La Riqueza del Amor Capítulo 45
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Capítulo 45

La suave brisa viene acompañada de la melodía de un mar tranquilo.

Esa que suena cuando las olas van y vienen, despacio, sin prisa.

Inspiro para impregnarme del olor a salitre y entonces llega hasta mí un suave aroma dulzón.

Un recuerdo me atraviesa: una chica de cabello platino y ojos turquesa me observa desde el muelle de Deshaies, en Isla Guadalupe.

Su pelo se agita con el viento y su perfume revolotea a mi alrededor, erizándome la piel.

Sonrío.

«Es una sirena». Se repite el pensamiento que tuve aquel mismo día.

Al abrir los ojos, el mundo gira despacio, como si estuviera suspendido en agua espesa. Lo primero que llama mi atención es un entramado de hojas de palmera, superpuestas, formando el techo de lo que parece… ¿un refugio?

Levanto un poco la cabeza y un fuerte zumbido me asalta.

Una jaqueca muy molesta hace que todo dé vueltas durante unos segundos, poco a poco me voy estabilizando.

Consigo enfocar la vista y distingo un tronco inclinado que sostiene la cabaña improvisada.

De él cuelgan varias prendas de ropa, como una colada secándose al sol.

Entonces algo se mueve a mi lado. Giro el rostro y la veo.

—Lola —suspiro, casi como si fuera un gracias.

Lleva un vestido aguamarina que ya había visto, pero que no comprendo cómo ha llegado hasta su cuerpo. La esperanza me embarga hasta que la razón gana la batalla y miro a mi alrededor.

No estoy en Deshaies, sigo, seguimos, en la playa a la que nos trajo el naufragio.

El suelo está cubierto por una gran manta que teníamos en El Diablo Vela y que siempre usaba Lola para cubrirse en las noches más frías. En un rincón, apiladas y bien dobladas, hay varias prendas de ropa y, junto a ellas, reconozco al momento el botiquín que yo mismo preparé para la travesía.

—¡Espera! No tengo fiebre. —Me toco la frente y rápido llevo la mano al muslo.

Una gasa cubre la herida de bala. No hay dolor al tocarla. Sonrío, henchido de orgullo, al mirar a la valiente mujer que duerme a mi lado. Sé sin ápice de duda que mi mejoría es hazaña suya.

Estiro la mano y le retiro con suavidad un mechón platino del rostro.

Sus mejillas están muy sonrosadas, tanto como la puntita de su nariz.

No puedo evitar acariciarla y resbalar por ella hasta sus gruesos labios.

Es la mujer más bonita que jamás he visto y sin duda la más valiente.

Cuando sus ojos se abren y el mar Caribe que hay en ellos me mira, mi corazón se acelera.

—¡¡WIL!! —Se incorpora acelerada—. ¡Estás despierto! ¡¡Gracias, virgencitas! —repite esa tonta plegaría que siempre me saca una risilla.

—Lo estoy y parece que es todo gracias a ti.

El remolino de emoción y alegría que nos envuelve se esfuma de golpe y sin esperármelo, solloza, cubre su rostro con ambas manos y se entrega a un llanto desolador que me retuerce el corazón.

—Lola. —Me acerco y rodeo su ahora más menudo cuerpo con mis brazos, sintiendo un placer enorme al volver a tocarla—. Ya está, estoy aquí, estoy bien.

—¿Aquí? ¿Bien? —Me empuja separándome de manera brusca—. ¡Estamos aquí por tu culpa! Y para colmo me… me haces sacarte esa bala y te pegas un sueñecito de cinco días.

—¿Quééé? ¿Cinco días? Lola, ¿cuánto llevamos aquí?

—Hace más de seis días que la tormenta nos trajo a este islote. A este maldito trozo de tierra en mitad del grandioso océano. —Sigue llorando con su rostro contraído entre la rabia y la angustia—. Deseaba mucho que despertaras, pero ahora… ¡¡Grrr!! Solo deseo perderte de vista.

Agarra del suelo una bolsa de plástico y se levanta enfurecida.

No entiendo nada.

—¡Lola, espera! ¿Dónde vas?

—A bañarme… lejos de ti.

—¿Bañarte? ¡Vas en dirección contraria al mar! —alzo la voz mientras se va a paso ligero.

Me levanto y me sorprende la agilidad con la que lo hago. Avanzo unos pasos algo inestables, pero apresurados, y estiro el brazo para sujetar su muñeca. Cuando se gira, su mirada es tan afilada que hace que la suelte al momento.

—No me toques, traidor.

«¿Traidor?».

—¿Pero qué…?

Los pequeños pies descalzos aporrean la tierra furiosos con cada paso y en solo unos segundos la pierdo de vista entre la maleza. Paso un rato ahí, inerte, sin comprender nada, hasta que dejo de mirar un punto fijo y empiezo a ver todo lo que hay a mi alrededor. No doy crédito.

Lola lleva sola varios días y de manera inexplicable nos ha mantenido a los dos con vida.

Ha construido una pequeña cabaña, un refugio.

Frente a este hay una hoguera prendida —y sí, estoy deseando averiguar cómo ha logrado encenderla— y cerca la ropa tendida que había visto cuando he despertado y que deduzco trajo la marea.

Eso me lleva a pensar en El Diablo Vela y en Damián.

«¿Qué habrá sido de ellos?». Un regusto amargo se aloja en mi garganta, es el sabor de una certeza a la que no deseo plantarle cara, al menos de momento.

Ahora mismo no sé si estoy listo para pensar en mi mejor amigo y en la posibilidad de que…

yazca bajo el mar. Miro el agua y rezo porque no sea así.

Rezo a un Dios en el que hace mucho tiempo que dejé de creer, aun así, lo hago, por la vida de Damián y también por la nuestra, la de Lola y la mía.

Y ya puesto, rezo una vez más porque nos estén buscando.

Si llevamos tantos días aquí es porque es muy probable que estemos en una isla que no figura ni en los mapas, o quizá la fuerte tormenta nos arrastró mucho más de lo que creo.

Podríamos estar en cualquier punto del mar Caribe, lejos de Cartagena, tal vez incluso fuera de las rutas habituales.

Suspiro algo desalentado tratando de digerir el nudo que se me ha formado en el estómago al ser consciente de todo lo que ha tenido que vivir Lola.

Aún no doy crédito, esa mujer es una auténtica leona.

Casi sin saber nadar, nos salvó a ambos.

Me parece inaudito que tuviera la templanza de no luchar contra el mar.

Si hubiera tratado de nadar, aun siendo una experta nadadora —cosa que no es—, habría acabado ahogándose debido al agotamiento.

Pero ella tuvo una actitud que pocos marineros hechos a la mar habrían tenido.

No peleó contra la naturaleza, sino que se alió a ella.

Sonrío abrumado por todo lo que estos pensamientos remueven dentro de mí, por todo lo que Lola me hace sentir. Es algo que hacía muchos años había olvidado y, sobre todo, rechazado. Sin embargo, ahora lo recibo con una renovada ilusión, con la absoluta certeza de que… es ella.

Un destello me saca de la bruma de mis pensamientos y me acerco a una roca en la que hay apilados algunos utensilios de cocina.

La cazuela que usaba en el velero para cocer la pasta está cubierta por un par de hojas grandes y verdes, al retirarlas encuentro una especie de salsa naranja y pastosa. Acerco la nariz y…

—Esto huele muy bien. —Meto un dedo dentro y pruebo solo un poco.

El sabor es dulce y lo reconozco al momento; mango. Ha hecho una especie de mermelada y deduzco que es así como me ha ido alimentando.

Chica lista.

En mi pecho se arremolina un calorcito placentero que activa mis pulsaciones, y aunque parezca contradictorio, ahora mismo me siento más vivo que nunca y es todo gracias a un pajarillo que se ha convertido en leona.

Me giro hacia el lugar por el que ha desaparecido enfurecida y camino hacia allí con la determinación por bandera.

—Voy a por ti, Lola Flores. Y cuando te alcance… no pienso soltarte.

Esa fascinante mujer ya no se me escapará nunca más.