Capítulo 58
—Mendoza, tienes visita.
Mi compañero de celda —con el que no hablo nunca—, se levanta de la mesa de acero en la que estaba escribiendo en esa libreta que lleva siempre con él y se estira en su cama.
Dejo a un lado mi lectura, una muy desactualizada sobre navegación, pero que me ayuda a pasar las horas muertas, y junto las manos sobre la mesa.
El metal frío de las esposas envuelve mis muñecas ajustándose demasiado, no me quejo, solo me pongo en pie.
Es casi mediodía y el olor de la comida se cuela por las celdas, no es que evoque algo suculento, pero, al menos, palia el tufo rancio de la muchedumbre que habita este cementado lugar.
Ayer pasé por tercera vez, desde que regresé a este podrido sitio, por enfermería. El ciclo se repite. Como si mi vida pretendiera ser un bucle infinito de situaciones que me llevan siempre al mismo punto. Una y otra vez.
Es curioso, nos encierran para proteger al mundo de nosotros, pero aquí dentro nadie se preocupa de lo que ocurre entre los presos.
El maldito mudo que tengo como compañero de celda lleva solo un par de meses más que yo aquí y ya ha estado a punto de morir en dos ocasiones.
Lo cierto es que no tengo muy claro cómo ha conseguido seguir con vida.
¿Que por qué la han tomado con él? Ni lo sé, ni quiero saberlo.
¿Acaso importa? Qué más da. Solo sé que si me interpongo una vez más y vuelvo a inmiscuirme en sus asuntos para ayudarle a seguir respirando en este lugar que llamamos Tierra, el que dejará de habitarlo seré yo.
El problema es que me recuerda demasiado a mí la primera vez que estuve aquí, y no puedo evitar ayudarle.
Mi maldito complejo de salvador de desvalidos al final me llevará directo al infierno.
Una punzada me retuerce el estómago cuando pienso en ello, no por miedo de acabar en ese lugar, sino porque ella siempre supo que pertenecía a ese sitio, por eso me llamaba «El Diablo».
Recordarla es lo único que me está manteniendo cuerdo, sin embargo, soy consciente de que, si siguen pasando las semanas sin tener noticias suyas, el recuerdo será lo que acabe por destruirme. Igual que la vez anterior.
—Siéntate —me ordena el agente penitenciario empujándome con desprecio, como si fuera un trozo de carne maloliente y después se va, me deja solo en esta habitación de mesa de acero y silla incómoda.
Unos rayos de sol se cuelan por la ventana, pero está a tanta altura que entran rozando el techo. Añoro su calor.
Cuando pasas mucho tiempo en prisión, aprendes a aburrirte sin estar aburrido.
Puede parecer inconexo lo que digo, pero es tal cual.
Mi vista está mirando la pared gris y poco a poco se va emborronando y va dejando paso a otra visión, una que recrea mi imaginación.
Unos mechones platinos ondean al viento mientras, distraída, lee un libro sentada en la proa.
Sus pestañas rozan las mejillas sonrosadas por el sol cada vez que sus párpados se cierran rápido y una sonrisa se le forma de repente, porque ella es así.
Visceral. Cuando se sumerge en algún libro, pasa por todos los estados emocionales que puedas imaginar.
Verla leer es una de las cosas que más me fascina, juego a descubrir qué está sintiendo en cada una de las páginas y no puedo evitar que mi estómago se contraiga cuando sufre y mis labios se alcen cuando ríe.
El golpe de la puerta al cerrarse me saca de mi fantasía, o eso creo inicialmente.
Al girar la vista, no doy crédito, no estoy seguro de lo que ven mis ojos.
He de pestañear varias veces, al principio para comprobar que he vuelto al presente, y después para tratar de controlar a mis rebeldes lágrimas de emoción que parecen querer derramarse sin permiso.
—Lola… —susurro su nombre como si así pudiera verificar que es de verdad ella y no sigo en mi ilusión.
—Wil, ¿qué te han hecho? —solloza al verme, llevando ambas manos sobre su boca para ahogar el grito debido al impacto.
No quiero responderle, la verdad es más cruel de lo que se ve a simple vista.
Avanza titubeante directa hacia mí, pero el guardia la detiene.
—Señora, no pueden tocarse. Debe sentarse al otro lado de la mesa.
—¿Por qué? —pregunta en un tono afilado que jamás había escuchado en ella.
—Por su seguridad.
Lo mira un largo rato, después a mí, y vuelve a él. Cuando habla de nuevo, entiendo que mi pajarillo voló y ya no queda nada de él, ahora solo queda una leona feroz capaz de enfrentar a cualquiera.
—¡Váyase a la mierda! —Mis ojos se abren como platos y justo unos segundos después se cierran sin poder evitarlo debido al placer de sentir su cuerpo envolviendo el mío.
Inspiro con fuerza y su dulce olor despliega cientos de emociones, miles de sensaciones y recuerdos.
—Lola… —repito su nombre abrumado, sin ser capaz de decir nada más cuando se sienta sobre mí con sus piernas a cada lado de mi cuerpo, y ese es el momento justo en el que nos rompemos, los dos.
Lloramos en silencio mientras nos acunamos el uno al otro.
Las esposas no me permiten abrazarla, pero me aferro a un lado de su cintura y le ruego a ese Dios al que he vuelto a rezarle, que no me la quite, que, por favor, no vuelva a alejarla de mí.
Le suplico que me deje vivir… en paz. Y mi paz solo la hallaré si ella está a mi lado.
El tiempo es insustancial, no tiene valor ni poder sobre nosotros o al menos así lo siento durante el rato que pasamos respirándonos. No hay prisa, no hay límite.
—¿Quién te ha hecho esto, Wil? —Me mira con la tristeza de una mujer que ya poco le queda por ver en la vida.
Su mano algo temblorosa roza mi ceja y su suave tacto sobre los puntos de sutura escuece. Me mantengo estoico. Baja por el lateral de mi rostro y rodea la inflamación de la mejilla hasta llegar a mi labio partido.
—Creí que no volvería a verte, no al menos de verdad. —Aparece esa bonita arruguita que se forma en su entrecejo cuando no entiende algo y no puedo evitar sonreír levemente—. Leona, yo siempre te veré, aunque no estés. Eres mi razón de ser y vivir. Lola, te am…
—¡Basta! ¡Wil! —me interrumpe levantándose bruscamente de mi regazo con la confusión reflejada en su expresión.
Casi caigo al suelo porque estaba tan aferrado a ella que no he podido evitar seguirla, pero ha empujado mis manos para que la soltara justo antes de que perdiera del todo el equilibrio.
El agente penitenciario da un paso al frente cuando ve su inquietud, ella con un cortante «no» y extendiendo el brazo frente a él, lo detiene.
Se gira de nuevo hacia mí y su forma de mirarme no me frena, necesito decírselo, ya no quiero contenerme.
«Además, ¿y si hoy se marcha y no vuelve…?». No, no, no. No soportaría otra vez haberme dejado cosas por decir.
—Lola. Lo siento. Siento que haya tenido que ser de este modo, pero te amo mucho más por ello. —Sus ojos se llenan del brillo acuoso como preludio de las lágrimas—. Siento que estés sufriendo tanto, pero, Lola, todo te ha llevado a convertirte en la mujer que ahora tengo ante mí.
—¿Te refieres a la estúpida que se ha enamorado locamente de un traficante, un mafioso, un… asesino? —Sus manos se cierran en dos puños a los lados de su cuerpo debido a la contención que está haciendo para no desbordarse con todas las emociones que deben de estar transitando por su interior.
—En realidad hablo de una que retó al mar.
Una que no permitió que la engullera, ni a ella ni a mí.
Que luchó como una fiera contra olas tan grandes como torres.
Me refiero a esa mujer que creyó en un hombre roto y quebrado y se entregó a él sin miedo.
Estoy hablando de una leona que ha venido hasta uno de los lugares más podridos del planeta a ver a…
—trago con fuerza sintiendo el dolor en mis entrañas antes de ser capaz de verbalizarlo— a un asesino.
Y con una valentía inconmensurable se ha rendido a su propia verdad y ha sido capaz de dejar a un lado sus juicios para lanzarse a sus brazos. A mis brazos.
»Esa es la mujer en la que te has convertido, Lola. Y te amo aún más por ello.
El silencio nos acompaña con delicadeza, siendo conocedor de lo mucho que lo necesitamos ambos.
—He tardado más de un mes en venir a verte —susurra entre la duda, la incomprensión y el dolor.
—Pero ahora estás aquí.
—Quería borrarte de mi vida, de mi mente, de mi… corazón.
—Amor —al llamarla así, un sollozo se le escapa—, cuando dos almas se encuentran, ya no hay nada que pueda separarlas.
—¿Aunque una de esas almas pertenezca a un idiota del inframundo, frío, estúpido e insufrible?
Suelto una carcajada y ella sonríe entre lágrimas.
—Yo te prefería cuando no utilizabas palabrotas. —Ambos nos reímos.
—Ya ves, no soy tan perfecta. He cambiado «mecachis» por: mierda o joder o hostia. —Una fuerte risotada se me escapa.
Pero el instante se rompe, se volatiza como si solo hubiera sido algo fugaz, su rostro se contrae y su preciosa sonrisa desaparece. Entonces entiendo que ha llegado el momento que más he temido desde que la he visto aparecer por esa puerta.
—Wil, necesito saber la verdad. —Asiento con la cabeza siendo consciente de que así debe de ser, ya no hay más excusas, ni tiempo, es ahora.
—Está bien, Lola. Pero antes necesito saber una cosa… ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión y que finalmente hayas venido a verme?
—La única persona que tenía los argumentos para ello: Damián.