La Riqueza del Amor Capítulo 62
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Capítulo 62

Colombia - Establecimiento Penitenciario de Mediana

Seguridad y Carcelario de Cartagena.

—Ahí va mi dinero, vivito y coleando.

Estiro el brazo y rodeo su cuello.

«Qué guapo es».

Lamo su labio y él cierra los ojos sin dejar de penetrarme con sus dos largos dedos.

Sé que su erección es un hecho, sé que desea enterrarse en mí, pero eso no ocurrirá hasta que no haga bien su puto trabajo.

Aprieto un poco más mi mano y me fascina ver una vena palpitar en su frente, entre los mechones oscuros que le caen.

—Más rápido o se te escapará, y lo pagarás muy caro —le advierto, exigente. Gruñe con rabia y excitación, todo mezclado.

Me folla con violencia y tiro de la falda hacia arriba para ver cómo sus apéndices entran y salen de mi interior encharcado.

Desesperada por llegar al clímax, jadeo turbada y justo en ese momento un impetuoso pellizco relampaguea en mi pezón, es tan intenso que siento el dolor incluso a través de la camisa y el sujetador.

—Vamos, joder. Córrete —exige sin aliento por la presión de mi mano en su cuello, saqueando mi interior con tanta fuerza que mi trasero hasta se levanta del asiento con cada una de las embestidas de su mano—.

Así… sí… joder —gime en el límite de la asfixia mientras el éxtasis me provoca un grito seco que llena la estancia.

No deja de follarme hasta que las últimas réplicas del orgasmo me sacuden.

Su mano sale de mi interior y restriega mis fluidos por mis labios, rozando mi clítoris inflamado y electrizando todo mi cuerpo.

Agarro la copa de cava y doy un sorbo, la dejo en el hueco que tiene la limusina para que no se caiga.

Llevo mi mano a su entrepierna y froto su dureza.

Tan viril y grueso como siempre. Su gemido es lastimero, de necesidad, y no puedo evitar que se me haga la boca agua solo de pensar en lamerlo.

Pero ahora no es el momento. Aunque antes de volver al trabajo me doy el gusto de besarle, me corresponde con pasión, jugamos con nuestras lenguas hasta que decido que ya basta.

Cierro los dientes y grita de dolor cuando le muerdo, aprieto hasta sentir el sabor férreo de la sangre y después le dejo ir.

—Mueve ese culo prieto de gimnasio y recupera mi puto dinero. ¡¡Largo!!

Como el perro obediente que es, sin un quejido —sabe que no los soporto— se baja del coche y se aleja ajustando la gorra que cubre su rostro.

—Lola Flores del Campo, escapaste una vez de mí, pero eso no ocurrirá dos veces. Tu puta fortuna será mía.