La rosa de las nieblas I #2
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I #2

Aquello era, la verdad, un lujo. Dos grandes camas de madera ocupaban buena parte del dormitorio; de sus esquinas partían columnas, de madera también; sustentaban un armazón con cortinajes que rodeaban los colchones, por cierto, muy cómodos.

Había alfombras de piel animal en el suelo.

Eso no iba a gustarle a Érik. Y tapices en las paredes, con dibujos geométricos muy minuciosos.

Asimismo, una lámpara de oro rojo, sillones de terciopelo, una mesa labrada y, sobre ella, jarras con agua y martok, y bandejas con dulces, todo de plata.

Me fijé también en una chimenea encendida y en un espejo enorme con marco de oro.

Sienild se quedó junto a la puerta, inmóvil.

—Pregúntale si hay algún lugar donde darse un baño —le pedí a Jane mientras me tumbaba en la cama— y dónde se mea aquí.

Sienild, como respuesta a lo segundo, señaló un recipiente metálico en un rincón.

No era un método muy seductor, porque en el cuarto solo había una ventana pequeñísima, pero teníamos que adaptarnos.

Pronto supimos que allí todos hacían sus necesidades de la misma manera y, luego, las almacenaban para utilizarlas como abono.

En cuanto a lo primero, nos explicó que había una sala de baños en la planta baja. Los niflúngars son insólitamente limpios en comparación con otros pueblos en su mismo estadio de desarrollo. Le pedí a la sirviente que me acompañara hasta ellos.

Consistían los baños en unos pozos de forma cuadrada, excavados en la tierra y aislados entre sí por cortinas que pendían del techo: diez pozos en una amplia habitación. Le ordené con gestos a Sienild que regresara junto a Jane.

El agua estaba caliente. Elorridi nos explicaría tiempo después, muy orgulloso, cómo lograban mantenerla a esa temperatura: había túneles bajo los pozos y, en ellos, fuego encendido.

Me di un buen baño. Sin embargo, me sentía irritada con Érik por su comentario acerca de mi falta de escrúpulos.

Me enojaba que pensase eso, pero, más aún, mi propia preocupación por sus opiniones.

Durante más de la mitad de mi vida, me las había arreglado perfectamente sola y, de pronto, tras un viaje que no había sido ni siquiera largo en exceso, me enredaba en ese tipo de sentimientos con alguien a quien, al fin y al cabo, apenas conocía.

Añoré la soledad anterior en mi nave, la calma de no echar de menos ni necesitar a ninguna persona.

Envidié a Jane, que había conseguido esa paz que da la indiferencia hacia los otros.

Se movió la cortina sobre mi cabeza y apareció Érik.

—Te he estado buscando. Jane me ha dicho que habías venido aquí y he pedido un baño también. ¿Puedo meterme contigo?

—Hay otros pozos.

Se desnudó, se introdujo en el agua y se acercó a mí.

—Perdóname, Yolen. No hablaba en serio antes.

—Sí que lo hacías. Déjame.

Me abrazó por la cintura.

—No te enfades conmigo. No te soltaré, no te soltaré hasta que me digas que ya no estás enfadada.

Yo me encontraba junto a una pared del pozo, apoyando la espalda en ella.

Puse las manos en el borde y me alcé con todas mis fuerzas hasta sentarme.

Llevaba a Érik aferrado a mí. Enseguida me dejé caer sobre las pieles que cubrían el suelo.

Él comenzó a besarme, muy despacio. Me encantaba que hiciese eso.

Érik no era guapo, pero tenía un buen cuerpo, esbelto, musculoso, aunque pequeñito, y con un olor tan agradable…

Sobre todo, me gustaba que siempre se interesase por mis deseos.

No se trataba de uno de esos tipos que solo piensan en meter su aparato en cualquier sitio.

Y no era verdad lo que había dicho Jane sobre su promiscuidad.

Para él, follar consistía siempre en un acto de amor, de placer, de comunicación con los otros. Sus creencias lo afirmaban así.

Cuando terminamos, mi rencor se había disuelto por completo y él, ronroneando, se hizo un ovillo a mi lado. Tenía el pelo húmedo, aunque muchas gotas no habían podido adentrarse en aquella maraña negra y áspera: le brillaban como escarcha.

Después, nos metimos en el agua y jugamos a salpicarnos y a luchar bajo ella.

Yo iba recuperando mi buen humor. Seguíamos vivos y con ciertas esperanzas de que nuestra misión tuviese algún resultado, tras el recibimiento de Elorridi.

Sin embargo, tanto Érik como yo éramos cautelosos.

De nuevo fuera del agua, buscó entre su ropa y me dijo que tenía algo para mí: una de las armas de fuego que habíamos escondido en el coche.

A través de Hati, había pedido permiso a Elorridi para bajar a recoger del vehículo los regalos que traíamos para nuestro anfitrión. Así había logrado sacar las armas.

—Ya sé que habíamos decidido hacerlo mañana, pero no quería que pasáramos la noche separados y sin armas.

Nos despedimos. Volví a mi cuarto. Y me encontré a Sienild llorando en un sillón y a Jane hablándole desde la cama.

—He estado charlando con Sienild —me dijo Jane— y creo que he logrado convencerla de que somos amigos.

Así que me he enterado de algunas cosas.

—Desde luego, una de las virtudes de Jane era su capacidad de darle conversación hasta a un muerto y de sonsacarle a cualquiera y con toda discreción lo que quería saber—.

Cuando se ha sentido en confianza, me ha preguntado por el fugitivo al que asesinaron los hombres de Elorridi.

Llora por él, era amigo suyo. Dice que lo dejaron atado y desnudo para que lo atacaran los muyis.

Los muyis, he creído entender, son una especie de lobos de piel gris azulada, muy feroces.

Dice Sienild que en su religión, la de ella y los de su raza, quienes mueren y no son enterrados antes de que el cuerpo se disgregue pierden su alma, que vaga por el mundo para siempre.

Si los muyis se comen el cadáver, por ejemplo, el alma del muerto nunca llegará al paraíso.

Para ellos, los de su raza, es una de las peores cosas que pueden sucederles, peor que la muerte misma. Por eso lo hicieron los niflúngars.

—Vaya.

Sienild se levantó y, antes de irse, le dijo a Jane que dormiría en el cuarto contiguo, que se comunicaba con el nuestro por un corto pasillo.

—¿Así que Elorridi no parece tan terrible? —preguntó Jane cuando Sienild se marchó, con esa sonrisa de suficiencia que tenía al dar lecciones morales o ideológicas.

—¡Eras tú la que estabas encantada de venir a estudiar a tus niflúngars, así que no pongas en nosotros tu mierda mental! Dejémoslo. Tengo un arma, me la ha dado Érik; por si a Elorridi se le ocurre la feliz idea de venir a asesinarnos esta noche.

—¿Dormimos por turnos? —preguntó; en su voz se percibía que estaba tan irritada como yo.

—No. En Thingol aprendí a dormir y a vigilar al mismo tiempo. Mañana trata de averiguar más cosas de Sienild.

Se metió en la cama, dándome la espalda ostensiblemente, pero sin desahogar su enfado. Nunca lo hacía. Yo me acosté medio vestida y con la pistola en la mano, bajo la almohada. Dormí con un sueño ligero. Dos o tres veces me pareció escuchar pisadas que se detenían ante la puerta de nuestro cuarto.