Capítulo 51
—No podemos seguir así.
—¿Así cómo? —pregunta con una sonrisa preciosa que me arranca un suspiro.
—Pues… desnudos, enredados, entre besos… Como si fuéramos Adán y Eva en el paraíso. Si es que solo nos faltan la serpiente y la manzana.
Wil se ríe, se coloca encima de mí y su dureza, gruesa y enloquecedora, me hace gemir cuando se cuela en mi interior.
Y ya no recuerdo quiénes eran esos de los que hablaba.
Tampoco que es muy probable que en cualquier momento salga de la maleza una serpiente.
Solo alzo mis caderas en un acto de desesperada búsqueda por sentirlo mucho más profundo.
—Leona, tu cuerpo dice todo lo contrario a tus palabras. Yo podría seguir así el resto de mis días.
—Valeee… yo también.
Los dos rompemos en una carcajada que pronto se convierte en jadeos y, una vez más, me hace el amor en esta isla desierta. Colma mi rostro de besos al mismo ritmo que sus caderas me hacen perder la razón, de nuevo consigue que olvide que seguimos aquí, perdidos en algún punto del mar Caribe.
Vivimos desde ayer desnudos, entre caricias, besos y orgasmos.
Nunca imaginé que mi cuerpo pudiera llegar a sentir de este modo.
A ratitos hemos comido algo de la fruta que recogí en los días que estuve sola y casi pierdo el juicio.
En realidad, tenemos un arsenal de víveres, porque solo hacía dos cosas, recolectar y barrer la playa.
¡Ah!, e insultar a Wil todo el tiempo porque estaba arrebatador hasta dormido.
—No deseo parar nunca —gime en mi oído esta vez sin risas.
Mi trasero se alza para ir en busca de su cuerpo, el gesto lo espolea y, de un solo movimiento, nos hace girar, colocándome a mí sobre él.
Me quedo paralizada. Sus manos acarician mis caderas, ascienden hasta mis pechos y cuando los pellizca con suavidad, el placer se convierte en un relámpago que me atraviesa entera, impulsando a mis caderas a moverse.
Al principio, con timidez. Hasta que descubro que mi clítoris roza con su vello.
Mi humedad nos baña cada vez más a ambos y siento su dureza resbalar dentro de mí cada vez que me dejo caer sobre ella.
Algo irracional se apodera de mi cordura y hace que mi cuerpo tome el control absoluto.
Con mis manos acaricio mis pechos y ya nada importa más que mi placer y el del hombre que tengo debajo jadeando.
***
La ropa para mí ya no tiene sentido.
¿Se puede vivir siempre así? Absolutamente sí.
Acabamos de darnos un baño en el cálido mar.
Sobre la piel morena de Wil resaltan las gotitas que brillan anaranjadas acogiendo los tonos del atardecer.
Cada vez que una ola acaricia nuestras piernas, un escalofrío ligero me recorre.
Me estremezco con suavidad dibujando una pequeña sonrisa porque es una sensación que me encanta y solo siento si él está a mi lado.
—Supe que eras tú desde el primer día que el mar tocó nuestros pies a la vez en la playa de Deshaies. ¡Qué idiota he sido! —Ríe con ironía negando con la cabeza—. Lo sabía, lo sentía, pero me negaba a aceptarlo. Tenía tanto miedo…
—¿Miedo tú?
Estira su mano y acaricia mi rostro en un gesto tan dulce que no puedo evitar suspirar.
—Cuando te vi en el pesquero, maniatada… lo decidí. Si te sacaba de aquel lugar, nunca más me alejaría de ti.
Su silencio está cargado de perturbación y eso me encoge el corazón. Beso su hombro y después descanso mi cabeza en él. El gesto parece impulsarlo y continúa hablando.
—En Teacapán, el lugar en el que crecí, hay una historia que contaban los viejos pescadores cuando el mar estaba tan en calma que parecía dormido…
—Igual que ahora, pienso al observarlo. Todo está en una placentera quietud.
No le interrumpo, dejo que siga narrando mientras siento que los últimos rayos del sol van secando mi cuerpo—.
Decían que, al principio de los tiempos, los dioses del mar creaban las almas de dos en dos.
Almas gemelas, unidas por un hilo invisible.
Pero para probar su fuerza, las arrojaban al mundo separadas, en cuerpos distintos, en países lejanos…
a veces incluso en siglos distintos. —Hace una pausa, y su mirada se pierde en las olas—.
Cuenta la leyenda que estas almas podían llegar a encontrarse varias veces a lo largo de su vida, incluso llegar a sentir un magnetismo especial cuando así era, sin embargo, la única manera real de reconocer a tu otra alma, la única forma de conseguir reencontrarse de verdad, era siendo tocados por el mar al mismo tiempo.
Aunque fuera en puntos distintos del mundo, que una ola rozara la piel de ambas almas anudaba de nuevo ese hilo invisible.
Y solo entonces, las sirenas, que escuchan las oraciones del océano, susurraban sus nombres a los vientos.
Sin saber por qué, comenzaban a buscarse.
Sus cánticos, de manera irrevocable, los empujaban a estar juntos.
Trago saliva sin hablar, conteniendo la emoción que me desborda al escuchar la historia.
—Los pescadores juraban que, si una pareja se encontraba después de eso, no importaba el idioma, el pasado ni la lógica. Solo sabían que habían llegado a casa.
Silencio. Largo y precioso.
—Dicen que cuando las almas se tocan por primera vez… el mar se queda quieto por un segundo. Como si lo celebrara.
Le acaricio el pecho, sin saber si reír, llorar o besarlo. Él solo me mira y sonríe.
—¿Crees que eso nos ha pasado a nosotros? —murmuro sin querer perturbar el momento.
Wil besa mi frente y rodea mis hombros con su brazo. Pasamos un largo rato así, cómodos. Pienso en todo lo que me ha contado y entonces lo recuerdo.
—Ellas nos salvaron.
—¿Quiénes?
—¡Las sirenas, Wil! Quizá creas que me he vuelto loca, pero las escuché bajo el mar.
Hubo una ola gigantesca y terrorífica. Una que en su cresta sostuvo a El Diablo Vela durante tanto tiempo que parecía que el mundo se había detenido y después…
nos tragó. La oscuridad más aterradora nos envolvió.
Al principio me asusté, pero después solo dejé de luchar. Íbamos a morir.
—Lola…
—Agarré fuerte tu mano y permití que el destino decidiera por nosotros, y lo hizo, vaya si lo hizo. Un canto me sorprendió. Fue extraño, no sé bien cómo explicarlo, pero alguien nos ayudó a salir a la superficie. Creí que todo estaba perdido, y poco después estaba flotando en un mar embravecido.
—Quizá sí fueron las sirenas las que te ayudaron a salir de las profundidades, pero, Lola, la única que consiguió salvarnos realmente fuiste tú.
Flotar es lo que nos trajo con vida hasta aquí.
—Guarda silencio y me asombra lo que añade—: Está claro que no me merecía esta segunda oportunidad, sin embargo, aquí estoy y solo puedo sentirme tremendamente agradecido.
—¿Por qué no te lo vas a merecer? Todos tenemos derecho a la vida.
—¿Los que hemos hecho cosas horribles también?
—¿Por qué dices eso, Wil?
—A ella no la salvé… y aunque ya cumplí condena en prisión, nada nunca podrá concederme el verdadero perdón.
—¿Ella? ¿Cárcel? ¿De qué estás hablando?
Aparta la mirada de mí como si en este momento le doliera sostenérmela. Y con sus oscuros ojos fijos en algún lugar lejano, suelta la bomba:
—Estuve prometido. —Mi estupor no puede ser mayor.
—¿Y qué ocurrió? —me atrevo a preguntar con cautela, sabiendo que la respuesta le va a herir.
—Murió. El mar se la tragó para siempre. —Abro la boca con intención de decir algo, no sé el qué, pero un sonido tan perturbador como esperanzador nos envuelve.
—¡¡Wil!! —Me levanto de un salto—. Eso es…
—¡¡Un helicóptero!!