La rosa de las nieblas I
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—¿Qué hacemos? —repetía Jane, en un susurro.

—No hay mando entre nosotros.

—¿Y cómo lucharás contra ellos, tú, un hombre de paz?

—Comprendo.

Elorridi nos miró a Sebeok y a mí.

—Soy navegante —dijo Sebeok.

—A Sebeok no le gusta hablar mucho —intervine—. Es un navegante magnífico, por eso fue escogido por su pueblo para este viaje.

—Un hombre que cumple órdenes —comentó Elorridi, ¿con ironía? Me sentí irritada.

—Un hombre leal a los suyos —contesté—, a los que Íngvar ha aniquilado casi por completo porque nunca logró comprar o dominar a ninguno.

No me resultaba fácil explicarle a Elorridi cómo eran los nativos de Helevorn.

En realidad, ni yo misma podía entender bien lo que, por supuesto, no nos había explicado Sebeok, sino Jane: que se trataba de un mundo en que las individualidades no existían, solo la colectividad, a la cual quedaban supeditados los miembros, que carecían, podría decirse, de deseos o pensamientos propios.

¿Piensan las manos o los pulmones por sí solos?

A Sebeok lo eligieron entre todos para venir y había venido.

Simplemente. Si Érik era capaz de sacrificarse hasta la muerte por sus creencias, Sebeok haría lo mismo sin considerarlo siquiera un sacrificio.

Y su lealtad, no solo hacia su pueblo, sino hacia nosotros, compañeros de viaje, resultaba sorprendente.

Nos dábamos cuenta de que iba a defendernos igual que defendería a los de su raza.

Además, era tan buen luchador como navegante y manejaba las armas que se usaban en Niflhéim con la misma pericia que las de fuego.

Sin duda, Elorridi sabía reconocer a un posible enemigo a su altura.

Por su parte, Sebeok lo supo tal desde el primer momento.

Y, desde el primer momento, pensé que a Elorridi debíamos de parecerle unos curiosos especímenes.

Si lo que decía Jane era cierto, los niflúngars habían sido siempre una sociedad guerrera, muy poco religiosa, jerárquica, patriarcal y esclavista.

Y aquí estábamos ante él cuatro no niflúngars, dos de ellos, además, mujeres, tratándolo de igual a igual.

¿Aceptaba ese trato por cortesía o por precaución?

¿O era que se sentía tan poderoso como para permitirse la condescendencia?

—¿Y tú? —me preguntó, ofreciéndome una copa llena de martok, que tomé. Mis dedos rozaron los suyos por un instante. Me pareció que se apresuraba a retirar la mano.

—Soy piloto libre.

Se recostó en el asiento, sonriendo feliz.

Y, en esa ocasión, supe con seguridad lo que pensaba.

A ti te conozco bien, se decía. A vosotros, mercenarios a sueldo del que pague más.

Pendencieros, borrachos, capaces de vender cualquier cosa, salvo vuestra nave, por unas cuantas piezas de oro.

Os desprecian los soldados imperiales porque para ellos sois piratas de la peor especie.

Íngvar permite que existáis, incluso no dominaros, porque lo servís cuando os lo pide.

Y os desprecian todos los hombres de los pueblos que aspiran a ser libres porque os vendéis a él.

—Me alegra decir que no eres la primera de los tuyos que nos visita. Aunque sí la primera mujer. Los pilotos libres han sido nuestros mejores proveedores de esclavos.

—Yolen nunca se ha dedicado a eso —interrumpió Érik.

Elorridi bebió su cerveza.

—Sois los mejores navegantes, dicen —continuó después—. Nadie como vosotros conoce las zonas exteriores, ni siquiera los soldados del emperador. ¿Es tuya la nave en la que habéis venido?

—Sí.

—Eres del mismo mundo que Jane, ¿no? Aunque dicen que los pilotos libres no se consideran de ningún lugar.

—Hace quince años que no piso mi planeta. No puedo regresar allí. Sabes mucho, así que sabrás también que a nadie que haya estado en Thingol se le permite volver a su mundo de origen.

—Sé que, en las cárceles de Thingol, Íngvar encierra a los que se levantan contra él. Pero no he conocido a ningún sublevado que luego fuera piloto libre.

—¿Quieres que te diga por qué estuve en Thingol? Porque Íngvar utiliza rehenes contra sus enemigos. ¿Y por qué me hice piloto libre y he venido aquí? Para hacérselo pagar.

—¿Vienes para vengarte de nosotros, que somos niflúngar, como Íngvar?

Miré a mis compañeros. Al parecer, Elorridi no quería dejar la cuestión más importante para otro momento.

Todo había sido un prólogo hasta entonces.

Nos había examinado más con los ojos que con los oídos.

El keri esperaba, mirando hacia el músico que no dejaba de tocar suavemente, aunque parecía agotado, y hacia una mujer, una esclava vestida con una túnica verde, la cual llevaba ya bastante tiempo junto a una puerta del salón.

Oscurecía. O, más bien, la luz que entraba por las ventanas se iba espesando hasta volverse de un rojo profundo, cárdeno luego.

Pronto el negro de la noche de Niflhéim ocuparía su lugar.

Dentro de la estancia, los esclavos avivaron el fuego de las chimeneas y las lámparas, pero la luz dorada seguía mostrando un tinte como de sangre.

Di un golpe con el pie, por debajo de la mesa, a Jane. Ella era la que mejor hablaba de todos.

—Hemos venido —Jane titubeó un instante e inspiró hondo para continuar— en nombre de todos los pueblos que luchan contra el emperador.

Hay una unión, se llama Harsa Alasat, en lengua vodi, porque nació en Vodar.

Significa «camino de luz». Somos sus emisarios.

Quieren hacer un trato con vosotros: si nos ayudáis a derrocar a Íngvar, dejaréis de ser exiliados y podréis regresar a vuestro planeta nativo.

Harsa Alasat desea que viváis libres y en paz con todos los demás pueblos.

Con la cabeza apoyada en el respaldo de su asiento, Elorridi observaba el fuego brillante, las antorchas que iluminaban el salón. Por un momento, cerró los ojos, para volver a abrirlos. Bebió de su copa. Lentamente, nos miró.

—Queremos —continuó Érik— hablar de esta propuesta ante todos los keris de Niflhéim.

—Hay tiempo. Mañana mi casa celebrará vuestra llegada. Luego hay tiempo. —Se levantó—. Os agradezco vuestra sinceridad. Habéis confiado en mí, es un honor. El día ha sido largo, descansad sin miedo. Sois mis huéspedes, estáis bajo mi protección.

Llamó con un gesto a la mujer de la túnica verde y a otro hombre, y les habló en su idioma. Los dos escucharon sin alzar los ojos del suelo.

—Son mis mejores sirvientes personales y ahora se ocuparán de que no os falte nada.

Hati —señaló al varón— habla un poco el ínter.

Sienild no, pero podrá entenderse con Jane.

—Tomó la mano de la esclava—. No veréis en mi casa, ni en todo Niflhéim, una mujer tan hermosa como Sienild.

Ni con tanto orgullo. Podría ser mucho más que mi sirviente favorita.

Sin embargo, se niega, no le gusto, no me quiere.

Ella no se rinde, yo tampoco. Continúo buscando un camino hacia su corazón.

Si fuese tan despiadado como dicen que son los de mi raza, la conseguiría por la fuerza.

Pero con la fuerza solo se vence a los enemigos y yo deseo que se convierta en mi amiga.

Sienild, desde luego, era una mujer muy guapa: el pelo rubio recogido en una trenza que le llegaba hasta la cintura, adornada con cintas de colores —Jane nos explicaría después que esa trenza la llevaban solo las mujeres vírgenes—; la piel no tan morena como la del otro esclavo, pero al menos con color, y unos bonitos ojos grises que tardamos en ver debido a su costumbre de mirar al suelo.

Elorridi se puso en pie, le sujetó la barbilla para besarla ligeramente en los labios y, de inmediato, la dejó libre.

No se resistió Sienild, aunque el gesto de su boca era duro y cerró los ojos.

—Vuestras habitaciones están preparadas. Os deseo un buen sueño. —Y el keri se fue deprisa.

Seguimos a Sienild y Hati a través de oscuros corredores.

—Has hablado más de lo debido —le dijo Sebeok a Jane mientras andábamos, en la lengua de Helevorn; ella conocía ese idioma, por supuesto, como otros muchos; yo lo entendía un poco—. Habíamos decidido hablar solo ante todos los importantes, no solo ante uno. Ahora estamos en manos de este.

—Siempre sabes lo que los demás tienen que decir, pero siempre dejas que lo digan ellos —contestó Jane, y continuó en mi lengua materna, que Érik conocía también—: ¿Por qué no habéis hablado vosotros?

—No te preocupes —dije—. Es difícil saber lo que está bien o mal aquí. Al menos Elorridi no parece tan terrible. No se nos queda la sangre compacta cuando nos mira, no parece que posea una fuerza física sobrehumana ni nos ha hecho ninguna demostración de magia maligna. Por ahora.

—Es un asesino —contestó Jane.

—¿Tampoco te gusta Elorridi? —preguntó Érik—. ¿No es lo bastante frío de sentimientos para ti?

—No he venido aquí a acostarme con medio planeta, no tengo tus costumbres.

—Callaos ya —pedí—. No me fío de Elorridi, por supuesto, pero, con él o con otros, no hay más remedio que arriesgarse. Al menos nos ha dado de cenar.

—Carne ¿de qué? —Érik susurraba—. ¿De esclavo fugitivo? Tal vez a ti no te importa comerla, Yolen.

Estuve a punto de golpearlo, pero logré contenerme.

No todos los problemas se debían a la ausencia de un mando, sino a desavenencias personales.

Lógicas, al fin y al cabo. Era difícil que en una misión como la nuestra se embarcara alguien que no fuese un solitario, un inadaptado o tuviese algún tipo de rareza mental.

Nuestros guías se detuvieron.

—Kerimi ha dispuesto —dijo Hati— una habitación para vosotros —se dirigía a Sebeok y a Érik—, y otra para ellas.

—Magnífico. Como él no folla con quien quiere, que no folle nadie —murmuré; en mi idioma, por supuesto, no en ínter—. ¿O buscará que nosotras iniciemos en las delicias del sexo a su favorita?

Así que nos separamos. Sienild nos condujo hasta nuestra habitación.