Capítulo 56
Llevo dos días en este agujero de cemento y barrotes, uno muy parecido al lugar en el que viví varios años, a la espera de un juicio rápido que de rápido no está teniendo nada.
Ayer vino a verme un abogado de oficio y la cosa no pinta bien.
Con mis antecedentes, todo indica que voy a volver a prisión mucho más tiempo del que me esperaba.
Mi puta necesidad de venganza y justicia, una vez más, se ha vuelto contra mí.
Debí haber aprendido la lección la primera vez, pero nooo…
es mucho mejor dejarse llevar por el impulso y perder la cabeza por amor.
Siempre me pasa igual.
Estar aquí dentro te da tiempo para pensar, mucho.
Algo que puede parecer bueno, pero que en ocasiones puede llegar a destrozarte.
Hay cosas que están mejor en el olvido, hacen menos daño.
Pero la cabeza es caprichosa y la cantidad de similitudes actuales con las de un tiempo que se suponía que ya había dejado atrás han hecho que vuelva a recordarla, a pesar de que hacía mucho que no me lo permitía.
Cuando la vida me la arrebató, o mejor dicho el mar, me aferré a lo único que me quedaba de ella, lo hice con tanto desespero que casi me destruye.
Al principio creí que, si no la olvidaba, si la mantenía en mis pensamientos, de algún modo siempre seguiría viva, qué equivocado estaba.
Sostenerla lo único que consiguió fue que casi acabara muerto en varias ocasiones en aquel horrible lugar.
He surcado mares atravesando tormentas con olas tan altas que parecían rozar las negras nubes y nunca, jamás, he sentido tanto miedo como en mis primeros meses en el Establecimiento Penitenciario de Mediana Seguridad y Carcelario de Cartagena.
Casi puedo sentir en mi piel aquel calor tan sofocante que hacía que el sudor se escurriera por la espalda como un castigo constante, mezclándose con el hedor a metal oxidado, orina añeja y desesperanza.
Las paredes, descascaradas y grises, estaban cubiertas de escritos aleatorios, rezos a medias y amenazas completas.
Por las noches, los gritos se colaban por los barrotes como cuchillas afiladas, y el eco de los pasos de los guardias parecía anunciar siempre algo malo.
Dormía con un ojo abierto y los músculos tensos, como un animal salvaje atrapado en una jaula de cemento y mugre. Nadie preguntaba por qué habías entrado. La justicia era solo una palabra más que se perdía entre las rejas.
Me costó muchos golpes y otras tantas vejaciones entender que allí dentro no importaba si eras culpable o inocente. Importaba sobrevivir.
Cuando entendí eso, dejé de pensar en ella.
Me arrebataron su recuerdo literalmente a puñetazos y me enseñaron a la fuerza a no mostrar miedo, a caminar recto, aunque me temblaran las piernas y…
a no confiar en nadie. Cada mirada era un posible ataque, cada silencio, una amenaza.
En medio de ese infierno no había espacio para pensar en ella.
En su voz. En sus carcajadas. En ese lunar en la clavícula que solo yo había besado.
Así que la solté, la dejé ir como lo hace un náufrago con la tabla que lo mantiene a flote en mitad del mar y se resigna a su destino.
Porque prefería ahogarme entre aquellos barrotes que seguir a flote sin el oxígeno que ella me daba.
—Bianca. —Me doy el permiso de susurrar su nombre después de tantos años, sintiéndome confusamente bien al hacerlo.
Resulta paradójico que la última vez que lo mencioné también fue entre rejas.
Dejo que me envuelva el arrullo sibilante del sonido de las letras resonando en el inquietante silencio como si fuera un abrazo de despedida, uno que me robó el mar, y que jamás permití a mi mente disfrutar, aunque fuera en el subconsciente.
Un estado de catarsis, de liberación absoluta, de paz… me acoge. Puedo sentir cómo recorre mis extremidades con una placentera lentitud hasta llegar a mi pecho y justo ahí, se adentra, accede a esa parte de mi corazón que ha pertenecido y pertenecerá para siempre al primer amor de mi vida.
En este preciso instante lo entiendo, a Bianca me la arrebataron, pero… Lola sigue ahí fuera, viva.
Cierro los ojos e inspiro con fuerza, pensando en el olor dulce que se agita cuando la brisa sacude sus mechones rubios.
Su preciosa sonrisa, el sonido de su risa y el chispear de una mirada que tiene el color del mar Caribe.
Una sensación bonita que ya no recordaba me embarga y disfruto de ella con una sorprendente calma a pesar de estar a punto de perder mi libertad y la posibilidad de volver a su lado.
—¿Wilson Mendoza Santiago? —Una voz desconocida dice mi nombre completo y me saca a la fuerza del placentero lugar en el que estaba.
Al abrir los ojos me encuentro con una imagen totalmente inesperada.
Al otro lado de los barrotes me observa una mujer esbelta y con ínfulas arrogantes, enfundada en un traje de dos piezas negro, conjuntado con una camisa verde esmeralda que parece creada para combinar con el iris de sus ojos.
El cabello rojo cae por un lateral en bucles perfectos hasta la cintura y contrasta con una piel pálida que cobra algo de color debido a la cantidad de pecas que la cubren.
Su postura es relajada, descansando sobre uno de los tacones, con una mano en el bolsillo y la otra sujetando un maletín de piel.
Mantiene el silencio como si fuera consciente de que verla requiere de un tiempo.
Me mira detenidamente y, al terminar su análisis, se gira hacia el agente que custodia los calabozos.
El simple gesto de cabeza da a entender su petición y el policía, casi como si estuviera envuelto en un embrujo, saca las llaves de su bolsillo y abre mi celda.
—Señor Mendoza. —Da cuatro pasos firmes y se detiene delante de mí extendiendo su mano—. Soy Vega Altamira, su abogada.
Al incorporarme, limpio mi mano sobre la camiseta, sintiendo que estrechar la suya sin haberme dado unas diez enjabonadas es mucho más penal que todo lo que he hecho en los últimos días.
—Un placer, licenciada Altamira, pero creo que ha habido un error. Ya vino ayer mi abogado de oficio, supongo que la administración no registró su visita y por eso la han hecho venir.
—Señor Mendoza. Mi presencia aquí es totalmente lícita. La señorita Flores contrató mis servicios, vengo a sacarlo de este lugar.
—¡¿Qué?! —El estupor me deja mudo.
«¿Está hablando de mi Lola?». Un calorcito se instala en mi pecho al pensar en ella, pero rápido me doy cuenta de lo que esto significa. Me niego. No quiero que nadie cargue con el peso de mi absolución.
—No, no, no. Gracias, muchas gracias, pero no la necesito, ya tengo…
—Sí me necesita —me interrumpe cortante—. Está acusado de extorsión, secuestro, agresión a varios agentes de la ley, uso indebido de armas de fuego, tráfico de drogas…
—Yo no he traficado con…
—¡Ah! Eso —me interrumpe—, casi se me olvida, debe de ser porque es una nimiedad —puedo sentir la ironía de sus palabras como si fuera un latigazo partiendo mi piel—. Ayer determinaron que sumarán a su extensa lista de acusaciones: asesinato.
Mudo. Así me quedo. Intento disociar todo lo que acaba de decir mientras trato de mantenerme estoico ante la mirada afilada que me atraviesa sin dejar de retarme.
—Eee… Yo… Damián… él ha muer…
—¡No! —me corta veloz—. Al señor Duarte solo le ha dejado cojo y por un tiempo determinado.
La bala atravesó su muslo de forma limpia, causando algunos daños en los tejidos, nada excesivamente grave en lo que refiere a su salud.
La acusación viene dada porque han hallado dos muertos con pasamontañas en distintas islas del arrecife en el que se encontraba la que tú y Lola habitasteis durante varios días.
Las balas extraídas coinciden con las que encontraron en el arma que había en la cabaña del islote.
Suspiro con un alivio enorme, algo que me sorprende, porque cuando disparé a Damián deseaba acabar con su vida. Pero sé que eso destrozaría a Lola y, por consiguiente, a mí.
Altamira continúa hablando.
—En lo que sí ha repercutido su incontrolada actuación, con respecto a su marinero, es en su expediente, al que se ha añadido que disparó a un civil con alevosía. ¿Le gusta coleccionar diversidad de cargos en su ficha policial o es simplemente un descontrolado impulsivo?
Ruedo los ojos y no me molesto en responder. El silencio llena el espacio mientras me siento en el banco de cemento que hay en la pared, cuando alzo la vista, ella retoma la conversación sin hacer alusión a su pregunta.
—Bien. Ahora que ha quedado claro lo mucho que me necesita, acompáñeme. No he viajado desde España a todo correr para estar en este mugriento lugar perdiendo el tiempo.
Se da la vuelta llevando su mano de nuevo al bolsillo y sale de la celda haciendo resonar sus tacones.
El agente, del que me había olvidado, extiende las esposas para ajustarlas a mis muñecas y, sin atreverme a decir nada más, sigo los rizos rojizos que rebotan como muelles con el avanzar de mi nueva abogada.