La Riqueza del Amor Capítulo 55
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Capítulo 55

El golpe seco me roba el aliento. La espalda cruje en varios puntos; las costillas se resienten cuando el cuerpo de Lola rebota sobre el mío.

El sonido del rifle al dispararse parece extenderse, como si el eco lo acogiera y no deseara soltarlo.

Sus delgados brazos me envuelven. Su energía me recorre entero…

mi sirena, mi leona está llorando desolada, suplicándome que no mate a Damián.

—Si de verdad nos traicionó, la vida ya se encargará de su destino.

Entre sollozos me ruega que me detenga y cuando llega su confesión, todo toma otra trayectoria. El mundo entero se detiene a escucharla:

—Mi vida sin ti ya no tiene sentido, Wil. Te amo. Te amo…

El fuego del rencor y la rabia no deja de arder, pero ahora ya no quema, sino que calienta. Es como si me abrazara, nos envuelve a ambos y nos anuda, colmándome de un amor tan grande que casi no puedo ni sostenerlo.

Mi mano se abre para soltar el rifle y rodeo el cuerpo de Lola, aunque el abrazo solo dura unos pocos segundos, los que tardan los agentes en arrebatármela.

—Lola…

—¡¡Wil!! —dice mi nombre estrangulado cuando uno de los policías me propina un puntapié en la herida de bala y el dolor me hace doblarme en el suelo—. ¡¡Basta!! Eso no es legal, no podéis pegarleee…

Verla sufrir tanto, llorando totalmente quebrada, me retuerce las entrañas y me da una renovada fuerza.

Mi instinto de protección con Lola alcanza unas cotas incalculables.

Sin pensarlo, en cuanto el agente me pone de pie, llevo mi cabeza con fuerza hacia atrás, propinándole un buen golpe que le hace crujir la nariz, y corro hasta ella.

Al alcanzarla, se desestabiliza y he de sujetarla para que no caiga.

Cubro su rostro con ambas manos, pero antes de poder besarla, un brazo rodea mi cuerpo.

Es en ese momento cuando una voz atronadora lo detiene todo.

—¡¡Esperad!!

La mano de un hombre sujeta el brazo que intentaba separarme de Lola, al mirar de reojo, reconozco al policía al que hace un momento he golpeado, no deja de sangrar por la nariz.

El resto de los agentes ha formado un círculo a nuestro alrededor y me apuntan con el arma.

Miro al insensato que ha frenado con su mano sobre el uniforme al policía que trata de controlar la hemorragia a la vez que intenta esposarme.

No tengo ni idea de quién es y de por qué está aquí.

Nada tiene sentido, no puedo comprender qué llevaría a un hombre a cometer un acto de casi suicidio por nosotros, pero entonces Lola dice su nombre:

—¿Florencio?

Al escucharlo, mis ojos se abren sorpresivos.

—Dejad que se despidan. Solo quieren eso —pide al policía sin mirarla a ella, ni siquiera a mí.

Su voz áspera y cargada de templanza parece llenar el espacio de una transitoria calma. Ante mi estupor, todos dan un paso atrás y, sin dejar de apuntarme con el arma, el agente concede:

—Solo un minuto.

Lola sigue con los ojos clavados en su exprometido y no es para menos. Ella nunca me habló de él, pero sí a Damián. Evidentemente, un nombre como ese no se olvida fácilmente y tampoco la historia que hay detrás del idiota que la dejó escapar.

—Leona —se gira al instante hacia mí—, deberías dejar de salvarme. —Le sonrío, pero no soy correspondido—. Va a salir todo bien.

—¿Bien? —solloza mientras trato con los pulgares de limpiar el río de lágrimas.

—No soporto verte sufrir, Lola, y te prometo que cuando consiga salir de esta, mi vida solo tendrá una razón. Hacerte feliz.

Acerco mi boca y, en cuanto rozan la suya, una explosión de mil emociones me recorre. Vibra por todo mi cuerpo a la vez que nuestros labios se acarician con ternura.

—Lola. —Me separo y sus preciosos ojos del color del mar Caribe me atrapan igual que el primer día que los miré—. Eres tú. El todo. Mi leyenda hecha realidad. Mi alma encontrada. Mi precioso, divertido, inestable —sonreímos los dos—, e irrevocable lugar en el mundo. Te amo.

—Te amo, Wil.

Vuelvo a besarla, un beso que me sabe a poco porque me la arrebatan de los brazos sin permiso previo.

Ninguno de los dos nos resistimos al nuevo destino impuesto.

Aceptamos con resignación la distancia que los agentes interponen entre nosotros.

Vuelven a esposarme las manos a la espalda, esta vez sin violencia.

Es como si el amor que nos profesamos Lola y yo hubiera bañado el lugar por completo con una suave ola que ha acariciado a todos, empapándolos de la bonita sensación que deja el cariño, el amor verdadero.

Camino acompañado del agente que me direcciona hacia el coche y uno más que me custodia.

Todo está en una nueva calma, aunque eso no significa que se fíen de mí.

Justo antes de pasar al asiento de atrás, alzo la vista.

Encuentro rápido a la persona que busco.

Un hombre de cabello oscuro y engominado, bien vestido, con aspecto regio y manos en los bolsillos me mantiene la mirada.

—Gracias —le hablo a Florencio, él me responde con un gesto de cabeza y entro en el vehículo sabiendo que, mientras yo no esté, él cuidará de ella.

Un chico más joven, de cabello azul y muy despeinado, se le acerca, al mirarlo, su gesto cambia por completo. Se relaja, creo atisbar incluso una pequeña sonrisa, que solo unos segundos después se expande cuando el curioso y colorido chico le abraza.

El ruido del motor es el preludio de mi próximo destino.

Apresurado, la busco y siento paz al verla acogida en el cuerpo de su padre.

Él con dulzura acaricia su pelo a la vez que besa su frente.

Nuestros ojos conectan para volver a hablarse en ese idioma tan nuestro, el del silencio lleno de verdad.

Y sin palabras le prometo que, a pesar de no tener claro cuándo ni cómo, voy a salir de esta. Voy a volver a ella, aunque eso me cueste faltar a mis promesas mil veces más.

La pierdo de vista al doblar la esquina y hago un rápido repaso; se suponía que nunca más volvería a prisión y voy de camino hacia allí otra vez.

Ahí está una de las promesas que me hice a mí mismo el día que por fin me soltaron y que ya se ha ido al traste.

La segunda, que era más inquebrantable; no volver a enamorarme.

No puedo evitar soltar una sonrisa dejando caer la cabeza en el asiento del coche cuando la realidad me sacude como un remolino huracanado y la evidencia se constata:

«Nada me había preparado para que Lola Flores del Campo, literalmente, tropezara con mi vida».