Capítulo 64
Una semana antes del Sorteo Extraordinario de la Lotería de Navidad
Unas chicas pasan por mi lado y entre risillas me repasan de arriba abajo.
—Vaaaya… si necesitas volar alto, yo puedo ayudarte.
—Dos de ellas sueltan una carcajada y entre susurros de diversión le piden a su amiga que no sea tan descarada, pero lo cierto es que les parece genial que la morena de labios gruesos no deje de mirarme como si fuera un trozo de carne al que hincarle el diente.
Lo asumí muy joven. A los dieciséis ya sabía que mi físico era mi futuro.
No me considero vanidoso, es simplemente un hecho.
Si hiciera una lista de todas las cosas que debe tener un hombre para ser irresistible para una mujer, yo chequearía todas y cada una de ellas y seguramente tendría que añadir alguna más.
En la adolescencia me di cuenta de que no solo las niñas del instituto andaban detrás de mí, también sus madres.
En concreto, la de la alumna nueva que llegó en el último curso.
Habían venido de México y se rumoreaba de todo sobre ellas.
A mí lo cierto es que me importaba una mierda, o así fue hasta que empezó a detener el coche todos los días delante de la puerta para esperar a su hija, pero lo único que hacía era mirarme a mí, solo a mí, y yo…
yo solo la miraba a ella. Ni hola, ni adiós, nada más esos ojos colisionando con los míos y observándome.
Jamás había visto una mujer con tanta clase y tan hermosa.
Un día, mientras caminaba de regreso a casa, el Mercedes de gama alta que conducía se detuvo a mi lado, bajó la ventanilla y dijo:
—Sube, te llevo.
Agaché la cabeza y comprobé que mi compañera de clase, su hija, no estaba dentro.
No pregunté, solo rodeé el vehículo y me senté en el lugar del copiloto.
Tomó la dirección correcta, así que me mantuve en silencio.
Deseaba dejar de mirarla, pero me resultaba imposible.
Llevaba un vestido blanco que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel.
El escote era provocador, sus pechos voluptuosos se asomaban sugerentes mientras sobre ellos caían algunos mechones negros de su larga melena.
Unas grandes gafas de sol cubrían sus ojos y sus labios brillaban con el carmín rojo.
Llevaba semanas que no me la quitaba de la cabeza.
Era perturbador pensar en una mujer tan mayor y a su vez inevitable.
Los nervios me estaban matando y tuve que bajar la ventanilla un poco para que me diera algo de aire.
Entonces giró en una calle que no llevaba a mi casa y hablé sin pensar:
—Era por el otro lado —dije algo tímido.
—Lo sé, Rubén. —No me sorprendió que supiera mi nombre, perfectamente se lo pudo decir su hija—. Antes vamos a pasar por otro lugar. —Asentí, entendiendo que debía hacer algún recado.
Qué equivocado estaba. Nada me había preparado para aquello.
Al llegar, busco el vuelo que estoy esperando y compruebo que en cinco minutos aterriza. Esto es estresado de cojones, y aunque ya lo he hecho antes, nunca me acostumbro. Sin duda, de todas las cosas que esperaba para mi vida, esta no entraba en los planes.
—Hola, guapo, ¿tienes hora? —Se me acerca una chica con tanto maquillaje que parece que en vez de usar una brocha ha utilizado un rodillo de pintor.
—Las once —respondo educado sin mirarla.
Fue lo primero que ella me enseñó. Cómo lidiar con las mujeres es primordial para conseguir de ellas lo que deseas. Si no tengo ningún interés, no puedo prestarle atención, no debo mirarla a los ojos, o estoy vendido.
—¿Y número de teléfono? —Aun así, no siempre funciona.
Hubo un tiempo en que las mujeres eran distintas, ahora el empoderamiento femenino ha llevado a algunas a ser tan invasivas como los hombres o más. Algo que me parece igual de irrespetuoso por ambos lados.
—Disculpa —le digo, ignorando su atrevimiento, y camino un poco para alejarme.
Me deja tranquilo y no puedo evitar volver al recuerdo mientras sigo esperando que aterrice el avión.
El coche se detuvo delante de un bloque de pisos que parecían realmente caros. Apareció un hombre y le abrió la puerta, bajó con elegancia alzándose en sus altos tacones y le tendió las llaves.
—Vamos, Rubén, no tenemos todo el día.
Nervioso, me apresuré a seguirla, mientras alucinado veía cómo aquel tipo se llevaba el coche, entendí que para aparcarlo.
Nunca un ascensor me había parecido tan estrecho.
No podía dejar de mirarlo todo, en especial a ella y esas curvas sinuosas que nada se parecían a las insulsas de mis compañeras de clase.
Ella no levantó la cabeza ni una sola vez del móvil.
Escribía y deslizaba los dedos sin descanso.
Cuando las puertas se abrieron, lo hicieron directamente en un piso tan lujoso que me sentí como una mota de polvo estorbando.
Volví a caminar detrás de ella, sujetando mi mochila colgada de un hombro.
Se detuvo y por fin me miró, solo un instante después me ordenó que pasara dentro de la habitación a la vez que empujaba la puerta para que se abriera.
Entrar en aquel lugar cambió mi vida para siempre.
El tumulto de gente me saca de aquella habitación, todos caminan tranquilos, menos una, enseguida la reconozco, no por su físico, sino porque es la única que camina como si fuera directa al patíbulo. Esquivo un grupo que se saluda y me acerco.
—Hola, cielo —saludo alegre y la abrazo.
Al hacerlo, empieza a temblar y escucho su sollozo.
Le hablo al oído—: Ni se te ocurra llorar, traga esas putas lágrimas.
Te vas a separar de mí sonriente, aceptarás mi mano y caminaremos como una pareja feliz.
Si haces cualquier tontería, nunca más volverás a ver a tu hijo.
Me separo de ella y la miro a los ojos, es tan hermosa como todas las demás e igual de joven.
Acuno su rostro entre mis manos y la beso.
Lento, rozando sus labios temblorosos, sin que me corresponda, pero tampoco sin apartarse.
Después entrelazo nuestros dedos y empiezo a caminar hacia la salida donde el chófer nos espera.
He perdido la cuenta de la cantidad de veces que he hecho esto y, aun así, nunca me acostumbro. Es lo que más odio de mi vida, sin embargo, no tengo elección. Con ella nunca la hay. Tampoco la tuve aquel día en aquella habitación.
Cuando la puerta se abrió del todo, me quedé alucinado al ver todo el set.
Era un estudio de fotografía alucinante.
Había dos focos iluminando un diván de estampado borgoña y con los bordes tallados en madera dorada.
Estaba colocado sobre una alfombra de pelo negro largo y frente a esto un trípode con una cámara de fotos de esas con objetivo grande.
—¿Te gusta? —me susurró al oído y pude sentir sus labios rozarme a la vez que una de sus uñas resbalaba por el otro lado de mi cuello.
Me estremecí y, de forma incontrolable, mi erección se alzó. La confusión creció exponencialmente. No entendía qué estaba haciendo ahí. Y aunque no me aparté, aunque me gustó, tampoco comprendí por qué me tocó de ese modo.
No tardé demasiado en averiguarlo.
Camino a mi alrededor y se colocó delante de mí. Recorrió todo mi cuerpo con sus oscuros ojos hasta llegar al bulto de mi pantalón, sonrió y añadió:
—Sabía que no me decepcionarías.
La sangre pareció dividirse en dos únicos lugares, mi entrepierna y mi cara, que la sentía arder debido a la vergüenza que me causó cuando ella fue consciente de mi excitación.
Se alejó para llegar hasta la cámara y durante un par de minutos estuvo ajustando el objetivo, algo que agradecí porque necesité un rato para gestionar la enorme cantidad de emociones que me estaba saqueando.
No había podido controlar la erección y que ella la hubiera visto me hizo sentir fatal.
Cada vez estaba más nervioso y lo peor de todo, parecía que ella lo sabía y… le encantaba.
Hubo un momento que pensé en salir corriendo de allí —ojalá lo hubiera hecho—, pero entonces se inclinó para mirar a través de la cámara y su redondo trasero se colocó en pompa frente a mí.
No dejaba de moverlo de un lado a otro y fue como si me hipnotizara, pero en vez de con un péndulo, con su vaivén de caderas.
—¡Listo! Deja la mochila donde quieras y colócate ahí delante.
Un pequeño respingo debido a la sorpresa de escuchar su voz me sacó de mis pensamientos perturbadores y obedecí sin preguntar. De forma tímida y mecánica avancé hasta colocarme junto al diván.
—Ahora, quítate la camiseta.
Creo que ahí comprendí que me había metido en la boca del lobo. Los nervios estallaron y mi intuición me dijo que lo mejor era largarse.
—Perdona, pero… ¿qué hago aquí? —pregunté totalmente confundido.
—Voy a fotografiarte —respondió como si fuera algo evidente.
—¿Por qué?
Se rio y caminó hasta mí. Agarró el bajo de la camiseta y tiró de ella hasta sacarla por mi cabeza. Cuando empezó a tocarme, no pude controlar el temblor de mi cuerpo.
—Rubén, eres una delicia. Te voy a convertir en portada de las mejores revistas.
—¿Revistas?
—Tengo una amiga en México que tiene una agencia de modelos. Te voy a hacer unas cuantas fotos y se las vamos a enviar. Le vas a encantar.
—Pe-pero… yo no tengo dinero para pagarte nada de esto.
Sus manos seguían resbalando por mi pecho y mi vientre.
—No, pero tienes algo que deseo mucho más. —Agarró mi cabello de la nuca, tiró de él para que mi cuello quedara expuesto. Gruñí debido al dolor que me provocó y acto seguido gemí cuando su lengua me lamió desde la clavícula hasta los labios.
Cerré los ojos mientras lidiaba entre el estremecimiento más excitante y mi cabeza gritándome: «Es la madre de tu compañera de clase, sal de aquí corriendo».
No lo hice.
No tuve tiempo.
Me besó.
Y ahí mi cabeza se calló y solo pude escuchar a mi entrepierna suplicante y dolorosa.
Introdujo su lengua ávida en mi boca y cuando con la mano libre frotó mi largada por encima del pantalón, los remilgos desaparecieron. No había tenido sexo con ninguna chica, pero me había enrollado con muchas, no era del todo un zoquete, algo sabía. Así que me dejé llevar.
Era la puta lotería. Esa mujer alucinante con la que había fantaseado día y noche me estaba besando. Una oportunidad de oro que no pensaba dejar escapar.
Agarré sus dos turgentes pechos y los froté hasta que sentí los pezones endurecerse y ella gimió.
Tiró con virulencia del botón del pantalón y los arrastró hasta mis pies junto con los calzoncillos.
Con brusquedad, me empujó y caí en el diván.
Estaba ansioso, confuso, y luchaba por controlar mi agitada respiración.
Al alzar la vista, topé con su mirada ardiente y todo el carmín rojo restregado por sus labios y cara, me pareció tremendamente sexy .
El vestido blanco que llevaba tenía una cremallera frontal que se abrió despacio ante mi atenta mirada.
Sin remilgos, avanzó con su ropa interior de encaje y se sentó encima de mí.
Nada de preguntas, ni dudas, solo apartó el tanga y se ensartó de una única estocada.
Grité fuerte, totalmente enajenado, cerrando los ojos hasta que llegó la primera bofetada. Eso provocó tres cosas.
Una sorpresa que me abrió los ojos de golpe.
Dos, mi erección creció y me excité mucho más.
Tres, ella sonrió moviendo las caderas.
Después dijo:
—Así me gusta, duro para mí. —Una segunda bofetada y sus caderas mucho más rápidas se agitaron mientras gemía cada vez que me hundía en ella levantando el trasero.
Estaba desesperado. Ya nada importaba, solo ensartarla cada vez más profundo.
La agarré con saña de las caderas y la taladré queriendo atravesarla.
No podía pensar en nada más que en meterme dentro de ella una y otra vez.
Tiré del sujetador y sus dos grandes tetas, turgentes y prietas, empezaron a bambolearse delante de mí.
Estaba completamente desquiciado. Era el protagonista de mi propia y perfecta película porno.
—Si te corres dentro de mí —agarró mi cuello con tanta fuerza que me faltó el aire— lo pagarás muy caro. Debes aguantar y follarme hasta que no puedas más, Rubén. Cuando estés a punto, me avisas.
Ni siquiera le contesté, solo seguí follándomela absorto por el retumbar de nuestros gritos en aquella habitación y el chasquido de nuestros cuerpos al colisionar.
Me corrí dos veces ese día, haciendo caso a pies juntillas a lo que ella exigió. La primera lo hice encima de mí, la aparté con brusquedad y me dejé ir. La segunda, totalmente enloquecido, me derramé en su boca mientras ella gemía como si fuera lo más rico que jamás hubiera probado.
Ni la vida ni el sexo volvieron a ser igual para mí.
—Disculpe, ¿está todo bien? —Me detiene un policía y despierto de mis recuerdos.
«Mierda». Pienso recolocándome el paquete a la vez que trato de disimular el posible problema que podría acontecer en cuestión de segundos.
—Sí, claro. ¿Algún problema, agente? —cuestiono despreocupado rodeando los hombros de la chica para que no se note que no deja de temblar como una puta hoja.
—Hablo con la señorita. ¿Está todo bien?
Aprieto con disimulo su brazo para recordarle que, si dice algo, nunca más verá a su hijo.
—La he visto usar la señal de socorro con su mano en la espalda.
La miro alucinado. Ese gesto ya es algo que prácticamente todo el mundo sabe y conoce, uno silencioso que, especialmente en casos de violencia de género o peligro, sirve como aviso para contactar con las autoridades sin alertar al agresor.
En este caso, al captor. Se muestra la mano, se dobla el pulgar hacia la palma y luego se cierran los dedos sobre él, atrapándolo, para indicar que se necesita ayuda urgentemente.
Acabo de cometer un error de principiante, nunca hay que fiarse, y me he distraído pensando en lo que no debía.
Porque sí, está amenazada, pero el ser humano ante el peligro puede ser terriblemente camicace.
Igualmente, no puedo evitar pensar que su gesto valiente le va a salir carísimo.
Ahora mismo a su hijo le quedan tan pocas horas de vida como a ella.
Su silencio se extiende y… me delata. Que no responda inquieta al agente y levanta la mano para alentar a su otro compañero y que se acerque.
Es en este momento que lo sé, o salgo de aquí por patas o estoy vendido.
Sin duda, levanto la rodilla y golpeo la entrepierna del policía, que se dobla en dos con un alarido, y a su vez llevo el codo contra la cara de la chica.
No creo que vuelva a ser tan bonita como lo es ahora después de escuchar el crujido de su nariz.
Aunque en realidad no importa, hoy a firmado su sentencia de muerte.
Sin mirar atrás, salgo corriendo como alma que lleva el diablo.
Empujo a todos los que se ponen en mi camino sin aminorar lo más mínimo y, al llegar a la calle, literalmente salto dentro del coche que me estaba esperando.
Antes de cerrar la puerta, las ruedas ya chirrían en el asfalto con el acelerón.