La Riqueza del Amor Capítulo 41
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Capítulo 41

Lo primero que siento es un escozor terrible y después un dolor que me estrangula la pierna.

Mi mente sigue en ese ir y venir de lucidez y oscuridad. Estoy y no estoy. Basculando entre la realidad y la nada, lucho por regresar. Me obligo a recobrar la consciencia completa exigiéndome abrir los ojos, cuando por fin lo logro… la veo.

Una sirena.

Me mira con asombro.

Derramando lágrimas.

Extiendo la mano y acaricio su precioso rostro, disfrutando del tacto suave de su piel…

hasta que, de un manotazo, me aparta. Intenta ponerse en pie y cae de bruces antes de llegar a erguirse.

Por instinto, mi cuerpo se gira para tratar de ayudarla, un gruñido agonizante revela el dolor que me provoca la pierna al moverme. Esa maldita bala sigue ahí dentro.

Vuelve a intentar levantarse y de nuevo le flaquean las piernas.

—Lo-Lola… —suplico con la voz ronca, casi en un suspiro. Deseo pedirle que se esté quieta, pero las palabras quedan atoradas en mis cuerdas vocales.

Al escucharme, empieza a temblar y su cabeza niega de manera compulsiva, colocando su trasero en la arena, resbala por ella, alejándose de mí, y yo trato de alcanzarla estirando mi brazo como si ello fuera un esfuerzo sobrehumano.

Cuando la rozo, me golpea con el pie. Ruedo por el suelo con movimientos lentos y muy pesados hasta lograr incorporarme.

—¡Grrr! —gimo afligido al ponerme en pie.

Lola cada vez está más lejos de mí. Acaba de entrar en pánico.

Su respiración se vuelve más agitada, incontrolable.

La mirada acaba de perderse en algún lugar inconcreto.

Una de sus manos llenita de arena cae en su pecho como si así pudiera controlar los descontrolados aspavientos que están aumentando por momentos. Cojeo para acercarme.

—¡¡No!! —grita perturbada levantando su brazo como barrera entre nosotros.

Su rechazo se me clava como una daga en el pecho, aun así, decido ignorarla y me aproximo un poco más. Al llegar a su altura, me agacho para cogerla por debajo de las rodillas y la espalda, la levanto en brazos.

—Shhh… —intento calmarla cuando se agita como una culebra nerviosa—. Es un ataque de pánico. Lola —me mira—, debes calmarte y respirar despacio.

Camino arrastrando la pierna, el dolor lacerante lanza latigazos que atraviesan todo mi cuerpo.

Llego hasta la sombra de una palmera y resbalo por el tronco hasta sentarme en la arena, al borde del desfallecimiento.

Sin soltarla, la mezo con suavidad para tratar de relajarla.

No sirve de nada, cada vez está más y más alterada.

Empieza a hiperventilar y cuando sus ojos se vuelven blancos, la agarro con más fuerza, sabiendo cuál va a ser su siguiente reacción.

Solo un segundo después se desmaya sobre mí.

Apoyo la cabeza en el tronco y susurro un «gracias» que abarca todo.

Gracias, porque está viva.

Gracias, porque está sana y salva.

Gracias, porque está entre mis brazos.

El desmayo es una consecuencia de su respiración acelerada y el agotamiento extremo, pero sé que recobrará la consciencia. Esa certeza me hace suspirar de alivio solo un instante antes de cerrar los ojos y caer en un profundo sueño.

***

Un inesperado frío me despierta erizando el vello de mi piel.

El dolor recorre todo mi cuerpo y los dientes me castañean sin control.

Trato de abrir los ojos y parece que los párpados están llenos de tierra que araña mis córneas.

Siento un incómodo hormigueo recorriendo mis brazos.

Mi cuerpo parece un saco repleto de sensaciones desagradables que no auguran nada bueno.

Es de noche. Tardo unos segundos en enfocar bien la vista, y cuando lo logro, la belleza más absoluta me saluda.

Un manto de estrellas me recibe. Brillan en el cielo y su reflejo centellea en el mar.

Por un momento pienso que es una noche más en El Diablo Vela , pero entonces recuerdo: el secuestro de Lola, el tiroteo, la bala atravesando mi pierna, el dolor lacerante, su rostro de pánico y mi cuerpo flotando en el mar, entre lucidez y oscuridad.

«Estoy en la playa».

—Wil… —Una voz susurrante me llama—. Wil. Wil, ¿me oyes?

Miro hacia abajo y encuentro a Lola. Sigue entre mis brazos, arrullada.

—Creo que tienes fiebre. —Me toca la frente.

—La pierna… —exhalo con dificultad—. ¡¡Grrr!! —gimo cuando se mueve sobre mí intentando levantarse.

—Estás muy caliente, tenemos que bajar la temperatura. ¡Venga! Ponte en pie. —Agarra mis dos manos y empieza a tirar de mí.

El hormigueo de los brazos dormidos se intensifica cuando ella los mueve y provoca que la circulación de la sangre se active.

Hasta esa sensación me resulta sumamente desagradable.

No sé cuánto tiempo llevamos sentados en la misma posición.

Una pesadez gigante parece retener mi cuerpo, haciendo que cada pequeño movimiento se convierta en un esfuerzo titánico.

—¡¡Vaaamos, Wil!! Necesito que colabores. Tienes que bañarte en el mar.

No tengo fuerzas, siento una debilidad inusual en mí, aun así, lo intento y, con su ayuda, consigo incorporarme.

Me gustaría poder avanzar sin abusar de ella, pero es inevitable, necesito usarla como punto de apoyo mientras doy pasos vacilantes por la arena y la pierna la arrastro tras de mí.

Al llegar a la orilla, trato de detenerme en vano, ella sigue adelante con su brazo alrededor de mi cintura y sujetando la mano que tengo sobre su hombro.

Cuando el agua salada cubre el muslo, un aullido brota de lo más profundo de mi ser y la rodilla se dobla como lo hubiera hecho con un latigazo.

El escozor resulta ser un lacerante y me atraviesa entero, haciéndome fallar las piernas. Caigo al mar.

—¡¡Wil!! Te tengo. —Saca mi cabeza del agua sujetando mi rostro con sus manos en mis mejillas—. Estírate, el agua fresca ayudará a bajar la temperatura.

Respiro hondo para regular un poco el dolor y dejo que mi cuerpo emerja flotando en el agua. En unos pocos minutos siento una ligera mejora, aunque soy consciente de que esto es solo un parche. La cosa no se va a solventar así.

—Lola, la fiebre no bajará si no extraemos la bala.

Su mano, con la que estaba remojando mi frente y cabeza, se detiene, su vista baja hasta encontrar la mía y leo perfectamente el pánico en su rostro.

—Y… ¿cómo pretendes hacer eso?

Levanta la vista y con ella recorre todo a su alrededor en busca de lo que sabe que no va a encontrar.

Aquí no hay nadie para ayudarnos. No sé dónde estamos, pero lo que está claro es que llevamos aquí varias horas.

Si nadie ha aparecido, esto solo tiene una explicación… en esta isla no hay habitantes.

Hemos naufragado y estado a la deriva sacudidos por la tormenta no sé cuánto tiempo.

Cuando el mar se calmó, continuamos flotando sin destino.

Lola nos ha salvado. Hizo lo más inteligente que se podía hacer en un momento como ese, no peleó contra el mar, simplemente dejó que él nos arrastrara hasta llegar a tierra.

Ahora estamos con vida en algún punto entre las Islas del Rosario y las costas salvajes del Parque Nacional Natural Corales del Rosario y San Bernardo.

Tal vez más cerca de Barú. O tal vez en alguna isla que no aparece en los mapas.

Solo sé una cosa: estamos completamente solos.

—Yo no llego ahí detrás, Lola, vas a tener que hacerlo tú.

Sus ojos se quedan anclados durante un largo rato en el horizonte oscuro de la noche. Casi puedo oír todos los engranajes de su mente correr frenéticos. La preocupación tiñe su rostro y su garganta traga con esfuerzo.

—¿Con qué?

No necesito que añada nada más a la pregunta, sé bien qué es lo que está pensando.

—Lola —baja la vista hasta mí y encuentro el brillo de las lágrimas, con el primer pestañeo se derraman—, hay que encontrar algo que nos sirva para extraer la bala, si no…

—No pienso meter mis dedos dentro de tu piel. Encontraremos algo —sentencia a la vez que tira de mi cuerpo flotante hasta la orilla.

Decido no insistir con el tema. Podría ser que la tormenta, igual que nos trajo a nosotros a esta playa, lo haya hecho con más cosas. Entre ellas quizá encontremos algo que nos sirva, esperaré a que salga el sol para ver si el destino está de nuevo de nuestra parte.

—Quédate aquí, la temperatura es fresca. Mojado y con esta brisa, tu cuerpo se enfriará más rápido.

—Falta poco para que amanezca.

—¿Cómo lo sabes? —busca indicios que verifiquen lo que he afirmado.

—Antes de que despunte el día es el momento más frío de la noche —balbuceo agotado.

—¿Wil? No sé si es buena idea que te duermas.

—Lola, no me estoy dur-durmiendo… —susurro sin fuerza.

—Wilson Mendoza, ¡ni se te ocurra morirte! ¡No me puedes dejar aquí sol…!