpretado que no todos los niflúngars tienen capacidad de utilizarlos.
Quizás esto explique las leyendas sobre su fuerza sobrenatural, su ferocidad y su magia.
Y acordaos ahora del ave rapaz que vimos y lo furioso que Elorridi se puso negando que hubiese aves aquí.
Ejalmberri tampoco ha querido hablarme de esas transformaciones y poderes.
Creo que incluso me ha ocultado algunos textos.
—¿Y quién inventa esos poemas? —preguntó Érik—. Los guerreros no deben de tener tiempo ni ganas, con tanta batalla. Además, supongo que les parecerá una ocupación poco adecuada para ellos. Desde luego, resulta todo tan exclusivamente masculino que da para sospechar una sociedad de homosexuales.
—A Ejalmberri tampoco he logrado sacarle nada sobre las mujeres, por qué no nos dejan verlas y cuál es su papel en las familias.
Seguiré intentándolo con él y con Sienild.
No me explico la razón de que no quieran hablar de ello.
Ah, según dice Ejalmberri, los cantos los inventan casi siempre los hjeníkars, aunque también hay guerreros, pocos, con vocación poética.
Me ha enseñado los poemas que se han compuesto en esta casa.
Los suyos no, es muy modesto. Algunos, los menos, son amorosos, dirigidos a mujeres.
Luego están los dedicados a la colonización de Niflhéim y los que hablan sobre su mundo de origen y el retorno a él.
Eran, nos dijo Jane, que recordaba incluso versos, cantos desesperados y coléricos.
«Abandonamos nuestras casas a la soledad, a la ruina.
Nos obligaron a navegar hacia un mundo remoto,
a través del espacio oscuro».
No había en ellos asomo de elegía melancólica. La nostalgia por el mundo perdido era ruda, sobria.
«Las torres se elevaban sobre la hierba
y el sol era dorado como una moneda resplandeciente.
Y por los mares navegaban los peces
y los barcos de los niflúngar como peces,
y los mares eran también del color de la hierba».
Había más odio y anhelo de venganza en ellos que dolor.
«Amargos serán los días para nuestros enemigos.
Los muyi se los coman, nuestras espadas se calienten con su sangre, se vuelvan de oro rojo;
para ellos vendrá un invierno seguido de otro invierno, y de otro, y de otro…
Amargos serán sus días cuando regresemos».
Llamaron a la puerta. Era Hati. Debíamos apresurarnos, Elorridi nos aguardaba en el patio, con sus guerreros.
El patio se encontraba lleno. Estaban casi todos los thridis, en los lugares más altos de las gradas de madera junto a la pared norte, salvo Kjálar, el del incidente conmigo.
Muchos hósvirs, en el resto de los asientos o de pie, dejando un gran espacio central.
Y numerosos nókvaars, varones y mujeres y niños, de pie o sentados en el suelo contra la pared sur.
Elorridi nos esperaba en la parte central de los asientos superiores, vestido igual que durante la comida, con el collar de colores en su pecho y, en esa ocasión, la melena suelta.
Llevaba una espada al cinto. Había sitios reservados para nosotros junto a él, así que subimos por un estrecho pasillo.
Vimos a Ejalmberri, que sonrió a Jane. Y a Sienild, de pie tras el asiento de Elorridi, cubierta con un manto porque hacía frío.
Salvo ella y Hati, que nos precedía, ningún otro esclavo llevaba ropa de abrigo.
La noté muy pálida y tan seria que parecía triste.
—Amigos —nos dijo el keri en cuanto estuvimos sentados—, queremos que nos conozcáis, a los niflúngar, nuestras costumbres, nuestras diversiones, todo lo que valoramos.
Por ello he decidido que se celebre hoy esta fiesta de armas y que la protagonicen los más jóvenes de entre nosotros, los que serán los más valientes hombres de mi familia.
—Miró al cielo—. Jar toca ya el bosque de Brynjolf y los árboles de mi casa. ¡Comenzad, guerreros!