Capítulo 73
Nunca había oído mi nombre sonar tan limpio.
—Wilson Mendoza Santiago queda absuelto de todos los cargos. El tribunal ordena el sobreseimiento de la causa y la inmediata eliminación de todo registro penal vinculado a este proceso y a los anteriores.
Me quedo completamente petrificado. El oxígeno de la sala desaparece por completo cuando levanta el mazo y golpea dos veces antes de añadir:
—Se levanta la sesión.
El silencio posterior a esa frase me resulta ensordecedor.
No hay vítores. No hay aplausos. No hay música épica. Solo un silencio abrumador.
Un segundo después, todo mi cuerpo se derrumba por dentro.
Me llevo las manos al rostro con la total intención de comprobar que sigo aquí.
Que esto no es un maldito sueño. Que esta vez no es una alucinación más nacida de la desesperanza.
El mundo entero parece haberse detenido, excepto un cosquilleo en mi estómago.
Uno que se fragua con intensidad y trepa rápido por mi cuerpo hasta llegar a mi rostro, dibujando una sonrisa grandiosa que se extiende sin control.
El juez, casi como en un suspiro, se levanta y desaparece de la sala, mientras yo sigo ahí, tratando de asimilar que…
¡¡SOY LIbrE!!
Uno de los funcionarios repliega los documentos con despreocupación, como si ese montón de papeles que apila no acabara de borrar con sus textos impresos casi media vida.
Las piernas me tiemblan bajo el pantalón negro que me han entregado esta mañana.
«Su abogada le ha traído ropa civil», dijo el agente al darme la bolsa.
Reconozco que quitarme el traje naranja de la prisión e ir vestido con prendas de calle me ha hecho sentir menos escoria.
Como si, al menos durante ese tiempo, no fuera quien decía mi expediente que era.
Durante un rato no soy consciente de lo que ocurre a mi alrededor. No me muevo. Sigo clavado en el asiento, con las manos sudadas, la espalda recta, el corazón golpeando como una locomotora y el eco de las palabras «Operación Leona» aún resonando en mi cabeza.
Cuando he visto entrar a los dos agentes que iban a testificar, he sentido como todo mi cuerpo se contraía. Los nervios me recorrían sacudiéndome como un mar revuelto. Podía sentir los latidos acelerados de mi corazón retumbar en la garganta.
El tal Gómez me ha lanzado una mirada neutra, profesional. El otro, Hernández, solo ha asentido levemente, como si en su cabeza ya hubiera terminado el juicio hace días. Como si lo supiera todo. Como si la verdad fuera algo tan evidente que jamás debió ponerse en duda.
Mis ojos han buscado a Lola con desesperación, tratando de encontrar en ella los millones de respuestas que se agolpaban en mi mente. Verla retorcer un mechón de pelo entre los dedos, mordiéndose el labio, me lo ha dicho todo: estaba tan jodidamente nerviosa como yo.
Y entonces todo ha empezado a rodar.
Los testimonios se han sucedido. Fríos, técnicos.
Detallados como un maldito informe clínico que diseccionaba mi vida.
Que diseccionaba mi propio infierno particular.
Hablaban del naufragio, de los días a la deriva, del rescate, de los datos que verificaban que yo no mentía, que no huía, que nunca secuestré a Lola.
Que solo la rescaté. Que… no soy culpable.
Por un momento he sentido que había esperanza, que al menos iba a librarme de esta condena. Nadie me había preparado para el último giro inesperado. Y mucho menos para lo que Vega tenía entre manos. Se me acercó al oído y me susurró: «Y ahora, mi último as en la manga. Este es el jaque mate».
Antes de que pudiera decirle nada, se levantó con su habitual elegancia y con una voz firme y atronadora, dijo:
—Señoría, llamo al estrado a mi último testigo: Damián Duarte Gómez.
—Mendoza, ¿estás bien? —Escucho la voz de la mujer que me ha acompañado en esta guerra. Giro el rostro y me topo con sus ojos esmeralda. La licenciada Altamira, el ángel que Lola consiguió para… salvarme una vez más.
—¿Bien? —Lo pienso un momento—. No, bien, no. —Su rostro no se altera, ella permanece imperturbable, atenta a mi respuesta—. Esas cuatro letras son una nimiedad que jamás podrán expresar lo brutalmente feliz que soy ahora.
Me tapo la cara por un instante y dejo que las lágrimas rueden por mi rostro. Inspiro con fuerza y, al exhalar… empiezo a reír. Y grito de júbilo. Me giro ansioso en busca de Lola y, de repente, la alegría se esfuma de un plumazo.
—No hay nadie —resuelvo.
—Llevas diez minutos sentado en silencio. Los funcionarios han pedido el desalojo de la sala. A ti te he conseguido un poco más de tiempo. —Me guiña un ojo.
—No me has conseguido tiempo, me has devuelto la vida. Gracias. —Me lanzo sobre ella y la abrazo con fuerza. Me alegra que me corresponda.
—Eres un tipo con suerte, Wilson Mendoza. Tienes gente que te quiere muy cerca, aunque, sin duda, te ha tocado la lotería con Lola Flores.
***
En prisión aprendí algo que me cambió por completo, pero que parece que hoy se ha quedado dentro de esa sala de juicios.
«Paciencia, Wil». Vuelvo a repetirme mientras golpeo con los dedos ansioso a que venga el maldito funcionario y me deje salir ya de este edificio que parece que, con cada minuto que pasa, las paredes se estrechan un poco más.
Altamira, mi ángel —ya nunca más la llamaré «mi abogada»— me ha dejado aquí alegando que debía acabar de ultimar unos documentos para que pueda, y cito textualmente:
—Son para que seas completamente libre.
Sí, vaaale… eso está genial. ¿Pero cuándo va a ocurrir?
Lo que te decía, he ganado la libertad, pero he perdido la paciencia. Aunque quizá, siendo algo que aprendí entre rejas, lo mejor sea también dejarla atrás.
—Wilson Mendoza —dice el hombre que abre la puerta de manera abrupta.
—¿Sí? —Me levanto de un salto.
—Eres libre. —Y se aparta de la puerta con una clara invitación a que… me largue.
Es curioso, la ansiedad no me dejaba vivir en esa habitación, deseaba salir, sin embargo, ahora no tengo prisa.
Al poner el primer pie en el pasillo, una paz grandiosa me ha colmado.
Avanzo tranquilo, disfrutando de cada instante que me está regalando la vida.
Disfrutando de caminar por el largo pasillo que me lleva a mi absoluta libertad. A mi nueva vida y hasta mi gran amor.
Una vez en la puerta, la empujo con suavidad y salgo. Todos me observan en un silencio calmado. El sol calienta mi gran sonrisa. Y mi corazón se acelera al encontrarse con el color del mar Caribe. Con sus ojos. Con mi persona. Con mi lugar.
Con mi leona.
Con ella.
Con Lola.