La Riqueza del Amor Capítulo 72
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Capítulo 72

El furgón se detiene frente a los juzgados y observo el edificio con nerviosismo. Allí, justo en la puerta de entrada, la veo: Vega Altamira, mi abogada.

Va enfundada en uno de sus trajes negros de dos piezas y su cabello rojo cae en una cascada de rizos por un lado, sobre su hombro.

Su actitud es relajada, con una mano en el bolsillo y la otra sujetando el maletín de piel.

Me está esperando, sin prisa, sin nervios.

Mientras tanto, yo estoy al borde de un puto infarto.

El agente abre el portón trasero y dos hombres más del equipo de la penitenciaría me apuntan con sus armas. Cualquier idiotez que haga, un gesto desafortunado o incluso un tropiezo al salir y… ¡Boom! Accionarían el gatillo sin siquiera pensarlo un instante.

—Mendoza, abajo.

Al apearme, no puedo evitar detenerme a disfrutar del calor que ofrece este día soleado en Colombia, dura solo el tiempo que tardan en golpearme con la punta de una de las pistolas para que empiece a caminar.

Los pasos son cortos y limitados, ya que las esposas de los tobillos me impiden avanzar más deprisa, una cadena conecta con las muñecas, que también están apresadas por el frío metal.

—Buenos días, Wilson.

—Licenciada Altamira, ¿qué tal está?

Se queda un momento en silencio, me sonríe y su respuesta me sorprende.

—Más preparada que tú para lo que ahí dentro va a ocurrir.

Sin más, se da la vuelta y entra en el edificio con pasos firmes. Sus altos tacones golpean el suelo de mármol y el sonido se mezcla con el tintineo de mis cadenas. Avanzamos por un largo pasillo lleno de puertas de madera oscura que a mí se me hace eterno.

Vega sigue en esa actitud tranquila, yo sigo histérico.

Ha venido a verme varias veces a prisión, y en todos nuestros encuentros ha sido escueta y rápida.

He tenido varios abogados de oficio y siempre me hacían muchas preguntas, cosa que ella no, y eso me tiene muy preocupado.

En el último encuentro antes del juicio no me anduve con rodeos:

—Licenciada, ¿qué pretensión tiene con el juicio?

—Wil, yo no pretendo, eso no va conmigo. Yo solo gano. —Su asertividad me dejó perplejo.

—No tengo intención de sonar descortés o desconfiado, pero… —Pensé cómo decirlo y me aventuré—: No me ha hecho prácticamente preguntas, no sabe lo que ocurrió con claridad y eso me lleva a cuestionarme algo realmente importante: ¿Cómo va a defender lo que no conoce?

Su sonrisa se amplió con suficiencia antes de responder.

—Para empezar, quiero constatar que, aunque es a usted a quien defiendo en el juicio, mi clienta es Lola Flores, con ella he hablado largo y tendido, no se preocupe por eso.

También quiero dejar claro que hacer muchas preguntas no va a librarle de la cárcel, pero las acciones sí, y tanto Lola como todo mi equipo, incluida yo, hemos ejecutado las acciones necesarias para que todo salga según lo esperado.

Vega tenía la capacidad de dejarme siempre sin palabras.

Los agentes se detienen cuando ella también lo hace frente a una doble puerta de gran envergadura y filigranas talladas a su alrededor. Se gira y la observo con detenimiento, no hay ni un ápice de duda o titubeo en su rostro.

«¿Que todo salga según lo esperado? ¿Suficientes acciones?

», no había podido dejar de pensar en lo que me había dicho en la última visita que me hizo a prisión y mucho menos ahora que estaba a punto de decidirse mi destino.

Uno que no auguraba en absoluto un final esperanzador.

Y no es que fuera de esa clase de hombre derrotista, simplemente era pragmático, consecuente.

—Esperen, por favor —pide Altamira antes de que abran la puerta, se acerca, es tan alta como yo con esos tacones, su mirada queda a la altura de la mía.

Me observa un momento y entonces habla—: Wil, debes comprender que cada una de las acciones se hizo con una única finalidad, la de hacer justicia para todos.

Para ti, para Lola y para el mundo entero.

—Arrugo el entrecejo sin comprender lo que dice—.

Es muy importante que, pase lo que pase o se diga lo que se diga, te mantengas en silencio mientras dura el juicio.

Solo debes hablar cuando el juez lo dictamine.

Hacerlo sin su permiso se puede considerar desacato y eso no te va a beneficiar en absoluto. ¿Lo has comprendido?

Asiento con la cabeza algo confundido. El agente que custodia la doble puerta es alentado a abrir con una simple mirada de Vega.

Enseguida diviso la fila de bancos de madera que conduce hasta el atril en el que el juez nos espera con su toga negra.

Pero la imagen queda bloqueada con el rostro de mi abogada que vuelve a mirarme fijamente.

—A Lola le tocó la lotería, pero a ti, Wilson Mendoza, te tocó el gordo. Esa mujer es… la mayor riqueza que tendrás jamás en tu vida.

—Lo sé.

Su risa sorprende incluso a los policías que tengo a mi lado y la respuesta me deja en jaque.

—No tienes ni idea, ni puta idea. —Vuelve a reír—. Pero tranquilo, hoy lo vas a descubrir.

Nada más entrar en la sala, la veo sentada en primera fila.

Sus mechones platinos rodean su dulce rostro y sus ojos vuelven a recordarme al mar Caribe, pero esta vez parecen estar en una tempestad con oleaje revuelto.

Me queman las entrañas, las extremidades e incluso la punta de los dedos, todo mi cuerpo ansía cruzar la puta sala, saltar por encima de los bancos y llegar a Lola para rodear su cuerpo con el mío y así poder sentir esa energía que me recorre, que me da la vida, cuando estoy cerca de ella.

Sin embargo, no he podido disfrutar de nada de eso, ni siquiera del espectáculo de mirarla, porque la tenía detrás, y en un susurro Altamira ya me ha avisado:

—Vista al frente, capitán. Necesito que estés aquí y no allí.

He cuadrado hombros como un soldado disciplinado y he tratado de centrarme en lo que estaba ocurriendo en la sala y no en lo que había en ella.

El atronador silencio se rompe cuando el juez, con solemnidad e inquietante calma, empieza a leer cada uno de los cargos por los que se me imputa.

Todos escuchamos atentos la larga lista: tráfico de estupefacientes, homicidio imprudente, resistencia a la autoridad...

delitos de hace años, por los que ya pagué y, sin embargo, siguen persiguiéndome, torturándome.

Otros, como los relacionados con el secuestro de Lola y el naufragio, son los que nos han traído hasta aquí hoy y los que determinarán el resto de mi vida.

En algún punto, cansado de escuchar el flagelante discurso y desobedeciendo a mi abogada, dejo que mi mente viaje a ella.

Saber que Lola sigue sentada justo detrás, en medio de las otras dos personas que más amo; mi hermana y Damián —con él tengo una conversación pendiente—, me perturba tanto como me calma.

Lola tenía los ojos enrojecidos y deduje al momento que había llorado, a su lado, mi amigo de toda la vida rodeaba su hombro, irradiando esa sensación de protección que ella necesitaba. Si dijera que no he agradecido que estuviera cuidándola, mentiría.

Ambos me han sostenido la mirada y, finalmente, Damián ha asentido con la cabeza. Después de tantos años juntos he entendido su gesto perfectamente: «Tranquilo, todo va a salir bien, y si no es así, yo la cuidaré en tu ausencia». Tan calmante como demoledor.

A eso hay que sumar que Renata, con sus manos, cogía una de las de ella.

Me he emocionado al verlo y he tenido que reunir todas las pocas fuerzas que me quedan para tragar el nudo de la garganta que amenazaba con hacer explotar las lágrimas en mis ojos.

Estaba de los putos nervios, me quemaba el estómago como si alguien lo estuviera retorciendo con saña.

Lo que me había dicho mi abogada antes de entrar al juicio no me estaba ayudando una mierda, mi cabeza no dejaba de darle vueltas a esa conversación.

«No tienes ni idea, ni puta idea».

No estoy muy seguro de querer saber lo que ha querido decir con esa frase que sigue martilleando mi cabeza y que no ha permitido que mi acelerado corazón descanse ni un poquito.

De pronto vuelve el silencio y me doy cuenta de que el juez ha terminado de leer.

Me tenso siendo consciente de que ha llegado mi momento; voy a tener que subir ahí de nuevo para contar mi historia, una que nadie va a creer y que, a pesar de la convicción de Altamira de que no acabaré en prisión otra vez, es sin duda la puerta de acceso directa a un destino más que escrito.

Los ojos del juez vuelven al papel, parece leer algo en silencio, entonces alza la vista y cuando habla la sorpresa me golpea como una puñetera bazooka:

—Llamo al estrado a declarar a la primera testigo de la defensa: Lola Flores del Campo.

Giro el rostro velozmente hacia mi abogada y esta me sonríe de un modo que me provoca un escalofrío.

—No estás listo para esto, pero te va a encantar —susurra solo para que yo la escuche.

Lola se pone en pie tras recibir un beso en la mejilla de Damián y un fuerte abrazo de mi hermana.

Se aventura sin titubear en dirección al estrado.

Sus pasos son gráciles, ligeros, sin ruido, sin embargo, eso no le resta ápice de fuerza a su postura.

Camina erguida y con seguridad mientras los pocos que somos aquí presentes la observamos.

El agente judicial se coloca frente a ella para indicarle que jure decir la verdad colocando su mano sobre la Biblia; lo hace mirándome con sus ojos del color del mar Caribe.

Su voz apenas ha temblado, aunque yo sé que por dentro está hecha pedazos.

«Y todo por tu culpa». Me fustigo con la verdad.

«Es la mujer más alucinante que he visto nunca».

Sigo navegando en mis pensamientos al observar lo preciosa que está.

No puedo despegar mis ojos de ella. Es evidente que los nervios la consumen, sin embargo, su barbilla está alzada, demostrando que es una valiente, que está lista para su confesión, que es una leona.

Mis recuerdos en la isla no dejan de saquearme como fotogramas que se repiten una y otra vez.

Veo a Lola corretear por la orilla del mar desnuda.

Lola con su cuerpo bañado de gotitas saladas.

Lola y su preciosa risa llenando mi mundo.

La fantasía termina en cuanto el fiscal se pone en pie.

Ahí la cosa se pone más tensa. Habla durante largos minutos con voz firme, segura, como si todo estuviera claro.

Como si el pasado definiera el presente sin margen de redención.

—Un pasado incierto, pero que sigue manchando mi expediente—.

No me sorprende en absoluto cuando describe a un hombre peligroso, con antecedentes, con vínculos con el narcotráfico, incapaz de ofrecer garantías para reintegrarse en la sociedad.

Lo narra todo sin un ápice de duda en su voz, como si fuera alguien que me conoce a pesar de ser la primera vez que me ve.

«¡No está todo perdido!», me repito una y otra vez tratando de convencer al corazón de que deje de temblar. Pero no es hasta que Altamira toma la palabra que, por fin, siento que aún quedaba un hilo de esperanza al que aferrarse.

Juro que por un momento la sala se ha llenado de una energía extraña, una que irradiaba mi abogada con su sola presencia. Como si pudiera generar vibraciones en mi cuerpo, y me he preguntado si era a mí al único que le estaba ocurriendo.

Altamira, sin remilgos, desmonta, uno por uno, los argumentos del fiscal. Habla de lo que ocurrió realmente en aquella tormenta. Explica lo que encontraron en el velero. Lo que no encontraron. E insiste en una idea: merezco una segunda oportunidad.

Y entonces, tras el argumento, avanza hasta el atril en el que está Lola sentada. Mi pecho se contrae, el aire desaparece por completo de la sala.

—Señorita Flores, ¿conoce usted al acusado? —pregunta sin preámbulos.

—Sí. —Su voz se mantiene firme—. Es el hombre que me salvó la vida.

Hay un leve murmullo en la sala. El fiscal frunce el ceño.

—¿Podría explicar a este tribunal a qué se refiere?

—Cuando naufragamos —empieza, y su mirada se cruza con la mía—, él pudo haberse salvado solo. Pudo haberme dejado en aquel horrible pesquero maloliente, pero no lo hizo.

—En el informe, usted indicó que Wilson Mendoza cayó al mar tras un disparo en la pierna y no recuperó la consciencia hasta varios días después del naufragio.

—Sí, así es. Pero sin él... —traga saliva— yo no estaría aquí hoy.

—Señorita Flores, ¿es usted consciente de los antecedentes penales del acusado? —ataca con severidad Altamira y por un momento creo que en vez de defenderme está hundiéndome.

—Claro que sí. Y también soy consciente de que son todos injustos.

Su mirada nerviosa va directa a Altamira, y esta ni se inmuta. Solo sonríe y juro que cada vez que hace ese gesto tiemblo.

El fiscal resopla desde su silla, pero Lola no se tambalea. Cada palabra suya cae como una gran losa llena de verdad. Hasta que le hace una pregunta que lo cambia todo:

—Señorita Flores, ¿cree usted que el señor Mendoza es inocente de sus cargos?

—¡¡PROTESTO!! ¡El acusado es un asesino!

—¡Protesto, señoría! El fiscal, llamando «asesino» a mi cliente, acaba de vulnerar los principios de presunción de inocencia del mismo.

El acusado se presume inocente hasta que se demuestre lo contrario.

El señor Mendoza actuó en defensa de la señorita Flores y…

—Altamira se da la vuelta, avanza rápido a la mesa en la que sigo observando todo en silencio consternado, coge una carpeta llena de papeles y se la entrega al juez— y puedo demostrarlo.

No dice nada, solo espera. El juez se pone de nuevo las gafas para leer y hojea los documentos.

El silencio es únicamente perturbado por el sonido de las páginas al ser pasadas.

Su entrecejo se une y levanta uno de los papeles para leerlo más de cerca y juraría que en ese momento mi abogada se muerde una sonrisa antes de hablar.

—Señoría, solicito la absolución de todos los cargos de mi cliente. Los de sus supuestos anteriores delitos y los actuales.

—¡¡¿Quééé…?!! ¡PROTESTO! —grita el fiscal sin dar crédito a la vez que golpea la mesa con ambas manos.

—¡Silencio en la sala! —exige el juez dando golpes con el pequeño martillo de madera en el atril—. Altamira, esto que leo debe demostrarse; unos documentos no lo certifican, sin testigos que lo corroboren…

—Los tengo —interrumpe con firmeza—. Ruego llame al estrado al agente Hernández, encargado de la investigación de la desaparición de Lola, y al agente Gómez, capo del cuerpo de investigación marítima de la costa del Caribe. Ambos han participado en el operativo «Leona».

Al escuchar el apelativo, me quedo petrificado y me giro nervioso en busca de una explicación.

Damián solo me mira, sonríe débilmente y se encoge de hombros.

Me vuelvo de nuevo y, al cruzarme con la mirada de Lola, esta solo se yergue en la silla con esa nueva fuerza que irradia y algo de nerviosismo.

«¡¡¿Operativo Leona?!! ¿Qué coño está pasando?».