Capítulo 49
—Me preocupa Teresa —habla por primera vez Florens desde que cogimos el taxi del aeropuerto de Isla Guadalupe hasta el hotel de Deshaies.
Lleva su mochila de «Leche Pascual» hasta el diván de la habitación y yo cierro la puerta tras de mí. En cuanto me giro, comprendo su retomado silencio.
Tiene la mirada anclada en una enorme cama Queen Size , ¡UNA!
—Voy a recepción, les pediré otra habitación.
Antes de dar el primer paso, ya me está tocando otra vez.
«¡Vida, por favor, deja de castigarme!».
—No es necesario.
—Ni de broma vamos a dormir juntos.
—Taky —ahora le ha dado por usar mi apodo en vez de Eustaquio, lo hace para joder, lo sé—, ya hemos dormido antes juntos.
—Las fiestas de pijamas en los cumpleaños de Lola no cuentan, éramos niños.
—No me refiero a esas ocasiones…
«¡¡La madre que lo parió!!».
—Eso fue… —llaman a la puerta y el muy canalla sonríe.
Cabronazo, esta vez: salvado por la campana. O mejor dicho, por Manuel, que está en el umbral con una cara tan demacrada que no parece ni él.
Por un momento me siento la peor persona del mundo. Hace cuatro días que Lola no aparece, ni una señal de vida, y yo… discutiendo con el cromañón si dormimos o no juntos. Como si fuera a ser capaz de pegar ojo. Seré idiota.
—¿Cómo está Teresa? —pregunta nuevamente preocupado Florencio.
—Venía justo por eso.
Manuel se lleva una mano a la frente, como si le costara articular lo que tiene que decir. Y eso me preocupa muchísimo, porque si algo tiene este hombre es que no le tiembla la voz ni para dar las peores noticias.
—Ha tenido una crisis. Una recaída, o como demonios se llame. Se ha descompensado, no puede hablar bien y dice que no ve nada claro. Está muy nerviosa, y yo… yo ya no sé qué más me tiene preparada la vida.
Florencio se le acerca apresurado y, ante mi estupor, le da un fuerte abrazo. Yo siento un nudo seco en la garganta.
—¿Habéis llamado a un médico? —pregunta.
—Sí, ya han telefoneado los de recepción. Han pedido una ambulancia, pero aquí todo va a ritmo tropical. Llevo media hora esperando y Teresa está cada vez peor.
Florencio se gira hacia mí. Sus ojos oscuros ya no tienen rastro de picardía, ahora son puro foco.
—¡Vamos!
Asiento sin pensarlo. Porque, aunque todo esté patas arriba, aunque no sepamos si Lola está viva o muerta, ahora mismo hay alguien que sí necesita que estemos ahí.
Salimos los tres por el pasillo, apresurados, mientras por dentro rezo —a un dios en el que no creo— para que esta historia no termine convirtiéndose en una doble tragedia.
***
—Era el inspector que está llevando la investigación —nos explica Manuel con el móvil en la mano y Florencio da un salto del asiento y se le acerca para colocar una mano sobre su hombro.
«¿Desde cuándo es tan atento y… sensible?». Aparto el pensamiento y me centro en el padre de Lola, que se deja caer en la primera silla que pilla de la sala de espera en la que llevamos ya unas horas.
Guardamos silencio dándole el tiempo que necesite. Cuando parece preparado, coge aire y, al expulsarlo, nos cuenta:
—Han encontrado el velero. Estaba varado en la orilla de una de las islas menores del archipiélago, al suroeste de Isla Grande.
A simple vista parecía deshabitada; igualmente, la han recorrido al completo.
Allí no estaban. Solo es un trozo de tierra olvidado en medio del mar.
El agente me ha dicho que supieron al momento que no estaban allí.
Está tan fuera del circuito turístico que nadie había pisado esa arena en meses.
—¿Has hablado en plural? —No veas con el Florencio, no se le escapa ni un detalle. Yo estoy tan perturbado con todo esto que la mitad de la explicación me la he perdido.
—La policía cree que Lola no está sola. Cerca de la isla en la que estaba el velero han encontrado al marinero de Alisios Group.
—¿A Damián? —Asiente con la cabeza y una lágrima se le derrama justo antes de esconder su rostro en ambas manos y romper a llorar.
—Manuel, ¿qué más te han contado?
—Nada. ¡Nada, joder! —Descubre su rostro—. Dicen que vienen hacia aquí para que podamos hablar de la situación.
—Eso no tiene por qué ser malo —acota Florens frotando la espalda de Manuel.
Lo miro y cuando alza su vista puedo ver en sus ojos tanto terror como hay en los míos y los de Manuel. Sin embargo, coge el toro por los cuernos con más coraje que ninguno.
—¡Venga! Vamos a los aseos. Te lavas la cara y bajamos a la cafetería, te vendrá bien tomar un café para despejar la mente. Seguro que nos traen buenas noticias. Lola es una mujer valiente y fuerte. Manuel, ¿acaso existe algo que la haya detenido alguna vez?
Durante un largo rato se hace el silencio en la aséptica sala, la mirada del padre de Lola está perdida en algún punto de la blanca pared, en la que paradójicamente hay un cuadro de una playa caribeña.
Entonces se yergue, sacude los brazos como si así pudiera deshacerse de toda la pesadez que carga su cuerpo y asiente con firmeza.
—¡Vamos! —me apremia Florencio cuando se da cuenta de que sigo anclado en el mismo lugar, perplejo, sin poder dejar de observar cómo Manuel parece haber encontrado una fuerza que había perdido.
«Eso ha sido gracias a Florencio», pienso inquieto.
Caminamos por el largo pasillo y nos detenemos frente a la habitación en la que está Teresa. Florens y yo esperamos fuera.
—Eso ha sido increíble.
—¿El qué?
—Lo que has hecho con Manuel. Si tú no estuvieras aquí, esto sería un desastre.
—Taky, nunca compartiremos sangre, pero todos en Villavacas del Monte somos familia. Y vosotros —me mira directamente a los ojos y me tiemblan las piernas— siempre habéis sido muy especiales para mí.
—Teresa está mucho mejor. —Asoma el padre de Lola por la puerta y ahora no sé si el que ha sido «salvado por la campana» ha sido Florens… o yo—. Ya no balbucea al hablar. La medicación está haciendo efecto. Me ha pedido que le suba algo dulce de la cafetería.
—Pues venga, no la hagamos esperar mucho —apremia de nuevo y empieza a caminar al lado de Manuel.
Decido ir un par de pasos por detrás y los observo.
Florencio lleva un pantalón de pinza oscuro y unos mocasines que pasaron de moda antes de los noventa.
La camisa azul clarito se ciñe a sus anchos hombros y, aunque parezca increíble, su cabello engominado sigue impoluto.
Avanza con una mano en el bolsillo, con esos andares de los hombres seguros de sí mismos.
No puedo evitar reírme en mi interior al bajar la mirada y ver mis deportivas verdes y los cordones anudados con los colores de la bandera del orgullo gay.
Los tejanos rasgados ya tienen más ventilación que tela y mi jersey de punto rosa es dos tallas más grande para que dé ese efecto despreocupado, pero cool .
Instintivamente llevo mi mano al pelo azul y lo revuelvo, que no es lo mismo que peinarlo.
Florencio y yo nos parecemos lo mismo que un toro y un bonsái. Uno tan rudo, grande y… básico, y el otro tan peculiar, curioso y… frágil. Está claro que la única cosa que compartimos es el oxígeno. Bueno, y que hemos vivido en el mismo pueblo.
Escucho su risa ronca y vuelvo de mis comparativas. Manuel también ríe y entonces encuentro algo más que sí que compartimos, el amor que le tenemos a la familia Flores.
***
—Buenos días, señor Flores. —Extiende la mano y este la estrecha—.
Soy el agente Hernández. Estoy llevando la investigación de la desaparición de su hija.
Hemos hablado por teléfono. —Los tres asentimos con la cabeza en completo silencio y muy atentos—.
Este es el agente Gómez, capo del cuerpo de investigación marítima en la costa del Caribe.
La colaboración de ambos cuerpos está siendo clave, gracias a ella hemos podido localizar en tan poco tiempo el velero que contrató su hija para viajar.
—¿Poco tiempo? —susurro indignado justo antes de que Florencio agarre mi mano con fuerza.
Si su intención era callarme de golpe, lo ha conseguido. También me acaba de joder la respiración y ahora me siento un pez boqueando en un lugar donde el oxígeno no es para mis pulmones.
—El hospital nos ha proporcionado una sala privada para que podamos hablar y así no tenga que desplazarse a comisaría —explica el agente Gómez—. Sabemos lo importante que es la salud de su mujer en estos momentos. ¿Cómo se encuentra?
—Mejor, gracias. Parece que el tratamiento la está estabilizando.
—Eso es una buena noticia.
Sin añadir nada más, los dos policías empiezan a caminar, y nosotros, como si fuéramos polluelos tras mamá gallina, los seguimos.
Avanzo inquieto, con un nudo en el estómago e hiperventilando…
«¡¡Espera!! ¿Hiperventilando?» Es justo ahí cuando me doy cuenta de que Florencio NO me ha soltado la mano. La sacudo con virulencia y el muy cabronazo se ríe justo antes de avanzar un poco y dejarme atrás.
—Florencio Mantecón, te estás pasando de listo —gruño sin saber del todo si me ha escuchado. Estiro el brazo para alcanzarlo, detenerlo y poder cantarle las cuarenta o las cuarenta mil, pero unos gritos desde el fondo del pasillo me interrumpen.
«¿En serio? Resulta que a Florencio le salió una flor en el culo, porque siempre hay algo que le salva de la situación».
—¡¡Hernández!! ¡Eh! Espere.
Me giro para ver quién es el que está provocando el escándalo y lo reconozco al momento. Lo he visto en varias fotografías.
—¿Damián?
—¡Oh, Taky! —El rubio de rizos surferos se lanza sobre mí en un abrazo muy familiar que me incomoda, aunque no por tener a semejante hombre pegadito a mí, sino porque Florencio, literalmente, gruñe un «hola» a mi lado.
Algo que Damián ignora por completo—. Lola me ha contado miles de cosas sobre ti.
—Sonríe, pero su expresión no es en absoluto genuina, está cargada de pesar, de… angustia.
Al separarse de mí, observa de reojo a Florencio, serio, lo analiza en un escáner rápido y suelta sin vaselina alguna:
—También vi una foto tuya, tú eres el amiguito del lechero.
Manuel tose, yo dejo de respirar y Florencio… responde dejándonos perplejos a todos.
—El mismo. Aunque prefiero que me llamen Mantecón. El placer también es mío, Damián. —Extiende la mano y las estrechan en un duelo de miradas que casi hace que los agentes saquen sus armas para poder lidiar con tal agresión visual.
—Damián, ¿qué hace aquí?
—De verdad cree que me iba a quedar en esa cama estirado mientras Lola y mi mejor amigo están desaparecidos.
Entonces, soy consciente. La situación ha sido tan inverosímil que hasta ahora no me había fijado. Damián está hecho un cromo, literal. Tiene toda la cara quemada y por algunas zonas la piel levantada, además de los labios cortados.
—Ha pasado varios días a la deriva, deshidratado y sin alimentos. ¿Se da cuenta de que debería estar descansando?
—No se preocupe, Hernández, me acompaña mi nueva mejor amiga. —Señala con un gesto de cabeza la barra con ruedas de la que cuelga una bolsa transparente en la que leo con claridad «suero» y que va conectada a su brazo a través de una vía.
—Te dije que fue un error decirle que estaban aquí —comenta el otro agente, el tal Gómez.
—Manuel, soy Damián, el marinero que viajaba con su hija en El Diablo Vela .
—Hola, chico.
—Los van a encontrar.
—¡Damián! —Da un paso adelante el agente Hernández, pero el susodicho levanta la mano para detenerlo.
—Su hija y Wil están bien. Lo siento aquí dentro. —Se golpea el pecho, justo en el punto donde late el corazón.
Un silencio se extiende entre nosotros mientras Manuel y Damián se miran hasta que Hernández decide que ya es suficiente, o quizá es que ya no puede sostener más ese momento tan íntimo.
—Vale, ya está bien. Vayamos a la sala.
Todos retomamos el camino algo incómodos y con el comentario de Damián aún paseando a nuestro alrededor y llenando el lugar de una esperanza renovada.
Quizá no sea muy acertado confirmar que están bien, sin embargo, lo necesitábamos. Creo que había llegado un momento en que la angustia y el miedo nos habían ganado la batalla. La esperanza es lo último que se pierde y gracias a Damián lo hemos recordado.