Capítulo 67
Lo miro alucinando. Ahora mismo estoy más sorprendido que si hubiera visto un unicornio de crin de colores arcoíris volando por el cielo mientras se tira pedos de purpurina.
La bruja, porque sí, me he disculpado, pero en mi cabeza siempre fue y será ese su nombre, camina despacio haciendo resonar esos tacones por los que mataría por tener en mi fondo de armario…
¡Ains! Perdona, ya me centro, es que cuando me pongo nervioso tengo verborrea también mental.
Se detiene en seco delante de él y lo mira fijamente a los ojos antes de hacer la pregunta del millón:
—Florens, ¿qué has hecho?
Suspira y parece que, al hacerlo, todos sus músculos se deshinchan. Se frota la cara y, por primera vez desde que hemos llegado al continente americano, lo veo perder la compostura.
—¿Flo? —Alza la vista de golpe y me mira muy sorprendido, solo lo he llamado de este modo en otro momento, uno… digamos que muy «personal» y del que ahora no voy a hablar.
Nuestros ojos conectan y sé que entiende lo preocupado que estoy.
—Antes de nada, quiero dejar muy claro que yo jamás imaginé que todo podría acabar así.
—¡Santo Dios! ¿Qué hiciste, Florens? Por favor, dime que no quisiste vengarte de Lola por abandonarte.
—¡¡¿Quééé…?!! ¿Por quién me tomas, Vega? Pensaba que tú, al menos tú, sí que me conocías. ¡Joder! ¿De verdad? Creí que estarías de mi lado.
—Y lo estoy. —Le agarra de ambos brazos y lo sacude para que la mire—. Pero… ¡Hostia, Florens! Ahora mismo no sé qué pensar.
—Vale, vamos a calmarnos todos —interrumpe Manuel—.
Primero de todo, Florens fue el que cometió el error con el lechero.
—Cada vez que alguien nombra al susodicho, puedo sentir en mi piel el pellizco que estrangula el pecho de Florencio.
Verlo bajar la mirada me hiere—. Dicho esto, ¿qué motivos podría tener él contra Lola? No le veo el sentido.
—Bueno, la que hizo correr la voz de lo que había hecho y lo puso en la palestra de Radio Cotilla, fui yo —resuelve ella.
—Eso no es verdad, fui yo quien gritó más que Mónica Naranjo en la canción Desátame cuando los encontramos. —Esa es la realidad, mi chillido llegó a casa de doña Gertrudis, nuestra cotilla por excelencia, y después todo se desencadenó sin contención.
—Podemos dejar el temita y centrarnos en lo que acontece —ruega, dejando caer todo su cuerpo desmadejado en un sillón.
Verlo tan derrotado me preocupa.
—Será mejor que todos nos sentemos.
Nadie osa rebatir a Manuel. Una vez nos acomodamos, si es que estar más tiesos que el palo de una escoba y agitando las piernas sin parar puede describirse como «estar cómodos».
Florencio coge aire y, al dejarlo ir, empieza a narrar:
28 de diciembre, Día de los Santos Inocentes
—¿Cómo coño subían tan ligeros siempre esos dos? —me cuestiono en voz alta, frustrado y con una falta de aire que me parece hasta vergonzosa.
Me paso el puñetero día haciendo dominadas y levantando pesas, soy sin duda el más cachas del pueblo y camino media hora montaña arriba y parece que voy a necesitar asistencia médica.
«Soy ridículo».
—Mucho musculito y poca resistencia… y también muy poca cabeza. ¡Menudo gilipollas estoy hecho!
Lo de hablar conmigo es un hábito nuevo que he adquirido desde Navidad. No tengo a nadie más con quien compartir… nada.
—¡Puta mierda de vida! ¡Idiota redomado, eso es lo que eres, Mantecón!
—¡Vaya, tío! No creo que sea bueno hablarse así a uno mismo.
La voz a mi espalda me sobresalta de forma tan abrupta que tropiezo y casi resbalo montaña abajo. Por suerte, una mano me agarra del brazo y tira de mí con fuerza hasta estamparme contra un pecho firme y musculado, casi más que el mío.
Al alzar la vista, me topo con la mayor de mis sorpresas.
—¡Ostras! Ve con cuidado, si no llego a cogerte, te hubieras despeñado.
—Estoy bien. —Me aparto apresurado de él y lo observo curioso—. No me suenas de nada, ¿a qué familia has venido a visitar?
—¿Familia? No, nooo… —Se ríe divertido—. No conozco a nadie en el pueblo. He venido porque estoy buscando al amor de mi vida.
Lo observo detenidamente; barbilla marcada, pelo oscuro y perfectamente alborotado, labios gruesos, ojos bonitos, bien vestido, buena planta… ¿El amor de su vida en Villavacas del Monte?
Tres, dos, uno… esos son los segundos que tardo en atar cabos.
—Buscas a Lola.
—Sí, tío. ¿Cómo lo has sabido? ¿Te ha hablado de mí? ¿La conoces bien?
Me río sin poder evitarlo al escuchar su última pregunta.
«Bien, se queda muy corto, chato».
—No está, se ha largado —respondo evasivo y decido retomar mi camino hacia la ermita.
Pero entonces algo me detiene de nuevo.
—¿Qué coño haces? —Le aparto la mano que sujeta la mía con molestia.
—¿Dónde la encuentro?
—Te he dicho que se ha largado de Villavacas del Monte, y dudo que vuelva algún día. Así que, siento ser el portador de malas noticias, pero has perdido al amor de tu vida.
«Ya somos dos». Pienso en mis adentros, unos tan profundos e hirientes que me estrangulan el pecho.
—Tú no lo entiendes. He venido a proponerle matrimonio.
Sin poder evitarlo, la carcajada se me escapa. Me troncho de la risa sin contención.
—Suerte con eso. —Reemprendo mi camino sin dejar de reírme.
—Oye, tío, voy en serio. De hombre a hombre, ayúdame a encontrarla. Sin ella mi vida ya no tiene sentido.
—Mira…
—Rubén.
—Mira, Rubén. Lola se ha ido a dar la vuelta al mundo, si regresa, no lo hará antes de un año.
Ahora el que se ríe es él.
—Tú también estás enamorado de ella, ¿no? Joder, tío, puedes decírmelo, no hace falta que te inventes historias inverosímiles.
Ignoro por completo su deducción, si él supiera, si todos supieran la verdad de mi realidad, ahí sí que se echarían unas grandes risas.
—No es ninguna broma. Lola siempre quiso dar la vuelta al mundo en velero, era su fantasía desde adolescente. Así que cogió un vuelo hasta el Caribe el día de Navidad para hacer realidad su sueño. Llegas tarde, chaval, se fue el día 25.
—¿Esto es una broma del Día de los Santos Inocentes?
—¿Tú me ves cara de estar bromeando?
—¿En velero? ¿Una vuelta al mundo? ¿Ella sabe navegar?
—Nooo… Ya le gustaría; casi no ha visto el mar.
—Pero…
—Mira, ya estoy cansado de tus preguntas.
Lola contrató una empresa, Alis, Alisón, Alisio…
o algo así. Ni lo recuerdo, y tampoco tengo ganas de hacerlo.
Se ha largado, pirado, ido, marchado, esfumado…
¿Entiendes? Y ahora hazme un favor a mí y háztelo a ti mismo, lárgate de este pueblo antes de que pierdas la cordura —«y tu vida entera»— como me ha pasado a mí.
—Dios mío… —susurra Manuel cuando por fin Florencio se queda callado.
Vega lo mira como si le acabaran de salir diez serpientes de la cabeza y se hubiera convertido en la figura mitológica Medusa. Creo que ha conseguido convertirla en piedra. Lola, sí, también se ha convertido en piedra o pedrusco, no lo tengo claro.
Yo… en un acto totalmente suicida, me levanto, al llegar a él, me mira y soy consciente de que lo que voy a hacer marcará un antes y un después, pero…
«¡¡A LA MIERDAAA CON TODO Y TODOS!!».
Me siento encima de su regazo, agarro su rostro de ángulos marcados que me tiene más majareta de lo que me gustaría reconocer y… beso sus labios.
Solo un pico, no os vengáis arriba, marranas, que tenéis la mente muy sucia.
Después le abrazo y él… me corresponde envolviendo mi cuerpo con sus fuertes brazos. Finalmente, me susurra en el oído:
—Gracias, Tak.