II #3
Todos volvimos a comer. Sebeok y Érik me miraban en silencio, sin atreverse a preguntar.
No se habían dado cuenta de lo que pasaba hasta que el tal Kjálar gritó.
Y en cuanto a Jane, se encontraba muy ocupada hablando con su compañero de mesa.
Estaba de suerte. La habían sentado junto a uno de los pocos niflúngars que no se dedicaba a las armas sino al estudio.
Se llamaba Ejalmberri y era un hjeníkar, un thridi que se encargaba de enseñar el ínter a sus iguales y al keri, y a salvaguardar los pocos documentos que quedaban sobre el pasado de la casa y sobre el mundo de origen de los niflúngars.
Se trataba de un hombre de unos sesenta años, muy afable y cortés, aunque sin esa ampulosidad artificiosa de Elorridi.
Su cortesía era tranquila, delicada. Él también se sintió muy contento de haber encontrado a Jane.
Los intelectuales niflúngars son unos marginados.
Se los tolera e incluso se los convierte en thridis porque su función es necesaria para la supervivencia del pasado y para la enseñanza abstracta más básica, pero apenas se disimula el desprecio por ellos.
Además, en la casa de Elorridi únicamente él cumplía esa función.
Acabó la comida y Elorridi nos dijo que estábamos invitados a una «fiesta de armas cuando Jar se acercase a los árboles de Brynjolf», es decir, a media tarde.
Había bebido bastante el keri, pero no se notaban en él los efectos del alcohol, mientras que algunos de los hombres principales de su familia abandonaron la sala apoyados en los menos borrachos.
Todos se despidieron de nosotros cuatro con inclinaciones de cabeza y «says» rotundos.
Aquella reunión no fue lo que habíamos previsto.
En ningún momento, salvo al principio, cuando habló Elorridi, tuvimos oportunidad de abordar el tema de nuestra misión, ni siquiera de dejar claro que no lo habíamos elegido especial y exclusivamente a él ni a su casa para traer nuestro mensaje.
Nos retiramos. Jane se fue con su nuevo amigo.
—Va a enseñarme el archivo de documentos de la casa —me dijo Jane, muy alegre.
Yo me encerré en mi cuarto rápidamente, sin escuchar a Érik y Sebeok que, de camino al suyo, iban discutiendo, cómo no, lo que Elorridi había explicado a sus principales sobre nuestra misión y lo que debíamos hacer o no hacer al respecto.
Me encerré y le indiqué a Sienild que me trajese un par de jarras de martok y se marchara.
Lo hizo. No debían de gustarle mucho mis modales, pero, por supuesto, no lo demostró.
Bebí la primera jarra en una de aquellas copas magníficas de oro rojo, tendida en la cama.
Cuando entró Érik, iba a comenzar la segunda.
Se acercó sin hablar y se puso en cuclillas junto a la cama, mirándome.
—¿Por qué bebes? —me preguntó al cabo de un rato.
—No tengo ganas de hacer nada contigo ahora.
—No he venido a eso. ¿Qué pasó antes, en la mesa, con el niflúngar que había a tu lado?
—¿No te enteraste? Lo golpeé porque me tocó sin saber si yo quería. ¿Te parece mal? ¿Fue una imprudencia, olvidé nuestra misión, dónde estamos?
—¿Por qué estás tan intranquila ahora? ¿Qué quieres olvidar bebiendo? ¿Solo lo que ha ocurrido?
No contesté.
—Yolen, ¿era él como tu padre? Dime. Me hablaste de tu padre en una ocasión. Era un borracho. Era un hombre violento. Dime qué te pasa.
—Deja de hacer de sanador espiritual conmigo. No debería haberte contado nada.
—Yolen, dime…
—¡Déjame en paz! —grité. Y, en vez de pegarle un puñetazo como deseaba, me eché a llorar.
El alcohol. Afecta demasiado a mi hígado y a mis emociones.
Érik se sentó junto a mí, me abrazó, dulce, sus manos oscuras en mis hombros, me besaba en el pelo, en los ojos, en la nariz. Con él no había vergüenza.
—¿Te conté que era un borracho? Lo era. Yo también lo soy, supongo.
Todos los pilotos libres lo somos, dicen.
¿Te conté que mi padre admiraba a Íngvar?
Vosotros, los sublevados, pensáis que solo es posible odiarlo.
No queréis admitir que muchos lo apoyan, desean que siga dominándolos.
Creen que su poder es bueno. Íngvar los protege, protege sus privilegios, su paz limitada, contra vosotros, que pretendéis una libertad que puede ser peligrosa.
Mi padre no tenía mucho que defender, sin embargo.
Era un comerciante mediano, con algo de dinero, eso sí, y tres esposas.
Las compró a las tres. Costumbres de su país.
Pero os temía. Vuestras ideas, vuestras religiones y mundos extraños.
Admiraba la ambición de Íngvar, sus conquistas, su fuerza.
Porque él era un cobarde que solo dominaba a sus mujeres y a sus hijos.
Un borracho sumiso con cualquiera que tuviese un poco de poder.
Ya no podía parar, estaba demasiado bebida. La situación era un poco absurda. No habíamos ido a Niflhéim para hacer recuento de dramas personales y limpiar nuestra psique en grupo. Pero no podía parar.
—Me pregunto si siguió admirando a Íngvar cuando sus soldados fueron a quitarle a dos de sus esposas y a la mitad de sus hijos.
Rehenes contra los sublevados. Tal vez os culpó a vosotros, no al emperador.
Lloró, suplicó, gimió ante los uniformes, les dijo que él era un súbdito fiel, que veneraba al gran señor de la galaxia.
Ese día lo odié más que nunca. Nos llevaron a Thingol, a mi madre y a mí.
¿Quieres saber por qué odio a Íngvar más que a aquel borracho, por qué quiero vengarme de él y no de mi padre?
No es por haber estado en Thingol, no es solo eso, aunque estuve ocho años allí.
—¿Por qué, Yolen?
Nunca le había hablado a Érik, ni a ninguna persona, de aquello. No me resultaba fácil.
—Mi madre fue la tercera esposa. La última, la menos importante para él, no solo porque hubiese llegado después que las otras, sino porque no tuvo más hijos que yo y yo no era un varón.
Mi padre la trajo de muy lejos, del lugar en que ella había nacido, una región de montañas tan altas como las de Niflhéim.
La compró en uno de sus viajes: una muchacha de dieciséis años que nunca olvidó su país de origen.
Siempre me hablaba de él, de sus cordilleras, la nieve arriba, los ríos.
No le agradaba vivir en una ciudad. Yo le decía que cuando fuese mayor escaparíamos juntas, que iríamos allí, a las montañas.
Huiríamos de mi padre, de su violencia, de nuestra vida mezquina.
Me gustaba inventarme historias sobre ese país que no conocía, escribirlas y leérselas para entretenerla.
Ella era una mestiza de india y blanco, la mujer más guapa que he conocido.
Es curioso, Jane se le parece en las facciones; yo, desde luego, no.
Por eso hacia Jane sentí desde un primer momento una atracción que se volvió repulsa cuando la fui tratando más y me demostró que no podía encontrar a otra, sino solo su apariencia.
Le dije también a Érik que nunca había querido a nadie como quise a aquella mujer.
Era un vínculo más fuerte que la sangre o el odio.
Era un amor absoluto, incondicional. La quería con una pasión de enamorada más que de hija, porque me parecía tan hermosa, tan fuerte y tan frágil a la vez…
, porque estaba cautiva. En los años en que vivimos juntas, no tuve pensamientos ni deseos para nadie más.
Soñaba a todas horas con liberarla de ese hombre incapaz de provocar en ella el menor afecto.
Cuando yo le hablaba así, sonreía ausente, como si pensara que aquello era solo un sueño.
Su tristeza la había vuelto lejana, inaccesible para todos, incluso para mí.
Eso me dolía y, sin embargo, me empujaba a seguir luchando por convencerla.
Enfermó y murió a los dos meses de llegar a Thingol. Yo tenía catorce años; salí con veintidós. No me sostuvo su recuerdo porque me vi obligada a olvidar, pero sí el deseo de venganza. Contra Íngvar. Contra los suyos.
Nos quedamos los dos muy quietos, abrazados en la cama.
—Todos, cuando comienza para nosotros la vida —dijo al fin Érik—, nos encontramos con cosas y personas que nos empujan hacia una ambición: de poder y dinero, de sabiduría, de libertad o de amor. Son deseos de los que a veces nunca podremos escapar. Yolen, mi pequeñita.
Desabroché los botones de su camisa azafrán, puse mis manos en su pecho. Estaba muy caliente.
—¿Qué quieres? —me preguntó.
—No sé.
Cerró los ojos y me tumbé sobre él; lo fui desnudando. Luego me quité yo la ropa apresuradamente. Nos besamos en la boca, un buen rato.
—Yolen —dijo, riendo de pronto—, imaginemos. Yo soy Sienild; tú, Elorridi. ¿No crees que, en realidad, a Sienild le gusta el keri, pero su pudor le impide manifestarlo? He visto cómo lo miraba.
—¿Y a ti te atrae ella?
—Demasiado pudorosa y envarada.
—Entonces…
—Yo soy Sienild, desnuda tras un baño. ¿Se desnudará alguna vez? Y el keri aparece en su cuarto y le propone… Me niego, como siempre, pero tú sabes que siempre lo he deseado, que me gustaste desde el principio, que por las noches a solas, sueño…
—Cierra los ojos, Sienild, no haré nada que no quieras. Voy a ser muy suave.
—Vete, kerimi, por favor. Vete. No me toques. No.
Besé a Érik: en la boca de nuevo, en las axilas, en el vientre, en los muslos.
—Déjame, déjame —decía, revolviéndose, apartándome con las manos.
—Me arrodillo ante ti, ¿te das cuenta? Yo, el keri.
—Mi dios, ¿qué me haces, qué siento?
—¿Qué sientes?, ¡dime!
—¡Déjame, no hagas eso! No podré resistirlo. —Y comenzó a jadear con un tono agudo que a veces se volvía auténtico, masculino—. ¿Qué me pasa, qué me está pasando? No puedo aguantar más, es como si todo mi cuerpo… ¡Ahora, ahora!
Luego resopló, hizo varias respiraciones profundas durante un par de minutos y se dejó caer en la cama, de nuevo en su interpretación teatral.