La Riqueza del Amor Capítulo 50
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Capítulo 50

No hay relojes en las salas de espera del hospital, en ninguna.

Y no sé si lo hacen a propósito para que uno pierda la noción del tiempo, o porque, en realidad, aquí dentro el tiempo no sirve de nada.

Aquí los minutos no cuentan, solo lo hace la angustia.

La espera. Esa maldita incertidumbre que carcome el pecho como el óxido lo hace con el metal.

Llevamos aquí un par de días, pero siento como si fueran semanas o quizá meses.

La sensación de que todo ocurre tremendamente lento me resulta agonizante.

Lo que sé con certeza es que, desde que aterrizamos, no he vuelto a dormir una noche entera.

Tener a Teresa ingresada ha sido un añadido y si dijera que no me lo esperaba, mentiría.

Mi esposa está tan preocupada como yo o más, y a su enfermedad no le gustan los estados de estrés.

La tensión de la situación le ha afectado tanto que los médicos han decidido sedarla, desde entonces no puede mantenerse despierta más de un par de horas seguidas.

Y cuando lo hace, no habla. Solo llora. A veces, ni eso.

Mira a un punto fijo del techo, como si esperara que desde allí cayera la respuesta que no le hemos sabido dar y que sus ojos llorosos gritan: ¿Dónde está mi hija?

A Taky también se le ve destrozado, el único que parece mantener la cordura en este momento es Florencio.

No tengo muy claro el motivo por el que está aquí, pero está.

Y doy gracias a Dios por ello. Él se está ocupando de hablar con los médicos cuando yo me quedo sin palabras mientras Taky llora sin contención, y también se ha encargado de gestionar esta reunión con los agentes que están investigando la… la… la desaparición de Lola.

Lo último que deseo es alejarme de Teresa, y aunque en ningún momento lo he verbalizado, Florencio ha sabido que así era y ha conseguido que vinieran hasta aquí para reunirse con nosotros.

No he podido evitar darle un fuerte abrazo cuando me lo ha dicho.

Querían que fuéramos a comisaría, a más de media hora de trayecto, solo de pensarlo, solo de imaginarme lejos de mi esposa, me cerraba la garganta con un nudo que estrangulaba fuerte hasta dejarme sin aire.

Observo a todos y sus caras los delatan: están preocupados. No hay nadie en esta pequeña sala que nos ha cedido la dirección del hospital que no tenga el rostro contraído por la angustia, unos por no poder dar la noticia esperada y el resto por no recibirla.

La falta de ventanas me resulta asfixiante, y creo que el hospital es consciente de ello y por eso nos ha enviado a una chica con bata de enfermera que ha entrado sin llamar a la puerta portando una jarra de café.

Tras colocar la bandeja con varias tazas para servirlo, se ha disculpado y ha desaparecido.

Todo sigue ahí, nadie lo ha tocado, y aunque me encanta el café, ahora mismo su olor me revuelve el estómago o quizá sea lo que NO nos están contando los agentes.

—No hemos dejado de buscarlos en ningún momento —dice Gómez, el capo del cuerpo de investigación marítima de la costa del Caribe.

Él es el más joven, con acento costeño muy marcado, el otro, mayor, lleva el mando.

Este último, Hernández, nos mira con una mezcla de pena y contención profesional.

Me habla a mí, pero de vez en cuando lanza una mirada hacia Taky, que permanece sentado con la espalda recta, sin parar de llorar y con los dedos entrelazados a los de Florencio, que sigue ahí, a su lado, en silencio, como lleva haciendo desde que salimos de España.

No entiendo qué hace aquí. No entiendo esta nueva alianza, pero tampoco tengo ni tiempo, ni ganas de conocer la respuesta. Solo quiero noticias de mi hija.

—El hallazgo del velero nos da una nueva ruta de rastreo —comenta el agente más mayor y miro a Damián, el marinero que navegaba en él, los estragos del sol y la deshidratación son un hecho en su rostro. No puedo evitar preguntarme si mi niña también estará en ese estado.

—La embarcación estaba varada en una pequeña playa, en una de las islas de un archipiélago algo más alejado de la zona que estábamos barriendo. Según la información que tenemos, por las corrientes, es probable que naufragaran más al norte.

Taky ahoga un suspiro.

—¿Y Lola? —pregunto.

Silencio.

El agente respira hondo.

—Damián era el único que estaba a bordo.

—¿Por qué mi hija no viajaba con él?

Vuelve el silencio, esta vez tan cortante como el filo de un cuchillo.

—Verá, señor Flores… —Las palabras quedan suspendidas sin que las libere y a mí me empiezan a entrar todos los males.

—¡¡Hable!! Por el amor de Dios, dígalo ya —exige Florencio, perdiendo los estribos por primera vez.

—La señorita Lola Flores fue… secuestrada por piratas la noche de Fin de Año.

—¿¿Quééé?? ¿Piratas? ¡¿Esto es una puta broma?! —grita Taky levantándose de la silla con tanto ímpetu que esta cae al suelo.

Florencio recoloca el mobiliario y lo acomoda de nuevo, abrazando sus hombros con el brazo. Le susurra algo al oído que solo comparten entre ellos y de algún modo eso consigue rebajar un poco su exaltación.

El agente Hernández continúa cuando parece que la situación está controlada.

—Piratas modernos, o como dicen en España: contrabandistas.

Hace seis días, su hija, durante la fiesta de Fin de Año, fue al baño y allí le perdimos el rastro.

El capitán Wilson Mendoza llamó a comisaría de inmediato y, tras varias horas, él y Damián, su marinero, hallaron la embarcación en la que trataban de llevarse a Lola.

Ninguno respiramos, ni Taky, ni Florencio, ni mucho menos yo.

«¿Secuestrada?». El terror es el nuevo dueño de mi flujo sanguíneo.

—Cuando la encontramos estaba… bien —interrumpe Damián y me vuelvo a mirarlo—.

Una tormenta tropical se ceñía sobre nosotros, pero Wil no dudó en coger la moto de agua e ir a rescatarla.

Lo último que recuerdo es a Lola intentando bajar del pesquero en el que trataban de huir esos desgraciados —escupe con rabia desmedida—.

Wil estaba sujetando su mano para que se sentara en la moto.

Los observaba con los prismáticos con algo de distancia cuando una fuerte ola golpeó el velero, perdí el equilibrio y me golpeé en la cabeza.

—¿Y llegó a subir a esa moto…? —pregunta Florencio con la voz contraída y grave.

—Cuando desperté estaba a la deriva en mitad de un mar desierto…

Observo a Damián y su aspecto solo acrecienta mi preocupación.

Se ve con claridad que ha sufrido deshidratación severa porque tiene los labios agrietados.

Las quemaduras por el sol han levantado la piel de su rostro y una gran gasa cubre su cabeza, dejando escapar algún mechón rubio rizado entre medio.

—¿Cuánto tiempo has pasado a la deriva? —le pregunto y todos entienden el porqué lo hago.

—Me rescataron ayer —contesta casi con vergüenza, bajando la mirada para tratar de ocultar los estragos que el naufragio le ha causado.

«Demasiado tarde».

—Gracias a Damián y su testimonio, estamos rastreando una nueva zona.

Inicialmente la descartamos porque la creímos…

algo alejada, pero es cierto que la tormenta, el oleaje y el viento pudieron arrastrarlos hacia ese archipiélago de islas desiertas —explica el Agente Gómez con renovada esperanza en la voz.

—¿A qué distancia están esas islas del punto en el que los perdiste de vista? —cuestiona Florencio mirando a Damián.

Este se pone pálido al momento y el terror recorre mi cuerpo como un estallido.

—Los agentes siguen sobrevolando la zona y…

—¿A qué distancia? —interrumpe al agente que trataba de eludir la pregunta.

—Aproximadamente… a unas ciento diez millas náuticas del punto en el que desaparecieron —susurra Damián y Hernández lo mira con ganas de estrangularlo.

—¿Cuántos kilómetros son eso? —cuestiono nervioso y todos se quedan en completo silencio.

—Doscientos —resuelve Florencio sin dejar de mirar la pantalla de su móvil donde está la conversión de la métrica.

Taky parece despertar de su letargo, se echa hacia delante y, muy serio, escupe las palabras:

—¿Y qué coño están haciendo ahora? ¿Están buscando? ¿Están sobrevolando las islas?

El agente más joven saca una carpeta con mapas. Nos señala los puntos con rotulador rojo.

—Llevamos desde ayer buscando en esta área, con un helicóptero y también estamos usando dos drones. Pero es una zona muy densa. Muchas de las islas son pequeñas, deshabitadas, cubiertas de vegetación. Algunos islotes no aparecen ni en los registros oficiales. Seguiremos rastreando sin descanso.

—¿Pueden seguir vivos? —Mi voz se rompe sin que pueda evitarlo.

Su falta de respuesta y el modo en el que baja la mirada son la evidencia de que no pueden garantizarlo... El que calla, otorga. Lo saben y lo sé. Cada minuto que pasa sin encontrarlos reduce las posibilidades de hallarlos con vida. El mar no perdona. La selva tampoco.

Entonces, Damián se levanta de su silla, camina hasta mí tirando del palo del que cuelga el suero que lleva conectado a su vena, a mi altura se acuclilla.

—Manuel, Wil jamás permitirá que le ocurra nada a Lola, cuidará de ella.

Asiento lentamente, sintiendo las lágrimas escurrirse por mi rostro.

De repente descuelga de su hombro una bolsa de tela que hasta ahora ni había visto y lo saca.

Es algo en lo que ni había pensado. Lo sostiene como si tuviera miedo de que se deshiciera en sus manos y con suavidad lo coloca sobre mis rodillas.

—Esto… estaba en su bolso y lo rescaté del velero antes de que me trajeran de regreso. Sé que es importante para Lola. Creo que lo mejor es que se lo guardes tú y así se lo entregas cuando la encontremos.

Casi se me cae el alma a los pies.

Lo abro en un punto inconcreto y la imagen de una playa paradisíaca con la foto de mi niña recortada y enganchada encima me alza un poco el labio. Consigue ese pequeño gesto el recuerdo de saber que Lola será tremendamente feliz sabiendo que su «Bitácora de Sueños» sigue intacto.

Con manos temblorosas sigo su letra. Siento como si me ardiera entre los dedos.

—Mi niña.

—La encontraremos —susurra Damián.

Solo espero que tenga razón y que el mar no haya decidido abrazarla para siempre.