Capítulo 40
Tomo una gran bocanada de aire y siento cómo entra en mi cuerpo de manera dolorosa. Como si mis pulmones me quisieran hacer pagar el castigo al que les he sometido todo el tiempo que he estado bajo el agua, privándoles de su bien más preciado, el oxígeno.
Una ola aparece y, durante unos segundos, vuelvo a hundirme bajo el mar, a la tenebrosa oscuridad, al lugar en el que la dulce canción sigue sonando. Y, como si fuera un halo de luz, un recuerdo llega a mí:
—Lo más importante es que entiendas que en el mar siempre vas a flotar.
La voz de Damián resuena clara en mi mente.
—No importa que seas una experta nadadora o no, el agua salada es más densa y empuja tu cuerpo a la superficie.
»Siéntelo, Lola. Deja que el mar te acune, te sostenga.
Hoy aprenderás a nadar, pero necesito que sepas que, ocurra lo que ocurra, si un día crees que no vas a poder, que te ahogas, has de saber que es imposible si mantienes la calma.
Solo debes colocar tu cuerpo boca arriba y no dejar de respirar. ¿Lo entiendes, preciosa?
—Sí, lo entiendo, Damián —respondo emergiendo a la superficie.
Miro a mi lado y el cuerpo de Wil ya está flotando.
Por primera vez decido soltar su mano y le doy la vuelta todo lo rápido que puedo antes de que una nueva ola nos zambulla.
Una vez está boca arriba, me coloco junto a él, pasando un brazo por debajo de su cuello y extiendo el otro, abro las piernas y cierro los ojos.
Llevo mi mente al día que compartí con Damián en la playa.
Ese en el que el sol cálido acariciaba la mitad de mi cuerpo mientras el agua fresquita refrescaba el resto.
Me concentro en cómo me sentí en ese instante.
—Soy una estrellita de mar —le susurro a la menguante tormenta.
Y en una ilusoria paz, mi cuerpo y el de Wil navegan flotando a la deriva. Sin destino. Sin lugar al que llegar. Con la estremecedora sensación de incertidumbre y la curiosa tranquilidad que te da el sentir que sigues vivo… al menos yo.
***
De adolescente, con Taky, al caer la noche, aburridos y sin saber qué hacer con nuestras vidas en un pueblo en el que nunca pasaba nada, subíamos a la ermita que hay en lo alto de la colina de Villavacas del Monte.
Está a una hora de paseo por una pendiente rocosa y algo abrupta, es por eso que ya casi nunca nadie la visita.
Yo iluminaba el sendero con una linterna mientras mi querida «mierda» usaba su ingeniosa y loca cabecita para inventar historias de terror que siempre terminaban en carcajadas.
«Echo mucho de menos a Taky». Pienso sintiendo el contraste de una cálida lágrima mezclándose con las frías gotas de agua salada.
Al llegar a lo alto de la colina, nos estirábamos sobre una manta vieja y observábamos el cielo, en completo silencio.
Igual que estoy haciendo ahora. He visto a las espesas nubes disiparse como si fueran humo polvoriento que alguien soplara, y a los relámpagos y rayos, rendirse, cesar.
También he sentido al mar doblegarse, dejar de azotarme y empezar a acunarme.
No he levantado la cabeza, pero tengo la certeza de que lo único que tengo a mi alrededor es un mar infinito.
Ni siquiera me atrevo a mirar a Wil. Mi brazo sigue sosteniendo su cabeza, soy consciente de que su cuerpo flota junto al mío, pero no quiero, no puedo, no soy capaz de mirarlo.
Si lo hago y me encuentro con su ausencia, no lo soportaré.
Su cuerpo está aquí, pero ya no siento su alma.
Pestañeo varias veces para tratar de limpiar mi vista emborronada por las lágrimas y en una caída de párpados, algo llama mi atención. Abro de nuevo los ojos y…
—¿Una palmera? —pregunto al viento.
Incrédula y nerviosa, volteo en el agua. Grito de dolor cuando uno de mis pies choca con una roca. Los quejidos se mezclan con una risa histérica al ser consciente de lo que tengo delante.
Un puñado de piedras van emergiendo del agua, apilándose unas sobre otras hasta llegar a sostener una gran palmera inclinada sobre el mar, sobre mí.
Al lado… ¡¡TIERRA!!
Preciosa y blanca arena de playa, que se extiende unos metros hasta llegar a lo que parece una frondosa vegetación tropical. Cocoteros y plataneros se alzan imponentes, unos apiñados junto a los otros.
«¿Estaré soñando? ¿He muerto y llegado al paraíso?».
Sea lo que sea, ¡es tierra firme! Y la tengo a solo unos metros.
Completamente exhausta, acojo las pocas fuerzas que me quedan y agarro la camiseta de Wil, cojo una bocanada de aire y me sumerjo un poco para poder bucear mientras voy tirando de su cuerpo bajo el agua.
Salgo a respirar y sigo avanzando mientras buceo.
En solo unos segundos mis pies tocan la suave arena.
Al ponerme de pie, la mitad de mi cuerpo queda fuera del mar y me rompo.
Lo hago con absoluta incredulidad. Lloro desolada, alegre, triste, feliz, asustada, tranquila…
Todas las emociones se agolpan de manera incontrolada.
—¡¡Estoy vivaaa…!! —grito rebosante de euforia, completamente agotada.
Sin poder calmarme, camino entre sollozos hasta la orilla y cuando sé que el cuerpo de Wil está anclado en la arena, me dejo caer a su lado, desfallecida.
De rodillas frente a él y por primera vez, me atrevo a mirarle a los ojos.
Los tiene cerrados y, al momento, echo mucho de menos su tenebrosa oscuridad.
Su rostro anguloso deja entrever una ligera barba y sus gruesos labios están entreabiertos.
Parece tranquilo, dormido. Su cabello mojado se pega a la frente y la arena blanca le ha teñido varios mechones, también su mejilla se ha embadurnado de tierra.
Estiro la mano y con mucha suavidad limpio su cara.
No puedo evitar entretenerme en ello mientras pienso en el horrible dolor que genera la traición.
«Pajarillo». Dijo la villana.
En ese instante, cuando la escuché utilizar ese apelativo, todo mi mundo y mi ilusión se resquebrajó. La realidad se ordenó muy rápido, las cosas tomaron sentido y comprendí por qué estaba en ese pesquero frente a un ordenador que esperaba la transferencia de mi recién estrenada fortuna.
Damián y Wil me habían traicionado.
Quizá el plan fue ese desde el principio.
«Seguro», pienso sin poder sostener las lágrimas que parecen resbalar por mi rostro, arañándolo.
Al final, Taky, como es costumbre, tuvo razón. Nunca debí explicarle a Damián que me había tocado el gordo de Navidad.
La fiesta de fin de año, el beso en la orilla, los bailes, las caricias… todo le funcionó a las mil maravillas a Wil. Caí en su embrujo como la pueblerina que soy. Confiada y estúpida.
Verlo aparecer en el barco, empuñando un arma y matando a todos como si fuera un sicario experto, solo me hizo enfermar aún más. Ese hombre sin duda era EL DIABLO. Alguien terrorífico y capaz de acabar con la vida de cualquiera sin miramientos ni escrúpulos. A golpe de gatillo.
Pero…
Solo tenía dos opciones; salir de allí con él sin saber qué sería de mi destino o quedarme y morir. Así que dejé que tirara de mi mano. Aunque el mar, la vida y el destino son más sabios que nosotros. Y al final todos recibimos lo que entregamos.
Dejo de acariciar el rostro de Wil con anhelo instantáneo, a la vez que la rabia me quema en el estómago por la contradicción de mi cuerpo, que desea seguir en contacto con él a pesar de estar, por primera vez en mi vida, terriblemente enfadada con alguien.
Observo su cuerpo y descubro en la arena una mancha roja.
Lo volteo un poco, y al colocarlo de lado descubro una herida de bala en la pierna, por la parte trasera.
Con la mano cojo un poco de agua y la limpio.
No deja de sangrar. Dudo durante un momento y finalmente actúo por instinto.
Busco bajo las lentejuelas el forro del vestido y, llevando un extremo a los dientes, tiro del otro.
El tejido de algodón me da para dos vueltas alrededor de su pierna.
Lo anudo con fuerza con la esperanza de que eso detenga la hemorragia.
Lo volteo y, al colocarlo boca arriba de nuevo, pierdo el aliento cuando…
unos ojos oscuros se encuentran con los míos.