II #2
Elorridi había cambiado su indumentaria.
Llevaba un largo manto que se abrochaba en su hombro izquierdo.
Era de piel muy blanca. Debajo, una túnica de un rojo muy oscuro, con minuciosos adornos bordados en los brazos, el pecho y las faldas.
Pantalones ajustados y botas de cuero negro reluciente.
Nos sorprendió ver que se había pintado los ojos.
Las pestañas y el borde de los párpados estaban teñidos de negro, lo que hacía resaltar el amarillo acuoso de sus iris.
Se había recogido el pelo en una coleta.
En cuanto a los thridis, usaban también manto blanco, de lana y abrochado bajo el cuello; las túnicas y los pantalones eran oscuros y, aunque toda la vestimenta estaba confeccionada en buena tela, tenía menos adornos que la de Elorridi.
Como joyas solo llevaban brazaletes y anillos, ninguno utilizaba un pendiente.
Me asombró la gran calidad de los tejidos: de eso sé mucho porque en Thingol tuve que trabajar en los telares y en la confección de trajes, así que nunca dejo de fijarme en el vestido de cualquiera.
Tan ceremonioso como siempre, Elorridi hizo las presentaciones en ínter.
—Hombres de mi familia, los mejores: aquí están, entre nosotros, visitantes que vienen de muy lejos, del espacio oscuro.
Sus nombres son Sebeok, Érik, Jane y Yolen.
Los habéis visto antes. Ahora es el momento de honrarlos.
Son emisarios de pueblos muy poderosos y muy distintos al niflúngar, pero que desean tratar con él.
Han elegido mi casa, mi familia, a Elorridi para ello. Ayudadme a merecer ese honor.
Acto seguido, leyó en voz alta el mensaje de Harsa Alasat.
Los niflúngars lo escucharon en silencio, los ojos fijos en nosotros, treinta miradas frías.
Luego, el keri tomó de las manos de Jane el collar de piezas de colores y se lo puso.
Los thridis se levantaron a la vez, alzaron sus copas llenas, bebieron.
Y el hombre que el día anterior había matado al esclavo fugitivo, y que ahora se sentaba en una de las cabeceras de la mesa, se levantó para ofrecerle a Elorridi otra copa.
Este bebió también. El collar resplandecía en su pecho.
Las placas eran de tonalidades vivas, muy brillantes, y la anchura de la joya alcanzaba unos diez centímetros e iba desde su cuello hasta el principio de su esternón.
—Lo que os dije —me susurró Jane mientras Elorridi se dedicaba a ir mostrando el collar a todos sus guerreros—. Ni una mujer. Ni madres ni hijas ni esposas ni hermanas. Como si no existieran.
—Son patriarcales, ¿no?
—Algunas crónicas dicen que, entre los niflúngars, las mujeres tenían un papel importante, aunque no aclaraban cuál.
Trataré de saber algo por Sienild. Hasta ahora, solo he visto una sociedad de varones violentos, racistas y, desde luego, absolutamente patriarcales.
Puede que sus peleas con espadas resulten un espectáculo curioso y divertido, pero la vida de los esclavos y de las mujeres no debe de serlo tanto. No hay que olvidar eso.
—No me olvido. No me eches discursos, Jane.
Elorridi nos llamaba. Se sentó en la parte central de la mesa y nos puso a su lado: a su derecha, Érik y Jane; Sebeok y yo, a su izquierda.
—Me llamo Kjálar —dijo sonriente mi otro compañero de mesa.
Yo estaba entre Sebeok y él. Era un hombre de más edad que Elorridi, algo grueso, con una cara de músculos flácidos más blanca de lo común. Su pelo era de un amarillo mate. Hedía a alcohol. Me pareció repulsivo.
Los esclavos sirvieron la comida. Mucha carne, de bolm y taka, y de bolverk —un animal parecido al ciervo, que vivía en los bosques y servía de alimento para los muyis—.
Carne condimentada y exquisita, con hierbas, especias y salsas picantes; junto a ella, un cereal como el arroz, pero de granos más grandes y oscuros: el ko.
A Érik le sirvieron solo ko con tallos vegetales, aderezados del mismo modo que la carne.
De beber teníamos martok. Los niflúngars comían y bebían con auténtico deleite y voracidad.
El silencio se convirtió en un tumulto de voces y risas.
Elorridi nos preguntó, uno a uno, si nos gustaba la comida y si estábamos contentos. Cuando le tocó el turno a Jane, esta aprovechó para interrogarlo.
—Hemos visto esta mañana, desde las almenas, un ave que volaba sobre el castillo. Era de color oro oscuro y muy grande, con alas enormes. ¿Qué ave es? Parecía una rapaz, pero nunca he visto una tan bella.
Solo pude observar un momento los ojos de Elorridi antes de que se volvieran hacia Jane. Brillaba en ellos la furia.
—No hay pájaros en Niflhéim. Ninguno.
—¿Es posible que los cuatro sufriéramos algún tipo de ilusión óptica? —continuó Jane—. Porque parecía claramente un ave. Sienild también la vio.
—Sienild no vio nada. He hablado con ella.
Me lo habría dicho. En Niflhéim solo hay caballo, que en mi lengua llamamos serdey, para cabalgar en el viaje y en la lucha.
Bolm y taka, que nos dan comida y leche y ropa.
Moy, que cuida a los bolm y taka. Bolverk, habitan los bosques.
Y muyi, que son los moy feroces y comen bolverk, e incluso bolm y taka si les dejamos.
Esos son los animales que nos permitieron traer de nuestro mundo de origen.
Nada más. Aquí no había. No hay ningún animal que vuele, salvo pequeños insectos.
—Disculpa —dijo Jane.
Intervine para salir de una situación que no me gustaba.
—¿Puedo preguntarte, Elorridi, por qué trajisteis muyis a Niflhéim si son salvajes y no os dan alimento, e incluso se comen el vuestro?
El keri hizo desaparecer la ira de su gesto y sonrió al contestarme.
—Caballo y muyi son animales distinguidos entre los niflúngar.
El caballo es la fuerza, la lealtad y el valor.
El muyi es también valeroso y fuerte, y además libre, indomable.
Sobrevive porque es salvaje, porque es feroz.
Los dos representaban a nuestro pueblo. Por eso los trajimos.
Nos parecen muy hermosos. El muyi lo es más que el moy, aunque pertenezcan a la misma raza, porque el primero no sirve a nadie y el moy sirve al hombre.
El caballo es más bello que el bolm y el taka, por eso no lo comemos y a los otros sí.
Los bolverk tienen asimismo una gran belleza: esbeltos, rápidos, del color de la arena.
Sus cuernos sirven de modelo para los adornos de nuestros cascos.
Algún día los veréis, os llevaré yo mismo al bosque.
Y tal vez veáis a un muyi, su pelo azul brillante y sus ojos de fuego, aunque es difícil de observar, no le gustan los hombres.
Para él somos carne. No nos ataca si vamos armados, pero en cualquier caso hay que tenerles miedo.
No os aventuréis solos en los bosques. Los muyi van en manadas y saben qué enemigo está indefenso.
Por fin, Elorridi terminó su disertación sobre la fauna de Niflhéim. Nosotros cuatro, discretamente, continuamos comiendo y nos olvidamos del pájaro.
Ahí comenzó el, llamémoslo de ese modo, incidente.
El niflúngar que estaba a mi lado, el tipo repulsivo de pelo amarillento, bebía martok sin parar y, poco a poco, fue acercando más su asiento al mío, hablándome en un balbuciente ínter sobre las excelencias de la bebida y la comida, y sobre sí mismo.
Se jactaba de ser un magnífico guerrero.
Me hacía preguntas acerca de mi planeta de origen y mis viajes como piloto libre —Elorridi debía de haberles dicho que yo lo era—, llenaba mi copa en cuanto estaba medio vacía y, al fin, se decidió a tocarme: primero, una mano, luego, un brazo y, por último, quiso acariciarme el pecho.
Me habría gustado vomitarle en la cara todo lo que había comido, pero era una pena desperdiciarlo así.
De manera que lancé dos de mis dedos contra uno de sus ojos y, con la otra mano, mi tenedor contra sus testículos.
Chilló como lo que era: un puerco. Aunque no hubiese puercos en Niflhéim.
Nuestros compañeros de mesa más cercanos cortaron sus conversaciones y risas; no, sin embargo, los que estaban más lejos, demasiado borrachos para enterarse de nada.
Y mis camaradas de viaje me miraron; después, al niflúngar que aún se quejaba tapándose el ojo y los genitales, y a Elorridi por último.
—Lo siento —le dije al keri—, pero no me gusta que me toquen sin mi permiso.
Elorridi se levantó y fue hasta el niflúngar. Lo agarró por el pelo, lo sacó del asiento y lo empujó hacia una puerta de la sala.
—¡No volverás a sentarte en esta mesa, Kjálar! —le gritó en ínter. Y a mí, sin gritar—: Lo siento yo. Siento vergüenza por lo que ha ocurrido, Yolen. Eres nuestra huésped, te hemos ofendido. Soy responsable por haber sentado a Kjálar a tu lado.
Me esforcé en sonreír.
—Te agradezco tu comprensión, Elorridi.