La Riqueza del Amor Capítulo 47
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Capítulo 47

Las cosas no van bien.

«En realidad todo es un tremendísimo caos». Pienso al mirar a Florens dormir en el asiento de al lado.

Giro el rostro y me encuentro con Teresa, la madre de Lola.

Le sonrío, incómodo, y ella me devuelve la sonrisa, primero hacia Florencio, luego de nuevo hacia mí.

Sus ojos están agotados, hinchados y ojerosos, pero aun así no pierden esa pregunta silenciosa que ha flotado desde que nos reencontramos hace unas horas.

«¿Qué hace Florencio aquí?».

Una sacudida hace que medio avión grite y que el bello durmiente se despierte sobresaltado. Lo de «bello» es algo que no quiero abordar ahora; hay tantas otras urgencias…

—¡Por Dios! —se santigua, y asustado entrelaza su otra mano con la mía, apretando con fuerza.

«¡Oh! ¡Oh!» pienso, mirando a Teresa y Manuel al otro lado del pasillo. Por suerte, deben estar más preocupados por recomponer sus estómagos.

Las turbulencias se repiten, y el comandante habla por los altavoces. El calor de la mano de Florencio me abruma, y la luz que indica abrocharse el cinturón se enciende. Esa lucecita me parece divina; gracias a ella, me suelta.

Al momento siento el frío en la piel y he de sacudir la cabeza para centrarme en lo verdaderamente importante; voy en un avión que sobrevuela algún punto indeterminado del océano Atlántico y que se mueve más que una lavadora en ciclo centrifugado.

Si esto sigue así, no descarto salir por la puerta de emergencia con el chaleco salvavidas y nadar hasta la costa del Caribe.

—¡Por favor! Que alguien le diga al piloto que el zumito ya lo llevamos bien batido.

—¿En serio? —La mano de Florens vuelve al ruedo, esta vez sobre mi muslo—. Vamos a morir dentro de este cacharro y tú haciendo bromitas.

La mujer que está en la ventanilla y que va en nuestra misma fila nos mira con violencia. La ignoro.

—El piloto debe de ir borracho, ¿no lo escuchas? No se entiende ni una vocal cuando habla.

Antes de que los rayos láser asesinos de los ojos de nuestra compañera de asientos me hagan arder, con dramatismo, llevo mi mano al pecho y añado:

—Menuda puñalada, señora, por favor, mire para otro lado o acabará matándome de verdad y casi prefiero que mi vida termine cuando el avión se estrelle en el Atlántico.

—¡¡Taky!! ¡Por el amor de Dios! Te ruego que cierres el puto pico o al final será verdad que moriremos hoy, pero por culpa de tu bocaza y no por las turbulencias.

—Es ella la que…

Una mano fuerte de yemas ásperas me agarra la barbilla y me obliga a apartar la vista de la asesina de la mirada para que me centre en… la oscuridad de unos ojos que cada día me perturban más cuando me observan.

—Eustaquio Fernández, si no te callas de una maldita vez, seré yo el que haga que cierres el pico. Y te aseguro que ganas no me faltan.

—No te atreverías, y mucho menos aquí.

—Cuidado, ya sabes que me gustan los retos.

Un silencio perturbador nos envuelve, no tengo claro si es que todos han dejado de gritar y lamentarse o si somos nosotros los que hemos viajado a un lugar paralelo y privado en el que únicamente existe esta incómoda y, a su vez, inquietante nueva energía que se ha fraguado en los últimos días.

Deseo apartarle la mirada —«es mentira»— y que deje de tocarme —«una mentira mayor»—, necesito que se aleje —«solo deseas que se acerque».

—¡Basta! —alzo la voz y, gracias al cielo, eso silencia a mi maldita cabeza y activa el ruido del lugar.

—Señores pasajeros, les habla el capitán. Hemos dejado atrás la zona de turbulencias y a partir de ahora el vuelo continuará con normalidad. Pueden desabrocharse los cinturones si así lo desean.

Florens desliza la mano por mi pierna; juraría que lo hace a propósito.

Ni lo miro. He tenido suficiente dosis de intensidad.

Suelto el cinturón con la intención de alejarme.

Solo avanzo seis pasos, los que separan mi asiento de la puerta del baño.

Me encierro dentro y suspiro tratando de contener la amalgama de emociones.

Saco el móvil del bolsillo y busco el último WhatsApp de Lola.

¡¡Taky!! El paraíso es un sueño hecho realidad.

El mensaje va acompañado de un selfie en el que sale alucinante con un vestido de lentejuelas doradas y su cabello platino recogido en un moño.

Sus labios rojos muestran la sonrisa más sincera que le he visto en mucho tiempo y se la ve…

tremendamente feliz. La angustia me asalta y un nudo enorme estrangula mi estómago.

—¿Dónde estás, culito mío? —susurro, permitiéndome derramar las lágrimas que he contenido desde que nos encontramos con los padres de Lola en el aeropuerto de Madrid.

Lola lleva cuatro días sin dar señales de vida. Desde entonces, mi vida es un infierno.

Las últimas noticias de ella llegaron la noche de Fin de Año, mandó la foto poco antes de medianoche en México. Lo estaba pasando tan bien en la fiesta que ni miré el móvil y cuando lo hice vi que habían pasado unas horas, así que decidí llamarla.

Ya no respondió.

Inicialmente, no me preocupé. Supuse que estaba bailando y celebrando el nuevo año, pero cuando al día siguiente seguí sin tener noticias suyas, lo supe… algo grave había ocurrido.

Florens trató de restarle importancia y eso solo acrecentó mi histeria. Cuando la noche del primer día del año llegaba, recibí la llamada que tanto había temido.

—Hola, Taky. Te llamo porque mi hija no responde al teléfono y Teresa me ha pedido que te preguntara si habías hablado hoy con ella.

—Manuel… —Su nombre quedó suspendido en el aire sin que fuera capaz de añadir nada más.

Florencio rodeó mis hombros con su brazo fuerte y me achuchó, tratando de sostenerme cuando mi cuerpo flaqueó. Necesité su ayuda para sentarme en el sofá.

Sabía que algo iba mal, muy mal, pero durante todo el día había sostenido la esperanza de que quizá solo fuera a mí a quien no cogía el teléfono y que sí había contactado con sus padres.

Lola jamás ignoraría una llamada de ellos, nunca. Para ella el estado de salud de su madre es lo más importante siempre.

—Teresa, tampoco ha hablado con ella. —Escuché a Manuel al otro lado de la línea tras un largo rato de silencio por parte de ambos.

—Hay que llamar a la empresa que contrató para el viaje —sentenció Florencio.

—¿Esa voz es la de…? —Ni siquiera había acabado la frase el padre de Lola que yo ya estaba asesinándole con la mirada.

¿En qué coño estaba pensando? Se suponía que ¡NADIE!

debía saber que Florens se había largado del pueblo conmigo.

Es más, aunque desapareció de Villavacas del Monte el mismo día que yo, a absolutamente nadie se le debió pasar por la cabeza que lo hiciera conmigo.

Los archienemigos no van juntos a ningún lugar…

o eso creía yo. Ahora parece que es todo lo contrario.

«Bueno… Ahora no tienes claro ni siquiera qué sois». Ya estoy divagando.

El caso es que, en ese momento, Manuel y Teresa descubrieron que Florencio estaba conmigo, pero, haciendo honor a su habitual prudencia, no preguntaron y tampoco lo han hecho esta mañana cuando nos han visto juntos en el aeropuerto.

Le he pedido por activa y por pasiva que no viniera. Pues bien, imagino que ya te has dado cuenta de que tengo un poder de convicción de mierda.

Estaba en un bucle de agobio, miedo y estrés tremendo cuando llamé a Alisios Group. No me ande con rodeos y, en cuanto descolgaron el teléfono y una voz femenina me saludó y dio el nombre de la empresa, fui al grano.

—Hola. Soy familia de Lola Flores del Campo y llamaba porque hace varias horas que no sabemos nada de ella. Por favor, ¿me pueden dar otra línea de teléfono para contactarla?

Y ahí llegó el silencio más agonizante de mi vida. La mujer que estaba al otro lado de la llamada seguía callada cuando el primer sollozo brotó de mí y las lágrimas empezaron a derramarse.

—¿Qué ha ocurrido? —Me arrebató el móvil Florencio y preguntó en un gruñido que asustaría al más valiente.

Pude escuchar perfectamente la respuesta:

—No les hemos contactado porque los agentes nos han recomendado que esperáramos unas horas antes de alertar a la familia.

—¡¿Esperar?! —rugió—. ¿Dónde cojones está Lola?

—No lo sabemos.

Me agobié tanto al descubrir que ninguno teníamos noticias de Lola que sufrí un ataque de ansiedad.

Empecé a hiperventilar y pronto el pecho se convirtió en una cárcel para el pánico y el dolor.

Sentía como si alguien estrangulara mi corazón.

Mis pulmones habían decidido no funcionar de manera mecánica y la única imagen que tenía frente a mí era la de mi preciosa amiga.

No tengo muy claro cómo ocurrió, pero cuando retomé la conciencia estaba sentado en el plato de ducha, bajo el agua helada, entre los brazos de Florencio mientras su voz grave me susurraba al oído:

—Taky, vamos, vuelve. Taky, no me jodas, no me hagas esto.