La Riqueza del Amor Capítulo 74
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Capítulo 74

Es curioso cómo un solo acontecimiento en tu vida puede cambiarlo absolutamente todo.

No he podido dejar de pensar en ello mientras se desarrollaba el juicio contra Wil.

He permanecido en la última fila junto a Taky y Florencio, que no han soltado sus manos entrelazadas en ningún momento.

Ha sido el exprometido de mi hija el que ha sugerido que nos mantuviéramos algo retirados para no poner nerviosa a Lola y en especial a Wil.

Me gusta el hombre que se ha convertido en estas últimas semanas, siempre tan asertivo y calmado.

Lejos parece haber quedado ese chico que agarraba a las vaquillas de los cuernos para poder montarse sobre ellas y corretear por las calles de Villavacas del Monte para asustar a mi hija y a Taky.

Llegados a este punto, ya no tengo muy claro detrás de quién corría realmente.

Tampoco creo que importe, aun así, estoy deseoso por descubrir qué les depara el destino a estos dos, está claro que esas miradas hablan mucho más de lo que son capaces de decirse.

—Por fin —suspira para sí mismo Taky en cuanto salimos a la calle.

Cierra los ojos y alza un poco la barbilla al dar una gran inspiración, después sonríe y deja ir el aire despacio, como si estuviera vaciando todo el estrés acumulado.

Su cabello azul está más desteñido que nunca y creo que hoy es de las pocas veces que lo veo sin el brillo de labios que suele ponerse.

—Sí, por fin ha terminado todo —respondo y al verbalizarlo no puedo evitar que una gran sonrisa se forme también en mi rostro.

Bajamos los escalones y decidimos esperar a que salga Lola.

Solo unos minutos después aparece junto a su abogada.

La felicidad me desborda cuando veo la expresión de mi hija, vuelve a ser alegre; labios alzados sin siquiera pretenderlo y los ojos con un brillo precioso.

Al llegar a mi altura, se lanza a mis brazos y la rodeo con ellos con fuerza.

—Si me lo hubieras contado…

—Papá, lo importante es que todo ha salido bien.

Lo cierto es que la cosa podría haber salido fatal, pero ya no importa. Ahora toca centrarse en lo más importante, Lola está bien y Wil es un hombre libre.

—Gracias. No tendré vida para agradecerte lo que has hecho.

—No hay de qué —responde Vega dándome un apretón en el hombro.

Lola suelta mi cuerpo y salta al de ella con efusividad. No puedo evitar reírme al verla tensarse y cómo sus ojos se abren debido al asombro.

Vega Altamira ha sido otra increíble sorpresa.

Entre tú y yo, siempre creí que eran algo brujas su abuela, su madre y ella, y para ser completamente sincero, hoy más que nunca lo corroboro.

Lo que esa mujer ha hecho ahí dentro ha sido mágico.

La maestría con la que ha conducido el juicio y la forma en que ha tumbado cada uno de los cargos contra Wil han demostrado lo que ya ella nos dijo el primer día: estoy aquí para ganar.

—Gracias. Eres mi brujita preferida en el mundo.

Las palabras de mi hija ablandan su corazón al momento y se rinde al abrazo.

—Ya te dije que las ancas de rana y el bigote de rata harían que la pócima funcionara y así ganaríamos el juicio.

Su comentario nos hace estallar a todos en risas, unas que se cortan al momento en cuanto la puerta del juzgado se abre y aparece Wilson Mendoza… libre de esposas.

Cuando los ojos de Wil y Lola se encuentran, lo entiendo absolutamente todo. He visto cómo se miraban en el juicio, pero ahí dentro la tensión se podía mascar como un chicle duro y ya sin sabor. Había nervios, miedo, incertidumbre. Sin embargo, ahora mismo lo único que veo es AMOR.

Antes de que el pie de Wil toque el último escalón, mi hija ya ha salido corriendo hacia él. Salta sobre su cuerpo y se besan de un modo tan apasionado que hasta me doy la vuelta porque creo que un padre es mejor que no vea según qué cosas de su niña preciosa.

—¡Wow! Parece que nuestra Lolita ha soltado amarras —chilla Taky entre carcajadas—. ¡Culito! Deja algo para esta noche en el hotel.

El loco amigo de mi hija y Vega siguen partiéndose de risa con lo que sea que esté haciendo Lola y que prefiero no ver.

¿Qué? Ella siempre, siempre será mi niñita.

—¿Cómo estás? —Florencio me habla en la intimidad, lejos del resto. Pienso la respuesta con calma.

—Pues creo que bien.

—¿Crees?

—Florens, todavía tengo que disociar que mi hija, en un puñado de semanas, ha pasado de chica de pueblo a millonaria que naufragó y, finalmente, se convirtió en señuelo para atrapar a una de las mujeres más buscadas y peligrosas del mundo.

Se me queda mirando un largo rato y finalmente una gran sonrisa se dibuja en su rostro.

—Manuel —se gira y mira hacia donde está Lola y yo hago lo mismo—, lo que tenemos que disociar todos es que la niña de Villavacas del Monte se ha convertido en una mujer alucinante y muy valiente.

Estoy orgulloso de ella. —Me sorprende el comentario y lo observo, su rostro certifica lo que acaba de decir y aún más lo que añade—: Siento que soy un privilegiado por tenerla en mi vida, por teneros a todos. —Su última mirada se posa en Taky.

—¿Y ahora?

—Ahora iremos a buscar a tu esposa y…

—No, Florencio, me refiero a ese ahora —señalo ligeramente al loco de pelo azul que se lanza sobre Wil como hizo Lola hace solo unos minutos.

Ambos nos reímos porque está como una cabra, sin embargo, parece que a Wil le hace gracia y lo sujeta entre sus brazos riendo a carcajadas.

—Ese «ahora» es para después. —No deja de mirarlo embelesado.

—¡Papá! ¡Papá! Ven —Lola me llama emocionada.

—Corre, Manuel, ve a conocer a tu yerno.

—Florencio…

—Está todo perfecto. Mejor imposible. Hoy es un día alucinante y vamos a celebrarlo a lo grande.

No puedo evitar darle un abrazo fuerte.

—Siempre serás parte de nuestra familia —susurro en su oído y él aprieta sus brazos a mi alrededor.

—Y vosotros de la mía.

Le miro un último momento, sus ojos están encharcados y conteniendo la emoción.

Su gesto de cabeza me indica que ahora no puede añadir más palabras a esta íntima conversación y que debo ir con mi hija.

Con cariño, golpeo suavemente su hombro, me doy la vuelta y me acerco sonriendo hacia donde está mi pequeña.

Damián me sonríe y la hermana de Wil, que me la presentaron antes de entrar al juicio, también me regala un gesto amable.

Al llegar a la altura de Lola, extiende su mano para agarrar la mía y con mucha emoción dice:

—Papá, te presento a Wil.

—Señor Flores. Gracias. —Arrugo el entrecejo sin comprender.

—Creo que tengo que ser yo el que te dé las gracias, chico.

—En absoluto. Las gracias se las doy yo a usted por traer al mundo a la mujer que me salvó la vida…

una vez en el mar, y otra enseñándome que todavía tenía una oportunidad de ser amado de verdad.

Me hubiera encantado estrechar su mano con el orgullo de decir que fui yo quien la salvó a ella, sin embargo, lo hago con la honra absoluta de saber que en mi vida se cruzó la mujer más alucinante y valiente que jamás conoceré.

Me quedo congelado. No sé si por el atrevimiento de sus palabras o por la verdad que llevan incrustadas cada una de las sílabas que ha pronunciado.

Toda esa vehemencia, toda esa sinceridad, todo ese amor que siente por mi hija…

mentiría si dijera que no me abruma un poco.

Me gusta que me sostenga la mirada con algo más que respeto.

Hay humildad. También hay un dolor que no se puede falsear, el de saber que no pudo hacer más por mi niña.

Sé que eso es lo que realmente va a martirizarle el resto de la vida.

Lo miro con cautela. Wilson Mendoza es de esos hombres que nacieron para proteger, no para ser protegidos.

Observo sus nudillos gastados, la piel curtida por el viento y el sol, y puedo reconocer con facilidad su alma remendada con hilos de salitre.

Hay algo que jamás podrá borrar nadie, y es que, por muy agradecido que esté, su historia, esa que lo llevó a las tinieblas, siempre será dueña de una parte de él.

Cuando Lola nos la contó, todos lloramos, y es que hay veces que la vida es terriblemente cruel e injusta.

Pero Wil tiene la suerte de poder empezar de nuevo, sé que él es consciente de ello, aun así, quiero que entienda que el pasado, pasado está.

—¿Sabes, chico? Lo más bonito que tiene la vida es cruzarse con alguien que te ama sin más, sin esperar, sin pedir, sin exigir.

Es ahí donde realmente radica la riqueza del amor.

Y vosotros lo habéis encontrado el uno en el otro, sois terriblemente ricos, no por el dinero de Lola, sino porque habéis encontrado en el otro el lugar en el que sentir paz.

—Sí, lo sé, Manuel. Lo supe desde el primer momento en que ella me miró. —Asiento con la cabeza a la vez que sonrío levemente.

Veo a Lola de reojo. Su expresión me lo dice todo: está enamorada.

Lo sé porque la conozco. Porque es mi niña.

Porque no había visto esa luz en sus ojos ni cuando llegó con sus primeros zapatos de tacón, ni cuando me dijo que quería irse sola a viajar por el mundo.

Esta luz… es otra cosa. De pronto me siento viejo.

No por la edad, sino por la vida. Por los sustos.

Por el hospital. Por el naufragio. Por el tiempo que pensé que nunca volvería a escuchar su voz.

Y también terriblemente solo. Por la falta de mi esposa. Ella siempre será mi gran riqueza.

—No voy a fallarle —añade Wil solemne.

No dice «no voy a fallarle a usted». Lo que quiere decir es que no va a fallarle a ella.

Y eso me basta. Porque no necesito que me rinda cuentas a mí.

Necesito que la quiera. Que la cuide. Que no vuelva a dejarla sola en mitad de la nada.

Respiro hondo. Me pasa el aire con dificultad porque, aun sabiendo que todo es como debe ser…

soltar a mi hija cuesta y, sobre todo, hacerlo sin que esté aquí Teresa.

—No tienes mi bendición, Wil. —Él se tensa al instante, pero levanto la mano pidiéndole tiempo antes de que diga nada—. No porque no la merezcas… sino porque eso no sirve de nada. Lo único que importa es que ella haya decidido creer en ti. Y si lo ha hecho… a mí me basta.

Nos quedamos en silencio regalándonos una de esas sonrisas leves, de agradecimiento, llenas de complicidad.

Florencio me da una palmadita en la espalda, como diciéndome que ya está bien por hoy.

Y tal vez sí. Tal vez ya ha sido suficiente emoción para una vida entera.

Miro a Lola, a esa mujer que ha sobrevivido al infierno y ha vuelto con la cabeza alta.

Y sin quererlo, sin planearlo, una risilla se me escapa.

—Anda, ven. Suelta un rato a ese hombre y dale un abrazo a tu padre.

Ella corre y me aprieta tan fuerte que casi me deja sin aire. Es entonces cuando lo sé, lo siento en cada fibra de mi piel. Después de todo, la tormenta ha pasado.