Capítulo 70
Despierto aturdida, la cabeza me da vueltas y rápido entiendo por qué.
Para empezar, siento el vaivén del mar bajo el casco del barco en el que viajo.
No es que haya mucha luz, pero el olor a pescado putrefacto y el agua que baña mis piernas certifican que ya he estado en esta bodega antes y…
en la misma situación. Vuelvo a estar en el pesquero, una vez más atada a las cañerías y amordazada.
Solo que esta vez el mareo es más denso y espeso, probablemente por la droga que me inyectaron.
«Todo va a salir bien, Lola». Pienso para mí misma, intentando infundirme fuerza.
Lo cierto es que cuando acepté esta locura, lo único que me preocupaba era mi familia y cómo reaccionarían.
A estas alturas ya deben de saber la verdad y seguro que Taky estará histérico, mi padre a punto de un infarto, Florencio más enfadado que nunca y…
Damián, él es posible que no vuelva a hablarme jamás.
Lo más probable es que no lo entiendan, y es normal.
Yo, en su pellejo, tampoco comprendería cómo he podido aceptar hacer de señuelo para que atrapen a una de las criminales más buscadas de trata de blancas.
Pero, aunque ahora mismo estoy aterrada, no dudaría en volver a hacerlo.
Wil se lanzó a un mar que rugía con ganas de engullirlo solo para rescatarme.
Ese hombre no dudó en arriesgar su vida para salvar la mía y yo tampoco he dudado en salvar la suya.
Wil se merece que todos esos cargos desaparezcan.
Vivir toda la vida sabiendo que su padre se ahogó sin que él pudiera hacer nada y que Bianca murió incluso antes de que pudiera reaccionar, que ambos quedaron sepultados bajo el mar…
eso ya es una carga demasiado grande para una persona.
No fue justo que tuviera que cumplir aquella condena en prisión y mucho menos se merece esta.
Quiero que sea libre, de verdad, que esa mancha en su expediente, como él dice, desaparezca para siempre y pueda avanzar un poco más ligero y sin cargar con tanto dolor.
No voy a poder borrar los recuerdos, pero sí quiero crear nuevos y que sean preciosos.
Estarás pensando: «Pero, si ya lo salvaste de morir ahogado. Tu deuda quedó zanjada».
Sin embargo, yo creo que es justo ahí donde reside la riqueza del amor.
Esto no va de contabilizar cuántas cosas ha hecho uno por el otro, esto va de hacerlo simplemente porque la vida no tendría sentido si no amara de verdad, dando todo sin esperar nada a cambio.
El número ganador del Gordo de Navidad me ha traído cientos de cosas, algunas horribles, otras buenas, algunas inquietantes, otras preciosas, pero hay una que para mí vale todo lo que gané en la lotería: Wilson Mendoza.
No importa el terror que siento ahora mismo, sé que estoy haciendo lo correcto y que él haría lo mismo por mí sin que le temblara lo más mínimo el pulso.
«A ti te tiembla todo», pienso llevando mis manos agitadas y atadas hasta mi cuello, ahí rozo con la yema de los dedos el rastreador que me ha instalado Declan justo en el pliegue de detrás de la oreja. Tocarlo me hace suspirar de alivio.
—Mientras siga alojado bajo tu piel, te tendremos localizada —ratificó Dorian, otro de los miembros de Los Dragons.
—¿Y si lo descubren y me lo quitan? —pregunté asustada.
—Es prácticamente imposible que eso ocurra —confirmó Vega con esa templanza que tiene para todo.
Los tres hombres la miraron y asintieron después. Y yo… quise creer a pies juntillas que era cierto. No tenía opción; no podía dudar ni flaquear.
Los Dragons me dejaron petrificada cuando los vi.
Eran como una especie de escuadrón de la muerte, pero en tíos buenorros y muy amables.
Me fascinaron tanto ellos como sus mujeres, que también parecían sacadas de algún tipo de inteligencia artificial, creadas para ser tan preciosas y perfectas como sus maridos.
Nos reunimos una noche. Mientras todos dormían, me escabullí de la habitación y fui a la sala de juntas que Vega había reservado en el hotel.
Cuando entré, no daba crédito. Todo estaba lleno de pantallas, ordenadores, una pizarra enorme con cientos de datos apuntados y muchas fotografías pegadas.
Era como si acabara de entrar en un mundo paralelo, yo creía que eso solo existía en la televisión, al parecer la vida se empeñaba en demostrarme que todo lo que vemos en Netflix es más real de lo que nos imaginamos.
Se presentaron estrechando mi mano mientras los miraba alucinada y, cuando me invitaron a sentarme, tuve que hacerlo despacio para asegurarme de que acomodaba el trasero en el lugar correcto.
Durante seis horas me enseñaron documentación, informes, fotografías, datos… La cabeza me daba vueltas. Lo sabían todo, de todos. Me habían investigado a mí, a mi familia y a las personas más cercanas de mi entorno, además de a Jimena Cruz y a Rubén, el morenazo de Logroño.
No me podía creer que un rollo de un día, unos cuantos morreos, me hubieran llevado hasta aquí.
«Cómo pude desconfiar de Wil y Damián».
Aviso importante: Cuidado con quién te lías, podría ser un puto loco que acabe intentando asesinarte para robarte todo tu dinero.
Mientras me explicaban cada detalle, yo trataba de hacer apuntes mentales para recordar lo más importante, estaba concentrada y tranquila.
Vega había cumplido su palabra, había traído a los mejores.
No llevaba ni una hora en aquella sala y ya sabía que iba a salvar a Wil de su destino, lo que no había previsto era el mío propio.
Cuando llegó el momento de la verdad y me dijeron lo que debía hacer…
me quedé en silencio. Mucho tiempo. Nadie dijo nada hasta que yo no fui capaz de reaccionar.
En ese momento no tenía nada de culito y me acababa de convertir en mierdita .
Me cagué patas abajo. Nunca imaginé que acabaría siendo la protagonista de una TELENOVELA con todas sus letras y mayúsculas.
—¿Pero todo esto es legal?
Vega fue muy clara:
—Esto no es España, Lola. Si de verdad quieres que Wil salga de la cárcel, si de verdad quieres noquear la corrupción de este país… debes ser tú más corrupta que ellos.
Y aquí estoy, en este pesquero de madera que cruje con cada ola y olor a pescado muerto. Mientras tanto, no dejo de rezar a todas las virgencitas para que me protejan antes de que las cosas se pongan realmente feas.
Como invocado por algo divino, el recuerdo de las palabras de Vega llega a mi cabeza para calmarme:
—No pasarás mucho tiempo esperando, sea a donde sea que te lleven, te rescatarán en menos de cinco o seis horas. Debes aguantar viva durante ese tiempo y, bajo ningún concepto, hacer la transferencia del dinero a no ser que eso ponga en juego de verdad tu vida.
¿Quién sería el idiota que no seguiría el plan?
NA-DIE.
O al menos nadie que su intención sea «aguantar vivo».
Sí, sí, muy tranquilizadora mi abogada.
El caso es que sigo con los ojos cerrados y tratando de aparentar que estoy aún durmiendo. No sé cuánto rato ha pasado, pero no quiero ni moverme. Tengo la pierna dormida y el brazo también, no importa. El equipo de Los Dragons y Vega fueron claros:
—Mientras duermas no te matarán, cuando abras los ojos estarás en peligro real porque te pedirán la transferencia y, una vez la hagas…
Preferí interrumpir, ya sabía cómo continuaba la frase.
«Menos mal que fui a ver a Wil, si no lo hubiera hecho, ahora me sentiría peor por no haberlo visto por última vez…».
«¡¡¡Qué digo última vez!!! No voy a morir».
¡Buf! Si no me matan ellos, es posible que acabe tiesa de un infarto.
No creas que dije sí sin más, inicialmente, me acojoné, así que lo medité mucho, evalué los pros y los contras y llegué a la conclusión de que era: o todo, o nada. No tenía opción.
—Voy a hacerlo —repuse con seguridad.
El plan era sencillo, yo debía de pasarme por una zona céntrica de Colombia hasta que aparecieran.
Decidimos que lo mejor era decirle a mi familia que saldría a caminar y que siempre habría un equipo salvaguardando mi seguridad.
Pero lo cierto es que lo que estaba haciendo era abrir la puerta a las hienas y dejarlas entrar con total libertad para que pudieran hincarme el diente.
El primer día nada, el segundo más de lo mismo, pero el tercero, mientras estaba sentada tomando un café en una terraza, Declan me habló por el pinganillo.
—Están aquí. Ya sabes qué debes hacer. —Me puse a temblar—.
Lola, todo va a salir bien. Ahora quítate el pinganillo de la oreja con disimulo y tíralo dentro del café.
Y, Lola —me detuve con la mano en el oído—, recuerda que sabremos dónde estás en todo momento, pase lo que pase, nosotros iremos a por ti.
Se hizo el silencio y entendí que debía de accionarme. Tiré el comunicador dentro del líquido oscuro, dejé un billete bajo el platito que sostenía la taza de café y me levanté. Caminé despacio, aparentando distracción, hasta que un coche se detuvo a mi lado y llamó mi atención.
—Disculpe, ¿me puede ayudar? Busco el Hotel Royal Colombia.
«Muy listos», pensé. Me preguntaron por el hotel en el que me hospedaba, una de las únicas cosas con las que podía ayudarles, con su ubicación.
—Sí, claro, está muy cerca —respondí amable y me acerqué al vehículo.
Otra cosa importante: No os apoyéis nunca en la ventanilla de un coche desconocido. Sobre todo, si no queréis que os secuestren.
Asomé mi rostro y los vi al instante. Detrás había dos hombres encapuchados. Uno ya me esperaba con un arma empuñada, disparó y dos segundos después todo se volvió negro.
No recuerdo ni cómo me metieron dentro del coche, ni tampoco cómo he llegado aquí. Solo sé que es importante que crean que sigo dormida.
Un revuelo enorme me saca de los pensamientos. Escucho ruido y disparos fuera.
«Ya están aquí», pienso entre esperanzada y asustada.
Cuando la puerta se abre de golpe, no puedo seguir disimulando, abro los ojos.
«Mierda».
Al momento, entra un hombre y nos miramos fijamente. Se acerca y, al llegar a mí, se quita la capucha…
—¿Mo-morenazo?
—¿Qué hace una chica cómo tú en un lugar como este? —dice con una sonrisa que me resulta escalofriante, repitiendo la primera frase que me soltó aquel día en Logroño.
—¿Por qué? —pregunto.
—No es personal, Lola. Esto solo va de tu vida o la mía. Y en este caso, lo siento, va a ser la mía.