Capítulo 44
Cuatro días después del naufragio
—¡Ya basta! Eres superpesado. ¡Deja de gruñir! —le exijo, señalándolo con el dedo amenazante—. Me tienes harta, siempre estás igual.
Resoplo frustrada, dándome la vuelta para dejarlo atrás e ir a la orilla a mojarme los pies. Es una de las cosas más alocadas que hago a lo largo del día, remojar los deditos en el mar caribeño de las narices.
¡¿Qué?! No me juzgues. Ya te digo que esto no es tan bonito ni espectacular como tú te crees. El Caribe está muuuy sobrevalorado.
Sabes, esto es igual que esa historia que circula por redes sociales, esa que a tantos nos ha hecho reír y que a mí ahora me parece tan vívida.
Me refiero a la del argentino que viaja a Canadá y, emocionado, cuenta su primera nevada.
Explica que la estampa es de postal, todo blanco, precioso.
Pero a medida que pasan los días, empieza a cansarse de tener que retirar la nieve del camino de entrar a la casa, el frío que le hiela los huesos se ha convertido en insoportable y ya nada es tan idílico como lo fue inicialmente.
Al final, solo desea volver a su caluroso país y no volver a ver la dichosa nieve nunca más.
Pues bien, a mí me ha ocurrido lo mismo con este puñetero mar caribeño.
El muy idiota pasa todo el santo día ahí, olita va, olita viene.
Estoy hartísima de que no deje de escupir objetos a la playa como si este lugar fuera su contenedor de estiércol y yo la encargada de limpiarlo.
El muy cabrón me enerva tanto, que ya no me gusta su color, ni su olor, ni…
NA-DA. Para colmo, ha hecho que un montón de años de contención se fueran al traste, y he pasado de ser una educada señorita a una vulgar náufraga que pasa el día entero blasfemando y soltando improperios como si así pudiera hacer resurgir de sus profundidades a El Diablo Vela y de este modo conseguir salir de este horrible lugar de una puñetera vez.
Villavacas del Monte, ese sitio sí es el jodido paraíso. Con sus senderos de tierra estable, sus calles asfaltadas, su ambiente seco, sus casas con paredes y techo firmes, sus neveras llenas de comida, sus grifos con agua dulce, su… gente.
Mi gente.
—¿Ves lo que has conseguido? Otra vez me has hecho llorar, Wilson.
Giro el rostro y lo observo al principio borroso, tras pestañear con claridad. Siento como las lágrimas escuecen mi piel quemada por el sol, ese idiota sol que no se cansa nunca de brillar.
Resoplo frustrada.
—Wilson, es un hecho: me estoy volviendo loca.
Si Tom Hanks me viera, se reiría en mi cara. Él y cualquiera. Todo esto no puede ser más surrealista y… ridículo.
Solo llevo cuatro días en esta isla desierta —ya te digo que llamarla así es venirse muy arriba— y estoy al borde de perder el juicio.
Literalmente.
Porque esta islita —sí, islita, peñote, puñetero pedazo de tierra salido de vaya a saber uno qué rincón olvidado del mar Caribe— tiene el tamaño de una rotonda con pretensiones.
—¡¡Sí!! ¡De una rotonda, Wilson! —le grito mientras le miro con rabia apartando las lágrimas.
Y yo aquí, dando vueltas como una enloquecida pueblerina perdida y… ¡Buf! Hablándole a un hombre que lleva cuatro días inconsciente.
La recorrí entera el segundo día. Me refiero a la isla.
¿Sabes cuánto tardé? Ciento diecisiete pasos.
¡Ciento diecisiete! De punta a punta, bordeando palmeras con troncos orgullosos, raíces retorcidas y un montón de cangrejos con más actitud que yo.
Si le doy la vuelta completa, son trescientos cuarenta y tres.
Ya lo he hecho tantas veces que estoy considerando montar una maratón.
Isla Desesperación Trail voy a llamarlo.
Patrocinada por el Club de las Náufragas Pueblerinas y Los Hombres Inconscientes.
¡¡Alto!! Hay algo muy importante que no te estoy contando y, ojitooo… es muy top. He montado un «campamento».
¿Qué te parece?
En realidad, me importa tres pimientos lo que opines o te parezca.
¡Mmm! Pimientos fritos, cómo los echo de menos. ¡¡LOLA!! Qué te vas por peteneras y te pierdes.
Valeee… Deja que trague toda la salivación que he producido pensando en comida de verdad y no lo que ingiero a diario.
Sigamos con la explicación de este maravilloso punto de mi vuelta en mi travesía: viajando por el mundo en velero —véase toda la ironía en estas palabras—.
Volvamos a lo del campamento, aunque quizá llamarlo así es un eufemismo, porque esto más bien parece un mercadillo de objetos que el mar escupió por aburrimiento o para tocarme las narices y acrecentar el nuevo TOC que he desarrollado.
Necesito ver la playa siempre limpia, así que ando todo el día recogiendo hasta las piedritas más pequeñas y barriendo la arena con unas robustas hojas de palmera para que se vea lisa.
Sííí… todo bien, muy normal y cuerdo.
El caso es que, de entre todas las cosas que van llegando vomitadas por el mar, algunas están siendo de utilidad, otras no.
Además de la manta y el botiquín —dos de los objetos más útiles—, también encontré una lona azul llena de agujeros, dos cazuelas algo oxidadas, una cuerda que huele raro y un zapato.
Solo uno. Del pie izquierdo. Me lo puse durante un día entero por si el estúpido agua decidía escupir el derecho, la cordura me visitó al caer la noche y me lo quité.
Las olas han traído más cositas, la mejor de todas, sin duda, ha sido un champú de coco que, para sorpresa de nadie, me dio alergia.
—¿A que sí, Wilson? —me siento en la entrada del refugio a su lado y vuelvo a rascarme el cuello.
Tengo una especie de roncha o eso creo, no puedo verme.
Pero no me importa. Porque ayer encontré una maravilla que me hizo gritar como si me hubiese tocado el gordo de nuevo.
Al principio creí que era un riachuelo, resultó ser un cenote enano, pero oye, ¡agua dulce!
Me lancé de cabeza —literal— y después lloré durante tanto rato que esta mañana mis ojos aún estaban inflamados y escocían.
Vamos a dejar claro que soy Lola Flores del Campo, y hasta en una puñetera isla desierta he de dejar mi esencia.
Quizá por un momento has creído que me lancé al cenote como si fuera la protagonista de un anuncio de perfume.
Nada más lejos de la realidad. La intención inicial fue esa, pero resbalé, caí de culo y me di con una piedra en el hueso de la cadera.
Ahora luzco un bonito hematoma como recuerdo del gran hallazgo.
De todos modos, vamos a quedarnos que lo importante: el champú, el agua dulce y que me pude asear.
Había llegado a un punto que me daba asco a mí misma, me picaba todo por el salitre y ya no soportaba seguir llevando las dichosas lentejuelas.
Aproveché para lavar un vestido que me entregó el mar —esto sí lo recibí como un regalo— y me lo puse mojado, pero limpio. Con el calor se secó en un periquete.
¿Sabes lo más irónico de todo esto?
Que en mi vida, ¡EN MI VIDA!, pensé que mi vuelta al mundo acabaría con el mismo destino que Tom Hanks.
Aunque yo sin equipo de rodaje, sin doble de acción y…
bueno, con un Wilson de verdad. Uno que no habla, no se mueve, no me responde…
pero al que igualmente le grito. Porque sí, sigo muy enfadada con él.
Lo observé ayer mientras dormía. —Bueno, no es que haga otra cosa—. El tío se desangra, cae en coma y aun así tiene mejor piel que yo.
¡¿En serio?!
Le he hecho sombra con unas hojas frescas, lo he hidratado —con una concha de coco, ¡una concha, Wilson!
— y hasta le he preparado un puré con lo único que he encontrado: fruta.
Sí. Mango. Al parecer, esta islita olvidada por Dios tiene una o dos benditas sorpresas.
Detrás de una roca que huele a caca de ave, entre decenas de palmeras y arbustos, encontré un árbol distinto a todos los demás y repleto de mangos verdes —más duros que mi paciencia, todo sea dicho—.
También hallé unas bayas raras que probé porque, francamente, ya me daba igual si me moría o me convertía en dragona.
Estaban ricas. Aún sigo viva. Con picor en el cuello, pero todo bien.
Así que te resumo, querido diario oral —no tengo nada para escribir— de la desgracia: me despierto, doy los buenos días al bello durmiente, me arrastro hasta el cenote, me baño como puedo —chapoteando y maldiciendo—, recojo fruta, barro y aliso la playa, me tropiezo con alguna raíz maldita y luego regreso a ver si Wilson ha decidido volver a la vida.
Spoiler : No lo ha hecho.
Ayer, por ejemplo, me di con una liana en la cara.
Estaba tan metida en mis pensamientos que no vi el ramalazo venir.
Me dejó marca en toda la mejilla. Si esto sigue así, cuando vuelva a España la gente va a pensar que me dediqué a luchar contra jaguares.
O que rodé una serie en Netflix sobre mujeres salvajes.
También, a veces… a veces me siento en la arena, al borde del agua, y grito.
Porque sí. Porque me sale del alma. Y porque este estúpido mar no deja de susurrarme con cada ola que no va a ayudarme.
Que no va a traer un helicóptero, ni a la Guardia Costera, ni siquiera una botella con un mensaje que diga: «tranquila, ya vamos a por ti».
—¿Y sabes qué es lo peor, Wilson? —Lo miro de reojo haciéndole una pregunta que no va a responder—.
Que empiezo a entender por qué Tom Hanks hablaba con un balón de voleibol.
Es… es porque una acaba tan sola, tan jodidamente sola, que lo único que le queda es hablar con una pelota.
O en mi caso, con un hombre inconsciente que tiene nombre de pelota.
»Así que te pido que no me juzgues, ¿vale? Si alguna vez despiertas y me ves bailando una coreografía de Shakira frente al fuego, entiende que puede tener algún desliz con mi cordura, uno que será temporal y transitorio.
Porque no, todavía no he perdido del todo la cabeza. Ni tengo intención de hacerlo. Vamos a dejar muy claro que lo mío son los zapatos, los desayunos con tostadas y las novelas románticas que SIEMPRE acaban bien.
Esto no estaba en el contrato, cierto. Pero aquí estoy. Vale, algo loca. Muy enfadada. Y requemada por el sol. También con más ronchas cada día, sí… pero VIVA.
Te aseguro que esto último no va a cambiar, lo juro por todas las virgencitas que me queda mucha guerra por dar.
—Y tú, Wilson… —lo miro y me molesta lo guapo que lo veo—, más te vale despertarte pronto. Porque… —cierro los ojos afligida y me sincero— no sé si seré capaz de mantener esta promesa.