La Riqueza del Amor Capítulo 65
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Capítulo 65

Una semana antes del Sorteo Extraordinario de la Lotería de Navidad

—Cuando Jimena lo sepa, se va a enfadar muchísimo.

—¿Crees que no lo sé? —grito, aferrado a la guantera mientras toma la curva aún más rápido.

—Somos hombres muertos —susurra Sergio.

Siempre vamos los tres. Es el protocolo. Luis conduce, mientras Sergio y yo vamos detrás para dejarla en el centro y así evitar que haga alguna tontería. Uno aprende de los errores y ya nos pasó, al principio, una de ellas saltó con el coche en marcha.

Hoy la cagada ha sido titánica y va a tener unas consecuencias de la misma envergadura.

Y sin duda, el que más mal parado va a salir voy a ser yo.

Jimena nunca me dejó marchar, no hablo literal.

Aquel día sí regresé a mi casa, pero mi vida quedó atada a la suya para siempre en aquella habitación.

Hay veces que pienso que quizá habría llegado a ser un buen chico, alguien completamente diferente, sin embargo, me gusta demasiado el sexo, las drogas, las mujeres y, en especial, Jimena.

Ella es y siempre será mi mayor adicción.

No volvemos a hablar durante las cuatro horas de trayecto. Está claro que los tres estamos igual de cagados. A mí el silencio me viene bien, necesito pensar. No va a ser nada fácil arreglar esto. Es de las mayores meteduras de pata que he cometido.

Cuando leo en el cartel que hemos entrado en Logroño, sé que mi tiempo se acaba.

—Ve directo al centro.

—¿No crees que es mejor ir al piso y avisarla?

—¿Eres sordo? ¡Ve directo al puto centro!

—Eso tampoco le va a gustar.

—No te estoy preguntando, tú haz tu trabajo, conducir. De Jimena ya me encargaré yo, como siempre.

Al llegar, me bajo del coche y, sin demorarlo más, la llamo.

—Solo tenías que recogerla y llevarla al piso nido hasta que volviera a España. —Su voz es tan afilada que casi puedo sentir ya en mi piel las consecuencias que todo esto va a tener.

—Lo arreglaré.

—¡¡Claro que lo harás!! —grita furiosa—. Encuentra el modo antes de que llegue y recupera mi dinero, Rubén. —Sin más, cuelga el teléfono.

Todo esto me va a costar carísimo de modo figurado, físico y monetario.

Han pasado ya quince años desde que perdí mi virginidad con una mujer veinte años mayor que yo en aquel diván.

Supe que me había metido en la boca del lobo, en ese momento no me importó y acabé engullido por completo.

Durante meses follamos cada día. Me recogía en el instituto y me llevaba al estudio.

Nunca pregunté por su hija, simplemente desapareció, no volvió a clase.

Años después supe que vivía en México de nuevo, con su padre.

Nunca lo dijo, pero a Jimena siempre le estorbó, demasiada carga para una mujer como ella.

En la habitación había dos cosas que no faltaban, la cámara conectada y el maratón de sexo.

Después se ponía el video en una enorme pantalla que había hecho instalar y me pedía que se lo comiera mientras ella nos veía follar.

Lo cierto es que en aquel momento sentía que estaba en el puto paraíso.

Me compraba ropa cara y todos los caprichos que quería y también los que ni sabía que deseaba.

Empezó a darme mucho dinero: «No quiero que te falte nada, cielo», susurraba en mi oído cada vez que lo llenaba de billetes.

Y yo me la volvía a tirar contra cualquier pared cada vez que lo hacía.

Me enamoré, loca y absolutamente de ella.

De forma inevitable. Y ahí fue cuando perdí mi libertad.

Mi vida quedó atada a la de ella para siempre.

El día que cumplí dieciocho años, Jimena se presentó en mi casa con un cheque con más ceros de los que había visto nunca y les dijo a mis padres que me iba con ella a vivir a México.

Que vendría por Navidad a verlos y que ella iba a cuidar muy bien de mí.

Mi madre se negó, entonces uno de los hombres de Jimena sacó un arma y la apuntó a la cabeza. Di un paso al frente para interponerme.

—Vuelve a tu lugar, Rubén. —Su orden cortó el aire que se respiraba y supe que debía obedecer—. Su hijo estará bien, mejor que con ustedes. Así que no lo hagan más difícil. Nos vemos en diciembre.

Se dio la vuelta y yo la seguí. Porque sabía de qué pie se calzaba. A Jimena nadie osa llevarle la contraria, mis padres lo entendieron ese día.

Viví con ella en su enorme casa prácticamente todo el día desnudo.

Los fines de semana llenaba la casa de gente y mujeres, muchas mujeres.

Se montaban bacanales cargadas de drogas y cantidades ingentes de sexo.

Todos follábamos con todos, pero ella nunca me quitaba el ojo de encima, estaba tan obsesionada conmigo como yo con ella.

Allí empezó lo que ella llamaba: «tu adiestramiento». Me enseñó a seducir, a engatusar a las personas. Y me utilizó de carnaza. Yo era su anzuelo para atrapar a chicas jóvenes y guapas, después las enviaba a Europa engañadas o extorsionadas y las vendía en el mercado negro.

—Otra ronda de cervezas —pido en la barra sabiendo que emborracharme no me va a librar de la que se me viene mañana, aun así, ahora mismo lo único que deseo es perder el conocimiento durante un rato y olvidarme de… Jimena, o mejor dicho del castigo que me va a infligir.

Necesito apagar mi cerebro, mañana ya lidiaré con lo que venga.

Agarro la copa y de un par de tragos me tomo la mitad, ya siento la cabeza algo embotada, por eso, cuando escucho esa risilla, me cuesta encontrar el lugar del que viene. Al localizarla, una idea clara cruza mi mente.

«Tú vas a salvarme».

Es espectacular, rubia platino, ojos azules, bonita figura y lo más importante, con tanta inocencia que va a ser pan comido. Me acerco a ella y sonrío al ver el enjambre de hombres que revolotean a su alrededor. Ninguno tiene nada que hacer, esa chica es mía.

—¡Hola! —saluda coqueta en cuanto me ve.

—¿Qué hace una chica como tú, en un lugar como este? —Ella ríe divertida.

Es un bomboncito, de los que me gustan tanto a mí como a Jimena. Es de los que valen una pequeña fortuna.

—¿Eso va en serio, tío? Se te acerca la chica más alucinante de la calle, ¿y lo único que se te ocurre es esa mierda de pregunta? —protesta el amigo claramente gay y muy protector.

«Chico, ya no tienes nada que hacer, solo fíjate como me está mirando». Pienso sonriente sin apartar la vista de ella y su sonrisa soñadora.

—Sí, sin duda, es la chica más alucinante, pero no de esta calle, es la más bonita que he visto jamás.

—¿Hola…?

El amigo está entre encandilado e indignado. Yo… sé que el trofeo es mío.

—Lola —dice algo torpe y soy consciente de que está un poco borracha.

«Me vale».

—Un placer conocerte y… tocarte. Yo soy Rubén —susurro cerca de su oído a la vez que retiro un mechón de cabello de su rostro, lo coloco detrás de la oreja y recorro su perfil hasta llegar a los gruesos labios.

—¡¡Oh, my God !! —grita el amigo, pero lo ignoro por completo, ahora mismo estoy por otras cosas.

La beso.

Mi lengua juguetea con la de ella hasta que escucho un carraspeo.

Detengo el beso y ella suspira embriagada.

Esto se pone muy divertido. No solo me la voy a zampar enterita, sino que además me va a salvar el puto culo.

Sin contención, me lanzo sobre sus sutiles curvas llevándola a la pared y me froto con ella mientras lamo, muerdo y chupo sus labios. Un jodido festín.

Hacía mucho tiempo que no estaba con una mujer que yo escogiera. Jimena no me priva, pero sí decide.

El resto de la tarde lo pasamos entre copas, chupitos y pinchos.

Sé que estoy desbocado, muy cachondo y… borracho.

Lo cierto es que no me he dado cuenta del momento en que todo se me ha escapado tanto de las manos hasta que la rubia de cabello platino, sonrisa angelical y gemiditos sexis se ha puesto a potar como si fuera una fuente.

Sergio y Luis van más borrachos que yo, y ya es decir. Hacía años que no cogía un pelotazo como este. Siempre está ahí Jimena para detenerme, porque dice que borracho no le aguanto tanto como a ella le gusta.

«¡Qué le jodan hoy a Jimena!». Pienso vaciando mi copa.

Al momento, la certeza me sacude. «Cómo te va a doler después».

Me da igual. Voy a pillar por todas partes, literalmente, haga lo que haga hoy aquí.

Cuando Jimena llegue, me va a tener varios días de castigo, así que ahora mismo me concedo el lujo de disfrutar de mi libertad.

De repente, el aroma del vómito llega desde el callejón y siento un puto asco enorme.

La cabeza empieza a darme unas vueltas terribles y necesito sentarme si no quiero caer de culo.

Descanso la espalda en la pared y me dejo resbalar sin poder evitar pensar otra vez en lo mismo: «Todo esto te va a costar carísimo».

Lo iba a pagar caro igual, así que… que me quiten lo bailaó . Cierro los ojos intentando regular el mareo.