Capítulo 42
Antes de poder terminar la frase, la cabeza de Wil cae a un lado en la arena y entro en pánico.
—¡¡Despierta!! —Golpeo con suavidad su rostro—. ¡¡Mecachis!! ¡¡Abre los ojos!! —alzo la voz dándole más fuerte.
No sirve de nada. Nerviosa, acerco mi oreja a su pecho y respiro aliviada al sentir su corazón, lento, pausado, pero latente. Levanto el rostro, quedando muy cerca del suyo, y sollozo aliviada cuando siento su respiración en mi mejilla.
—Estoy muy enfadada contigo, pero si te mueres, eso sí que no te lo pienso perdonar ¡¡nunca!! ¿Me estás oyendo? ¡No te atrevas a dejarme sola en este lugar!
Y ahí, de rodillas, en una playa solitaria de algún punto del mundo…
me rompo por completo. Lloro desolada, sin control ni contención, y rezo, rezo a quien quiera escucharme.
Le ruego que me ayude. Suplico que esta playa abrumadoramente oscura sea solo una más entre tantas islas, y que en cuanto se alce el sol aparezca alguien con su toalla sobre el hombro y un móvil en el bolsillo.
Sin poder detener mi desahogo, el día va despuntando. Las estrellas dejan de brillar y el azul del cielo se aclara, tiñéndose poco a poco de un naranja que en otro momento me parecería precioso, pero que ahora mismo no consigo apreciar.
El sol pronto empieza a caldear el día y Wil sigue inconsciente en la orilla. Si lo dejo aquí, se achicharrará en pocas horas, así que he de hacer algo.
—Mueve el culo, Lola. No puedes quedarte aquí llorando —me espoleo a mí misma.
Una vez en pie, sacudo las manos llenas de arena en las lentejuelas del vestido, ahora hecho jirones.
Tomo aire para infundirme fuerza y me agacho, colando los brazos por debajo de los de Wil.
Tiro de su cuerpo con todas las fuerzas y cuando solo he avanzado un par de metros, caigo de culo.
Resoplo, llena de frustración, al girarme y ver toda la distancia que aún me separa de la sombra de la primera palmera.
También sollozo. Observo todo a mi alrededor y la soledad me envuelve.
Dicen que la fe es lo último que se pierde, pero en este momento poca me queda.
Quiero pensar que alguien aparecerá pronto a ayudarnos; sin embargo, una vocecita odiosa dentro de mí no deja de susurrar que estamos en un islote que probablemente ni siquiera figure en los mapas.
Durante un largo rato voy tirando de Wil para llevarlo a la sombra. Le he pisado dos veces la mano y cada vez que, debido al sudor, el cuerpo del Diablo se me escapa, su cabeza ha rebotado en la arena como una pelota de tenis. Ahora me pregunto si tanto golpe no estará alargando su sueño.
—¡¡Grrr!! Esto es peor que mover un muerto… ¡Menuda comparativa, Lola! Ahí te has lucido. ¡Bufff! —resoplo de nuevo por mi inoportuno comentario y… porque ya estoy rozando la pérdida de cordura y empiezo a hablar conmigo misma.
Me caigo incontables veces y, su más de metro noventa, solo avanza un poco cada vez. Cuando por fin consigo ponerlo a resguardo del sol, descubro que su piel vuelve a estar quemando. De nuevo tiene mucha fiebre.
Miro el mar.
—¡¡Nooo…!! Ni de broma lo llevo otra vez hasta la orilla. Paso de sentirme de nuevo una burra que tira del carro de siembra. Piensa, Lola, piensa…
La playa está llena de ramas y trastos. He de encontrar algo para bajar su temperatura. Me levanto en busca del milagro y solo unos pocos pasos después piso una gran hoja de palmera. Mi pie se moja al momento, en su forma algo cóncava acumula agua y está fresquita.
—¡¡Lo tienes, Lola!! —sigo con mi nuevo rollito y no dejo de hablar sola.
Busco varias hojas de palmera y las baño en el mar, las sostengo con cuidado para que mantengan el máximo de agua posible y las coloco sobre el cuerpo de Wil, lo cubro enterito con ellas.
No reacciona, sigue inerte y su rostro cada vez más pálido y ojeroso.
Y aunque ahora mismo la rabia y el dolor son los estandartes cada vez que le miro, no puedo evitar pensar que me sigue pareciendo el hombre más guapo que jamás he visto.
Ese cabello oscuro, las gruesas cejas y los labios carnosos…
—¡¡Basta!! —me grito molesta por la trayectoria de mis pensamientos—. Puede ser Mister Caribe, pero es un traidor.
Nunca había estado tan enfadada con nadie.
«Pajarillo». La palabra resonando en mi cabeza me enfurece mucho más.
«¿Ya habría trazado todo el plan para robar mi dinero cuando me llevó a su camarote?».
—Seguro que sí —susurro a la vez que lo observo ya desde la distancia mientras rebusco entre los objetos que el mar ha traído a la costa.
«¿Y entonces por qué se jugó la vida para rescatarme?», pienso confusa.
No dejo de darle vueltas. Al principio creí que la villana del traje blanco era socia de Wil y Damián, pero después, cuando llegó cual sicario, disparando a todos, deduje que no solo estaba secuestrada, sino que también me encontraba en una guerra entre mafias, bandas o piratas —lo que sea que fueran—, y que todos allí guerreaban con un único fin, quedarse con mi gordo de Navidad.
Había quedado más que claro que el número del Diablo no me iba a traer nada bueno.
El recuerdo de El Diablo Vela llega a mí nítido; flotando basculante en la cresta de la enorme ola que nos engulló. Una imagen que parecía sacada de la película más terrorífica.
«¿Sobrevivieron al naufragio el velero y el barco de pesca?».
Quizá sí, al fin y al cabo, Wil y yo flotando lo hicimos, puede que las embarcaciones también.
Eso me lleva a otro pensamiento:
«¿Sigue viva la villana?». Y algo que me inquieta mucho más… «¿Estaba Damián en el velero o solo vino a por mí Wil?».
«Bueno, a por mí no, a por el dinero».
—¡Grrr! ¡Traidor! —voceo mirándole de nuevo.
Malhumorada, le doy la espalda y avanzo por la arena pisoteándola hasta que topo con algo que me hace aullar de dolor.
Me he clavado una punta dura en la planta del pie. Salto a la pata coja mientras intento aliviar el dolor masajeando la planta y, sin remedio, caigo de culo —es mi nuevo estilo— y lloriqueo frotando la zona hasta que lo veo...
Un plástico negro asoma entre la fina arena blanca.
Estoy sudando, los mechones de cabello acartonados por la sal se pegan a la humedad de mi frente y el vestido de lentejuelas ahora lo siento como un saco de rafia que araña mi piel.
Sin embargo, todo eso pasa a un segundo plano cuando la curiosidad por descubrir qué entierra la arena se apodera de mí.
Escarbo con premura como si fuera un caniche en busca de un hueso que roer.
Con absoluto asombro observo lo que tengo delante: una caja de esas que llevan los pescadores en San Sebastián.
Recordar ese lugar me genera de pronto un dolor terrible en el pecho, y la imagen de mamá y papá llega tan real que hasta extiendo la mano, como si pudiera tocarlos.
Los veo delante de mí observándome muy preocupados y sé a ciencia cierta que así es como deben de sentirse ahora mismo.
He hablado con ellos cada día por llamada o por mensaje, incluso cuando navegamos en alta mar, Wil me permitió hacerles una llamada con el teléfono satélite.
No sé cuántas horas han pasado desde que me sacaron por la ventana de aquel baño, pero estoy convencida de que son las suficientes para que se estén preguntando si ha ocurrido algo.
Las lágrimas se derraman y decido apartarlas de un manotazo y centrarme en averiguar si lo que acabo de encontrar puede ayudarme con el hambre voraz —una arcada sube por mi garganta al pensar en un tentempié de gusanos resbaladizos y gelatinosos de esos que se clavan en los anzuelos— o si puede haber algo con lo que… extraer la bala.
Con los pulgares empujo las pestañas y, como si fuera el cofre de un tesoro maldito, abro la caja despacio, temblorosa.
«Ni que fuera a salir un monstruo del inframundo de ella». El pensamiento me lleva a girar el rostro y observar a Wil, a El Diablo. «Él si pertenece al inframundo».
Mi asombro es monumental cuando me doy cuenta de lo que contiene. Los ojos se llenan de lágrimas que, raudas, resbalan por mi rostro. No puedo evitar levantar la vista al cielo y susurrar un «gracias, virgencitas», cargado de emoción.