II
Desperté cuando aún no había amanecido, muy cansada y con dolor de cabeza; me pesaba todo el cuerpo más que el día anterior.
Eran las consecuencias del bajo oxígeno en el aire y del exceso de gravedad.
Utilicé el mejor remedio para combatir ese malestar, dos pastillas de doza, y le ofrecí otras dos a Jane, que se sentía igual.
La doza tenía unos efectos rápidos y bastante duraderos: te quitaba los dolores, te hacía respirar mejor y paliaba la sensación de que pesabas mucho.
De cualquier manera, el cuerpo necesitaba varios días para adaptarse, eso si se adaptaba, y no conseguías moverte con agilidad hasta pasado un tiempo.
Yo temía, sobre todo, que las cosas cambiaran y nos viéramos ante alguna situación en la que no quedase otra que emplear la violencia o salir corriendo hacia nuestra nave.
Llamamos a Sienild, que vino a nuestro cuarto a ofrecernos el desayuno: un líquido oscuro y caliente que llamó donjo y estaba hecho con hierbas, y unos dulces demasiado empalagosos para mi gusto.
Nos informó de que Elorridi —«kerimi», decía Sienild, «nuestro señor»— estaba preparando la comida en honor nuestro, que iba a ser «cuando Jar estuviese en lo más alto del cielo», y había dado órdenes para que, entretanto y si queríamos, ella y Hati nos llevasen a conocer la casa.
Aceptamos la expedición turística y, al rato, nos reunimos con Sebeok y Érik.
Solo el primero se encontraba en plena forma.
Érik también había tenido que recurrir a la doza.
Al no ser antropóloga como Jane —quien disfrutó muchísimo con el recorrido y estuvo todo el tiempo tomando notas—, percibí menos detalles y pude sacar menos conclusiones que ella. Pero creo que asimilé lo imprescindible.
La mayoría de los habitantes de la fortaleza se encontraban ocupados en sus actividades cotidianas.
Las familias niflúngars son estructuras jerárquicas, pirámides en cuya cúspide se halla el keri y, después, los thridis o principales, que son los maestros de lucha, jefes de guerreros y de esclavos.
Luego, los hósvirs, niflúngars de categoría inferior: soldados, escuderos de thridis, artesanos, herreros, cuidadores de caballos, pastores —los animales, importantísimos en Niflhéim, nunca están solo a cargo de esclavos—, tejedores, sastres, carpinteros, jefes de cocina…
Y al servicio de los hósvirs están los esclavos, que realizan, cómo no, los trabajos más duros o menos considerados: limpieza, cocina, transporte, se ocupan del cultivo de las tierras y son los criados personales de los thridis y el keri.
Ni thridis ni hósvirs nos hicieron demasiado caso.
Se limitaban a breves saludos con la cabeza y a dejarse observar.
Los esclavos —nókvaar es el nombre genérico de su raza— seguían mostrando miedo, pero alguien debía de haberles dicho que fuesen respetuosos y no nos mirasen mucho, así que se inclinaban hasta el suelo y, después, levantaban el cuerpo, aunque no los ojos.
Solo los niños nókvaars no podían evitar mirarnos insistentemente con sorpresa y temor.
Había bastantes niños y niñas, junto a mujeres de la raza sometida.
Sin embargo, habíamos visto pocos niños niflúngars, por cierto, todos varones, y casi ninguna mujer.
Algunas a las que creímos identificar como tales se habían apresurado a ocultarse en cuanto aparecíamos a lo lejos.
En el patio, ejercitándose en las armas bajo la dirección de maestros thridis, sí nos cruzamos con adolescentes varones niflúngars, muchachos altísimos, esbeltos, el pelo blanco recogido en coleta y mirada sombría.
No sé por qué, me resultaron inquietantes.
Parecían querer ignorarnos por completo.
—Quizás —reflexionó Jane en voz alta—, las mujeres y las niñas niflúngars tienen prohibido por los varones relacionarse con extranjeros. O puede que vivan casi siempre encerradas, dedicándose a criar a los hijos y a las labores domésticas. Pero es raro.
No pensamos más en aquello y Érik le pidió a Jane —no estaba Hati, en el que no sabíamos si confiar—:
—Pregúntale a Sienild cómo habiendo tantos esclavos no se han rebelado nunca contra los niflúngars. ¿Nadie lo ha hecho?
Jane hizo la pregunta. Y Sienild sonrió mientras hablaba.
—Dice —tradujo Jane— que hay nókvaars libres, ocultos en las tierras de los pantanos, y que, entre ellos, destaca un hombre, Skékkil, que escapó de aquí, de esta casa, y ha vencido a muchos niflúngars y, por eso, Elorridi lo teme.
—Así que nuestra dulce Sienild es, en el fondo, una sublevada —dije—. ¿Y Hati?
La sirviente no quiso contestar con claridad a mi pregunta, pero entendimos que Hati, no.
Subimos hasta las almenas. Había amanecido ya.
La vista desde allí era magnífica: los bosques que rodeaban la fortaleza, ese color cobrizo que sustituía al verde de mi mundo natal.
En las lomas bajas, pastaba el ganado: los bolms, animales grandes de pelo muy largo que daban leche y buena carne, además de su piel para vestidos; los takas, pequeños y cornudos, comida también y cuero.
Y, en la lejanía, los campos labrados, los pozos y las acequias y arroyos.
El agua es un bien escaso en Niflhéim. Hay determinadas épocas de su año en las que llueve, en la franja del continente que limitan las montañas, pero antes de llegar los niflúngars era un planeta semidesértico; ya nos lo había contado Elorridi.
Nunca se cansaba de explicar cómo habían convertido lugares casi muertos en bosques y tierras de cultivo, cómo habían buscado y aprovechado cada medida de agua.
Soplaba el viento allí, en lo alto, un torrente a veces, otras un gemido.
Miré el sol de un rojo pálido y, al bajar la mirada de nuevo al bosque, pese a la escasa y turbia luz, vi en el cielo, volando sobre nosotros, sobre la fortaleza, un ave enorme, dorada.
Me pareció que podía ser tan grande como una persona adulta.
No agitaba las alas extendidas, limitándose a planear en silencio.
Llamé la atención de mis compañeros, que observaron igualmente al animal, y le pregunté a Sienild, que no parecía haberlo visto:
—¿Cómo se llama esa ave?
Sienild alzó los ojos ante la pregunta que tradujo Jane y los abrió mucho.
—No sé. —Mientras hablaba, se apresuró a desviar la mirada de la nuestra—. Disculpad, debéis volver a vuestros cuartos, kerimi dijo que, en cuanto Jar trajese la luz, Hati y yo vigiláramos las cocinas, pero que no os llevásemos allí. No debéis saber qué se cocina, los invitados nunca lo saben.
El ave había desaparecido luego de dar una vuelta alrededor de la casa. Voló hacia el norte.
Seguimos a Sienild y Hati. Al llegar a nuestras habitaciones, desaparecieron a toda prisa, dejándonos con otros sirvientes que no se movían de la puerta. Entramos los cuatro en el dormitorio de Érik y Sebeok.
—¿Qué les pasará a esos, para irse corriendo solo porque ha aparecido un pájaro? —pregunté.
No me contestaron y nos pusimos a hablar sobre lo que debíamos decir, o no, en la comida que nos esperaba.
Y, como de costumbre, no logramos un acuerdo.
Así que Érik nos invitó a acompañarlo en sus ejercicios diarios de relajación e inmersión en el amor universal.
Sebeok siempre lo seguía mansamente. Yo me unía a ellos en ocasiones.
Solo Jane se apartó para transcribir sus notas al mde.
Pasado un buen rato, regresó Hati para decirnos que Elorridi y los thridis aguardaban en el salón.
Lo acompañamos. Nos habíamos vestido con trajes limpios, aunque iguales a los atuendos cómodos que habíamos usado durante todo el viaje: pantalones anchos, camisa también amplia y botas flexibles.
Solo nos diferenciábamos en el color. Érik prefería un tono azafranado; Jane, gamas verdes, Sebeok y yo íbamos de oscuro.
No me gustaban demasiado los uniformes, pero esos eran útiles, sobre todo, por su tejido aislante, que protegía tanto del frío como del calor.
Y llevábamos los regalos para nuestros anfitriones.
Los regalos siempre suponían un problema cuando se trataba de hacerlos en mundos desconocidos.
Lo que en el tuyo se consideraba una muestra de cortesía o de respeto, o un obsequio de mucho valor, en otros planetas podía constituir una ofensa.
Jane estudió largamente la cuestión hasta decidir un regalo válido y a la vez poco comprometido.
Así que yo llevaba una pequeña arca hecha con madera de gorgot, un árbol del planeta nativo de los niflúngars.
Dentro, había un mensaje escrito en su idioma: el saludo y la propuesta de paz de los mundos que forman Harsa Alasat, Camino de Luz.
Y Jane se encargó de entregarle a Elorridi un presente adecuado a su categoría de señor de guerreros.
Se trataba de un collar compuesto por piezas metálicas de colores, muy ancho, que en su anterior planeta usaban los keris.
Traíamos otros collares más simples, diversas joyas para los niflúngars principales y brazaletes y pulseras para las mujeres.
Jane decía que a los niflúngars de antes del exilio les gustaban mucho las joyas.
Y que las usaban, sobre todo, los varones.
Así que era posible que ese gusto y esa tradición continuasen en Niflhéim.
Entramos en el salón. Elorridi vino a nuestro encuentro.
Treinta niflúngars estaban sentados alrededor de la larga mesa. Los conté. Todos eran thridis, nos dijo su señor. Todos nos miraron e inclinaron la cabeza en un breve saludo.