Capítulo 61
—Y… —No me atrevo a preguntar. No es necesario. Wil responde sin necesidad de que verbalice nada.
—Bianca decidió salir a cubierta, y eso sentenció su destino.
Me llevo las manos a la boca intentando contener la angustia que siento, una que parece fluctuar en esta sala deprimente.
—Todo ocurrió a mucha velocidad. Mi padre saltó al mar al tiempo que un disparo atravesó el viento.
La vi, sus ojos me miraron y supe que lo hacían ya sin vida.
—Hace una pausa y yo espero con el corazón encogido—.
Grité su nombre, mientras corría hacia ella y la veía caer por la borda.
No lo pensé. Solo levanté un pie para impulsarme en la balaustrada y saltar, pero el mar rugió frente a mí, enorme, y un segundo después, una masa de agua me golpeó de lleno y me arrojó de vuelta dentro de la embarcación.
Sentí un impacto seco en la cabeza… y todo se apagó.
Cuando volví a abrir los ojos, había pasado más de una semana.
—Wil…
—Mi padre guardaba un revólver en un cajón de su camarote.
No sé por qué sabía eso Bianca, el caso es que salió a cubierta empuñándolo y uno de los narcos ni titubeó.
Disparó con la impecable puntería de quien no tiene escrúpulos y atravesó su frente.
Ella no tuvo tiempo ni de reaccionar. El mar la engulló y a mi padre también.
Me quedo en silencio, mirándole fijamente mucho rato. Él espera, sabe que quiero hacerle una pregunta y me da el tiempo que necesito.
—¿Y Damián?
—Acabó de entregar la poca carga que quedaba y regresó a la costa.
—Pero…
—No, Lola, no se quedó a rescatar a mi padre y a Bianca. Le perdoné hace mucho tiempo… sé que solo lo hizo porque fue un cobarde.
—¿Eso crees?
—Por supuesto —alza la voz cortante—. Yo jamás habría dejado a mi padre y Bianca en el mar.
—Wil, te salvó la vida. Perdió, igual que tú, a dos personas que amaba. Sin embargo, tuvo la templanza de entregar la carga para evitar males mayores y ponerte a salvo.
—Él…
—Él no podría haberlos salvado, a ninguno de los dos. Lo sabes, en el fondo de ti lo sabes, y por eso le perdonaste.
—Damián era el enlace con los narcos. La carga estaba en el barco de mi padre por su culpa.
—¿Sí? ¿Eso te lo confirmó él?
Silencio.
—Es curioso, porque lo que yo he entendido de la historia es que, aunque le pediste a tu padre que no saliera a navegar, de regresar cuando la tormenta os alcanzó, él no reculó.
Quizá lo más fácil sea culpar a Damián, sin embargo, tu padre, e incluso Bianca, que decidió salir a cubierta, fueron los únicos responsables de su propio destino. Ni Damián, ni tú, Wil, sino ellos.
No responde, no lo hace y soy consciente de que ahora mismo no es capaz de hacerlo porque está librando una guerra en su interior. Necesita su tiempo, su espacio y reflexionar sobre ello.
Me levanto y, mirándole a los ojos, le hago la pregunta que no deja de saquearme la mente desde el principio de la historia.
—¿Por qué acabaste en prisión y con dos cargos por asesinato si no tuviste nada que ver con ello?
—Porque cuando desperté, Renata estaba totalmente destruida junto a mi cama.
Damián había explicado que mi padre y Bianca habían perdido la vida en el mar debido a la tormenta, pero no habló de los narcos ni de la droga.
Nadie entendió por qué habíamos salido a navegar, era evidente que la tormenta nos atraparía.
Eso se unió al pesar de los padres de Bianca.
No soportaron el dolor, la sed de venganza y la necesidad de tener explicaciones los llevaron a contratar un abogado que acusó a Damián de ser el responsable de que perdieran la vida.
—Coge aire y tras unos segundos continúa—.
No quería que Renata sufriera el dolor de amar a alguien que estaba en prisión por ser el asesino de su padre, así que me inculpé.
Asumí la responsabilidad y le expliqué a la policía que había hecho un trato con narcotraficantes y que la entrega salió mal.
Les dije que… tiré al mar a mi padre y a Bianca, para salvar mi vida.
—Wil… —Me ahogo en el llanto.
—Damián entró en prisión como cómplice, pero solo unos meses después salió y pudo cuidar de Renata mientras yo acababa de cumplir los años de condena.
—Tú nunca fuiste un asesino, siempre fuiste el héroe al que todos tacharon de ser El Diablo.
Antes de salir de la habitación le beso, despacio. Le abrazo con fuerza y le hago una promesa susurrada al oído:
—Voy a sacarte de aquí y liberar tu carga.
Él se mantiene en completo silencio, no dice nada hasta que estoy cruzando el umbral de la puerta.
—Lola —me giro a mirarle—, no importa mi destino, mi mayor riqueza es haberte conocido, mi mayor riqueza es haber encontrado a mi alma gemela. Te amo.
—Yo también te amo, Wil.
Salgo aturdida, tambaleante, caminando por el pasillo siguiendo el compás del paso de los dos agentes que me custodian. Al final del trayecto está Vega Altamira esperándome con una mano en el bolsillo y el maletín en la otra.
—¿Y bien? ¿Has hallado las respuestas que buscabas?
—Sí. Y, no sé si tú eres la indicada, pero si es así, tenemos mucho trabajo por delante.
—Explícate, por favor.
—Wil es inocente, no solo de estos cargos, sino de todos los que refleja su expediente. ¿Puedes limpiar su nombre y hacerlos desaparecer… todos?
Vega me mira impasible y responde con una convicción que consigue estremecerme.
—Está bien, Lola, vamos a salvar a Wilson de su presente y de su pasado.