La Riqueza del Amor Capítulo 43
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Capítulo 43

Tiro con fuerza del extremo del guante de látex y observo a Wil.

—¡Por el amor de todas las virgencitas! ¡Esto es la peor idea del mundo! —certifico.

Tras la primera noche —larga y llena de preocupación por Wil— despunta el sol, y con él todo lo que la tormenta ha arrastrado a la costa.

La playa está decorada con distintos objetos y entre ellos he reconocido varios que estaban en El Diablo Vela .

Decido no analizar por qué es así. Prefiero concentrarme en que Wil no muera.

A ratos llorando, a ratos rezando. También he tenido momentos de reproche e incluso —me avergüenza reconocerlo— mi enfado alcanzó cotas tan altas que en un par de ocasiones le pellizqué el brazo para drenar la rabia.

—¡¿Quééé?! No me juzgues, esto no es tan fácil.

Además, no he apretado mucho—. Él ni se ha inmutado.

Las horas se me hicieron eternas, densas y flagelantes. Entre la bruma de pensamientos cargados de enfado y otros de profunda añoranza —por mis padres, Taky e incluso Florencio— tomé una decisión que no sé si será correcta, pero que sin duda era necesaria.

El astro Sol asoma y con él activo mi plan. Ya llevo más de un día aquí, no puedo continuar sentada torturándome por la desafortunada suerte y sin hacer nada.

A la costa ha llegado de todo, he encontrado algunas cosas que he reconocido porque estaban en El Diablo Vela .

Entre ellas, una manta gruesa que siempre me sacaba Damián por la noche cuando me estiraba a leer en cubierta y pasaba más rato contando estrellas que pasando páginas.

No he dudado en usarla y, tras lavarla en el mar, la he extendido en el suelo, después he hecho rodar a Wil hasta ella, colocándolo boca abajo.

De este modo evito la arena y, además, la humedad mantendrá su cuerpo algo fresquito.

Miro la caja abierta y vuelvo a alzar la vista al cielo dando gracias, pero esta vez añado un: «por favor, ayúdame una vez más».

La caja de pesca ha resultado ser el mayor de los tesoros, un botiquín totalmente estanco. No ha entrado nada de agua y todo en su interior está en perfecto estado.

Ríase quién quiera del caprichoso destino, yo ya te digo que no pienso hacerlo.

Con las manos enfundadas en los guantes, observo la herida de bala y me estremezco solo con la anticipación.

Al retirar el tejido de mi vestido que la cubría, un hedor ácido y metálico flota en el aire, mezcla de sangre rancia, sudor agrio y carne podrida.

Por instinto, llevo el dorso de mi mano hasta la nariz.

Es el tufo a abandono, a carne vencida, es el olor de un cuerpo que ya no pelea por seguir vivo.

La piel alrededor de la herida está inflamada, enrojecida y tensa como si en cualquier momento pudiera estallar. Un círculo amoratado rodea la entrada de la bala, y justo en el centro supura un pus espeso, amarillento y muy muy asqueroso.

No pinta mal, pinta FATAL.

Si no hago nada, la infección acabará con él, solo espero que no se haya propagado por la sangre.

Siendo consciente de mi destino, decido no demorarme más y acerco la mano, al tacto, la zona tiembla como si su corazón bombeara bajo ella. Está caliente como brasas, la fiebre cada vez es más alta y ya no quiero pensar en las horas que lleva sin despertar.

La pierna arde y no solo por la fiebre, sino por el rojo furioso que rodea la herida, es como si el mismo infierno se hubiera instalado bajo la piel.

¿Sé lo que estoy haciendo?

Nooo… Pero no hacer nada es una sentencia segura y, por muy furiosa que esté por su traición, jamás dejaría a nadie morir, no sin antes intentar salvarlo. La vida ya se encargará de darle su merecido cuando toque, no seré yo quien lo decida.

Su respiración es irregular y, aunque es muy probable que no me escuche, antes de empezar le cojo la mano, tan fuerte como puedo, más para infundirme valentía a mí que a él, y le aviso:

—Esto va a doler, Wil. Pero no te me vayas, ¿vale? No me dejes sola en este lugar.

Cojo del botiquín el spray anestésico. No es que sea la panacea, ni mucho menos milagroso, pero con suerte entumecerá lo justo para que no grite como un animal.

Rocío la zona con cuidado, y al mirarle veo cómo aprieta los dientes, y todos sus músculos se tensan como cables.

Lavo la herida con suero, y cuando la sangre seca se diluye, lo veo: la maldita bala está alojada justo ahí, a la entrada de la piel.

No ha atravesado del todo la carne. Vuelvo a mirar al cielo una vez más dando gracias.

Con el dorso del brazo me limpio el sudor chorreante de la frente.

Cojo aire y, tras soltarlo, agarro las pinzas entre mis dedos temblorosos.

No son quirúrgicas, más bien parecen de esas de depilar…

pero espero que sirvan para evitar que meta los dedos ahí dentro.

En cuanto las introduzco, se arquea gritando.

Un aullido ensordecedor que retuerce su cuerpo y ya… solo una vez. Después deja de moverse.

—Ya está casi, Wil —le susurro dando por sentado que ha vuelto a perder el conocimiento. Quizá sea lo mejor.

Sin remilgos, decido atajar y aprovechar la falta de consciencia.

Abro la herida con una de las manos y, con decisión, saco la bala.

Sonrío triunfante y justo después rezo para que haya servido de algo.

Lo siguiente es lavar de nuevo con lo que tengo: yodo.

Aplico pomada antibiótica que he encontrado en el botiquín que he decidido llamar «caja del milagro», y finalmente coloco unas gasas para cubrir la herida y mantenerla limpia.

Su cuerpo entero tiembla y su frente está empapada.

Recupero las hojas de palmera, las baño en el mar y lo cubro con ellas.

Finalmente, tras un largo suspiro, me siento a su lado y aprieto su mano.

—Vas a vivir, idiota —le digo, rabiosa, y usando un improperio por primera vez en voz alta, como si insultarlo fuera mi forma de vengarme por su traición.