Capítulo 59
—¿Damián? —Suelto una risa irónica—. Solo me faltaba eso. Ese maldito traidor no solo me ha jodido la vida, otra vez, sino que disfruta de tu compañía. ¡De puta madre! ¡Cojonudo!
La rabia burbujea en mis entrañas, recorre mi flujo sanguíneo haciendo que mi corazón golpee en mi pecho de forma castigadora. La respiración se acelera y mi vista se nubla. Todo mi estado de ánimo ha cambiado con solo escuchar esas seis letras.
—Ese maldito cabrón no tiene bastante con destruir todo lo que amo, sino que también pretende arrebatármelo. ¡¡Voy a acab…!!
—¡¡Basta, Will!! —La mano de Lola cubre mi boca, evitando que verbalice la amenaza que, a partir de hoy, se va a convertir en mi mantra; el que voy a usar para mantenerme cuerdo y que me ayudará a tener una razón por la que seguir con vida en este lugar.
«Aguantaré y cuando salga, lo destruiré».
—Por favor, Wil, escúchame. —Las cálidas manos de Lola cubren mi rostro a ambos lados y eso me hace regresar a la conciencia y salir de mis tortuosos pensamientos.
Su tacto me lleva a comprender qué es lo que siente una fiera cuando la doblegan con caricias.
Su piel sobre la mía se siente dulce. Los delgados dedos me rozan con cuidado y me rindo cerrando los ojos.
Una de sus manos resbala por mi cabello y en ese momento me doy cuenta de que todo yo estoy rígido.
De repente siento dolor, es entonces cuando soy consciente de que me estoy clavando las uñas en las palmas de tanto apretar los puños.
—¡Shhh! Wil, por favor, mírame. —Obedezco de nuevo y no puedo evitar fascinarme una vez más al toparme con sus ojos del color del mar Caribe.
«Cuánto echo de menos el mar». Salgo de mis pensamientos al escuchar de nuevo su voz—: Necesito que te calmes.
Damián nunca te traicionó. —Sus palabras provocan que mi mandíbula se contraiga al instante, haciendo rechinar los dientes—.
No lo hizo con el naufragio de… —su inquietud me habla antes que sus palabras— Bianca y tu padre. Y tampoco en el nuestro.
Oír a Lola pronunciar su nombre me provoca una tremenda sacudida.
Llevaba mucho tiempo sin permitirme nombrarla ni siquiera en mis pensamientos, y está claro que volver a hacerlo ha sido la peor de las decisiones.
De algún modo, volver a prisión y pensarla ha abierto de nuevo esa puerta, una que había cerrado hacía mucho tiempo y que debería haber permanecido como estaba; conteniendo un pasado que dejé atrás porque hay cosas que es mejor olvidar. O al menos fingir que las has olvidado.
—Pasé ocho años y doscientos treinta días en prisión por su culpa, Lola. Ya le perdoné una vez. Lo hice por Renata, pero esta vez no.
—Wil…
—¡NO! ¡Basta! ¿Quieres saber la verdad? ¡¿Quieres saber cómo acabé acusado de matar a mi prometida y a mi padre?! —alzo la voz apartando sus manos de mi rostro, sin embargo, ella ni siquiera se incomoda.
Camina hasta el otro lado de la mesa, coge la silla, la acerca sin prisa y se sienta delante de mí. Seria, con una calma inusitada toma aire y al soltarlo habla pausada:
—Sí, Wil, quiero saberlo. Damián me contó su versión, pero he venido a escuchar la tuya.
—¿Para qué? Ya dejaste claro al entrar lo que crees que soy.
—Abre la boca para tratar de hablar, pero se lo impido volviendo a la carga, ahora mismo estoy rabioso y literalmente he perdido el control—.
No te preocupes, hace muchos años que la ley determinó que…
—trago con fuerza el nudo de mi garganta, ese que se forma cada vez que he de verbalizarlo y continúo— que todos decidieron que era un asesino, además de narcotraficante y no sé cuántas cosas más, escribieron ese puto informe.
No te preocupes, ahora ya solo eres una más en esa lista.
—¿De qué lista hablas, Wil? —pregunta cortante y en un tono de enfado que solo había oído en ella cuando desperté en aquella isla desierta y me culpó por haberla dejado sola tantos días.
Al pensar en los días que compartimos allí, todo el vello se eriza. Daría mi vida por volver ahora mismo a aquel peñote, al instante en el que mi pasado seguía encerrado y solo importaba el presente y… nosotros.
Arrincono esos recuerdos y regreso a la conversación.
—Me refiero a la lista de personas que escogieron creer que todo eso era verdad.
—¿Sabes? Lo que yo crea o lo que diga tu expediente policial, no importa. Solo lo hace la verdad.
La risa se me escapa debido a la ironía de su frase.
—¡¿La verdad?! Eso no le importa una mierda a nadie, ¡A NA-DIE!
—¡¡A mí sí!! —contesta cortante, alzando un poco la voz—. Y he venido a escucharla.
La observo durante un largo rato y ni titubea. Se mantiene estoica, mirándome fijamente mientras espera que hable.
—¿Acaso importa ya? —suspiro con resignación, bajando la mirada al suelo—. Nada puede eliminar lo que se redactó en el informe policial. Es como una enorme mancha en mi vida que jamás se borrará.
La mano de Lola alza mi barbilla cubierta por una barba de varios días y cuando veo las lágrimas derramarse por su rostro, no puedo evitar limpiarlas con el pulgar, sintiendo su dolor como mío.
—A mí sí me importa, Wil. Todo de ti me importa.
Acerca su rostro y descansa su frente sobre la mía.
Durante unos segundos o quizá minutos, nos respiramos.
Despacio, sin prisa. Me da mi tiempo, todo el que necesito para volver a ese día en el que la vida que creía perfecta se desvaneció, igual que lo hace la espuma de una ola tras rozar la orilla.
—Bianca fue… mi primer amor. Durante mucho tiempo creí que sería el único. La conocía de toda la vida, íbamos juntos al colegio y después al instituto. Los cuatro éramos inseparables.
—¿Cuatro? —Sonrío porque su impaciencia por saber todo ya me hace gracia.
—Damián, Bianca, Renata y yo. Mi hermana era más pequeña que nosotros, pero siempre cuidábamos de ella.
Correteaba siguiéndonos a todas partes hasta que llegó a la adolescencia.
Esa fue la etapa que nos cambió a todos.
Renata dejó de ser la niña que cuidábamos y pasó a convertirse en la mejor amiga de Bianca, eran inseparables.
Incluso hicieron un pacto de sangre. —Me río al recordarlo—.
Casi las mato cuando las vi a las dos con las manos unidas chorreando sangre.
Las muy brutas se cortaron con un cuchillo de pesca de mi padre y acabaron con las heridas infectadas.
Dos días de cama y fiebre les costó. Mi hermana dijo que era fruto de la magia de las sirenas.
Que ellas eran almas gemelas y el destino las había unido.
Lo que en ese momento no sabía es que, de algún modo, el destino a mí también me había unido a Bianca.
No recuerdo cuál fue el día en el que supe que la quería, hay veces que pienso que siempre fue así. Todo era tal y como debía ser.
»La vida en Teacapán era tranquila, no se necesitaba mucho para vivir.
La pesca era el sustento principal de la mayoría de las familias.
Un trabajo arduo, pero honorífico. Mi padre pasaba los días en el mar y a nosotros nos cuidaba una vecina que siempre nos contaba historias fascinantes sobre nuestra madre.
—Nunca me has hablado de ella —interrumpe susurrando, como si no pudiera evitarlo aun sabiendo que era mejor dejarme seguir hablando.
—Ella murió cuando Renata tenía tres años y yo cinco.
Tengo pocos recuerdos, pero los que tengo son muy vívidos, hay veces que, si cierro los ojos, casi puedo oírla cantar.
Tenía una voz preciosa. Lo que más prevalece en mi memoria es su rostro y creo que es porque mi padre tenía un pequeño altar en casa con varias fotos suyas y en donde encendía cada día una vela.
Enfermó muy rápido, la leucemia fue fulminante.
En cuestión de semanas, la mujer que solía cantar mientras cocinaba y tejía junto al ventanal desapareció.
Mi padre jamás lo superó. Nunca volvió a mirar a otra mujer, ni a sonreír como antes.
Desde entonces, el mar se convirtió en su única vía de escape.
Y nosotros... en lo único que lo mantenía a flote.
»Crecimos algo salvajes y un poco solos porque mi padre pasaba muchas horas en el mar.
A pronta edad tuve que hacerme cargo de mi hermana, aun así, éramos muy felices.
—Sonrío con nostalgia—. En cuanto acabamos el instituto, Damián y yo nos unimos a mi padre en el pesquero.
Llevaba toda la vida soñando con acompañarlo y poder navegar con él.
Deseaba aprender el oficio y que pudiera jubilarse pronto.
El mar es duro, se merecía acabar sus últimos años cumpliendo su sueño.
—¿Y cuál era? —Cuando pregunta, me doy cuenta de que me he quedado en silencio, enredado en los recuerdos.
—Mi padre —sonrío— siempre quiso pasar las tardes en la mecedora del porche escuchando su radio y viendo el mar ir y venir. Decía que deseaba estar en tierra, que ya había pasado demasiados años en el agua. Qué ironía de la vida, fue justo ahí donde se quedó para siempre.
—Después del naufragio, no… —Siento su angustia y la ayudo a acabar la frase.
—No, nunca encontraron su cuerpo, ni tampoco el de Bianca.
—Wil, lo siento mucho. —Sus manos se enredan con las mías y el simple tacto suaviza mi tristeza—. ¿Qué ocurrió?
—Se empeñó en venir. Le encantaba navegar con nosotros, decía que era más feliz sintiendo el mar bajo sus pies.
Y a ella nunca podías llevarle la contraria.
—Se me escapa una pequeña risilla—. Salimos al amanecer y mientras soltábamos amarras, mi padre sentenció el destino con sus palabras de marinero experto: « cuando el tono coral inicia el día, la tormenta despierta y se acerca» .
Le pedí a Bianca que se quedara con Renata, que no viniera.
El «no» no existía en su vocabulario y el miedo no formaba parte de su vida.
»Hablé con mi padre, el día anterior habíamos hecho una gran pesca y podíamos permitirnos no salir.
Miró el cielo y me dijo: saldremos y regresaremos antes de que la tormenta nos alcance.
—Me estremezco recordando ese momento como si fuera en este mismo instante y las palabras salen casi escupidas y cargadas de rabia—.
¡Jamás le perdonaré! —sentencio tratando de contener la furia que acrecienta en mi interior.
—Damián dijo lo mismo.
La miro sorprendido.
—Ese maldito cabrón no tiene derecho a estar enfadado —rujo furioso—. Bianca perdió su vida en aquella maldita tormenta por culpa de ellos.
El olor del mar inunda mis fosas nasales, casi puedo sentir el salitre arañando mi piel mientras es empujado con rudeza por el viento. El recuerdo es tan real… me azota con más fuerza que nunca:
—La tormenta se acerca, regresemos —le grito a mi padre desde popa para que se me escuche por encima del rugido del viento.
—Esperaremos un poco más.
—¡¿Qué?! Ni hablar.
Camino hacia el ancla en la proa, usando el molinete, empiezo a subirla, pero aparece Damián y me detiene sujetando mi brazo.
—Ya llegan —señala una lancha motora que se acercaba a toda velocidad.
—¡¡¿En serio?!! —Corro furioso hasta mi padre y le agarro de las solapas de la chaqueta—. Habíamos acordado que no volvería a ocurrir.
—Es la última vez, hijo. Ese dinero nos dará para jubilarnos todos.
—¿Todos? Yo no quiero dejar esto. Además, sabes bien que esa gente nunca tiene suficiente.
—¿Qué ocurre? —pregunta Bianca preocupada y el pánico se apodera de mí.
—Ve dentro.
—Pero…
—¡¡Bianca, entra dentro!! —Durante un momento me mira y puedo ver en sus ojos la necesidad de contradecirme—. Por favor, entra y enciérrate en el baño. Y pase lo que pase, no salgas.
Cuando trata de replicar, mi padre la sujeta del brazo y más serio que nunca le dice:
—Haz caso a Wil.
El respeto que le tiene la obliga a obedecer, desaparece justo antes de que la lancha se coloque junto al pesquero y nos lance un cabo para amarrar ambas embarcaciones.
—¡Vamos! —nos insta mi padre a Damián y a mí.
Durante un instante dudo, pero la verdad es que si les ayudo acabaremos antes, y cuanto antes entreguemos la puta mercancía, antes podremos regresar a tierra.
Damián empieza a abrir las cubetas, normalmente están llenas de hielo, pero hoy… solo contienen fardos de cocaína. Maldigo nada más verlas, siendo consciente de que hay varios kilos, demasiados.
Las primeras gotas gruesas golpean mi rostro con dureza y el mar comienza a agitarse como si supiera que estamos haciendo algo muy malo y hubiera decidido castigarnos por ello.
Las olas crecen en cuestión de segundos, alcanzando hasta cuatro metros, y antes de poder entregar la mitad del cargamento, ya estamos envueltos en una tormenta.
El ir y venir de las embarcaciones dificulta el trabajo.
Uno de los narcos extiende los brazos para alcanzar el paquete, pero el vaivén nos azota con fuerza y se nos resbala a ambos de las manos.
Ahí el caos se desata.
Uno de ellos desenfunda un arma y grita:
—¡Al agua! —Señala el mar con la pistola y después vuelve a apuntarme con ella.
—¿Qué? Ni de puta coña.
—¡Ey! ¡Ey! Haya calma. —Mi padre se interpone entre mi cuerpo y la trayectoria del revólver—. Yo iré.
—¡¡¡ESTÁS LOCO!!!
—Sigue ahí, está flotando —explica cogiendo un cabo y atándolo a su cintura—. Será un momento.
—¡No! Papá. —Le agarro del brazo cuando trata de saltar al mar—. Fue él el que no agarró bien el paquete.
—Wil. Sabes que eso no importa —susurra para que solo yo le escuche—. Hay que recuperarlo. Cuanto antes lo hagamos, antes se irán y antes podremos regresar a casa. —Su vista se desvía a la entrada de los camarotes y sé que está pensando en Bianca.
—Lo haré yo —sentencio.
—Hijo, tu valentía y tu coraje siempre serán tu mayor fortaleza. Pero hay cosas que solo un padre puede hacer, y esta es una de ellas. —Golpea mi hombro y añade—: Controla el cabo y tira de él con fuerza cuando alcance la mercancía.
—Papá… —Lo miro con angustia cuando una fuerte ola nos azota y casi lo hace caer.
—Lo supe, en ese preciso instante en el que nuestros ojos se encontraron, justo antes de que se lanzara al mar, y él también.
Fue como una especie de epifanía. Algo en mi interior, o quizá fue el rugido del mar, o la cara de mi padre…
puede que el conjunto de todo, no lo tengo claro, pero tuve la certeza de que esa sería la última conversación que iba a tener con él.