Capítulo 46
Camino entre la maleza apartando ramas y hojas, siguiendo el rastro que creo que ha dejado Lola.
La vegetación es tan frondosa que apenas deja pasar la luz, pero se intuye un sendero: el suelo está pisado, la tierra removida.
Solo hay dos posibilidades: un animal… o una leona enfurecida. Me inclino por la segunda.
Las dudas se disuelven cuando escucho un grito.
Y, justo después, el chasquido del agua.
—Lola…
Acelero el paso. Me gustaría correr, pero el cuerpo no responde. Después de días inconsciente y mal alimentado, salir corriendo no es una buena idea. La respiración se me vuelve errática, el cansancio me golpea sin aviso y confirmo lo evidente: mi fondo físico también se ahogó en el naufragio.
—¡¡Grrr!! ¡¡Mierda!! ¡¡Joder!! ¡Hostia!
Los improperios gruñidos por Lola me detienen sorprendido. En el tiempo que hace que la conozco, lo más atrevido que la he escuchado decir es « mecachis », algo que siempre me ha hecho mucha gracia y, siendo totalmente sincero, me gustaba mucho.
Avanzo de nuevo acompañado por la melodía de los insultos y la percusión del agua salpicando hasta que llego al filo de una roca.
Entonces la veo.
Ahí está: la mujer más bonita y más enfadada que he visto nunca.
—¡Idiota! ¡Sí, Lola! Eres una tremenda imbécil. Si la vida quería llevárselo, ¿quién eras tú para retenerlo aquí? —gruñe frustrada dando puñetazos al agua—. Me cago en las virgencitas.
Sin poder evitarlo, una carcajada se me escapa cuando la escucho. Al oírme, alza la vista veloz, su cuerpo, que estaba cubierto hasta la cintura, resbala en el agua y cae de espaldas con tan mala suerte que se golpea la cabeza con una roca saliente.
—¡¡Lolaaa!!
Como puedo, bajo por la pared del cenote mordiendo mi labio para contener, de algún modo, el latigazo de dolor que me provoca cargar todo mi peso sobre la pierna herida. Me sumerjo en el agua y mis pies tocan una roca resbaladiza que me hace entender por qué ella ha perdido el equilibrio.
«Lola siempre pierde el equilibrio, aun estando en el lugar más estable del universo». Mi pensamiento me hace medio sonreír y eso solo empeora las cosas.
—¿Te hago gracia? —pregunta iracunda con las dos manos sobre su cabeza como si así pudiera contener el chichón que, seguro, ya le está saliendo.
No respondo. Me sumerjo entero en el agua fresca sintiendo un enorme placer al hacerlo y braceo para llegar a ella.
Es tan agradable el baño que meto incluso la cabeza.
La escarcha salada que tenía en el pelo se disuelve y es tan reconfortante que parece darme una nueva vida.
Al alcanzarla, me pongo de pie delante de ella.
—¿Gracia? Lola, tú me haces sentir muchas cosas y te aseguro que la que menos es gracia.
Baja los brazos con los puños cerrados, golpeando de nuevo el agua, y me mira cargada de rabia.
—¿La que menos?
—No me gusta mentir, hay veces que… tu inestabilidad me saca unas risas. —Le sonrío guiñándole un ojo canalla y eso provoca justo lo contrario a lo que pretendía.
Sus mejillas se encienden, su rostro se contrae y todo su cuerpo se tensa más que una cuerda de guitarra.
—Para no gustarte, es algo que haces muy bien.
—¿Cómo? —Arrugo la frente sin entender qué me quiere decir.
—¡¡BASTA!! Además de traidor, eres un actor horrible.
Te he salvado la vida porque… porqueee… ¡PORQUE SOY IDIOTA!
—resopla y veo sus preciosos ojos llenarse de lágrimas que pronto resbalan por su rostro y se mezclan con las gotitas de agua que ya estaban sostenidas en sus mejillas.
Alargo la mano para limpiarlas, pero con brusquedad me aparta.
—No me toques. Te odio. Deja de joderme la vida.
Me has fastidiado hasta este lugar, maldito Diablo —solloza cubriendo su rostro con ambas manos—.
Ilusa pueblerina, con lo bien que estabas pasando los días aburrida en Villavacas del Monte.
¡¡Pero nooo…!! Tenías que dar la vuelta al mundo.
—Hace aspavientos con los brazos, enajenada, mientras no deja de hablar con ella misma, como si yo no estuviera a solo un metro de distancia.
Se insulta, golpea el agua y maldice en varias ocasiones al Diablo, es decir… a mí.
La dejo desahogarse. No la toco ni la interrumpo, le doy su tiempo para gritar y blasfemar, porque no quiero ni imaginar cómo debe de haberse sentido en los últimos días. Solo de pensarlo, el estómago se me contrae y un nudo me estrangula la garganta.
Sí, ante mí tengo una mujer desfragmentándose por segundos, quebrada, pero que en ningún momento se ha dejado vencer por nada.
La han secuestrado, por lo que veo en su rostro también golpeado —solo rezo para que fuera ese único golpe en su mejilla—, ha naufragado y ha pasado varios días en una isla en algún punto del mar Caribe junto a un hombre a punto de morir por una herida de bala.
—Eres la mujer más valiente que he conocido nunca. Damián siempre tuvo razón, eres una auténtica leona.
Se detiene en seco, alza la vista y el turquesa más bonito me mira. Sus largas pestañas están unidas por algunas gotas de agua, o quizá lágrimas, y su labio inferior tiembla por la contención de un llanto ahora silencioso.
El sonido de la nada nos arrulla. Se escucha la suave brisa agitar las hojas de las altas palmeras que dan algo de sombra alrededor de este espectacular cenote.
Por la pared rocosa, las enredaderas caen como si su intención fuera beber de esta agua cristalina.
Y en medio de este paradisiaco lugar está ella, como si formara parte del paisaje.
Tan hermosa como fascinante. Tan rota como valiente.
Sin poder resistirme ni un minuto más, alargo las manos y envuelvo su rostro.
Con los pulgares retiro las gruesas lágrimas que caen cuando ella cierra los ojos.
Doy un paso más y me coloco entre sus piernas.
El roce de nuestros cuerpos me inunda de un profundo alivio y a ella un sollozo la asalta antes de volver a hablar.
—¿Por qué? —pregunta dejando caer su cabeza en mi pecho y rompiendo en un llanto desolador—. ¿Por qué me has traicionado de este modo?
Ahí las alarmas saltan.
—¿Traicionarte?
Sus manos impactan en mi pecho con un golpe seco que me empuja hacia atrás y me hace caer al agua. Al emerger, vuelvo a encontrarme a una Lola furiosa. Casi puedo oír el rechinar de sus dientes.
—¡¡Deja de mentirme!! Sé que fuisteis vosotros.
Los dos. ¿Queréis mi dinero? Quedároslo, solo me ha traído desgracias.
¿A quién se le ocurre comprar el número del Diablo?
A mí, solo a mííí... Estaba claro que no te iba a traer nada bueno, Lola, ¡¡NA-DA!
! —vuelve a hablar con ella misma y confirmo que la soledad en la isla le ha afectado profundamente—.
Taky ya te avisó de que este viaje no era buena idea.
Esas malditas telenovelas son más reales de lo que nadie se imagina.
México es un país horrible. ¿El Caribe? ¡Bua!
Totalmente sobrevalorado. ¿Y la gente…? —Su vista se reubica y se centra en mí, que sigo flotando en el agua, guardando distancias con ella y su tremendo enfado, uno que solo hace que acrecentar—.
La gente es horrible. ¡Tú lo eres! Ojalá nunca te hubiera conocido. ¡¡Te odio…!!
Antes de que termine la frase, ya estoy frente a ella.
La tomo entre mis brazos y pego mis labios a los suyos.
Se acabó, no voy a dejar que siga en ese bucle que parece ser infinito y que solo la está destruyendo más emocionalmente.
Y siendo sincero… tampoco puedo seguir aquí sin tocarla, sin sentirla.
En cuanto su aliento roza el mío, el mundo se detiene.
Ya no existe selva, ni palmeras.
No hay rocas, ni siquiera agua.
Solo está Lola. Y la sensación más absoluta de que su cuerpo es mi lugar en el mundo, mi paraíso.