Capítulo 52
—¡¡Aquííí…!! ¡Estamos aquí! —grito emocionada sin dejar de saltar como una loca mientras agito los brazos en la orilla.
De repente no veo nada, es ahí cuando me doy cuenta de que Wil ha colado un vestido por encima de mi cabeza.
—Con ropa mejor. —Me guiña el ojo cuando me coloca bien la prenda y ambos nos reímos.
Solo un instante después estamos los dos saltando como canguritos alegres. El helicóptero vira para tomar la trayectoria directa que le lleva directo a nosotros y compartimos la felicidad entre risas y abrazos al ver cómo se acerca a la playa.
Wil sostiene con fuerza mi mano mientras aterriza.
Las hélices levantan una tormenta de arena que nos obliga a volvernos y oculto el rostro en su pecho mientras sus brazos me envuelven para protegerme.
Estoy muy feliz, la alegría me hace derramar lágrimas que se escurren por mis mejillas alzadas gracias a una sonrisa enorme.
Pero… la emoción dura muy poco.
La arena parece asentarse de nuevo y el turbador sonido de las hélices aminora. Cuando me giro, entiendo que nada está yendo como esperaba.
Cuatro agentes armados vienen hacia nosotros empuñando sus armas. Wil, con un gesto rápido, me coloca detrás de su cuerpo para ocultarme.
—¡Manos arriba!
—¡¡Manos arribaaa!! —vocea otro.
Sin dudarlo, les hacemos caso. Todo es un sinsentido que se hace aún mayor cuando uno de los agentes se acerca mucho más y, apuntando el pecho de Wil, añade:
—¡Aléjate de la chica!
—¡¿Qué?! Wil, no… —ruego cuando trata de separarse de mí.
Se gira y sus grandes manos cubren mi rostro ahora consternado. Mi cuerpo ha empezado a temblar cargado de nervios. No entiendo nada.
—Lola, todo saldrá bien.
Los policías gritan más fuerte pidiendo que se aleje de mí.
—¿Pero qué…?
—Pase lo que pase, estaré bien.
Escuchar esa afirmación, lo único que consigue es ratificar que nada de lo que venga después de este instante estará bien. Lo siento, lo leo en su mirada. Wil está preocupado y eso me llena de terror.
Sin miramientos lo arrancan de mis brazos antes de que sus labios puedan tocar los míos y entro en pánico.
—¡Bastaaa…! ¡Le hacéis daño! Está herido. ¡¡Por favor, parad!! —chillo desesperada cuando lo lanzan al suelo como si fuera un despojo.
Uno de los agentes coloca una rodilla sobre sus piernas para inmovilizarlo y el dolor sale de su cuerpo en forma de alarido estrangulado.
Mientras tanto, otro lo esposa sin prestar atención a mis súplicas.
Intento acercarme para detener esta brutalidad, pero unas robustas manos me retienen sujetando mis brazos.
Forcejeo un poco, sin embargo, me rindo con facilidad, siendo totalmente consciente de que no escaparé.
Todo pasa rápido, aun así, no es menos turbador.
—Queda detenido por extorsión y secuestro. Todo lo que diga podrá ser usado en su contra en un tribunal de justicia —declara uno de los policías mientras termina de ajustar las esposas.
—Tiene derecho a guardar silencio. Tiene derecho a un abogado. Si no puede pagarlo, se le asignará uno de oficio —añade el otro, con tono mecánico, como si no tuviera bajo su rodilla a una persona.
—¡Pero es inocente! ¡Él me salvó! ¡No ha hecho nada! —grito, intentando de nuevo zafarme de los brazos del hombre que me retiene con firmeza.
Wil no responde. Solo me mira. Una mirada llena de palabras calladas. Culpa, dolor… ¿despedida?
Su rostro, sudado y pálido, apenas logra mantener la expresión serena que intenta regalarme. Sus ojos, en cambio, están rotos.
—No te preocupes por mí, Leona —musita antes de que lo levanten a la fuerza.
Sumergida en el estupor que todo esto me está causando, un nuevo ruido llama mi atención. Forcejeo para girarme y el agente accede. Es una lancha cruzando el mar a toda velocidad.
—No puede ser… —sollozo perdiendo la fuerza de las piernas.
Puedo sentir cómo mis rodillas tocan el suelo y las rudas manos que me sostenían poco a poco me sueltan.
—¡Lola! ¡¡Lola!! —alza la voz Wil con preocupación.
No le miro, no puedo. Ahora mismo mis ojos están en un único lugar, o, mejor dicho, en dos únicas personas. La embarcación entra en la playa y es la arena la que consigue detenerla. Antes de que se inmovilice del todo, ya han saltado y están corriendo hacia mí.
—¡¡Hija!! —gime mi padre cuando cae delante de mí y rodea mi cuerpo en un abrazo que siento como la curación a todo.
Justo detrás, llega Taky. Literalmente, choca con nuestros cuerpos y nos rodea a ambos. Lloramos juntos mientras inspiro una y otra vez para impregnarme del olor más cálido, el de mi hogar, el de ellos.
***
No dejo de mirar a Wil, está raro, no me mira y parece perdido en algún lugar extraño. Recibimos asistencia médica y revisan nuestras constantes. Desde la camilla en la que estoy sentada no puedo evitar llevar mi vista una y otra vez hacia él. Mi padre y Taky lloran en silencio a mi lado.
—Estoy bien —afirmo para calmarlos.
—Lo sé, cariño. —Me abraza de nuevo—. El que no lo está soy yo. Pero lo estaré. Es solo que ha sido aterrador, creímos que…
—En realidad estás hecha un cromo. Estás al nivel de protagonizar la niña del exorcista parte dos.
—¡Taky!
—A ver, Manuel, tampoco hace falta engañarla. Mírala, en cualquier momento sale una zarigüeya de su cabeza. Parece que ha estado retozando en vez de tratando de sobrevivir a un naufragio.
Llevo las manos a mi pelo y, al notar los nudos del tamaño de las rastas de Bob Marley, me doy cuenta de que mi pelo grita a los cuatro vientos: ¡¡Adiós, virginidad!!
La mirada que mi querido «mierda» me lanza es clara: «Sé que te lo has montado con el capitán macizorro del inframundo, Diabla».
—Pues yo la veo tan preciosa como siempre. Dios mío, hija, pensé que… —Mi padre me abraza otra vez y sonrío, olvidando por completo mi pelo.
«No mi despedida a la castidad».
—Papá, ya estamos juntos —lo interrumpo para ahorrarle acabar una frase que sé le desgarrará una vez más por dentro.
—Me alegra haber hecho caso a Flore…
—¡Ya te lo dije! ¡Estaba viva! —interrumpe exaltado Taky.
Se miran durante unos segundos y el ambiente se enrarece.
—¿Va todo bien?
—Pues claro, estupendamente.
—Taky, estás un poco raro. ¿Qué ocurre? ¿Hay algo de mamá que no me habéis explicado?
—¿Quééé? Nooo… todo está bien. Ya te hemos contado que tu madre está estable. Si no fuera así no la habríamos dejado con… con los médicos.
—La verdad es que es increíble que os hayan dejado participar en la búsqueda.
—Hemos tenido ayuda. —Sonríe mi padre y después besa mi cabeza.
—Manuel… —susurra Taky agarrándole del brazo.
—Lola, Damián está en el hospital deseando veros.
—¿Has dicho Damián? ¡¿Está vivo?!
—Sí, lo encontraron hace un par de días. Él y… un amigo, movieron hilos y consiguieron que nos dejaran estar en la lancha durante la búsqueda. Damián siempre ha sabido que estabais vivos.
«Si siempre lo ha sabido… ¿es porque en realidad siempre supo dónde estábamos?». La sensación de traición crea una mezcla de rabia y dolor que se enreda en mi estómago, empieza a subir por mi garganta y queda atorada en mi boca antes de estallar cuando el sanitario interrumpe la conversación.
—Lola, esa fruta que comiste te ha salvado la vida, a ti y a él —señala a Wil colgando de nuevo el estetoscopio en su cuello—. Eres la náufraga más valiente que he conocido. Es admirable que hayas salvado la vida de ambos.
Dejo a un lado a Damián, ahora no sirve de nada darle vueltas a eso, cuando llegue el momento, ya lo enfrentaré.
—En realidad, todo ha sido gracias a él —respondo y todos arrugan el ceño al escucharme.
Saben que Wil ha estado durmiendo muchos días y yo lo he cuidado.
Solo hace un momento que he acabado de narrar, muy por encima, lo que he vivido desde que el mar trató de tragarme—.
No habría podido soportar esto sola. ¿Sabes?
He entendido que todo náufrago necesita un Wilson, Tom Hanks en forma de pelota de voleibol y yo en formato bello durmiente.
El médico empieza a reírse y justo detrás le siguen Taky y mi padre. Al final, sin poder evitarlo, me río yo también. Cuando miro a Wil mi corazón se calma al verlo sonreír y negar divertido con la cabeza.
—¿La señorita Flores está en condiciones de volar? —pregunta uno de los agentes al acercarse.
—Pues, aunque algo débil, por lo demás está perfecta.
—Entonces, regresemos.
Camino sin dejar de observar a Wil que avanza delante de mí.
Sus manos esposadas cuelgan detrás de la espalda, rendidas, y la pierna del balazo la arrastra por la arena a cada paso.
Lleva puesto solo el pantalón con el que llegó aquí.
Es curioso cómo se deteriora el cuerpo en pocos días, su espalda sigue siendo igual de ancha, pero ha perdido mucha musculatura, está muy delgado.
Me ayudan a subir al helicóptero y tomo asiento en el lugar que me indican. Justo delante hay un sitio libre, mi esperanza se va al traste cuando es el policía quién toma el lugar. A Wil lo sientan al fondo, custodiado por un agente que empuña su rifle con seguridad.
Sus labios se mueven y puedo leer perfectamente un: «Todo saldrá bien».
«¿Lo hará?». Pienso con un nudo en el estómago. Las leyes en este país son muy distintas a las de España y, aunque él no me secuestró, si mató al menos un hombre y disparó contra otros.
«¿Ellos saben lo que ocurrió en el pesquero? Si es así, es porque… ella, la Villana, ¿sigue viva?»
Mi cabeza está envuelta en pensamientos que me llevan de una emoción a otra.
—Parece que la vida se empeña en que tengas fortuna —expresa el sanitario que me ha atendido cuando toma asiento a mi lado.
—¿Fortuna?
—¿Primero te hiciste millonaria de la noche a la mañana y ahora, sobrevives a un naufragio? Chica, lo tuyo es suerte, sin duda.
Justo en ese momento los motores se encienden y el ruido ensordecedor me da la excusa perfecta para no responder a un comentario tan… absurdo. Hacerme rica solo me ha traído problemas. Si volviera atrás en el tiempo, nunca compraría ese estúpido número de lotería.
«Si así fuera, nunca le habrías conocido». Mis pensamientos me sacuden tan fuerte que siento como si centrifugaran mi cabeza.
Es curiosa la vida. Dicen que te da y te quita.
Aunque no tengo muy claro si todo lo que me ha dado compensa lo que me está quitando.
Me entregó una familia maravillosa, pero le arrebató la salud a mi madre.
Hizo que comprara un número que me hizo rica, pero Damián me traicionó y acabé secuestrada y aterrada.
Trajo hasta mí un salvador, pero sacudió el mar hasta que me tragó.
Invitó a las sirenas a salvarme, pero me dejó tirada en una isla desierta.
Dejó que descubriera el amor más real, y ahora… trata de arrebatármelo.
Aparto la mirada de Wil cuando las primeras lágrimas templan mi rostro.
De golpe, un agotamiento extremo me invade.
Dejo descansar la cabeza en el cristal y llevo la vista hacia la playa, papá y Taky sonríen contentos, agitando sus manos desde la arena.
Levanto la mía y les lanzo un beso, conteniendo el nudo de mi garganta por tener que alejarme de ellos de nuevo.
Sé que voy a verlos en breve, que regresarán en la lancha y nos encontraremos en solo un ratito, sin embargo, volver a separarme de ellos es como si me estuvieran arrancando un brazo.
Cuando llevo mi vista de nuevo al fondo del helicóptero, la angustia crece estrangulando mi cuello.
Hace nada deseaba salir de ese peñote en mitad del mar Caribe, pero ahora me doy cuenta de que voy volando hacia mi peor pesadilla.
Dos de las personas más importantes de mi vida están en serios problemas y no sé cómo voy a poder solucionarlo todo.
Mi madre ha tenido un brote grave y está ingresada.
Cuando he preguntado por ella, papá no ha dudado en contarme la verdad, si hubiera tratado de esconderla, lo habría sabido al momento, nunca fue un hombre que se le diera bien mentir.
Eso tiene sus pros y sus contras. Jamás trataría de engañarme, pero en contrapartida, la verdad muchas veces duele, asusta. En este caso es la segunda opción.
Por otro lado, está Wil. No sé bien de qué le acusan, pero no voy a permitir que vuelva a la cárcel…
otra vez. Y no, no tengo ni idea de porqué fue en la primera ocasión, quizá lo mejor sería que nunca lo supiera.
Lo que está claro es que, fuera quién fuera el hombre que cumplió condena, ya nada tiene que ver con el que es ahora.
¿O sí?