Capítulo 69
—¡¡AHHH!! —grito histérico arrastrando mis manos sobre la mesa y tirando al suelo todas las tazas con su café incluido—. ¡¡LO PROMETISTE!! ¡¡ME LO PROMETISTE!!
Agarro mi cabello con ambas manos y empiezo a hiperventilar. No sé si alguien está diciendo algo o si, simplemente, todos están tan consternados como yo y son incapaces de abrir la boca.
—Lo vamos a solucionar.
—¡¿SOLUCIONAR?! ¡¡Han secuestrado por segunda vez a mi hija!!
Vega me mira impasible y por primera vez en mi vida deseo matar a alguien. Agarrarla del cuello y estrangularla.
«Mi niña». Pienso en Lola y el corazón se me detiene. Las rodillas me fallan y caigo al suelo, ya sin nada de contención. Me rompo, lloro desolado y sumamente preocupado por ella, sin poder dejar de pensar en mi esposa. Esto es el fin.
—Lo sabías. —Escucho la voz de Florencio tan afilada como la voz de un cuchillo.
Levanto la vista y la realidad me golpea con la contundencia de un puñetazo.
—¿Lo sabías…? —susurro sin poder apartar mis ojos de Vega Altamira.
Ella se mantiene estoica, con las manos en los bolsillos de su traje de dos piezas negro. Levanta un pie a la vez que con un gesto de cabeza sutil envía su larga melena roja detrás de su espalda y camina hacia mí. Extiende la mano.
—Manuel —dice pausada.
Acepto su ayuda y que me acompañe hasta la silla más cercana.
Tras un apretón en mi hombro, vuelve a caminar en dirección a la ventana de la habitación del hotel.
Ha pasado una semana desde que mi hija tomó la decisión de aventurarse en una «misión» suicida.
Se suponía que ella, lo único que debía hacer era dejar que se acercaran y después Los Dragons harían todo lo demás.
—¿Qué ha salido mal? —pregunto sintiendo el ardor de cada una de las palabras en la boca.
—Nada, Manuel —determina Florens—. Con Vega Altamira nunca sale mal nada, ¿no es así?
Todos la miramos y juro que cada segundo que pasa me resta unos diez años de vida.
Giro el rostro y veo al tal Dante, uno de los miembros de Los Dragons, recostado en la pared, él también guarda silencio.
Nunca un hombre me ha causado tanta impresión.
El primer día que lo vi y tuve que alzar el rostro para alcanzar su metro noventa, sentí que…
realmente tenía la capacidad de proteger a mi hija.
Algo en ese hombre rudo, de aspecto desaliñado y muy callado me dio seguridad. Ahora ya no sé qué pensar.
—Señor Flores. —Da un paso al frente retirando su cabello largo, negro y ondulado de su rostro.
—Dante, lo haré yo —lo interrumpe Vega y me sorprende cuando este asiente, retrocede y vuelve a su postura anterior.
Taky sigue sin moverse, con la vista perdida en algún lugar que claramente no está en esta habitación, sino en su mente. Que Florens se mueva me hace fijarme en él. Se acerca a la ventana y agarra el brazo de la abogada.
—¡Maldita sea! ¿Qué narices has hecho, Vega?
—¡Lo que era necesario! —Se gira y por un momento creo que sus ojos van a lanzar un hechizo para desintegrar la mano que la sujeta con rudeza.
—Ibas a exponerla, ¿por qué ha acabado en el coche equivocado?
—Nunca ha sido el coche equivocado.
—¡¡Por el amor de Dios!! —susurro sintiendo el frío de las lágrimas recorrer mis mejillas.
—Un momento… Lola también lo sabía. —No es una pregunta, Florens lo está confirmando.
—¿Có-cómo…? —cuestiono sin dar crédito.
—Yo solo he hecho mi trabajo. Lola fue quien decidió que no supierais nada. No quería preocuparos.
—¡¡Nooo!! No estamos nada preocupados. Lo cierto es que, que se la hayan llevado en un coche un grupo de mafiosos mexicanos no es en absoluto preocupante. ¡Ah! Espera, tampoco es alarmante que ¡¡NO TENGAMOS NI PUTA IDEA DE DÓNDE ESTÁ!! —grita ido Florencio.
—Sí, sabemos dónde está —resuelve Dante y todos lo miramos entre sorprendidos y esperanzados—.
Declan —recuerdo al momento que es uno de los tres hombres que forman el escuadrón de Los Drangons— está ahora mismo en la habitación contigua, siguiendo al milímetro cada uno de sus avances.
Lola lleva un rastreador. —Se escucha un suspiro colectivo—.
Además, toda la información está siendo transferida directamente al comisario Hernández, el agente que está llevando todo el caso del secuestro.
A su vez, el agente Gómez, capo del cuerpo de investigación marítima de la costa del Caribe, tiene una flota lista en el puerto para salir a rescatar a Lola en cuanto demos la orden.
—¿Y por qué no se ha dado aún?
Dante y Vega se miran y al momento sé que esto no me va a gustar.
—Veréis, cuando contratamos a Los Dragons ellos hicieron una investigación exhaustiva y descubrieron algo que le dio un giro de 360º a todo. Resulta que la tal Jimena no es una mujer cualquiera.
Mientras hablaba, se ha acercado a la mesa, evitando pisar las tazas y todo lo que he tirado al suelo en mi ataque de ira.
Saca el ordenador de su maletín de piel, lo abre y, tras toquetear un poco en silencio y casi causarme otro infarto —llevo ya unos cuantos—, lo gira para que veamos la pantalla.
—Esta es Jimena Cruz.
Todos observamos a la mujer que se ve en el vídeo. Lleva un traje blanco de americana y falta de tubo, combinado con unos tacones tan rojos como sus labios.
—Parece una actriz de telenovela, pero de las que hacen de villanas —habla Taky y me tranquiliza saber que todavía tiene la capacidad de reaccionar y, sobre todo, respirar.
—Es que es «La Villana», así la llaman —explica Dante—. Pero antes de contaros todo, quiero que entendáis algo importante. Si bien es cierto que siempre hay riesgos en estas operaciones…
—Empezamos mal… —ignora la interrupción de Florencio y continúa.
—Llevamos muchos años trabajando en este tipo de operativos y estamos más que preparados. Cada paso está analizado y pensado al milímetro, y absolutamente todo tiene un porqué y un para qué. Dicho esto, quiero que entendáis que Lola dio su consentimiento y es muy consciente de todo lo que implica.
—Esa maldita loca, cuando la pille, la mato con mis propias manos por hacerme pasarlo así de mal —Taky verbaliza lo que creo que todos pensamos.
—Resulta que Jimena Cruz está buscada en más de veinte países.
Es una de las mujeres más temidas del crimen organizado.
Comenzó traficando con droga, sí, pero lo que de verdad la catapultó a la cima del infierno fue el negocio de la trata de mujeres.
La apodan La Villana, y no por casualidad.
Se dice que ha levantado un imperio vendiendo cuerpos, comprando vidas y borrando nombres.
—Mi hija va a morir…
—Manuel, tu hija no morirá por dos motivos —interviene Vega—.
Uno, ella no es de la clase de mujeres que dejan que nadie, ni siquiera una tormenta en mitad del mar, acabe con su vida y…
dos, ellos no la quieren muerta, la necesitan para que les transfiera el dinero y eso no va a ocurrir hasta que no lleguen a aguas internacionales y se pierda por completo el rastro de red.
—¿Por qué esperar? —Florencio siempre tan locuaz.
—Es la mejor manera para transferir semejante cantidad de dinero a un paraíso fiscal sin que se pueda rastrear.
—Sigo sin entenderlo. Si sabemos dónde está, ¿por qué no la rescatamos ya? No me gusta nada esa maldita mirada que acabáis de compartir. Desembucha, Vega.
Sin dejar de mirar a Dante, responde:
—Este operativo no solo va de rescatar a Lola.
—¡Joder! Dime que no…
—¿Qué? ¿Qué está pasando ahora? —Taky se pone de pie también y el ambiente cada vez es más tenso.
Yo no soy capaz de articular palabra y, sin duda, he llegado a la misma conclusión de Florencio.
Vega deja de mirar a Dante, llevando su vista hasta mí, y responde lo que más me temía:
—Lola ha aceptado ser el señuelo para atrapar a Jimena Cruz de una vez por todas, a cambio de que el expediente entero y todos los cargos de Wilson Mendoza desaparezcan.