Capítulo 60
Las lágrimas se derraman por mi rostro en un incontrolable y silencioso llanto. Ni siquiera mi cuerpo se atreve a emitir sonido alguno, nada tiene la osadía de interrumpir el estremecedor relato de Wil.
Cuando hablé con Damián, no entendí bien qué quiso decir con eso de:
—No me siento con derecho de contar su historia. Tienes que ir a verle y escucharla de él.
—Necesito saberlo. Cuéntamelo —insistí con el corazón revolucionado, sin saber si desquebrajarse del todo o volver a latir con fuerza.
—Lola, lo único que debes saber ahora mismo es que Wil jamás, nunca, le hubiera hecho daño a Bianca ni a su padre.
Ese maldito Diablo es un huraño porque la vida no le ha dado más opciones.
Bueno, no hasta que llegaste tú. Por favor, ve a verlo.
Escucha su historia y después, solo después, decide si quieres creerte ese informe.
Señaló la carpeta que tenía abierta delante de mí. Los folios que había en ella estaban desparramados por la mesa y mis ojos parecían encontrar en ellos solo las palabras más fulminantes para mi maltrecho corazón: tráfico, droga, cocaína, desaparición… muerte… asesinato.
—Bien. No tenemos tiempo que perder —sentenció con crudeza Altamira poniéndose en pie y estirando los brazos para recoger toda la documentación.
Volví a mirar a Florencio, que permanecía a mi lado, sin tocarme, pero sin alejarse. Ahí, apoyándome. Seguía sin preguntar por qué estaba allí.
«Quizá ya no importa», pensé.
—¿Estás bien? —Alargó su mano y la posó sobre la mía.
Observé su oscura piel contrastando con la mía más pálida.
«Qué distintos somos en todo».
—¿Por qué? —cuestioné casi sin querer, la pregunta salió disparada sin pensar en ella.
Vega Altamira, nuestra amiga de la infancia y ahora abogada, una que no había dejado de tener contacto con Florencio, una eminencia o, como dijo él: «la puta crack que gana todos los juicios», se quedó quieta observándonos. Como si ella también necesitara saber la respuesta.
—Porque te lo debo. Pero, sobre todo, porque tú siempre serás mi familia, Lola.
Sentí que el corazón se contraía a la vez que se calentaba. Fue una sensación dual y extraña.
—Lola. No tenemos tiempo que perder. Hay que coger el próximo avión a Colombia, si Damián tiene razón y Wilson es inocente, hay mucho trabajo que hacer.
Me quedé helada. Pensativa.
«¿De verdad iba a coger un avión para ir a visitar a un asesino?».
Damián decía que las cosas no eran como me las habían contado, pero yo lo vi con mis propios ojos.
Vi a Wil empuñar un arma desde una moto de agua y disparar a un hombre a la cabeza sin que le temblara lo más mínimo el pulso.
Fui testigo de cómo accionó el gatillo varias veces con la crudeza de un hombre sin escrúpulos.
—No… —suspiré aturdida y cuando cogí aire de nuevo hablé con la poca seguridad que me quedaba en ese momento—: No voy a ir a ver a un asesino.
—Pero, Lola.
—No, Damián. No puedo.
Negaba de manera frenética con la cabeza. Me sentía confusa… muy perdida.
Unas manos rasposas por los callos que provoca el trabajo del campo rodearon mi rostro y detuvieron mi movimiento histérico. Alcé la vista y los oscuros ojos de Florencio me observaron con una mezcla de ternura y mucha tristeza.
—Cariño —el apelativo hizo saltar la primera nueva lágrima—, no tienes opción. Debes ir a ver a ese hombre y escuchar su versión. Solo así sabrás la verdad.
—¿Y si me miente?
—Es justo por eso que tienes que ir. Tienes que sentarte frente a él y mirarle a los ojos mientras te habla. Solo así lo sabrás.
Mi única respuesta fue asentir con la cabeza, porque era incapaz de decir una sola palabra, la realidad de mi destino y… el terror que eso me provocaba me había dejado muda.
—En tres horas sale el primer vuelo, nos da tiempo de llegar al aeropuerto —explicó Vega sin levantar la vista de su móvil.
—Pero… y mamá. —Miré sobrepasada a Florencio y él una vez más fue el remedio a la situación.
—Vega, creo que lo mejor es que Lola pueda ir a visitar a su madre al hospital antes de viajar a Colombia.
Además, tú tienes la maleta aquí —señaló con la cabeza el equipaje que estaba arrinconado en una esquina de la sala—, pero ella no.
Si te parece, coge ese vuelo y nosotros cogeremos el siguiente.
—Perfecto. —Estiró su mano frente a mí y, por instinto, alargué la mía para estrecharla, su profesionalidad era algo incómoda debido a que nos conocíamos de hacía muchos años, a pesar de que ahora éramos realmente desconocidas—. Lola, si Wilson es inocente, lo demostraré.
«¿Y si no lo es?», pensé aterrada. Preferí mantener la pregunta en mi cabeza.
Damián aseguraba su inocencia con tanta convicción que me resultaba muy difícil no creer en su palabra.
El marinero de rizos de surfista se había convertido en mi amigo, uno muy especial, y aunque, por un momento, dudé de su lealtad, escuchar su versión de los hechos mirándole a los ojos me certificó que de verdad me quería, y que nunca me hubiera traicionado de ese modo.
Florencio tenía razón, debía ir a Colombia y escuchar a Wil, enfrentarlo, solo así sabría la verdad.
Pero antes necesitaba ir a ver a mamá. Su delicada salud me tenía sumamente preocupada.
Maldito número. Maldito gordo de Navidad. Maldito Diablo. Y… maldito corazón, que no entiende ni de dinero, ni de riqueza, ni de viajes… solo entiende de emociones y amor. De latidos acelerados y roces estremecedores.
Solo entiende de almas predestinadas sin importarle lo más mínimo todo lo que ese inconmensurable amor puede llegar a doler cuando la conexión entre ellas es irremediable, a pesar de ser aterradora y dolorosa.