La Riqueza del Amor Capítulo 53
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Capítulo 53

Es verlo y sentir cómo la llama de la furia prende en mi interior.

Una que lleva dormida muchos años. Mantenida por pequeñas ascuas que, aunque nunca han llegado a apagarse, llevan mucho tiempo atenuadas.

Y solo han necesitado una pequeña chispa para estallar en el mayor incendio que ha recorrido mi cuerpo.

Inspiro llenando mis pulmones de una templanza que me cuesta un horror encontrar, sin embargo, ahora mismo la necesito más que nunca.

Observo a Lola, está asustada. Desearía poder calmar su malestar, abrazarla con fuerza y besar esos carnosos labios despacio para explicarle sin palabras que todo va a salir bien.

Aunque no tengo muy claro si realmente será así.

El agente que tengo sentado a mi lado empuña el arma concentrado, alerta, listo para accionar el gatillo en cualquier momento.

«No tengo miedo».

Voy a hacerlo y asumiré todas las consecuencias que esta acción traiga.

Lo busco de nuevo fuera y verlo es como echar gasolina a la hoguera.

Nos zarandeamos dentro del helicóptero cuando toca tierra y sé que ha llegado el momento.

Lola me mira y niega sutilmente con la cabeza, una vez más me abruma la capacidad que tiene para descubrir lo que se cuece en mi mente.

Le sostengo la mirada y puedo ver cómo su rostro se contrae de preocupación.

Sus ojos del color del mar Caribe parecen estar en una tormenta.

Deseo calmarla, pero soy consciente de que no es posible, así que aparto la vista para que no me perturbe y la llevo hasta mi objetivo.

«Voy a hacerlo».

El policía que me ha acompañado sentado a mi lado se levanta y me apunta con el rifle.

Está a menos de un metro de distancia. Dos más ya están en tierra para custodiar a Lola, el tercero, tras ayudarla a bajar, regresa con las llaves.

Me han esposado a una argolla en el lateral, como si fuera ganado.

Lo que ellos no saben es que yo no soy ningún corderito.

El primer clic que anuncia que la esposa de mi mano derecha ha quedado suelta me activa.

Estiro el brazo y clavo mi pulgar en el ojo del policía que tengo delante, mientras que, a su vez, levanto la pierna y de una patada hago que el cañón del rifle enfoque hacia el techo, evitando que el disparo me alcance.

De un rodillazo, doblo el cuerpo del agente que lloriquea con ambas manos en su cara y rápido llevo las mías al arma del otro.

La hago girar y, como no la suelta —nunca lo hacen—, su muñeca cruje.

Antes de que se termine su alarido, golpeo con mi cabeza la suya y me adueño del rifle.

Corro hacia la puerta sabiendo que lo que voy a hacer me costará muy caro, sin embargo, no hay opción. Salto a tierra y…

Apunto a Lola con el rifle.

—Si os acercáis, será su último aliento.

La consternación de todos me hace medio sonreír. Era justo el objetivo.

—¡¡Todas las armas al suelooo…!! —grito con furia—. ¡¡AHORA!! O disparo.

Mientras exijo, avanzo hacia Lola, que me mira como si acabara de ver a un monstruo resurgir del inframundo.

Al llegar a su altura, sin dejar de apuntarla, mientras ella se mantiene inmóvil, confusa, la rodeo.

No se mueve, permanece con los brazos a ambos lados de su cuerpo en una postura rígida.

Rodeo su cuello y pego su cuerpo al mío.

Casi flaqueo al sentir el calor que desprende su piel.

Necesito reunir todas mis fuerzas para no doblegarme y cerrar los ojos debido al placer que siento cuando la tengo cerca de mí.

Todos están expectantes, con las manos en alto. Hay preocupación en sus rostros, en todos menos en uno.

Acerco mis labios al cuello de Lola y en un susurro íntimo, que solo vamos a compartir ella y yo le digo:

—Te amo. Pase lo que pase, siempre te amaré, mi sirena.

Su cuerpo se relaja al instante, el tiempo justo que tardo en apretar el gatillo.