Capítulo 63
Nada más salir de la penitenciaría, el calor me abruma. Inspiro con fuerza y es justo en este momento cuando me doy cuenta de que hacía mucho tiempo que no respiraba como mi cuerpo necesitaba.
—¿Cómo ha ido? —La pregunta de Florens llega con suavidad, sibilante, como si así pudiera amortiguar el impacto de la respuesta.
Los miro a todos, observo sus ojos expectantes y, sin poder aguantarme más, me rompo a llorar y suelto la verdad.
—Es inocente…
—Lola. —Mi padre me abraza con fuerza y eso acrecienta el llanto.
He estado tanto tiempo conteniendo las emociones que ahora es como si hubiera abierto la puerta que las mantenía encerradas y es imposible retenerlas.
Me dejo ir porque… lo necesito. Ya no puedo sostener más todo esto, me está superando.
No he tenido tiempo ni de disociar que me secuestraron o de que fui náufraga durante días, y además se han añadido a la lista los cargos de Wil.
Verle ha sido muy duro. Toda su cara magullada y esa expresión afligida, derrotista, me ha golpeado el corazón con rudeza.
Mientras estaba frente a él, escuchando su desgarradora historia, sentía que los latidos se ralentizaban, como si alguien tuviera mi corazón estrangulado entre sus dedos y tratara de impedir que pudiera seguir bombeando la sangre que circula por las venas.
Entre lágrimas y sollozos abrazo a mi padre. Descanso la barbilla en su hombro, con los ojos acuosos miro al cielo.
«Si hay alguien ahí, por favor, ayuda a Wil».
Estoy tan desesperada que ya no sé ni a quién pedirle auxilio.
Suspiro cuando papá empieza a acunar mi cuerpo.
Es un vaivén ligero, suave, como el que le das a un bebé.
Poco a poco el estrangulante dolor se afloja y el lloro se vuelve silencioso y lento.
Cada vez que pestañeo, una lágrima resbala hasta su camisa.
Respiro mucho más calmada, pero de repente…
todo cambia. Un presagio escalofriante me recorre, como si una especie de magia trepara por mis piernas y quisiera gritarme que algo no va bien.
El mundo parece detenerse, mis oídos se tapan y tengo la sensación de estar escuchando únicamente…
«¿El mar?».
«Esto ya lo he sentido antes». Pienso entrando en la nebulosa que todo parece envolverlo.
Abrazo con más fuerza a mi padre, desbordada por la confusión.
«¿Escucho el oleaje?».
Me cuestiono a mí misma, siendo consciente de que en este punto de mi vida probablemente he perdido el juicio, porque está a bastantes kilómetros de distancia y es imposible que lo pueda oír desde aquí.
El ruido de la corriente me zarandea con más intensidad y entonces llega ese cántico, el mismo que escuché bajo el mar el día del naufragio.
Mi vista empieza a emborronarse, pestañeo varias veces hasta que me doy cuenta de que todo está difuso menos un punto concreto…
menos una persona. Pantalón tejano, deportivas blancas y una camisa del mismo color, desabotonada.
Cuando llego a su rostro, colisiono con unos ojos que ya he visto antes, muy muy de cerca.
Ajusta la visera de la gorra apremiante, sin embargo, es demasiado tarde, lo he reconocido.
—¿Morenazo?
***
No me doy ni cuenta, pero ya estoy sentada en el taxi de regreso al hotel. Ninguno ha abierto la boca, ni siquiera el conductor se ha atrevido a hablar. Los miro muy confusa.
«¿Qué acaba de ocurrir?», me cuestiono inquieta.
Estaba en la puerta de la penitenciaría y todo ha sido terriblemente extraño.
Pensé mucho en los cánticos mientras estuve en el peñote y Wil en coma.
Deduje que todo formaba parte de la distorsión de la realidad que puedes sufrir cuando estás en el umbral de la muerte.
Sin embargo, lo que acaba de ocurrir no tiene nada que ver.
Ahora mismo no sé si me estoy volviendo loca, aunque, llegados a este punto, creo que prefiero pensar que las leyendas son historias reales y solo los que dejan a un lado su escepticismo llegan a comprenderlas.
«Eso o que te has vuelto tarumba por completo».
Taky sujeta mi mano con tanta fuerza que me resulta hasta molesto, y mi padre no deja de acariciarme con el pulgar la palma de la otra, ambos tienen sus cabezas recostadas en la ventanilla, están agotados y sin duda son completamente ajenos al viajecito de tarada que me acabo de pegar.
En el asiento del copiloto, unos ojos oscuros me observan.
—¿Cuánto queda para llegar? —cuestiono sin tener del todo claro si quiero la respuesta, ya que implica saber el tiempo que llevo de viajecito astral, o mágico, o… lo que narices sea eso que acaba de ocurrir.
—Por fin, Lola. Me tenías preocupado. —Arrugo el entrecejo y me quedo callada esperando a que Florencio se explique mejor—. Llevas desde que hemos salido sin hablar, oírte llorar tanto rato es… demasiado. ¿Estás mejor?
Asiento con la cabeza porque no sé qué más puedo decir. Creí que había dejado de llorar cuando empecé a escuchar las voces.
«Cuando acabe todo esto voy a necesitar un terapeuta, y lo más probable es que de por vida».
—Vega viene detrás. Ella alquiló una moto.
El comentario me sorprende, ni siquiera había reparado en su falta. Florens agita la cabeza y giro el rostro para mirar en la dirección que señala. Ahí está, justo en el carril de al lado, con un casco negro y sus mechones rojos al viento. Sin duda es una mujer peculiar.
«Es una bruja».
La idea viene susurrante cuando se levanta la visera y me observa con esos ojos verdes inquietantes. Un escalofrío me recorre y doy gracias a la vida cuando las palabras del taxista detienen mis pensamientos antes de ir a darse un paseo por conclusiones inconexas.
—Hemos llegado.
Vale, nos hemos detenido y tampoco era consciente de ello.
«Lola, la cosa se está volviendo preocupante».
Entramos en el hotel y cuando las puertas del ascensor se cierran, lo suelto, sin vaselina, sin remilgos. Las palabras salen disparadas de mi boca sin permiso, como si mi cuerpo pudiera decidir.
—He visto al morenazo de Logroño.
—¡¡Ahhh!! ¡Lo sabía! —grita de pronto Taky y todos damos un brinco debido a su efusividad—.
¡¡Dios mío!! Creí que me había vuelto completamente loco.
¡Lola! —Se gira en el estrecho espacio y me agarra de los hombros, me zarandea y añade—: ¡¡Júralo!
! Júrame que lo has visto tú también y que no he perdido la cabeza con todo esto.
«La que la está perdiendo soy yo».
—Sí, estoy segura de que era él.
—¡¡Joder!! Qué fuerte, ¿verdad? ¿Qué coño haría ese macizorro allí?
—Pues no lo sé, pero cuando lo he visto…
—Me quedo callada pensando seriamente en si contarles mis idas de olla o si es mejor callarme eso de que escucho olas del mar a vete a saber cuántos kilómetros y cánticos de lo que yo he deducido que son sirenas o, dicho de otro modo, criaturas mitológicas que se supone que no existen.
Sí, he dicho «se supone».
Y sííí, mi nivel de majadería está en el Top Ten , y estoy convencida de que las voces provienen de las mismas sirenas que me sacaron de las profundidades del océano.
Te agradecería que no me juzgaras, estoy pasando un momento complicado de mi vida. Prometo solventar mis «problemas mentales» cuando acabe todo esto e invertir una cantidad ingente de dinero en ello.
«Ding».
El sonido avisa de la llegada y se abren las puertas del ascensor. Doy un paso para salir de allí, pero una mano se interpone delante de mí. Cuando alzo la vista, unos ojos verdes me observan con un entrecejo tan arrugado que casi se tocan las delgadas cejas cobrizas.
—¿Has reconocido a alguien al salir de prisión?
—Sí, sí, era un tío con el que se enrolló Lola en Logroño justo el día que pilló a Florencio con el lechero. —Taky ha empezado a hablar con su habitual energía desmedida y sus palabras se han ido apagando hasta llegar a un susurro casi imperceptible.
Todos miran a Florens y este, lejos de empequeñecerse, responde con vehemencia.
—No creo que el tema principal deba de ser, otra vez —remarca molesto—, lo que ocurrió en Villavacas de Monte.
—No. Está claro que esa historia ya la conocemos todos bien —habla Vega—. Yo lo que quiero saber es quién es ese tal «Morenazo» y, lo más importante, qué pinta él en Colombia, frente a la prisión en la que está Wilson, justo el día que Lola va a verle.