Capítulo 66
—¿Estás segura, hija? Quizá solo son los nervios que te están jugando una mala pasada.
—Manuel, yo también lo he visto. Era él, seguro.
—Tú tampoco es que estés mucho en tus cabales, Taky —interrumpe Vega.
—¡Oye, tía! ¿Has venido aquí a hacer de bruja o de hada madrina?
—contraataca sin ápice de respeto y con tono de picado nivel cien sobre diez—.
Estos días estoy nervioso, soy maricón, tengo mucha pluma, hablo sin descanso…
y todas esas mierdas prejuiciosas que tienes conmigo, pero te aseguro algo: ¡¡NO ESTOY CIEGO!
! Veo perfectamente, y te puedo asegurar que un hombre como ese es imposible olvidarlo y mucho menos que pase desapercibido. El morenazo estaba allí.
Vaaale… si digo que el momento es incomodísimo, me quedo muy muy corta.
Florens está mirando a Taky como si… joder, esto cada vez es más raro y me cuesta más reconocerlo, pero vamos a ser muy sinceros: lo está mirando como si estuviera sufriendo un ataque de celos descomunal.
Está apoyado en el marco de la puerta del dormitorio de la habitación del hotel que comparto con mi padre. Y sí, antes de que preguntes, Taky y Florens están compartiendo la otra. ¿Que por qué? Puuues… así lo resolvió Florencio cuando llegamos a la recepción.
— Taky, tú conmigo. Manuel, con tu hija.
Y chimpún.
Nadie se atrevió a preguntar, ni debatir, ni nada.
Vega, que está apoyada al otro lado del marco de la puerta, descruza sus brazos con esa elegancia que irradia y, sin esfuerzo, coloca una mano sobre el hombro de Florens.
Su tacto hace que este, por fin, deje de mirar a Taky de ese modo tan turbador.
Algo que todos agradecemos, porque en ese instante se escucha una inhalación global.
Como si todos estuviéramos conteniendo el aire, tratando de sostener los relámpagos que salían de los ojos de mi exprometido.
Vega camina hasta llegar frente a Taky, extiende una de sus manos y cuando habla nos deja a todos con la boca más abierta que la entrada de un parking :
—Lo siento, no he estado nada profesional con mi comentario. —Él la mira ojiplático y finalmente estrecha su mano.
—Disculpas aceptadas.
—¿En serio? —salto algo molesta cuando se queda callado.
—Vaaale… Te pido perdón yo también, no he estado nada respetuoso llamándote bruja.
—Vamos a dejar las cosas claras. Yo no estoy aquí para hacer de nada más que de abogada —resuelve con un tono que deduzco es el que usa en los juicios y que me ha puesto los pelos de punta—. Y ahora, después de haber puesto todos los puntos sobre las íes , centrémonos en el verdadero problema.
»Si habéis visto al tal Morenazo, y estáis convencidos de que es el tipo con el que se enrolló Lola en Logroño el día… «D», llamémoslo así. —Todos asentimos sabiendo que se refiere al día en que encontré a Florencio dándole mucho amor al lechero—. Eso nos lleva a una única pregunta…
—¿Qué pintaba ese tipo en Colombia, delante de la prisión donde está Wilson? —la interrumpe mi padre, que hasta ahora parecía absorto en sus pensamientos.
—Exacto, Manuel. —Vega camina por la habitación hasta la ventana, con las manos en los bolsillos, se detiene, todos estamos esperando su veredicto—.
Solo puede existir un motivo. —Se da la vuelta para mirarnos y clava sus ojos finalmente en mí—.
Lola, cuando te secuestraron, ¿le viste la cara a alguno de los hombres?
—No, solo vi a la tal… Jimena. Como te comenté, hubo uno de ellos que la llamó por su nombre, justo después le arreó una bofetada y ya nadie volvió a hablar mientras estuve allí más que ella.
—Espera… —Florens se separa de su apoyo y se acerca a ella—, ¿estás insinuando que…?
—Sí.
—Sí, ¿qué? —cuestiona Taky antes de que yo lo haga y creo que mi padre está igual. No estamos entendiendo nada.
—Lola. Es importante que comprendas que esto es solo una suposición, pero creo que el tipo de Logroño es uno de los hombres que estuvo en tu secuestro y que…
—se calla unos segundos, mira a mi padre y al momento empiezo a temblar sabiendo lo que va a decir— está en Colombia para cobrarse lo que aquel día impidió Wil.
—¡¡¿Quééé…?!! —salta Taky de su asiento como un resorte—.
¡¡Joder!! ¡¡Jodeeer!! No, no, no. —Empieza a caminar de un lado a otro de la habitación mientras el resto seguimos tratando de asimilar lo que acaba de decir mi abogada, bruja de mi infancia y amiga extraña de Florencio—.
¡Hostia, Lola! Tu vida es una telenovela y tiene pinta de que va a tener más capítulos y giros que las de Netflix.
—Suspiro rodando los ojos al escuchar a Taky, pero lo pienso bien y ¡madre mía!
, tiene razón—. Eso que dices es muy fuerte.
¡¡SUPERFUERTE!! ¿Tú estás segura? A ver, podrían haber rastreado su número como hacen en la televisión.
—Sigue pensando en las telenovelas, está claro—.
¡PEROOO…!! —Levanta un dedo en el aire como si fuera un inspector de policía y tuviera la resolución del caso—.
Eso es imposible porque Lola no le dio su número de teléfono.
¡Qué lista es mi «culito»! —Me mira sonriente.
Está perdiendo los estribos, cada vez más enajenado.
—A ver, no, no estoy segura, acabo de decir que es una suposición. Pero sí es bastante plausible. Es la única explicación que le veo.
—Te acabo de decir que no tiene su número, no la pueden rastrear.
Ahora es Vega la que rueda los ojos con exageración, dando por perdida la cordura de Taky que habla rápido y exaltado.
—A mí hay algo que se me escapa —interrumpe mi padre pensativo—. ¿Cómo supo ese hombre dónde estaba mi hija en el primer secuestro y… cómo la ha encontrado ahora?
—Manuel, la cara de Lola salió más veces en televisión en Navidad que la de la Pedroche después de las campanadas —resopla Taky con frustración, como si fuera superevidente lo que dice.
—Sí, vale. Ese tipo pudo averiguar que se había hecho millonaria, pero ¿cómo la encontró en la otra punta del mundo?
Todos se quedan callados pensando. Vega descansa su barbilla en la mano y la acaricia con los dedos. Cada uno está tratando de resolver el enigma cuando una voz grave y cohibida nos saca de la elucubración:
—Fui yo. Yo le dije dónde estaba Lola.