La Riqueza del Amor Capítulo 39
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Capítulo 39

Cuando Wil abrió los ojos tras su grito de agonía, entendí que el estruendo del rifle había sido el principio de todo y la consecuencia de su aullido.

Dicen que cuando estás en una situación extrema, tu cuerpo puede llegar a reaccionar de forma sobrehumana, como si adquiriera un superpoder.

Eso es justo lo que yo sentí en ese momento.

Una corriente eléctrica me recorrió de arriba abajo, borrando por completo el miedo y reemplazándolo por pura adrenalina.

Solo existía la absoluta decisión de salvarle a pesar de saber que… me había traicionado.

No sé cómo lo hice. Solo sé que en un segundo estaba paralizada por el pánico y al siguiente, una de mis manos lo estaba sujetando con fuerza, impidiendo que se lo llevara el océano.

Era como si mi cuerpo se moviera por instinto, como si mi mente se hubiera desconectado para dejar paso a algo mucho más primitivo.

La adrenalina me daba una fuerza que no era mía, me hacía olvidar que estaba temblando, que me dolía todo, que el mar rugía a nuestro alrededor.

Que el cielo se cernía con rabia sobre nosotros.

Solo existía él. Y su mano sujeta con la mía.

Pero entonces alcé la vista y entendí que todo ya daba igual.

Estaba todo perdido.

Parecía que había caído la noche, el manto de nubes negras cubría el cielo por completo, creando una oscuridad espeluznante que fue iluminada por un relámpago que atravesó el cielo y cayó sobre el rizo de una ola gigantesca.

El mar la alimentó sin descanso, haciéndola crecer cada vez más, a la vez que sostenía sobre ella a El Diablo Vela .

El velero parecía insignificante sobre la cresta de espuma blanca y supe que ni él, ni yo, ni Wil sobreviviríamos al hambre del océano.

Una potencia descomunal empezó a tirar de mí, atrayéndome hacia la ola, queriéndome tragar, y comprendí que ya no hacía falta que siguiera resistiéndome. Iba a suceder.

Dejé resbalar la mano por la cuerda, sintiendo cómo mi piel quemaba y parte de ella se quedaba allí. El cuerpo de Wil cada vez se hundía más y yo iba tras él.

El tiempo pareció detenerse, dejé de escuchar el rugido del mar, ya no silbaba el viento, era el preludio a la paz eterna.

La cresta de la ola se alzó magnánima sobre nosotros, por encima del pesquero, sentí la grandeza de la naturaleza, tan sobrecogedora como singular, y me solté justo antes de que el mar nos tragara.

***

La fuerza juega con nuestros cuerpos, zarandeándolos con brusquedad de un lado al otro, pero en ningún momento le suelto.

Clavo dedos y uñas en el brazo de Wil y lo sujeto con ambas manos, aferrándome a él como un ancla al fondo del mar.

Todo a mi alrededor es negro, una oscuridad pavorosa me abraza y mi único halo de luz interior es la piel de mi Diablo en contacto con la mía.

No sé si el disparo le ha robado un último aliento, ahora ya no importa.

Si no se lo llevó el plomo del rifle, lo está haciendo el océano.

No peleo, no lucho, no batallo.

Solo fluyo como una mota de polvo suspendida en mitad de la inmensidad.

Me abandono a mi destino.

La certeza de que mi final es inminente llega cuando escucho la voz. Un dulce cántico oscila a mi alrededor y puedo sentir cómo me abraza desde la espalda, cómo me acoge y… me empuja.

No me resisto.

Ya no tengo fuerzas.

Solo deseo seguir escuchando esa suave canción acunando mi oído.

Soy arrastrada por el agua, no está ni fría ni caliente, es impalpable, es como si mi piel se resistiera a su tacto. Pero entonces un golpe de gélido viento me sorprende y, al abrir los ojos, entiendo que esta batalla no ha llegado a su fin.