La Riqueza del Amor Capítulo 48
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Capítulo 48

Sentir los labios de Wil sobre los míos me hace perder la cordura, todavía más.

Sus grandes manos sujetan mi rostro para encarcelarlo entre ellas.

Las yemas rozan mi mejilla y su lengua busca la mía.

Ahí está de nuevo: esa sensación envolvente que trepa por nuestros cuerpos, una energía que recorre cada fibra de mi piel electrizándola.

Sube por las piernas, cosquillea en mi vientre, se extiende por los brazos y se adueña de mí por completo.

Pero entonces recuerdo la oscuridad, el miedo, el agua salada ahogándome…

—¡Nooo! ¡Basta! —Empujo con fuerza su cuerpo sin resultado—. Sé que fuiste tú, lo supe en cuanto ella me llamó «pajarillo».

—Está bien —responde con severidad y me suelta.

Mi corazón se pulveriza. Creer que te han traicionado es una cosa; comprobarlo es otra muy distinta. Se queda ahí, serio, sin hablar, mirándome con esos ojos oscuros forjados en el inframundo.

—Realmente eres el Diablo —escupo furiosa sin poder evitar que las lágrimas desgarren mi piel.

—Sí, hubo un tiempo que lo fui. Te aseguro que es algo que me pesará el resto de mi vida.

—Guarda silencio durante un largo rato y entonces pregunta—: ¿Realmente crees que si lo que deseaba era tu dinero, me hubiera lanzado a un mar embravecido?

¡¿En plena tormenta?! —alza la voz y una vena se inflama en su cuello—.

¿Crees que suelo ir por ahí con un arma disparando a la gente?

¡¡¿LO CREES?!! —grita acercándose y mi instinto es taparme los oídos.

Sus manos envuelven mis muñecas y las aparta para que le escuche.

—¡¿Crees que me hubiera jugado la vida por ti?! ¡¡Por Dios, Lola!! Piénsalo bien, ¡¡hostia!! No te das cuenta de que no necesitaba hacer todo eso. Si lo único que quería era tu dinero, solo tenía que esperar la transferencia en mi cuenta.

Pestañeo rápido para que mis ojos se liberen de las lágrimas y, cuando lo miro, lo veo con claridad.

—Lola… —Niega con la cabeza y siento su frustración—. No te das cuenta de que lo único que yo he querido siempre, desde el primer puto momento que te vi en aquel muelle de Deshaies… ha sido a ti. ¡Solo a ti! ¡¡Joder!!

Suelta mis muñecas y acaricia mi rostro con una ternura que me desarma.

—Solo a ti, Lola —susurra justo antes de besar mi frente y después descansar la suya en ese lugar.

Me rindo.

No soy capaz de seguir luchando contra lo que cada molécula de mi cuerpo me grita.

La razón habla de traición, pero mi corazón solo confía… en él. En el hombre que se lanzó a un mar enfurecido y oscuro, cuán caballero sobre su corcel, y que no titubeó ni un instante en adentrarse en la tormenta para rescatarme.

Dejo de contenerme y levanto mis manos para devolverle las caricias. Su barba ha crecido en estos días, cubriendo su rostro y aun así está tan arrebatador como siempre.

—Wil… —Suspiro dejando caer mis labios sobre los suyos y entregándole un pequeño beso—. No puedo más, es todo, es demasiado, es…

—Ya está, mi sirena. Ya está… —Me abraza, y por fin, después de tantos días, puedo sentirme realmente a salvo entre sus brazos.

—Estaba allí, atada, me apuntaban con un arma. Tenía tanto miedo, Wil. Y entonces me llamó «pajarillo»… ¡Espera! —Me aparto de él para mirarlo a los ojos y ocurre, una vez más, sin necesidad de palabras me entiende.

—¡Damián! Ese bastardo hijo de la chingada. ¡El muy desgraciado! De nuevo. ¡¡Grrr!! —Golpea el agua con ambos puños y se aleja camino a la pared del cenote.

—¡¡Wil!! ¿Dónde vas?

—Voy a acabar con él, debí hacerlo hace muchos años.

—Detente, Wil. —Lo alcanzo sujetándole del brazo—. ¿Qué pasa?

—Es la segunda vez que me traiciona. Voy a acabar con él.

Observo su rostro contraído por la furia y lo entiendo… Wil jamás me traicionaría. No entiendo cómo he podido dudar de él. Y sí, es algo irracional, pero certero. Es un sentimiento que siempre ha estado ahí, que había olvidado, pero que ahora tiene más fuerza que nunca.

—Juro que pagará por lo que te ha hecho.

—¿Y lo vas a hacer ahora mismo? —No puedo evitar sonreír, no es momento de bromas, lo sé, pero es que no puedo evitarlo—. ¿Vas a salir nadando de esta isla en su búsqueda?

Primero frunce el ceño y solo un instante después, sé con total certeza que se está mordiendo una risilla.

Ha hecho ese gesto miles de veces desde que le conozco.

Con mis tropiezos, con mis chapoteos en el agua, incluso cuando hacía una broma y trataba de esconder que a él también le había hecho gracia.

—¿Vas a seguir conteniendo esa sonrisa?

—Lola… —Por fin sonríe, pero al momento vuelve a ponerse serio—. Si de verdad fue él…

—Gracias por venir a por mí —lo interrumpo y lo beso.

Porque ahora mismo es lo único que deseo.

Un dolor intenso me rasga por dentro. Wil no me ha traicionado, pero Damián sí… y duele, mucho. Creí que nuestra amistad era genuina.

—Iría al mismísimo infierno a por ti, Lola.

—Lo sé —respondo con sinceridad y ver la sonrisa de Wil consigue desarmarme por completo.

Sin contenerse, se lanza sobre mí para devorar mis labios.

Los succiona y muerde, luego lame, haciéndome jadear.

Abre mis piernas para poder colarse entre ellas y empieza a mover sus caderas.

Sus manos apresuradas tiran del vestido y solo separamos nuestras bocas para poder sacarlo por la cabeza.

Acaricia mi rostro, el cuello y cuando llega al pecho y roza mis pezones, no puedo evitar gemir.

Esto es una maldita locura sin sentido. Hace solo un instante le odiaba y ahora le deseo de un modo que me consume con la misma intensidad que lo hacen las llamas en una hoguera.

Definitivamente he perdido la cordura en esta isla, pero…

¿eso qué importa ahora mismo? En realidad, es muy probable que nunca lleguemos a salir de este lugar, quizá muramos aquí, los dos solos… ¿Y yo virgen?

Al sentir cómo su dureza crece entre mis piernas y el roce de esta en mi hendidura, la despreocupación gana a la razón.

He perdido peso, estoy más débil que nunca, triste, enfadada, perdida…

sin embargo, los besos de Wil, su enloquecedor tacto y la necesidad desbordante de sentirlo vivo, junto a mí, junto a mi cuerpo, hace que todo se esfume.

Nada importa. Nada más que nosotros y esta vigorizante energía que acaba de resurgir.

Es como si nuestros cuerpos maltrechos y hambrientos pudieran ser completamente saciados por el tacto del cuerpo del otro, por labios rozándose y lenguas enredadas.

Una necesidad me consume sin control y a él, mi Diablo, también.

—Wil, no te detengas.

Se separa para mirarme a los ojos. Todo su cuerpo ha quedado rígido, estático, y casi puedo oír cómo miles de pensamientos recorren su mente.

Me tiemblan las piernas y un calor abrasador parece crecer en mi centro palpitante.

Desabrocho el botón de su pantalón y tiro de su ropa hacia abajo.

Su dureza se muestra erguida y gruesa justo en el borde del agua.

Con curiosidad la envuelvo con mi mano y la acaricio.

Sedosa, prieta. Verle cerrar los ojos y suspirar me hace sentir poderosa.

Wil es un hombre fuerte, inquebrantable, y ahora mismo se ha doblegado al placer que yo le estoy entregando.

—No te detengas —le susurro al oído algo tímida y muy excitada.

Muerdo con suavidad el lóbulo y después lo acaricio.

Eso provoca una reacción inesperada. La mano de Wil agarra mi cabello y tira de él.

Lejos de molestarme, me enloquece aún más.

Cuando su lengua viaja desde mi clavícula, recorre todo mi cuello y lame mis labios…

pierdo la razón por completo. Mi corazón bombea acelerado y puedo sentirlo en mi húmedo centro.

Su mano libre entra en el agua y, sin demora, uno de los dedos se cuela dentro de mí.

—¡Ahhh! —grito cuando lo agita con rapidez.

—Mírame, Lola. —Abro los ojos obedeciendo a su orden—. Así, preciosa. Ahora déjate ir.

Anclo mis ojos en él, mis manos a sus hombros y abro mis piernas todo lo que puedo, sintiendo ahora sus dos dedos saqueando mi interior. La palma de la mano se pega a mi clítoris y la locura llega cuando roza uno de mis pezones.

El fuego crece en mi interior, todo el cuerpo me tiembla, mis gritos resuenan y el agua se agita tanto como yo.

Exploto. Literalmente. Una sensación descomunal me abruma por completo y me lleva a un lugar que no sabía que existía. El orgasmo se alarga tanto tiempo como Wil decide. No deja de estimularme y llega un momento que enloquezco entre gritos y jadeos.

—Absolutamente fascinante, sirena. —Escucho su voz ronca cerca de mi oído—. Abraza mi cuerpo y no te sueltes.

Derrotada en el umbral del placer y la cordura, hago lo que me pide. Cuando abro los ojos veo que estamos en la selva, solo unos minutos después estoy tumbada sobre la manta y bajo el techado de hojas de palmera que construí como refugio.

Delante de mí, Wil se desprende de su ropa. Está más delgado y su musculatura ya no es la misma, sin embargo, sigue pareciéndome el hombre más increíble que jamás he visto.

Se arrodilla y empuja mis piernas para hacerse hueco entre ellas.

—¿Estás segura?

—Wil, te deseo, mucho.

—Y yo a ti, mi leona. —Que me llame así me hace sonreír.

Empieza a besarme despacio mientras con suavidad me acaricia en mis pliegues.

Pronto siento ese hormigueo de nuevo y entonces, como si él también pudiera sentirlo, cambia la mano por su glande.

Se separa de mis labios y cuando me mira a los ojos sé que ha llegado el momento de entregarle mi virginidad al hombre adecuado.

Solo hace un puñado de días que le conozco, pero sé con absoluta certeza que es él.

Mi alma gemela, el amor con el que siempre he soñado.

Su dureza se abre paso haciéndome contener el aire. Es grande y resulta algo molesto, pero su cariño y caricias me tranquilizan. No hablamos, no es necesario, siempre nos hemos entendido bien en el silencio.

Al topar con mi barrera, su cadera embiste con fuerza y un grito estrangulado se me escapa. Wil suspira angustiado y acaricio su rostro atrayéndolo hacia mí para besarle.

—No te detengas —repito una vez más y no lo hace.

Sus caderas se activan. Entra y sale cada vez más rápido.

Respiramos el aliento del otro con nuestros ojos anclados y el dolor desapareciendo para darle lugar al placer.

En el momento en que acaricia mi clítoris, las piernas empiezan a temblarme y una sensación nuevamente conocida me recorre, pero esta vez es mucho más intensa, demoledora.

La sensación de que esté dentro de mí y la conexión de nuestros cuerpos me resulta sobrecogedora.

Por un momento pienso en que querría vivir en este estado para siempre.

Sin poder evitarlo, mi espalda se curva, mi cuero se retuerce y mi grito de abrumador placer se mezcla con el de Wil. Ambos nos rompemos del modo más placentero. Su cuerpo cae exhausto sobre el mío. Pasados unos segundos de estupor, se levanta un poco y me besa con pasión.

—Eres mi leyenda hecha realidad, sirena.