La Riqueza del Amor Capítulo 57
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Capítulo 57

Al bajar del coche, alzo la vista y, a pesar del sofocante calor, la piel se me eriza solo al leer el gran letrero azul con letras blancas: Establecimiento Penitenciario de Mediana Seguridad y Carcelario de Cartagena.

No me puedo creer que mi viaje a Colombia finalmente haya sido por aire en vez de por mar y para visitar lo único que no tenía en mi «Bitácora de Sueños» . Es increíble que, a pesar de todo, Damián lo rescatara del naufragio.

Siento los dedos ásperos, familiares y reconfortantes entrelazarse con los míos, su tacto me infunde la fuerza necesaria para retener las lágrimas.

—No quiero llorar más, papá —susurro alzando la vista para encontrarme con su rostro agotado.

Bajo sus ojos, los surcos morados contrastan con la palidez de su piel.

Su cabello está revuelto y hace días que no se afeita.

Verlo así me rompe aún más el corazón. Ese dichoso número del diablo solo me ha traído desgracia; empezando por más de un millón de euros —sí, es de lo peorcito que me ha pasado en la vida— y seguido de todo lo demás.

«¡El dinero no da la felicidad, pero ayuda!

». Pienso en esa mascada frase que la gente dice sin ningún conocimiento y siempre, siempre, cuando no tiene mucho dinero.

Porque si lo tienes, enseguida comprendes que la riqueza nunca te va a dar esa ansiada felicidad.

En realidad, yo nunca quise que me tocara el gordo de Navidad, solo fue un acto de rebeldía en un momento lamentable de mi vida.

Pero cada una de las acciones que cometemos tiene una repercusión inmediata, una o decenas.

Desde el principio te conté que yo soy de esas personas que, si la vida le da limones…

a mí me pilla bajo el limonero, sin paraguas…

y con un enjambre de abejas picoteando mi cuerpo.

Pues bien, ha llegado un punto que me da la sensación de estar atada al dichoso limonero y que no voy a poder salir nunca de debajo.

Suspiro con resignación y de manera inevitable recuerdo aquel día en Logroño, danzando de lado a lado por la calle Laurel más mareada que mis primeros días en El Diablo Vela .

Qué poco consciente era en ese momento de lo mucho que iba a cambiar mi vida con cada una de las decisiones que tomé esa tarde.

Spoiler : lo va a hacer muuucho más.

«Sin duda este año estás sembradita. ¿Sabes?

Solo te falta el gordo de Navidad». Las palabras de Taky resuenan dentro de mí cuando rodea mis hombros con su brazo.

No sé si fue lo que me dijo o ya había tomado la decisión, el caso es que compré todos los boletos con el número 00666 y firmé mi destino con el mismísimo Diablo.

—Todo saldrá bien —proclama Florencio al situarse junto a Taky.

«¡¡¿Qué narices hace aquí?!!». Grita mi cabeza por enésima vez sin atreverse a verbalizarlo.

Tratando de acallar el ruido —porque sí, estoy evitando hacer la pregunta, ya que no sé si estoy lista para la respuesta, no al menos en este fascinante momento de mi vida—, aparto los pensamientos y lo miro una vez más asombrada, todos lo hacemos.

Su postura regia no ha titubeado ni una sola vez desde que nos reencontramos en Deshaies.

Y eso provoca que llegue el siguiente pensamiento, que me golpea cuando le miro:

«¿Quién es este hombre y dónde está el Florencio paleto, pueblerino y en ocasiones insufrible que creció conmigo en Villavacas del Monte?».

Empieza a caminar con las manos dentro de los bolsillos y su barbilla alzada, como si la tierra que pisa tuviera que allanarse para facilitarle el paso.

Le seguimos en silencio, cual procesión tras la virgen —es curiosa la cantidad de procesiones que he llegado a recorrer en las últimas semanas—.

Papá y Taky no me sueltan, no sé si es para reconfortarme a mí o más bien porque ellos necesitan sentir que estamos todos juntos en este momento, pero sea lo que sea, me vale.

Y, sobre todo, me alegra que estén aquí.

Inicialmente, me negué a que mi padre viniera, ahora no sé qué haría sin él.

No puedo imaginar lo difícil que ha debido ser tomar la decisión de acompañarme.

Escoger entre el amor de tu vida y tu hija es, sin duda, complicado.

Insistí en que se quedara con mamá, pero fue rotundo:

—Los médicos cuidarán de ella, y yo de ti.

¿Qué puedes responder a eso?

Pues… nada.

Mi madre está pasando una de las peores crisis de su enfermedad; el viaje, el cambio de clima y de alimentación, y en especial los nervios, han sacudido su delicado cuerpo.

Todo estaba controlado, hasta que su única hija desapareció al otro lado del mundo, eso ha sido demasiado.

Un brote fuerte, dijeron los médicos. Uno que le ha paralizado medio cuerpo y que la ha dejado ingresada en un hospital a miles de kilómetros de su hogar.

La esclerosis múltiple es así, ataca al sistema nervioso autoinmune y cuando este decide fallar, no avisa.

Puede quitarte la vista, la fuerza, la sensibilidad o incluso las palabras.

Esta vez le ha robado el lado izquierdo, dejándolo prácticamente inservible.

Cuando fui a verla y la abracé, sentí que, a pesar de estar tan lejos de Villavacas del Monte, había vuelto a casa.

Pero ahí, entre sus brazos, comprendí la gravedad de su situación y saberlo, me ha dejado muy tocada, ha sembrado un dolor que parece haber arraigado raíces en mi pecho.

Todo es surrealista. Mi exprometido, el detonante de mi perturbación, el que decidió dar mucho amor al lechero, se ha convertido en la templanza que necesitamos todos.

No me he atrevido a preguntar por qué está aquí, y mucho menos he tenido tiempo de ponerme a pensar en las incomprensibles miradas de complicidad que comparte con Taky —recordemos que habían sido siempre archienemigos, y sí, lo he dicho en pasado—.

—¡Ay! —Tropiezo con una piedra del arenoso camino de entrada a la penitenciaría, una que se apartó para que pasara Florencio, pero que se colocó frente a mí para que casi cayera de bruces al suelo.

—¿Estás bien, hija? —Solo le faltaba eso a mi padre, tener que añadir una preocupación más.

—Sí, papá, solo ha sido otro tropiezo más.

«Solo otra cosita que añadir a la extensa lista».

Una lista de… llámalo eventos o situaciones incomprensibles e inauditas de mi vida.

En ella, además de todo lo mencionado, no podemos olvidarnos de añadir que me he enamorado perdida e irrevocablemente de un hombre con antecedentes que hubiera preferido no conocer y que además está en prisión por una lista de acusaciones tan larga como la mía de situaciones inverosímiles.

Así que, haciendo un resumen rápido de mi situación actual; mi madre está grave en el hospital, mi padre parece un ser que se sostiene en pie gracias a un milagro, Taky ha dejado de hablar y me tiene preocupadísima, sobre todo porque ha cambiado toda su verborrea habitual por miradas —que no voy a analizar en estos momentos— hacia Florencio, el receptor de dichas miraditas…

¡Bufff! No sé qué hace aquí. Y bueno, me he enamorado tanto del Diablo que he volado más de doce horas para venir a verlo a la prisión.

¡Todo bien, gracias, vida!

Al entrar, el aire se siente tan pesado que me cuesta hasta respirar.

Los pasos de todos resuenan desacompasados mientras avanzamos por un largo pasillo cementado de suelo a techo.

Al fondo, una única puerta de barrotes azules con dos agentes armados a cada lado.

Un calambre recorre mi cuerpo y la mano de mi padre se estrecha con la misma fuerza que se cierra el brazo de Taky sobre mis hombros.

Un pitido estridente hace que brinque sobresaltada. La puerta se abre y aparece.

—Lola. Está todo listo. Te está esperando —resuelve Vega, o como todos la llaman aquí: Licenciada Altamira.

«¿Siempre es tan absolutamente perfecta?

». Pienso al mirarla enfundada en su traje de dos piezas y su espalda recta.

Ni una arruga en su ropa, cada mechón de cabello rojizo colocado en perfectos tirabuzones, y un brillo en su piel tan inquietante que necesito mirar a mi alrededor para comprobar que no hay ningún foco para iluminarla.

Durante unos segundos, o quizá minutos, no digo nada.

Cada vez que veo a esta mujer me quedo, de algún modo que no acabo de comprender, atrapada en sus ojos esmeralda.

No es hasta que empuja sus abundantes rizos rojos hacia la espalda que no reacciono y vuelvo al presente siendo consciente de que por fin va a ocurrir, voy a ver a Wil.

Lleva entre rejas ya casi un mes esperando el dichoso juicio y no, no he venido a verle en todo este tiempo porque… no estaba preparada para mirar a los ojos al hombre que he descubierto que fue en su pasado.

Extorsión, contrabando, tráfico de estupefacientes y para acabar de rematar su informe policial, doble asesinato.

¡¡DOBLE!!

¡¡¡DO-BLE!!!

Terror, eso es lo que sentí cuando supe todos los motivos por los que pasó varios años en esta misma prisión que hoy piso.

Estaba decidido, iba a ayudarle a salir de aquí.

Y ahora dirás: ¡¿En serio?!

Pues sí, voy a hacerlo porque, sí, en su expediente hay una larga y espeluznante lista de motivos por los que la justicia ha decidido que esté entre rejas, sin embargo, todo eso ocurrió hace muchos años, ya cumplió condena por ello y no veo justo que deba volver a hacerlo.

Y con lo que ha ocurrido desde que me conoció…

Bueno, eso claramente fue un acto heroico.

Al menos para mí lo fue. Si es cierto que lo vi al menos matar a un hombre —solo de pensarlo se me eriza la piel—, pero lo hizo para rescatarme.

No creo que deba quedarse entre rejas por tratar de salvarme.

Y fue en ese punto cuando entró en el tablero de juego Vega Altamira.

No te vas a creer de dónde la saqué.

Atención, redoble de tambores.

Vega es ciudadana nacida, aunque para muchos olvidada, de Villavacas de Monte.

Así, como lo lees; nació en el pueblo. En la última casa de la calle principal, una pequeña y algo siniestra a la que todos los niños teníamos miedo no solo por su fachada, sino porque además siempre se dijo que en ella vivía una estirpe de brujas.

Al menos eso es lo que contaba Radio Cotilla.

El rumor era que varias generaciones de mujeres solteras habían nacido entre esas paredes.

Se explicaba que a ninguna se les conoció marido, novio o amante, sin embargo, seguían llegando niñas al linaje.

Seamos sinceros, estas cosas en los pueblos ocurren. La gente se aburre y se inventa historias. Aunque he de reconocer que siempre que la miro siento que algún poder oculto sí que tiene.

Sinceramente, yo ni me acordaba de ella, era una niña cuando, sin un adiós, ella y su madre desaparecieron de la noche a la mañana.

Un día despertamos y se había esfumado. Radio Cotilla estuvo especulando con el porqué y el adónde debían haber ido durante meses.

El caso es que mi mente simplemente la había borrado hasta que Florencio me habló de nuevo de ella.

Estaba sentada en la sala de espera del hospital, desesperada, llorando en un silencio íntimo, cuando se sentó a mi lado y abrazó mis hombros.

No me había tocado desde que nos habíamos encontrado de manera inesperada.

Mi corazón se detuvo por completo cuando detuvo a aquel agente de policía y solicitó…

el tiempo que necesitábamos para despedirnos Wil y yo.

La situación era tan loca e inverosímil que no fui consciente de todo lo que realmente estaba ocurriendo hasta que no pasó y me senté a reflexionar sobre ello.

Su tacto, lejos de molestarme, me reconfortó.

Dejé caer mi cabeza sobre su hombro y respiré su aroma, uno conocido que me ha acompañado toda la vida.

Florencio estuvo completamente desafortunado, pero creo que no fui justa con él.

Siento que actué de forma egoísta y solo pensé en mí.

No me detuve a pensar en qué podía haberle llevado a acostarse con el lechero.

Esa era una cuestión muy profunda. Tenía una conversación pendiente con él, así que abrí la boca con intención de tomar aire y ver si al soltarlo las palabras salían de ella con lucidez, pero Florencio se adelantó.

—Estás muy enamorada de ese hombre.

Lo sentenció. Nada de preguntas o dudas, fue una afirmación y yo asentí sin levantar la cabeza de su hombro.

—¿Crees que le condenarán?

Esa pregunta encerraba muchas más: ¿Qué es lo que hizo? ¿Se merece entrar en prisión? ¿Podría pasar el resto de su vida entre rejas?

Me mantuve en silencio, ahogándome en la realidad de la situación cuando él volvió a hablar y su nueva pregunta lo cambió todo.

—¿Quieres ayudarle? —Me apartó de su cuerpo para poder mirarme a los ojos—. Lola, si es así, puedes.

—¿Cómo?

—Con lo único que de verdad mueve el mundo y que a ti ahora mismo te sobra… dinero. —No le respondí, pero no hizo falta—. Sé quién puede ayudarnos. Vega Altamira.

Nada más escuchar su nombre, a mí vinieron las decenas de historias que se habían contado sobre ella, su familia y el porqué de sus cabellos rojos como las llamas de una hoguera.

—¿Vega? —fue la única pregunta que fui capaz de pronunciar.

—No preguntes por qué, no te lo voy a contar. Solo te diré que he seguido en contacto con ella todos estos años.

—¡¿En serio?! —Florencio se había convertido en una enorme caja de sorpresas inesperadas.

—Es abogada y te aseguro que muy buena. Estoy convencido de que ella puede ayudarte.

Y… acepté. A pies juntillas, sin dudas, porque no las había en su mirada. Respeté que no quisiera explicarme nada, solo asentí cuando dijo:

—¿Quieres que me ocupe de todo?

El primer encuentro con Vega fue extraño.

Nada más llegar, abrazó a Florens de un modo tan íntimo y durante tanto tiempo que pude sentir la incomodidad de todos.

Sin embargo, ellos parecían haber estado tocándose de ese modo cada día durante años.

Al separarse, me enfrentó, extendió su mano y con absoluta profesionalidad me saludó.

—Hola, Lola. Me alegra volver a verte. Tenemos mucho trabajo por delante, cuanto antes empecemos, mejor.

Nada de preguntas vacías o de esas que sueles hacer para quedar bien y que no te interesan lo más mínimo. Nada de «¿Qué tal la vida? ¿Qué haces ahora?». Había venido a ayudar a Wil y eso iba a hacer.

Sus honorarios… ni me los cuestioné, pagué el inicial sin titubear. ¿Para qué quería todos esos miles de euros si no los usaba con quien de verdad me importaba?

Vega ayudaría a Wil y después yo regresaría a España para no verle nunca más. Porque por mucho que lo amara, por muy enamorada que estuviera, mi mente ganaba siempre la batalla al amor.

¿Quién, en su sano juicio, estaría con un hombre que ha matado?

NA-DIE.

Pero entonces… Damián vino a verme y me rogó que le concediera una hora. Me suplicó que le escuchara y lo que me explicó, lo cambió todo.