La Riqueza del Amor Epílogo
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Epílogo

Durante muchos años viví creyendo lo mismo que la inmensa mayoría. Pensaba que el dinero daba la felicidad. Estaba convencida de que con dinero podías tener todo lo que deseabas en la vida.

A mí el destino me enseñó, con crueldad y sin remilgos, que no importaba que fuera millonaria, que daba igual mi cuenta bancaria, porque mi vida seguía siendo igual de frágil que la del resto del mundo.

Es más, fue justo por culpa del dinero que acabé secuestrada, casi muerta en el fondo del mar, náufraga en una isla desierta con mi Wilson particular, y a punto de perder al amor de mi vida por consecuencia de todo ello.

¿Moraleja? El dinero puede arruinarte por completo.

Ahora bien, no seamos hipócritas. Si no hubiera ganado la lotería, no habría llegado al Caribe, ni habría conocido a Wil, y tampoco… estaría viendo ahora mismo a mi madre salir del mar caminando cogida de la mano de mi hija.

—¡Bianca, sonríe! —le pido a mi niña mientras enfoco a ambas con el móvil para poder inmortalizar este momento que jamás creí posible.

Con solo cinco años es más consciente que todos nosotros de la fragilidad de su abuela, y aunque extiende sus labios para que pueda hacer la foto, no pierde de vista cada paso que da mi madre para asegurarse de que son certeros.

Y sí, se llama Bianca, Wil lloró todo el día entero cuando le dije que ese sería el nombre de nuestro bebé.

Mi marido dejó en aquella sala de juicios todas sus murallas, salió siendo un hombre libre en todos los sentidos, y desde aquel día vive todo con intensidad, sintiendo cada emoción, viviendo el presente sin pensar en el mañana.

Amando más que nunca la vida y… a nosotras.

Hace un par de días que regresamos de nuestro último viaje.

Hemos navegado con El Leona durante cinco meses por toda Asia.

Wil se niega a que estemos más tiempo fuera, él desea que Bianca se críe cerca de toda nuestra familia.

Una que, al principio, me costó un poco, pero que finalmente conseguí reunir al completo en Deshaies.

Mis padres nunca más regresaron a Villavacas del Monte. Los primeros días, papá insistía en ir para «cerrar temas», pero me negué. Moví cielo y tierra, Florencio y Vega me ayudaron, buscamos sin descanso hasta encontrar la clave que todo lo cambió.

Conseguimos un especialista en neurorrehabilitación y, tras casi dos años de tratamiento, uno alternativo que nos enviaban desde Alemania, mi madre empezó a recuperar la fuerza en las piernas.

El día que dejó la silla de ruedas no soltamos ni una sola lágrima, era tan enorme la felicidad que solo podíamos reír.

Vega se encargó de gestionar el traspaso del colmado y la venta de la casa, además de contratar un contenedor para que trajeran aquí todas sus pertenencias.

Y sí, la brujita de cabello rojo se unió a nuestra gran familia.

Su residencia oficial está aquí, y aunque viaja mucho, no suele dejar pasar más de dos meses sin volver a lo que ella llama «mi hogar».

De momento, comparte casa con Renata y Damián, además de negocio.

La hermana de Wil y Damián insistieron en reconstruir Alisios Group, les faltaba capital, así que me ofrecí a ayudarles, pero Vega nos sorprendió a todos cuando extendió un cheque por el doble de lo que hacía falta y lo justificó diciendo: «Lo que sobre es un depósito para imprevistos».

Son un trío «peculiar» al que hemos decidido dar su espacio.

Hay veces que las cosas simplemente deben sucederse tal y como el caprichoso destino las tiene planeadas.

Aunque voy a reconocer que estoy ansiosa por ver qué más les depara la vida a los tres y si será juntos, separados o…

revueltos. Pero eso será otra historia y en otro momento.

En lo que respecta a nosotros, encontramos una pequeña y preciosa zona residencial en una cala cercana al centro y el puerto marítimo y no lo dudamos.

Compramos una casa para mis padres y otra para nosotros.

Ambas con embarcadero y una terraza directa a la arena de la playa.

Un rincón idílico del Caribe rodeado de selva y altas palmeras.

Wil cada día se sienta en la mecedora de su padre y con Bianca en su regazo observa ponerse el sol en el firmamento, igual que lo hubiera hecho mi suegro si hubiera tenido más tiempo.

Y estarás pensando: ¿La lotería te ha llegado para todo eso?

Lo cierto es que el dinero del gordo de Navidad sí, aquí en México, nos daba para todo.

Aunque, como no quería volver a salir en televisión con un nuevo titular que dijera: «La chica que lo ganó todo, finalmente se arruinó», invertí.

A eso también me ayudó Vega. Esa mujer es una caja de sorpresas del tamaño del Everest. No metí mucho dinero, pero sí el suficiente para recibir ingresos recurrentes cada mes.

Eso nos permite vivir una vida muy por encima de la media de este país. Y ya, no necesitamos más.

El frescor del cuerpo de Wil mojado me rodea desde detrás. Se acomoda colocando las piernas a los lados abrazándome.

—Te amo, Leona —susurra en mi oído y después besa mi cuello.

Dejo caer mi cabeza hacia atrás, recostándome en su pecho esculpido y prieto.

—Yo también te amo, mi Diablo. —Siento su sonrisa extenderse y me contagio.

—Ya viene —anuncia divertido—. En tres, dos, uno…

—¡¡Mamááá!! ¡¡Papááá!! ¿Y yo qué? —salta sobre nosotros Bianca y caemos hacia atrás en cadena.

Los brazos de Wil y los míos se enredan para rodear el menudo cuerpo de nuestra niña mientras las risas de mis padres y las nuestras se mezclan dando vida a esta pequeña cala de mar turquesa y cielo soleado.

Colmo a besos el rostro de mi hija con sabor a sal mientras las gotitas de agua resbalan de sus mechones negros sobre mí.

Sus ojos del color del mar Caribe, idénticos a los de su abuela y los míos, brillan de felicidad.

Y aquí, en este preciso instante, vuelvo a sentirla, es esa sensación intangible pero certera de que la verdadera riqueza está en el amor.