Capítulo 71
Todo ocurre a una velocidad vertiginosa, es como si alguien acabara de darle al botón de acelerar y yo no pudiera hacer absolutamente nada para impedirlo.
Rubén se acuclilla delante de mí y, sin miramientos, levanta una mano en la que sujeta un arma, con la culata de esta golpea mi cabeza.
Las vueltas se triplican. Ya estaba mareada debido a la droga que me habían inyectado y aún más con el vaivén del barco, el porrazo ha acabado de rematarme.
Hasta he perdido la visión unos segundos debido al impacto, quizá más tiempo.
Cuando vuelvo a recuperar un poco la conciencia del aquí y ahora, me preocupo.
En ese intervalo de falta de lucidez, provocado por el dolor lacerante, Rubén ha soltado mis manos de la cañería y las ha vuelto a atar a mi espalda.
Me carga sobre su hombro como si fuera un saco de patatas y camina conmigo por el estrecho pasillo que conduce a cubierta. Lo reconozco de la anterior vez.
«Lola, vuelve a dormirte», pienso, basculando entre el pánico y las ganas de llorar a mares.
Sin embargo, en ese momento soy consciente de que la idea es buena.
Tras el golpe, debí de perder la conciencia y por eso hay parte de lo ocurrido que no recuerdo.
Quizá pueda volver a aparentar que estoy dormida y evitar lo que creo que en breve va a ocurrir.
Me temo que este cambio de ubicación tiene una meta clara: quieren que haga la transferencia de inmediato.
El dolor de cabeza me martillea punzante e ir cabeza abajo solo acrecienta el malestar general y el mareo.
La nebulosa que me desconcierta no parece tener intención de disiparse.
El barullo que escuchaba en la bodega va ganando voltios y cada vez es más perturbador, voy de camino a una batalla o al menos eso me parecen los gritos y disparos.
Rubén empieza a ascender hacia cubierta, y siento como si cargaran conmigo de camino al patíbulo. Las lágrimas se escabullen entre mis párpados cerrados mientras la brisa del mar me saluda cínica.
«Ha llegado el momento. El todo o el nada», pienso compungida, pero entonces el grito agonizante de Rubén me hace regresar de mi mente.
Es tan inesperado que me sobresalto sobre su hombro, justo después, cae de rodillas al suelo y yo tras él.
El brazo que me sujetaba de la cintura se afloja y resbalo desmadejada, sin control, por el hueco de las escaleras por las que subíamos.
Mi mejilla impacta primero en la barandilla, seguida por el hombro contra algo que siento que atraviesa mi piel.
Sin poder evitarlo, ruedo por los escalones descontrolada, y cuando llego de nuevo a la parte de abajo… lloro sin contención.
No puedo más.
Me duele todo.
El cuerpo.
El corazón.
«¡¡Vamos, Lola!!», me grito a mí misma, pero…
mi cuerpo, abrumado, ya se ha rendido. No es que no quiera levantarme, es que, simplemente, no puedo.
El oleaje sacude el barco, acrecentando mi mareo y malestar.
La psicofonía aterradora que se cuela por el hueco de las escaleras resulta perturbadora, y aunque mis ojos siguen cerrados, soy consciente de que cerca de mí hay gente que está muriendo.
El sonido de las balas estallando y el silbido que producen al atravesar el aire se mezcla con el crujir del casco de este viejo pesquero.
Dicen que, cuando llega el momento de tu muerte, tu vida entera pasa ante tus ojos.
Es la segunda vez que estoy en esta situación; en el umbral hacia el otro mundo.
O quizá no haya más mundos, solo un «nada».
En realidad, ¿qué importa? Morir es morir, sin más.
Al menos así lo he sentido en ambas ocasiones.
La anterior vez, mientras me sumergía en la oscuridad del océano, lo vi a él: Mi Diablo.
Igual que ahora. Viajo a sus ojos oscuros como la noche y recuerdo su sonrisa, esa que solo regala a quienes siente que se la merecen.
Recuerdo sus fuertes brazos rodeándome y sus manos acariciando mi piel.
Y a pesar de saber que este es el final, tengo la sensación de que mi corazón se acelera y empuja mi flujo sanguíneo por todo el cuerpo, creando un hormigueo que pronto reconozco.
Es esa energía, la misma que me recorrió el primer día que el mar bañó los pies de ambos, la misma que nos atravesó con fuerza la noche de fin de año cuando nuestros labios se tocaron. Y entonces… las escucho.
«Son ellas». Pienso con absoluta certeza.
Sus cánticos lo llenan todo. No hay gritos, ni disparos, ni golpes… solo ellas y sus voces. Me dejo arrullar por la preciosa melodía; es tan agradable que hace desaparecer todo el dolor. Siento que entro en una espiral: estoy aquí… o quizá ya no.
—Lola…
Una voz lejana me llama, no la reconozco. Tampoco quiero prestarle atención, prefiero escuchar a las sirenas.
—Lola, despierta. ¡Lola! —insiste dando toquecitos en mi mejilla.
El simple roce me genera un dolor punzante y, finalmente, obligada, abro los ojos.
—¡¡NOOO!! No, no, no… —grito asustada al ver al encapuchado que trata de cargar conmigo en brazos.
—Lola…
—¡Suéltame! —me revuelvo histérica—. ¡Déjame! Te lo ruego, déjame morir aquí, tranquila…
—¡¡LOLA!! —brama feroz, inmovilizándome al instante—. Soy yo.
Unos ojos verdes me observan desde la pequeña abertura del pasamontañas negro. Algún mechón ondulado y rebelde sobresale también por el hueco del tejido. Cuando su mirada se achina, sé que está sonriendo y es en ese punto que lo reconozco.
—Dante —sollozo dejando caer mi cabeza sobre su robusto pecho.
—Te prometimos que vendríamos a por ti. ¡Vamos! Dorian nos espera.
De su bota saca un enorme cuchillo con el que corta con asombrosa facilidad mis ataduras de pies y manos.
—¿Te gusta volar?
—¿Có-cómo? —cuestiono confusa, sin entender a qué viene esa pregunta.
Él solo vuelve a reír bajo la capucha que cubre su rostro y me agarra por debajo de los brazos. Al alzarme, por instinto, rodeo su cuerpo con las piernas. Con su mano, empuja mi cabeza hasta que esta queda atrapada en el hueco de su cuello.
—No alces la vista en ningún momento, no hasta que yo te lo diga. Y, Lola, pase lo que pase, sientas lo que sientas, no te sueltes de mi cuerpo.
Afirmo con la cabeza y, como si mi gesto fuera el botón de inicio; corre.
Siento cómo sube las escaleras y la brisa del mar nos azota.
El viento revuelve mi cabello y, a pesar de tener los ojos cerrados y ocultos, puedo sentir que el sol brilla con fuerza.
Varias balas silban cerca de nosotros y otras tantas explotan cerca de mi oído cuando salen disparadas desde el arma de Dante.
Sin embargo, si hay un sonido que me sorprende, es el de…
un helicóptero. Sus hélices parecen cortar el viento.
Y, cuando mis mechones de pelo se sacuden virulentos hacia el cielo, sé que lo tenemos encima.
—¿Lista? —me pregunta Dante y antes de que pueda responder… vuelo.
La gravedad nos envuelve.
—Abre los ojos, Lola. No te puedes perder esto.
Al hacerlo, me agarro con mucha más fuerza a su cuerpo.
Lo miro alucinada y decido no pensar demasiado en que solo su brazo, envuelto por una cuerda que sujeta con la mano, es lo que nos sostiene en el aire.
Esta cuelga de un helicóptero que sobrevuela el mar Caribe más turquesa que he visto hasta ahora.
—Acaban de atrapar a Jimena Cruz —explica, y sé que no habla conmigo, sino para que el resto de Dragons lo escuche por el intercomunicador; sin embargo, no puedo evitar sonreír, feliz por la noticia.
Giro un poco el rostro y suspiro, aliviada. Cuatro lanchas motoras rodean el pesquero, con decenas de policías apuntando con sus armas, mientras unos pocos, ya en cubierta, esposan a Jimena, Rubén y todo su escuadrón de escoria humana que allí se encontraba.
—Ya hemos disfrutado del espectáculo, subidnos.
Al dar la orden, la cuerda de la que colgamos asciende.
—Volar es alucinante, ¿verdad?
Le sonrío y solo puedo decir una palabra:
—Gracias.